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Keep the news in the Wayback Machine. Sign Fight for the Future's letter.

Full text of "Revista Leoplan N° 221 - 4 Agosto 1943"

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M A G A Z l N E POPULAR 



EN ESTE NUMERO: . , , . , . 

EL CRIMEN DE SILVESTRE BONNARD, aVaTol e Tr anVí 

Ll A Z A M B A DE SANGRE, novela arsentina de HECTOR PEP30 BLOMBERG 

y un episodio de 

. V (A «/ I íi A n U í 1 Li i A 











rtr^rrrT ;— 



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Para la dirección y el cuerpo docente de la UNIVERSIDAD 
POPULAR SUDAMERICANA, el triunfo de cada uno de sus alum¬ 
nos es una obligación sagrada! , 

No importa que a veces hay que repetir y aclarar algún detalle. 
Lo único que interesa es que, a través de nuestra enseñanza por co¬ 
rreo, el alumno aprenda todo aquello que necesitará para poder des¬ 
tacarse en la carrera que ha elegido! 

Esta dedicación especial, esta atención continua, no influye sobre 
el precio de nuestros cursos. Sus estudios pueden ser cortos o largos, 
Vd. puede tener más o menos dificultades, no por eso tendrá que abo¬ 
nar más! Nosotros lo atenderemos hasta 5 años después de haberse 
diplomado! 


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ADELANTE' que 
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Sr. Ing. B. Mergulián, Director de la "Universidad Popular Suoamericena" 
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PASADEROS EN PEQUEÑAS 
.-CUOTAS MENSUALES 











































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O ^JL A R ARGENTINO 


M A G A Z I N E 



ESMERALDA 116 
U. T. 33 - 0063 
EUENQS AIRES 


ANO X - N.» 221 
4 AGOSTO 1943 


EL CRIMEN DE SILVESTRE BONNARD, tex¬ 
to Íntegro de lo fomosp obro de Anotóle 

.. 48 

EL EXPERIMENTO DEL DOCTOR HEIDEGGER, 
cuento fantástico, por Nathamel Hawthorne. 4 
CARLOS V EN EL REINO DEL OLVIDO, evo- 

coción histórico, por Cortos Duelo. 8 

ROSTIA, cuento humorístico, por Arcadlo 

Averchenko. 12 

EL MALECON DE LA HABANA, de Cubo pin- 

torescb, por Jacinto Romos. 

LA ZAMBA DE SANGRE, la célebre novela 

corta de Héctor Pedro Blomberg. 16 

HISTORIA EN DOS FOTOGRAFIAS. - Elso del 

Compillo y Sobina Olmos. 20 

EL CIELO DE LOS ELEFANTES, cuento poe- 
mático, por Cesar Fernandez Moreno.... 22 


c '?$•*■***** 1 r - 

Kágs. 

LOS PORTEROS DE TIME SQUARE, estam- 
pos del famoso barrio neoyorquino, por 

Alfredo de los Ríos. 24 

LAS VOCACIONES TARDIAS EN LA LITERA¬ 
TURA, una colaboración exclusiva ae Ma¬ 
nuel Calvez. 26 

UNA ESCUELA DE DEMOCRACIA de cómo 
un pueblo de las Estados Unidos se go- 
bierna a si mismo, por Valentín de Pedro Z8 

ACTUALIDADES GRAFICAS. 30 

EL REGRESO, cuento de guerra, por F. Gor- 

cío y .. 32 

CORDOBA RELIGIOSA, crónica de divulgo- 
ción argentina, por Juan J. Ortiz Bonn 9 1 * 

SIN COMPAS NI RITMO, sección recretotiva. 38 

EL SALVAMENTO, cuento dramático, por 
Emilio Pérez Fernández. w 


Págs. 

ALMAFUERTE, DIBUJANTE en tomo a un 
aspecto casi desconocido de la personalidad 
de Pedro B. Palacios, por Tibor Sekel)... 42 
NUESTROS HUMORISTAS. - ADOLFO MAZ- 

ZONE. 44 

AQUEL DIA PERDIMOS EL PARAISO, re- 
cuerdos de Ginebra, por Cloro Compoomor 46 
COMO rUE INSTITUIDO EL CENACULO DE 
LA 80HEMIA, un episodio de "Escenas ce 
la vida bohemia", lo popular obro de En¬ 
rique Murger. 90 

PARA MATAR EL TIEMPO, palabras cruzo- 

das problemas, jeroglíficos, etc. 98 

AQUI LE CONTESTAMOS, correo de LEO- ^ 

Ilustraciones de: Valencia, Liso, Rechoin Vol- 
divia y Arteche. Historietas de: Cao, Tim, Borto, 
Toonder, González Fossat, etcétera. 

Fotografías y chistes de ^diversos autores. 



En el próximo número DOS OBRAS FAMOSAS COMPLETAS: 

UN INVIERNO DE MI VIDA, e». máximo gork. 

EL COMENDADOR, po, CAMILO CASTELLO-BRANCO 

ENRTfcuRGER ♦ PEDRO ANTONIO DE ALUCON ♦ EDUARDO MALLEA ♦ NICETO ALCALA ZAMORA ♦ GIOVANNI VERGA ♦ MARX TWAIN, etc. 

___ .. eruTtvnC FU TODO EL PAIS 


ENRIQUE MURGER » PEDRO ANTONIO DE ALAKtun * umwhuu —— ~- 

"LEOPLÁM" APARECE El 1« DE AGOSTO - 30 CENTAVOS EN TODO El PAIS 























EL CUENTO FANTASTICO gfl9 PggQ gO<?POPO POOOOOOCOP O O O( 


.«■8 0 B P .P- C -P.g ggXKHggflgg P P.P.ftJLfl PPPPP.gg P.g.P<L0 a 


EL E/PEqiriEIlTI DEL 


E L anciano doctor Héidegger, hombre muy 
original, inviró una vez a cuatro amigos 
suyos para que se reunieran en su estudio. 
Eran tres caballeros de barba blanca: el señor 
IMcdboume, el coronel Kílligrew y el señor 
Gaseoigne; V una ajada señora, la viuda Wy- 
chcrly. Todos ellos eraii^ viejos y mclancó- 
heos personajes, que habían sufrido infortu¬ 
nios durante su vida, y cuya mayor desgra¬ 
cia consistía en que no gozaban' tiempo ha ' 
del reposo de la tumba. Til señor Médboumc 
había sido en el vigor de su edad un prós¬ 
pero comerciante; mas perdió toda su for¬ 
tuna en especulaciones arriesgadas y era por 
entonces poco menos que un mendigo. El 
coronel Kílligrew había malgastado sus me¬ 
jores años, su salud y su energía en pecami¬ 
nosos placeres que le produjeron multitud 
de incomodidades, como la gota y otros va¬ 
rios tormentos de cuerpo y alma. El señor 
EGascoigne era un político arruinado, hombre 
oc mala fama, que le había perseguido hasta 
que el tiempo le borró de la memoria de la 
presente generación, haciéndole obscuro en 
vez de infame. En cuanto a la viuda Wy- 
chcrly, contaba la tradición que fue una be¬ 
lleza en sus días; mas habla vivido largo 
tiempo en profundo aislamiento a causa de 
ciertas historias escandalosas que levantaron 
contra ella la opinión de Ja sociedad. Es dig¬ 
na de mencionarse la circunstancia de que los 
tres viejos «baílenos, el señor Médbourne, 
el coronel Kílligrew y el señor Gascoigne, 
habían sido en otro tiempo pretendientes de 
la viuda Wychcrly, y estuvieron una vez a 
punto de cortarse el cuello por gozar del 
privilegio de su amor. Y antes de proseguir, 
quiero también dejar apuntado que se susu¬ 
rraba que tanto el doctor Héidegger como 
sus cuatro invitados se encontraban a veces 
algo fuera de sus cabales; cosa no del todo 
sorprendente tratándose de personas ancia¬ 
nas atormentadas por actuales sufrimientos 
o por angustiosas remembranzas. 


- -Mis antiguos y Queridos amigos - dijo 
el doctor Hcideggcr, haciéndoles tomar asien¬ 


to deseo que me ayudéis en uno de los 
pequeños experimentos con que acostumbro 
divertirme a solas en mi estudio. 

Si liemos de dar fe a la historia, el estudio 
4. e J doctor Héidegger era un sitio de los 
mas curiosos: una obscura cámara, amuebla¬ 
da a la antigua, festoneada de telarañas y cu¬ 
bierta de polvo desde tiempo inmemorial. 
glpoy ados contra el muro veíanse varios es¬ 
tantes de roble, cuyos anaqueles inferiores 
estaban Henos de infolios gigantescos y libros 
góticos en cuarto, mientras la parte superior 
guardaba los' pequeños libros en duodécimo 
con cubierta de pergamino. Sobre el estante 
central había un busto de Hipócrates con el 
cual, según fuentes autorizadas, acostumbraba 
sostener consultas el doctor Héidegger en 
todos los casos difíciles de su profesión. En 
el rincón más obscuro del aposento, había un 
armario Je roble, alto y estrecho, a través 
de cuya entreabierta puerta se divisaba con¬ 
fusamente un esqueleto. En el espacio com¬ 
prendido entre dos estantes pendía un espejo 
mostrando su alta >• empolvada superficie 
‘ dentro de un deslustrado marco dorado. En- 
>-tre muchas otras historias maravillosas que 

■ se relataban acerca de este espejo, decíase 

■ las almas de rodos los pacientes difuntos 

B¡dcl doctor habitaban dentro de su vera, y se 

■ encaraban con él siempre que miraba en 

■ trs 


aquella dirección. El lado opuesto de la cᬠ
mara c^aba decorado con el retrato de cuer¬ 
po entero de una joven dama, vestida de raso, 
seda y brocado en descolorida magnificencia, 
y con semblante tan pálido como su atavío. 
Hacía medio siglo que el doctor Héidegger 
estuvo a punro de casarse con la joven seño¬ 
ra; mas sucedió que, afectada de ligero ma¬ 
lestar, tomó una de las recetas de su prometi¬ 
do y, murió en la mañana de las bodas. Que¬ 
da aún por mencionar la principal curiosidad 
del estudio: un enorme infolio, encuadernado 
en cuero negro y cerrado con pesados bro¬ 
ches de plata. No llevaba letras en el lomo 
y nadie podía decir el título de la obra Pero 
sabíase perfectamente que era un libro de 
magia, y una vez que lo agarró una camarera, 
simplemente con la idea de quitarle el polvo, 
el esqueleto se removió en su armario, el 
retrato de la dama colocó un pie sobre el pa¬ 
vimento y «ríos rostros de fantasmas asoma¬ 
ron en el espejo; en tanto que la bronceada 
cabeza de Hipócrates fruncía el ceño y de¬ 
cía: “¡Detente!” 

Tal era el estudio del doctor Héidegger. 
En la tarde de estío a que se refiere nuestra 
historia, había una pequeña mesa redonda, 
negra como el ébano, en el centro de la habi¬ 
tación, sosteniendo un ánfora de cristal cor¬ 
tado, de bella forma y delicado trabajo. Los 
rayos del sol penetraban a través de la ven¬ 
tana, entre ios pesados festones de dos cor¬ 
tinas de damasco descolorido, y caían discre¬ 
tamente sobre el ánfora; de manera que un 
Suave resplandor se reflejaba en los cenicien¬ 
tos rostros de los cinco viejos reunidos eu 
torno. También había cuatro copas de cham¬ 
paña sobre la mesa. 

, , - ^is antiguos y queridos amigos — repi¬ 
tió el doctor Héidegger ¿puedo confiar 
en vuestra cooperación para realizar un expe¬ 
rimento extremadamente singular? 

Hay que advertir que el doctor Héidegger 
era un viejo caballero muy original, cuyas 
excentricidades habían llegado a ser la base 
de mil fantásticas historias. Es posible que al¬ 
gunas de estas invenciones, dicho sea para 
vergüenza mía, puedan remontarse hasta mi 
propia y verídica persona; de modo que, si 
algunos pasajes de este cuento chocan con la 
credulidad del lector, soportaré gustosamen- 
mente el estigma de novelero. 

Cuando los cuatro visitantes oyeron hablar 
ai doctor de su famoso experimento, no ima¬ 
ginaron maravilla mayor que la muerte de un 
ratón por medio de alguna bomba neumᬠ
tica, el examen de cualquier basura en ci mi¬ 
croscopio, o alguna otra tontería por el es¬ 
tilo, con las que tenía el hábito de importu¬ 
nar a sus amigos. Mas, sin aguardar respues¬ 
ta, el doctor Héidegger atravesó renquean¬ 
do la habitación y volvió con aquel enorme 
infolio encuadernado en cuero negro, que la 
opinión general declaraba ser un libro de 
magia. Desabtochando las plateadas cerradu¬ 
ras, abrió el volumen y sacó de entre sus gó¬ 
ticas páginas una rosa o lo que fué alguna 
vez una rosa, pues que entonces las verdes 
hojas y pétalos de púrpura habían adquirido 
un tono, pardusco, y la flor entera parecía 
a punto de convenirse en polvo entre las ma¬ 
nos de] doctor. 

—Esra rosa — explicó suspirando el doctor 
Hcideggcr —, esta misma rosa que veis aquí 
marchita y casi deshecha, floreció hace cin¬ 
cuenta y cinco años. Me la dio Silvia Ward, 


cuyo retrato pende allí; y yo pensaba llevar¬ 
la sobre el pecho el día de nuestras bodas. 
Cincuenta y cinco años la he conservado como 
un tesoro entre las páginas de este viejo libro. 
Ahora bien; ¿creeríais posible que esta rosa 
de medio siglo pudiera revivir alguna vez? 

— ¡Qué ocurrencia! — exclamó la viuda 
Wycherly con un impertinente movimiento 
de cabeza -. ¡Podríais preguntar igualmente 
si un rostro arrugado de vieja puede reju¬ 
venecerse alguna vez! 

—¡Mirad! — respondió el doctor Héi¬ 
degger. 

Descubrió el ánfora y echó la rosa seca en 
el agua que allí había. Al .principio se man¬ 
tuvo la flor en la superficie, sin absorber na¬ 
da de humedad, aj parecer. Pronto, sin em¬ 
bargo, pudo notarse un cambio singular. Los 
arrugados y secos pétalos se agitaron, adqui¬ 
riendo un tinte carmesí más vivo, como si la 
flor despenara de algún sueño mortal; cí es¬ 
belto tallo y las ramitas de follaje tomaron 
tonos verdes; y por último la rosa de medio 
siglo atrás apareció tan lozana y fresca copio 
cuando Silvia Ward la obsequió a su prome¬ 
tido. Apenas si lucía completamente abier¬ 
ta; pues algunas de sus delicadas hojas en¬ 
camadas apretábanse todavía modestamente 
sobre su húmedo seno, donde brillaban dos 
o tres gotas de rocío.' 

—Es ciertamente una linda ilusión óptica. 

- dijeron descuidadamente los amigos del doc¬ 
tor, pues habían presenciado mayores mila¬ 
gros en espectáculos de prestid ¡giración 
haced el favor de mostramos de qué manera 
se realiza. 

— ¿Habéis oído hablar alguna vez de la 
Fuente de la Jteventud? — preguntó el doc¬ 
tor Héidegger ¿aquélla que fué a buscar 
Ponce de León, el aventurero español, hará 
dos o tres centurias? 

—Pero ¿1a encontró al fin Ponce de León? 

- preguntó la viuda Wycherly. 

-No - respondió el doctor Héidegger -, 
porque nunca la buscó en su verdadero sitio. 
La Fuente de la Juventud, si estoy bien in¬ 
formado, se encuentra situada en la parte me¬ 
ridional de la península de la Florida, no le¬ 
jos del lago Macaco. Su manantial está som¬ 
breado por varias magnolias gigantescas, que 
aun cuando cuentan innumcraolcs siglos se 
conservan tan frescas como rieleras, por la 
virtud de esta agua maravillosa. Un nmico 


esta agua maravillosa. Un amigo 
mío, conociendo mi afición a esta <-1^ ‘de 
estudios, me ha enviado la que veis en aquel 
vaso. • 


TmrúY° o o o o o tnmnsya-(mnnrnrrtnnr^ esas trmnrm 


-¡F.jetn! — murmuró el coronel Küligrcw, 
que no creía una palabra de Ja historia del 
doctor y ¿cuál sería el efecto de este lí¬ 
quido en la naturaleza humana? 

—Podéis juzgarlo por vos mismo, mi que¬ 
rido coronel — replicó el doctor Héideg- 
K cr — i Y vosotros todos, mis respetados ann- 
gos, sois los bienvenidos para beber de este 
líquido maravilloso la cantidad necesaria para 
devolveros el brillo de la juventud. Por mi 
parte, he tenido tantos disgustos antes de cn- 
veiecer, que no tengo prisa de volverme jo¬ 
ven otra vez/ Con vuestro permiso, observ aré 
solamente los progresos del experimento. 

Mientras hablaba, llenaba el doctor Héi¬ 
degger las cuatro copas de champaña con el 
agua de la fuente de la juventud. Parecía im¬ 
pregnada de algún gas efervescente, porque 
continuamente ascendían pequeñas burbujas 
desde el fondo de los vasos y estallaban en 


Tnnnnnnnf 










oooooo<H> 9fl°°«°°c°°° tilSLSLMSLSiJLSLSLSLSLSL. 



MCTCR HEIOECCER 


Por XATHAXIEL BAWTHOMtXE 

















¿SLSIJI. SS . ^W JULSLJLSLSLJ^^ 


5 lateado rocío en la superficie. Gomo el 
quido difundía agradable perfume, los 
viejos personajes no vacilaron en creer 
^ que poseyera propiedades cordiales y re¬ 
confortantes y, aun cuando escépticos 
con respecto a su poder rcjuvenccedor, 
sentíanse inclinados a bcbcrlo inmedia¬ 
tamente. Pero el doctor Héidegger les 
detuvo por un momento. 

—Antes de que bebáis, mis respetables 
y antiguos amigos — diio —, sería con¬ 
veniente que. con la experiencia que 
habéis adquirido durante vuestra vida, 
adopearais algunas reglas generales de 
conducta al afrontar por segunda ver 
los peligros de la juventud. ¡Pensad que 
seria un crimen v una vergüenza si, con 
las ventajas especiales de que vais a dis¬ 
frutar, no fuerais modelo de virtud y 
de sabiduría para todos los jóvenes de 
vuestra edad! 

Los cuatro venerables amigos del doc¬ 
tor, sólo Respondieron con una débil y 
trémula carcajada; can ridicula les pa¬ 
reció la idea de que, conociendo cuán 
próximo sigue el arrepentimiento las 
huellas del error, hubieran de extraviar¬ 
se nuevamente. 

—Bebed entonces — dijo el doctor in¬ 
clinándose —. Me regocijo de lubcr ele¬ 
gido con tanta discreción los sujetos pa¬ 
ra mi experimento. 

Con temblorosas manos levantaron las co¬ 
pas hasta sus labios. Si el licor poseía en rea¬ 
lidad las virtudes que le atribuía el doctor 
Héidegger, no podía emplearse en cuatro se¬ 
res humanos que lo necesitaran más lasti- 
nKisamcnte. 

Parecía que nunca hubieran tenido juven¬ 
tud ni placeres, que hubieran sido un pro¬ 
ducto anormal de la naturaleza, siempre las 
mismas criaturas grises, decrépitas y sin sa¬ 
via. que se cppontraban en derredor de la me¬ 
sa del doctor, tan yertas de cuerpo y alma 
que ni siquiera sentían entusiasmo ante la 
idea ile rejuvenecer. Bebieron el agua y co¬ 
locaron de nuevo los vasos sobre la mesa. 

Indudablemente pudo notarse al punto cier¬ 
ta animación en el aspecto de los invitados; 
algo así como el efecto producido por un 
. vaso de vino generoso, con un resplandor de 
plsridad repentina que irradiaba en los cua¬ 
tro rostros a la par. Apareció un sonrosado 
de salud en sus mejillas, reemplazando la pali¬ 
dez ferrosa que les hacía asemejarse a un ca¬ 
dáver. Miráronse unos a otros, imaginando 
que algún mágico poder principiaba á bo¬ 
rrar en realidad la honda y triste huella que 
el licmpo había grabado desde muv atrás 
en su entrecejo. La viuda Wycherly arregló 
su capota, casi sintiéndose mujer de nuevo. 

» —¡Dadnos un poco más de esta agua ma¬ 
ravillosa! — exclamaron ansiosamente —. He¬ 
mos comenzado a rejuvenecer, pero estamos 
todavía demasiado viejos. ¡Pronto, dadnos un 
poco más! 

— ¡Paciencia, paciencia! — dijo el doctor 
Héidegger que, sentado, observaba los efec¬ 
tos del experimento con filosófica frialdad 
Habéis .puesto largo tiempo para (laceros vie¬ 
jos. No dudo que os contentaréis con reju¬ 
venecer en un? hora. ¡Sin embargo, el agua 
está a vuestra disposición! 

Llenó las copas nuevamente con el licor de 
la juventud, «leí cual quedaba lo bastante en 
jei recipiente para volver tan jóvenes como 
sus nietos a la mitad de los viejos de la ciu¬ 
dad. Mientras estallaban aún las burbujas en 
el borde, los cuatro invitados de! doctor se 
apoderaron de los vasos y bebieron el con¬ 
tenido de un solo sorbo. ¿Era ilusión, acaso? 
No bien acababa de pasar el líquido por su 
garganta cuando pareció presentarse un cam¬ 
bio en toda su naturaleza. Tomáronse sus 
ojos claros v brillantes; una sombra oscura se 
extendió sobre sus plateados rizos; y se cn- 



o p.g-g-OJLfl-8-g_ajLa.ft fl flg.g.ajijiAdLiULiLS2-fi-a.a a o. sl. 


pejo para observar si la pata de gallo y 
las importunas arrugas marcadas largo 
tiempo atrás habían desaparecido verda¬ 
deramente. Examinó si la nieve de sus 
cabellos habíase fundido por completo y • 
si podría echar atrás su capota con ente¬ 
ra seguridad. Al fin. volviéndose alegre¬ 
mente, avanzó hacia la mesa en una es- * 
pecie de paso de baile. 0 

— ¡Mi viejo y querido doctor! - c\- 
clamó , ¡por favor, brindadme otro 
vaso! 

— ¡Ciertamente, mi querida señora, 
derrámente! — replicó el complaciente 
doctor —. ¡Mirad! Ya tenía los vasos 
llenos. 

En efecto, los cuatro vasos aparecían 
llenos hasta el borde de aquella agua 
maravillosa, cuyo delicado rocío, efer¬ 
vescente en la superficie, semejaba el 
rrén-.nlo chispear de diamantes. Estaba 


contraran reunidos en tomo de la mesa del 
doctor Héidegger tres caballeros de mediana 
edad y una dama salida apenas de la primera 
juventud. 

—¡Mi querida viuda, estáis encantadora! 
— exclamo el coronel Kílligrcw, que habla 
conservado la mirada fija sobre el rostro de 
la señora, mientras las sombras de la edad se 
desvanecían como la obscuridad ante la auro¬ 
ra de un nuevo día. 

La hermosa viuda sabía desde largo tiem¬ 
po atrás que los elogios del coronel Kílligrew 
no siempre se basaban en la estricta verdad; 
así, saltando de su asiento se abalanzó al es¬ 
pejo, temiendo aún que sus miradas tropeza¬ 
ran con el feo rostro de una mujer de edad. 
Entretanto los tres caballeros se comportaban 
de manera ral que daba lugar a creer que el 
agua de la fuente de !a juventud poseía cier¬ 
tas cualidades espirituosas; a menos que la 
exaltación de sus ideas fuera simplemente el 
alegre desvanecimiento producido por la sú¬ 
bita desaparición del peso de los años. La ima¬ 
ginación del señor Gascoigne parecía enca¬ 
minarse a temas políticos; mas no era fácil 
determinar si sus elucubraciones se referían 
al pasado, al presente o al futuro, pues que 
las mismas ideas e idénticas frases habían es¬ 
tado en boga durante los últimos cincuenta 
años. Ya enunciaba a plena voz proposicio¬ 
nes sobre el patriotismo, la gloria nacional y 
los derechos del pueblo; ya musitaba algunos • 
planes atrevidos en receloso y taimado mur¬ 
mullo, tan cautelosamente que ni siquiera su 
propia conciencia llegara a apoderarse del se¬ 
creto; o expresábase de nuevo con acento 
mesurado V docta entonación de orador, co¬ 
mo si oídos reales escucharan los bien redon¬ 
deados períodos de su arenga. El coronel Ki- 
lligrew entonaba al mismo tiempo una alegre 
canción báquica, tamborileando en su vaso 
el compás del coro, mientras sus ojos vaga- 
barí sobre el risueño semblante de la viuda 
Wycherlv. Al otro lado de la mesa el se¬ 
ñor Médboume sumíase en profundos cálcu¬ 
los de dólares y centavos, que tenían que ver 
particularmente con un proyecto para pro¬ 
veer de hielo a las Indias Orientales o equi¬ 
par un tiro de ballenas para los témpanos po¬ 
lares. 

, En cuanto a la viuda Wycherlv, permane¬ 
cía frente al espejo haciendo monadas y corte¬ 
sías a su propia imagen y saludándola como 
al amigo más amado que existía en el mundo 
para ella. Acercó su rostro muy junto al es- 


ya tan próximo el ocaso que la habita¬ 
ción se hallab? más sombría que nunca; 
pero un resplandor suave, análogo al de 
la luna, emanaba de la ánfora, reposán¬ 
dose por igual sobre los cuatro invita¬ 
dos y sobre la figura venerable del me¬ 
dico. Sentóse éste en un sillón de roble, 
de alto respaldar y primorosamente ta¬ 
llado, con tal aire de antigua majestad 
que habría podido caracterizar al Tiem¬ 
po, cuyo poder jamás había sido discutido, 
salvo por esta afortunada tertulia. A pesar de 
que bebían ansiosamente en aquel momento 
la tercera copa del licor de la fuente de la 
juventud, sintiéronse casi atemorizados por 
la misteriosa expresión de la fisonomía del 
doctor Héidegger. 

Pero pronto la alegre efusión de la juven¬ 
tud cundió por sus venas. Hallábanse ahora 
en la dichosa adolescencia. Recordaban la 
vejez, con su séquito miserable de preocupa¬ 
ciones. sufrimientos v enfermedades, tan sólo 
como un sueño desaeradable del cual acaba¬ 
ban de despertar alegremente. La frescura 
de alma, perdida tan temprano, v sin la cual 
las escenas sucesivas de la vida eran única¬ 
mente una colección de cuadros descoloridos, 
prestaba otra vez su encanto al porvenir. Sin¬ 
tiéronse como seres nuevos creados en un 
universo nuevo. 


-¡Somos jóvenes! ¡Somos jóvenes! — ex¬ 
clamaban en su éxtasis. 

La juventud, al igual que la vejez, borraba 
los caracteres fuertemente marcados de la 
edad mediana y asimilaba mutuamente a to¬ 
dos aquellos personajes. Era un grupo de 
muchachos alegres, casi enloquecidos con el 
regocijo exuberante de sus pocos años. El 
efecto más singular de su alegría era el im¬ 
pulso de mofarse de las enfermedades y la 
decrepitud de que habían sido víctimas hasta 
hacía pocos instantes. Reían locamente de su 
extravagante atavío, de las chaquetas de am¬ 
plios faldones y los chalecos flotantes de los 
jóvenes, y de la antigua capota y vestimenta 
exótica^ de la deslumbrante señora. Uno de 
ellos púsose a cojear alrededor del cuarto co¬ 
mo un abuelo gotoso; otro colocó en su na¬ 
riz un par de gafas, pretendiendo descifrar 
las góticas páginas del libro de magia; el ter¬ 
cero tomó asiento en una gran silla de brazos 
y procuraba imitar la venerable dignidad del 
doctor Héidegger. Todos alborotaban rego¬ 
cijadamente, saltando en tomo de la habita¬ 
ción. La viuda Wycherlv (si una damisela 
tan fresca podía llamarse viuda) se acercó 
bailando ágilmente hasta la silla del doctor, 
con el sonrosado rostro brillando de malicio¬ 
sa alegría. 

-¡Doctor, viejo y querido corazón mío. 
levantaos y danzad conmigo! — exclamó. Y 
entonces los cuatro jóvenes rieron nías estre¬ 
pitosamente que nunca al pensar en la ex¬ 
travagante figura que haría el pobre viejo 
doctor. 






^ r» o n o o O O O O O 

—Os ruego dispensarme — respondió el 
doctor tranquilamente Estoy viejo y reu¬ 
mático y mi tiempo de bailar concluyo mu¬ 
chos años ha. Pero cualquiera de estos jo¬ 
venes sera muy feliz de tener tan linda pa- 

% re '-J¡ Bailad conmigo, Clara! - gritó el coro¬ 
nel Kílligrew. 

* _¡N T o, no; yo seré su compañero! -pro¬ 
firió el señor Gascoigne. _ 

-¡Fui su prometido hace cincuenta anos! 

— exclamó el señor Médbourne. 

Todos se agruparon en tomo de ella. Uno 
asió sus dos manos con impulso apasionado; 
otro, pasó el brazo en derredor de su talle; el 
tercero hundió la mano entre los sedosos rizos 
que asomaban debajo de la capota de la da¬ 
ma. Sonrosada, palpitante, luchando, nnendo, 
riendo y lanzando por tumo su aliento ardo¬ 
roso a la faz de cada uno dé los pretendien¬ 
tes, hacia ella ademán de desprenderse, mas 
sin lleear a librarse del triple abrazo. Nunca 
se había presenciado cuadro más vivo de ri¬ 
validad juvenil con hermosura tan hechicera 
como galardón. Sin embargo, por extraña ilu¬ 
sión, debida a la oscuridad de la cámara y a 
los antiguos vestidos que aun llevaban los 
invitados, se dice que el gran espejo refleja¬ 
ba la figura de los tres ancianos, canosos y 
ajados abuelos, contendiendo por la fealdad 
angulosa de una vieja encogida y arrugada. 

Pero eran jóvenes: por lo menos sus pa¬ 
siones lo demostraban. Inflamados hasta la 
locura por la coquetería de la damisela viuda 
que no otorgaba ni rehusaba por completo 
sus favores, los tres rivales comenzaron a cru¬ 
zar - amenazadoras miradas. Sujetando ct*n 
una mano el anhelado galardón, echaron la 
otra mutuamente a sus gargantas, Uenos de 
rencor. Mientras luchaban aquí y alia, cayo 
la mesa, destrozándose el vaso en mil frag¬ 
mentos. La preciosa agua de la juventud co¬ 
rrió en brillante arroyo sobre el pavimento. 

• humedeciendo las alas de una mariposa» en¬ 
vejecida al declinar del verano y que había 
venido a morir allí. El insecto voló ligera¬ 
mente a través de la habitación y fué a colo¬ 
carse en la nevada cabeza del doctor Het- 
degger. 

-¡Venid, venid, caballeros! ¡Venid mada- 
me Wycherly! - exclamó el doctor - Tengo 
que protestar seriamente de este tumulto. 

Aquietáronse y se estremecieron; porque 
parecía que el Tiempo gris les llamara hacién¬ 
doles retroceder de su luminosa juventud, 

* muy lejos, hasta el helado y obscuro valle de 

los años. Miraron al doctor Héidegger. quien 
tomó asiento en su tallado sillón, sosteniendo 
la rosa de medio siglo que había recogido 
entre los fragmentos del estrellado vaso. A 
un movimiento de su mano, los cuatro re¬ 
voltosos asumieron sus asientos a la mayor 
brevedad, pues' su violento ejercicio había¬ 
les fatigado en extremo, a pesar de la juven¬ 
tud de que creían disfrutar. # 

— ¡Mi pobre rosa de Silvia! — exclamo el 
doctor Héidegger. exponiéndola a la luz de 
las nubes del poniente -; parece que se mar¬ 
chita otra vez. . , 

Y así era en verdad. Bajo las miradas de la 
reunión continuó ajándose la flor hasta que 
apareció tan seca y frágil como cuando el 
doctor la había arrojado en el vaso. Sacudió 
el anciano las pocas gotas de rocío que aun 
pendían de sus pétalos. , 

-La amo tanto ahora como en su húmeda 
frescura — observó <1 doctor, oprimiendo la 
marchita rosa contra sus labios ajados. Mien¬ 
tras hablaba, la mariposa voló otra vez de su 
nevada cabeza y cayó sobre el pavimiento. 

Los invitados se estremecieron de nuevo. 




Una frialdad extraña, que no sabían si atri¬ 
buir al cuerpo o al espíritu, apoderábase de 
ellos gradualmente. Se miraron unos a otros 
e imaginaron que cada minuto que se escapa¬ 
ba arrebatábales un encanto, y dejaba en su 
semblante surcos más profundos donde nada 
se notaba en el momento precedente. ¿Era 
acaso una ilusión? ¿El cambio de una vida 
entera limitábase a tan breve espacio, y 
ya sólo cuatro ancianos sentados con su viejo 
amigo, el doctor Héidegger? 

-¿Nos volvemos viejos tan pronto, otra 
vez ? _ exclamaron dolorosamente. 

Asi era en realidad. El agua de la juventud 
poseía solamente virtudes más pasajeras que 
las del vino. El delirio que creaba había des¬ 
aparecido. ¡Sí! Eran viejos otra vez. Con im¬ 
pulso repentino, que demostraba que era aún 


mujer, la viuda oprimió sus flacas manos con¬ 
tra su semblante, deseando que la tapa del 
ataúd cayera sobre ella, ya que no podía vol- « 
ver a ser hermosa. 

-Sí. amigos míos; sois viejos otra vez - 
dijo el doctor Héidegger-: y, ¡ay!, el agua 
de la juventud se ha derramado toda por el 
suelo. Bien; no lo lamentaré; pues aun cuan¬ 
do la fuente brotara en los mismos umbrales 
de mi puerta, mis labios no la habrían de to¬ 
car; no, aunque el delirio que produjera du¬ 
rase años en vez de algunos instantes. ¡Esta 
es la lección que me habéis enseñado! 

Pero los cuatro amigos del doctor no apro¬ 
vecharon para sí la lección. Resolvieron or¬ 
ganizar una peregrinación a la Florida y be¬ 
ber mañana, tarde y noche de la Fuente de 
la Juventud. 3> 


VIVA MEJOR 

TOME GENIOL 



CONTRA EL RESFRIO 

Es ion iócil pescor" un resfrio y ton 
poco lo imporioncio que se le dó! 

Sin embargo, lo tiene y mucha, pues qn 
simple resfrio puede ser couso de mu 
chos moles Por eso. contro el resfrio 
tome GENIOL 

Lo triple formulo de G E N IO l oyudo 
eficazmente o descongestionar los vías 
respiratorios y. en consecuencio, a ««• 
rninor más rápidamente el resfrio 


GENIOL 

CALMA, ENTONA Y DESCONGESTIONA 

























LUTERO FRENTE AL EMPERADOR ■ FRANCISCO I O “TODO SE HA PERDIDO..." ■ UN MONASTERIO EN LA VERA DE 


¿Dónde podré huir, que .«rendida 
un rato cea de mi lo erare carga 
que oprime mi cerda enflaquecida? 

(Gakctlaso de la Vega). 


U na de las facetas más inte¬ 
resantes de la intensa vida 
del que fue poderoso señor Car¬ 
los I de España y V de Alemania, 
la constituye, sin duda alguna, su 
voluntario retiro al Monasterio de 
Vaste. ¿Cuáles fueron laS causas 
que llevaron al emperador a aban¬ 
donar todas las riquezas y pom¬ 
pas de aquel maravilloso imperio? 

Este monarca, que a la tempra¬ 
na edad de dieciséis años ciñó la 
corona de España y a los dieci¬ 
nueve se vio dueño del imperio 
"en donde jamás se ponía el sol”, 
no encontró la felicidad hasta que 
renunció, una tras otra, a todas las 
coronas, para esconder sn melan¬ 
colía en la soledad de un monas¬ 
terio en la Vera de Plasencia. 

Naturalmente, resultó agobiado- 
ra al “imperador la carga de un 
imperio que abarcaba España, Por¬ 
tugal, Bélgica, el Sur de Italia, 
partes extensas de Francia, toda la 
America Central y Meridional, 
grandes posesiones en el Sur y 
Oeste de los Estados Unidos, las 
Islas Filipinas, Madera, Azores, 



/ 


Cabo Verde, Guinea, Angola y las 
Molucas, además de considerables 
islas y territorios en el continente 
asiático. Pero la causa de sus sin¬ 
sabores, de su prematura vejez, 
fueron otras. Mas desazonaron al 
emperador las pretensiones de 
aquel “frailuco” astuto que se lla¬ 
mó Lutero. 

Como paladín del cristianismo 
que era, Carlos dedicó todo su 
poder y toda su energía a com¬ 
batir sus intentos de mellar la 
unidad de la Iglesia. Se mantuvo 
firme en sus convicciones hasta 
que, viendo que los odios amena¬ 
zaban seriamente a Europa, dió 
una tregua a Lutero concediéndo¬ 
le audiencia. Por primera vez se 
encontraron así, frente a frente, 
los dos adversarios. 

En esta ocasión, puso Carlos de 
relieve sus dotes de gobernante. 
Pocas y concisas fueron las pala¬ 
bras que mediaron entre ambos. 

— ¿Estima — preguntó el empe¬ 
rador — que los Concilios Ge¬ 
nerales de la Iglesia pueden en¬ 
gañarse? 

Lutero, pálido y nervioso, res¬ 
pondió con frases mal hilvanadas, 
pidiendo que se le diera tiempo 
para reflexionar. 

Al día siguiente celebróse una 




Los aposentos de San Jerónimo de 
Tuste, en los cuales Carlos V fue "o 
acabar la vida". "Grande celda pora 
un fraile, corto albergue paro un Cé¬ 
sar"—expresó Axedo de la Berrueza. 


Rodeado de sus relojes, 
"Carlos Quinto, el es¬ 
forzado" — como dile¬ 
ra Campoamor—, des¬ 
cansa en el monasterio 
de Yuste. 





£ 








PLASENCIA • FUNERALES EN VIDA 


’LEOPLAN" 


ESPECIAL 


tiempo ha cumplido 
■o y hoy sólo quedan I 
ñas del cloustro, invadid 
jor los plantos silvestres. 













El onsiodo retiro, 
ol cual llegó el 
monarca un día 
desapacible de 
1557, sufrió mucho 
durante la guerra 
de la Independen¬ 
cia. Este es su es¬ 
tado en la actua¬ 
lidad. 


’ nueva entrevista en la que declaró resueltamente que no estaba de 
i: acuerdo con los Concilios de la Iglesia. 

En visca de ello. Carlos 1 reunió la dicta, manifestando, iracundo, que 
iio toleraría la propagación de las doctrinas luteranas en sus dominios. 
“Estoy resuelto — afirmó — a defender esta causa sagrada (la religión 
I católica) con mis dominios, mis amigos, mi cuerpo, mi sangre, mi 
vida y mi alma”. 

El emperador no tuvo un remanso en su vida. Cuando no era 
Luterc», era Francisco I, y cuando no éstos, los turcos y moriscos. 

¡ Fácil es. pues, comprender la razón de su carácter taciturno. Amaba 
h paz, y sin embargo no pudo gozar de ella hasta que, agotado y en¬ 
fermo. se retiró a Yuste. 

Estando en Granada pasando su luna de miel con Isabel de Portu¬ 
gal, debió abandonar la bella ciudad de la Alhambra, por la que sentía 
especial estima, dejando a su esposa, a quien, como es sabido, quería 
entrañablemente. ¡De nuevo la guerra iba a enturbiar sus pocos mo- 
mentes felices: 

l’ De las innumerables batallas <}ue sostuvo España contra Francia, 
| F ninguna tan cruenta y decisiva como la de Pavía. • 

q El 7 de agosto de 1524, las fuerzas imperiales al mando del príncipe 

I Borbón, ponen sitio a Marsella. Francisco I, con su impulsivo carácter, 
ordena la destrucción de todos los pueblos vecinos y exige la defensa de 
la plaza, a cuyo efecto había enviado de antemano una guarnición con¬ 
siderable. 

Las tropas imperiales, exhaustas y sin víveres, no tienen otro reme¬ 
dio que levantar el sitio, refugiándose en Italia. 

Creyó el emperador que esta victoria dejaría satisfecho a su rival, 
i ; Mas no fué así. Por el contrario, alucinado por este éxito militar, 
¡V Francisco I organizó sus ejércitos y atacó a Milán, la codiciada ciu¬ 
dad, de la que se había apoderado una terrible epidemia. Esta y la 
' reciente derrota sufrida en Provenza contribuyeron grandemente a que 
- las tropas españolas abandonaran la ciudad, amparándose en Lodi. El 
bizarro oficial español Antonio de Leiva, con seis mil hombres, se 
refugió en Pavía. Así quedó copado el ejercito imperial, con la ame¬ 
naza de perecer por falta de víveres. Confiaba el monarca francés que 
os cercados acabarían por rendirse. Esta confianza excesiva le costó 
muy cara. 

El jefe de los españoles. Marqués de Pescara, con su genio estraté- 
í jico decidió dar un golpe de sorpresa e ir a tiempo en socorro de los 
. i fiados en Pavía. Hizo poner sobre los uniformes de sus soldados am¬ 
ibas camisas blancas, con el fin de hacerlos menos visibles, ya que el 
1 >aís estaba cubierto de nieve. AJ grito de “¡Sar"ieío y España!” ata- 
! raron los “encamisados” con un empuje tan arre .Jor que pronto los 
I rancescs fueron dominados. 

¡i Pereció en esta sangrienta batalla la flor y nata de los hidalgos fran- 
1 eses, que demostraron un heroísmo digno de Bavardo, “el caballero 
1 t in tacha y sin miedo”. 

i t Francisco I fué hedió prisionero. Condújosele a un castillo de Lom- 
| 1 «urdía. recibiendo todos los honores que su real persona merecía. Es 
F*i nesde allí desde donde, dolorido por la derrota, escribe a su madre aque- 
1 ya famosa carta en la cual dice: “todo se ha perdido menos el honor”. 


seguido de: “y la vida que se ha salvado”, que cambia totalmente el 
sentido de la tan mentada frase histórica. 

Llevado a Madrid ante Carlos V, éste hizo gala de su nobleza esme¬ 
rándose en atender debidamente al prisionero. Al cabo de un año con¬ 
cluyóse un tratado entre ambos monarcas, por el cual Francisco I re¬ 
nunciaba a todas sus pretensiones en los Estados de Milán, Genova, 
Artois v Hainaut, además de otras condiciones. Una vez libre el sobe¬ 
rano francés, hizo caso omiso del tratado, recrudeciéndose las hosti¬ 
lidades. 

Viene después aquel ruidoso desafío que Carlos dirigió al soberano 
francés, en el que le llamaba ¡¿sebe et mecbant (bellaco y vil), por 
no haber cumplido el tratado firmado en Madrid, proponiéndole zan¬ 
jar sus antagonismos en un duelo “para bien de la paz del mundo”. 
Francisco no se dió por enterado de este reto. 

La vida del emperador no está colmada de aventuras románticas como 
la de otros monarcas, contrastando con la de Enrique VIII, que escan¬ 
dalizaba al mundo en aquella época. Quieren algunos ver en Catalina 
de Blomberg su gran pasión; mas en realidad éste sólo fué un romance 
pasajero, gracias al cual España se vió avalorada con el genio militar 
de don Juan de Austria, el vencedor de Lepanto, esta batalla que tan¬ 
tos poetas han narrado en floridos versos. Su matrimonio con Isabel 
de Portugal le dió tres hijos, María, Juana y Felipe. Tuvo, además, an¬ 
tes de casarse, dos hijos bastardos, Margarita y el célebre don Juan 
de Austria 

El emperador amó mucho a España. Su carácter llano y cordial lo 
hacía accesible al pueblo. Numerosas son las anécdotas que han que¬ 
dado en la Historia. Así cuéntase que en cierta ocasión, pascando por 
una carretera, entabló conversación con un aldeano. Como el pobre la¬ 
briego no sabía con quién estaba hablando, se puso a lanzar terribles 
improperios contra los impuestos que el pueblo sufría. Cuando, a! fin, 
Carlos se dió a conocer, el buen hombre, en lugar de azararse, exclamó: 
“¡Si lo sé antes, mucho más le digo!” 

El 13 de febrero de 1557, el sueño dorado del emperador se plasma 
en realidad. El ansiado redro, lejos de la fastuosidad de la corte y del 
ruido de las batallas, se alza en lo mis recóndito de la Vera de Pla- 
scncia, medio envuelto por la bruma. Es el monasterio de San Jeró¬ 
nimo de Yuste, lugar elegido por Carlos V, quien había ya dispuesto 
la construcción de una casa pegada al convento. A tal efecto, escribió 
una carta al prior de los jerónimos, en los siguientes términos: 

“Deseo retirarme entre vosotros d acabar la vida y por etso querría 
que me labracedes unos aposentos en San Jerónimo de Yuste y por lo 
que fuera menester acudireys al secretario Juan Vázquez de Molina 
que él procurará dineros por lo cual os embio el modelo de la obra...” 

Un día desapacible de febrero, Carlos V ve desde su litera la silueta 
del viejo monasterio. Esta era la única recompensa que por sus fati¬ 
gas y desazones ansiaba recibir. Tuvo cuanto quiso, menos una cosa: 
la soledad. ¿Acaso rio la había ganado? Allá quedaba un imperio res¬ 
plandeciente que podía responder. Una civilización y una fe para el 
mundo entero. La ardua urca tocaba a su fin. 

Solitario y silencioso, el monasterio de Yusre se halla enclavado, cual 
un oasis, entre peladas sierras blancas y guijarrosas. La villa más cerca- 


i 











1 »* 




o 


na es Cuacos, que dista unos dos kilómetros. Un poeta extremeño. Ga¬ 
briel Azedo de la Berrueza, escribió unos versos de mucho colorido 
sobre la vida del emperador en Vusté. Dice asi una de las estrofas. 


Yace en la valiente España 
Un gran pedazo de tierra 


Dulce olvido de los hambres 
En la Vera de Plasencia ... 


cirio al sacerdote como ofrenda a 
Dios. , 

Pasaba los días plácidamente, ro¬ 
deado de sus relojes favoritos, que 
luego mencionó Campoamor: 



Carlos Quinto, el esforzado, 
Se encuentra asaz divertido 
De cien relojes rodeado 
Cuando va, en Yuste olvidado. 
Hacia ti remo del olvido 


Aquí pues, donde el rigor 
Del tiempo no se respeta, 
Por ser alba todo el día, 
Todo el año primavera, 


Se vino el emperador 
Por gozar 'en esta tierra 
Del cielo . más favorable... 


El palacio en que moró Carlos V y que hoy esti semiderruído. su¬ 
frió mucho en la^ucm de la Independencia, intentóse 
sin éxito El edificio contiguo al convento constaba de cuatro amplios 
salones, situados dos a cada lado de un corredor. En cl ala izqmcrd^ 
hihía una eran habitación, que el emperador destinaba para recibir las 
pícS queiban a turir su sosiego. En la 

su modesto aposento, muy sobriamente decorado. La ^ e ^ recha 
comprendía el comedor y la cocina. Era tal la austeridad deja vrnenda, 
que Azedo de la Berrueza asi la expresa: 


Leía mucho y hablaba muy poco: 
las palabras precisas. San Francisco 
de Borja, antes poderoso Duque de 
Gandía, lo acompañaba a menudo 
en sus paseos por el huerto. Su hijo 
Felipe 11 pedíale consejos frecucnte- 
r _ A* anhiemo. 


reupe u pcuwit —--- 

mente sobre asuntos de gobierno, 
que el emperador le hacía llegar en 



Los animosos naranjos, 
Cidros y limoneros trepan 
Por meterse en las ventanas 
T admirando las grandezas 


No del cuarto de su dueño 
Van diciendo en agrias lenguas 
“Grande celda para un fraile 
Corto albergue para un Cesar . 


extensas cartas. 

Una tarde de agosto, mientras co¬ 
mía en la azotea del monasterio, le 
sobrevinieron unos escalofríos que 
le causaron fiebre, por lo que de¬ 
bió acostarse, ¡ay!, para no levantar- 

“ fta, p¡d. »« cn.c¡f¡¡p y, dWgimdo 


Esto fue lo última visié» que 
mundo tuvo Corlo» V ontes de exho- 
lo, e | postrer aliento: los costoños 
a troves de lo ventano de su ce—*- 


¿Qué vida hizo el emperador los 18 meses que pasó en el reriro? 
Mucho se ha fantaseado. No es cierto, por ejemplo, que cambiara su 

aue Carlos ordenó a los Padres Jerónimos del monasterio celebrar 

ruar una misa de réquiem por su alma, ademas de las que encargara 
por sus familiares desaparecidos, pero can sólo se limito a entregar un 


en El Escorial, sepulcro de keyes. Su obra cristiana y civilizadora ha 
capitaneado en el mundo hasta nuestros días. Su figura fue tan grande 
que únicamente puede ser comparado a Cariomagno. 

Frente a la cerca del Monasterio, y junto a una cruz, ha Y - — 
oído de piedra con las armas de Carlos V, y debajo una inscripción 

qU “£«Trtd santa casa de San Jerónimo se retiró a acabar su vida el que 
todo lo gastó en defensa de la Fe y conservación de la Justicu, Carlos 
V, Em^rador, Rey de las Espolias, cnstiamssmio, mvtctistmo. Murtá 
a 21 de setiembre de- ^ 



COLONIA RUSA 

de PREAL 













l’cUEnYo HUMORISTICO 




K0STI 




I 

Ufo querían los otros niños al pequeño 
Kostia, que era quebradizo y tenía la 
ira transparente, y llevaba siempre sus rizos 
istmos despeinados... No, no lo querían. 

¿Por qué? 

Seguramente debido a la misma causa por 
cual los mayores no quieren a los mayores 
[nejantes al Kostia pensativo y de ojos ciᬠ
is. Un bando y otro se diferencian única- 
iente por la edad; pero el desamor subsiste... 
Casi todos los niños repelían por igual a Kos- 
i; en cnanto se acercaba a un grupo de chicos 
chicas, s¿ levantaba un grito unánime: 
-jFucrt, fñera! ¡Largo de aquí, no te que- 
mos! ■' 

Después de permanecer un instante ¡unto a 


ellos, suspiraba y probaba a comenzar de un 
modo suave e indeciso: 

—Nuestro portero estaba en el patio hacien¬ 
do un hoyito para plantar un árbol y la pala- 
chocó contra algo duro. Miraron y eran hue¬ 
sos, una calavera y una arqueta de hierro... 
La abrieron, y en ella... 

—¡Largo de aquí, no te hace falta saber¬ 
lo..siempre viene con nosotros!... 

De nuevo suspiraba sumisamente, retirábase a 
un lado, y tomando asiento en un banco del 
parque que calentase el sol, se ensimismaba... 

Un señor ocioso que estaba a su lado, con¬ 
movido por su aspecto melancólico, dejó caer 
su mano pesada sobre su cabeza, quebradiza 
como cáscara de huevo, y le preguntó ama¬ 
blemente: 

—¿Cómo te llamas, chico? 

—Jim... 

—¡Ah. vamos! ¿No eres aca¬ 
so ruso? 

—No, inglés, sir. 

—¡Vamos, vamos! ¿Y cómo 
hablas tan bien el ruso? 

—Es que huimos de Londres 
cuando era aún muy pequeño. 

—¿Huisteis? ¿Qué dices? 
¿Qué os obligó a huir? 

Los pensativos ojos del ni¬ 
ño se elevaron hacia el cielo. 
Seguían el paso de las nubes 
que navegaban a inconmensu¬ 
rable altura. 

—¡Oh! Es una historia difí¬ 
cil, sir; el caso es que mi pa¬ 
dre mató a un hombre... 

El señor comenzó a inquie¬ 
tarse y se retiró unos cuantos 
centímetros del melancólico 
chico, que hablaba con tono 
sencillo de cosas tan horribles. 

—¿Mató a un hombre? ¿Y 
por qué? 

— ¿Usted sabe lo que es la 
City, sir? 

—¡Qué sé yo! ¿Y qué pasó? 
—En la City había un Banco, 
que todavía existe, v se llama... 
“Deutch Bank”... Mi padre es¬ 
taba allí de empleado, y lue¬ 
go, gracias a su honorabilidad, 
fué hecho cajero. Una noche, 
cuando iba a poner en orden 
algunas cuentas enrevesadas, 
vió una figura que a hurtadi¬ 
llas se deslizaba por el corre¬ 
dor en dirección a los sótanos 
en que se guardaba el oro... 
Mi padre se escondió v se dis¬ 
puso a seguirle. ¿Y quién cree 
usted que era aquel hombre? 
¡El director del Banco! Bajó 
éste al sótano, llenó una carte¬ 
ra de oro y billetes, y en cuan¬ 
to salió como una flecha, ¡zas!, 
lo agarró mi padre por el cue¬ 
llo v le apretó la garganta. Pa- 
>rendió que, si el otro 
escaparse, toda la culpa 
sobre él... La 
le dió fuerzas; 
dura lucha y 


atravesa- 
áscara el 
a Rusia... 


— ¡Pobre cabedta! — dijo el señor con cier- t 
ta pena, dándole palmaditas en el hombro —. ¿ 
¿Y dónde está tu madre? 

—Se abrasó, sir. 

—¿Cómo que se abrasó? 

—Una vez los chicos de Londres rociaron 
de petróleo a una rata y le pegaron fuego; 
en aquel momento pasaba mi madre por la 
calle, con las compras que había hecho; la ra¬ 
ta, que estaba ardiendo, se metió debajo del 
abrigo de mi mamá, y al cabo d e un minuto 
ella parecía una antorcha... 

El niño abatió tristemente la cabeza sin de¬ 
cir más; faltó poco al compasivo señor para 
haberse deshecho en lágrimas, profundamente 
afectado por tanta desdicha como había caído 
sobre el pobre huerfanito. 

— ¡Pobre criaturita! Ven, te voy a acompa¬ 
ñar hasta tu casa; no sea que te pase algo malo. 

Jim se sonreía suavemente. 

— ¡Oh, no, sir; no me va a pasar nada! ¿Ve 
usted este talismán? ¡Me protege de todo y 
contra todos! 

La criatura sacó del bolsillo un silbato y lo 
mostró confiadamente a su interlocutor. 

—¿Qué talismán es éste? 

—Me lo dió en Crimea una vieja tártara. 
Recuerdo cuando estábamos subidos a un al¬ 
tísimo peñasco, junto al mismo mar. ¿Y qué 
pasó? En cuanto lo tuve en mi poder desli¬ 
zóse la piedra debajo de sus pies y... ¡pum! 

Ella y la piedra, al mar... 

—¡Milagro, un verdadero milagro! ¿De mo¬ 
do que es ésta la casa en que vives?_ ¡Bueno; 
adiós, Jim; que seas feliz, querido niño! 

Jim subió animosamente la escalera y el se¬ 
ñor acompañó con la vista al admirable niño. 

Permaneció abstraído tan largo rato, que la 
portera, con las faldas recogidas, se le acercó 
interrogándole: 

—¿Por quién pregunta usted? 

—Ño pregunto por nadie... Dígame... 
¿Quién es este chico que acaba de entrar? 

—Es Kostia, el hijito de los Cherepitsin. 

¿Por qué lo pregunta usted? 

—¿Como? ¿Acaso no es inglés? 

—¡A qué santo, señor! Es un chico, y nada 
más... De seguro que le ha mentido, ¿ver¬ 
dad? Su madre hace todo lo posible por cu¬ 
rarle de esa falta; pero nada, no lo consigue... 

—--llene acaso madre? ¿Le vive? 

—¡Sí. señor, le vive! Pero, por lo visto, va 
a acabar con ella si sigue con sus mentiras; ya 
se acordará usted de lo que le digo. ¡Qué chi¬ 
co más embustero! ¡Es algo sorprendente! Ya 
le conocen por toda la calle, ¡alabado sea Dios! 

II 

Al llamar prolongado del timbre abrióle la 
puerta la doncella Uliacha. 

—¿Por dónde ha estado usted, Kostia, hasta 
esas horas? 

—Me he entretenido en la calle; un automó¬ 
vil acaba de atropellar a nuestro portero, y me 
entretuve allí curioseando. iMira a ver si tengo 
sangre en las botas... 

— ¿Cómo que le han atropellado? ¿A quién, 
a Esteban? ¿Le ha matado? 

—Sí... El caso es'-que los caballos se habían 
desbocado; llevaba el coche a una señora muy 
guapa..., y Esteban se adelantó para sujetar 
por las riendas a los animales. 

—¿Por qué miente usted. Kostia? Primero 
un automóvil, ahora un caballo...; siempre 
inventa alguna tontería. 

—No, no es ninguna tontería; ha dicho esa 
condesa que cuando se cure se casará con él. 


/y* 


& 








Por ARCADIO AYERCHEXKO 


ILUSTRACIONES DE RAUL VALENCIA 


' -Bueno, está bien; basta de embustes. La 
comida se ha enfriado; su mama ha salido y a 
abuela le está esperando. 

Balanceándose sobre sus delgadas piernas, 

1 Kostia hizo un mohín misterioso y se. dirigió 
hacia el comedor. 

— .Y tú por qué vienes tan tarder — dijoie 
la abuelita. arrojándose a su encuentro —. 
-Dónde has estado metido? 

" -Hace ya una hora que estuve junto a 
nuestra misma puerta; pero tuve que volver¬ 
me. Una historia interesantísima... 

—.-Qué ha pasado? 

—Verá usted. Acababa de llegar frente a 
nuestra puerta, miré y.. - dos sujetos estaban 
haciendo no sé qué con la cerradura; y uno 
decía: “La cera esta muy dura, no sale el mol 
de ’, v el otro, que era más bajito, le respon¬ 
dió: ‘¡Aprieta, aprieta, que ya saldra. 

-¡Kostia !— gritaba la abuela —, ¡no mien¬ 
tas! ' ¡Otra vez, hombre, otra vez.... 

-Está bien, si cree que son mentiras... - 
dijo son riéndose sarcásticamente -; pero deje 
que penetren en la casa y que nos quiten «do 
y que nos degüellen...; ¡y entonces vera si 
son mentiras o verdades!... ¿A m, que? M. 
obligación es decir lo que he visto... 

Se desesperaba la abuela: 

-¡Kostia, estás mintiendo! Leo en tus ojos 

que acabas de inventar esa historia... 

-¿Inventar? - dijo Kostia lentamente dan¬ 
do a sus palabras un tono sibilino que hacia 
crispar los nervios- ¿Y si le enseno a usted 
el pedazo de cera, me dirá también que es 
cosa que he inventado? 

_¿Y cómo lo tienes en tu poder. 

-Pues muy sencillo; ellos subieron a un co¬ 
che; yo me monté a la trasera, y cuando lle¬ 
gamos a los arrabales, pase cometido 1 unto al 
hombre más bajito, le d; un empujón y k sa¬ 
qué el modelo del bolsillo. ¡Aquí esta-... 

Sacó por segunda vez aquel mismo silbato 
que había mostrado en el jardín y lo enseno 
desde lejos a la cegata abuelita. 

La duda desgarraba el corazón de esta. 
“Claro está que miente; pero.. £ y si po 
casualidad es cierto lo que dice? Suden dar¬ 
se casos en que se sacan moldes de te cerra 
duras, penetran en las casas y degüellan a 
una familia... Precisamente a Ver le. en un 
Dcriódico un caso semejante... Habra que 
Üfccir a Uliacha qye corra el cerrojo tic la 
puerta”. -. 

-¡Llama a Uliacha! 

Kostia obedeció v se 
fué corriendo a la ante¬ 
sala. en donde gritó ate¬ 
morizado a Uliacha, que 
hablaba con alguien por 
teléfono: 

-¡Uliacha! ¡Otra vez 
se le ha olvidado cerrar 
el grifo de la cocina! ¡\ 
está toda llena de agua, y 
las cosas se están ya sa¬ 
liendo por la ventana!... 

Uliacha abandona con 
rajñdez el auricular, que 
choca estrepitosamente 

contra la pared, corre 
apresuradamente a la co¬ 
cina. trojvezando V derri¬ 
bando los muebles que 
encuentra a su paso... , 

Al cabo de un minuto 
se desarrolla una escena 
horrible. 

-¡¡Kostia!! ¡Otra 
ha mentido usted! 


no puedo aguantar más, no quiero seguir sir¬ 
viendo en esta casa...; me voy... 

-Me había parecido que coma el agua - 
decía Kostia, justificándose tímidamente, mien¬ 
tras miraba con ojos suplicantes a la enfu¬ 
recida muchacha —.Había oído el agua... 

Sólo Dios sabe lo que era este dulce e in¬ 
ofensivo niño; tal vez le pareció una realidad 
el que dos señores que estaban fumando pa¬ 
cificamente en la acera de su casa ™“ n J ast £ 
efectivamente sacar el molde de cera de la 
cerradura. ^ 

Por la noche estaba Kostia en el despacho 
de su padre junto a la mesa de escribir, y con 
los ojos muv abiertos miraba las manos de su 
progenitor, que movían y removían rápida¬ 
mente unos papeles. . . 

-.Dónde has estado hoy, Kostia? 

—Én el parque. .... 

_;Y qué cosas buenas has visto allí? . 

-He visto a la madre de Lidochka Pnaguma. 
—¿Qué dices, hombre? La madre de Lh 

dochka ha muerto... . r-n- 

—Pues eso precisamente es lo asombroso, 
estaba sentado en un banco, y de promu ^ 
debajo de las matas, comenzó a surgir yacer 
carse algo así como una espesa nube gris.. • 
máTcerea. más cerca. Miro y... ¡la mama de 
Lidochka! Estaba tan triste. • • Se a^ami 
rápidamente, me puso la mano so ^ 1 ™f ó 
za, me amenazo con un dedo... y se marcho 

s"° “«ss-i-,— 

a su hi¡o con semblante risueño ¡Que co- 

VpTés íste. ppi? - pregnn.6 
Kostia, mirando por encima 
del hombro de su progenitor-. 

Tiene dibujada una pistola... 

. —¿Eso? La cuenta de una ar¬ 
mería; he comprado un revól¬ 
ver para nuestro Banco. 

—.•Un revólver? 


—Sí, para el cobrador. 

—¿Un revólver? 

Kostia, con los ojos muy abiertos, miraba 
fijamente al rostro sonriente de su padre. >4 
había volado muy lejos su imaginación... 
y por su faz discurrían imperceptibles som¬ 
bras de pensamientos. 

Tembló, levantóse de un salto y pasito a 
pasito se escurrió del despacho. Como un tor¬ 
bellino atravesó las dos habitaciones v como 
un torbellino, con los rizos desgreñados, entró 
en el gabinete de su madre, que trabajaba 
pacíficamente junto a la mesa, ' 

—¡Mamá: papá se encuentra mal! 

—¿Qué pasa?, cP ué? . . 

—Al entrar en su despacho le he visto tum¬ 
bado en la alfombra, junto i la mesa, y a su 
lado un revólver- En la frente, una manchita, 
y en la habitación huele a, algo extraño... 

Un grito salvaje, espantoso... 


—¿Qué hago yo con este niño? — decía la 
madre, llorando y mirando casi con odio a 
Kostia que, asustado, tímido, como un |>a- 
iarito en mal tiempo, se estrechaba contra el 
redo hombro de su padre - Con sus men¬ 
tiras e invenciones, este chico hara que todos 
los de la casa nos volvamos locos. La donce¬ 
lla no puede ni verlo, y los niños le echan 
como a un perro sarnoso... Es un chico 
que da pena. ¡Figúrate lo que va a ser de el 
cuando sea mayor!... 

-Por desgracia me ]o figuro - dijo a me¬ 
dia voz el padre, estrechando contra su hom¬ 
bro la cabecita greñuda de su defectuoso 
hijito -. Crecerá y todo el mundo se ale¬ 
jará de su lado, como ahora; no le compren¬ 
derán, y... se mofarán de él. 

-.-Y qué va a ser de él cuando sea m^yor? 

-Querida - dijo tristemente <d padre» mo¬ 
viendo su cabeza, que ya hab¿ comido 

a encanecerse —, será poeta... & B 

' 














14 - LtOPLAN 

VENTANA AL MUNDO 


VtUINUV^ I 1 |— ’ 

aa aaaa@ 0 S] as 2¡ft 


El escudo de Lo Habano 

L a Habana tiene un escudo en el que figu¬ 
ran tres castillos y una llave cruzada. 

■ Le fué concedido en 1665: la llave es de Oro 
y va sobre fondo azul; los castillos represen¬ 
tan las fortalezas de El Morro, La Punta y 
La Cabaña. El simbolismo es bien claro: las 
tres construcciones defensivas cierran la en¬ 
trada del mar azulado, muy azulado, en la 
capital de La Perla de las Antillas. 

El castillo de El Morro 

La irregular fábrica militar que se alza so¬ 
bre el,peñasco situado al este de la bahía, 
se llamó, en un principio. Castillo de los Tres 
1 Reves. Está asentada sobre sólida base do roca y las escarpaduras de 
ésta forman, a veces, los baluartes de la fortaleza. Data de 1589 y su 
construcción se debe al ingeniero Antonelli. Tres siglos después, se le 
añadió el faro, la Farola, que avisa al navegante la presencia en el mar 
de la isla de Cuba, como un oasis de ensueño en el desierto movedizo 
de las aguas. 

Esta situación privilegiada hace que sobre el castillo del Morro re¬ 
caigan los recuerdos históricos de la época colonial ^e La Habana. En 
’ realidad, los muros que más acontecimientos presenciaron son los de 

La Fuerza. 

Pirotos en los Antillas 



que el barco de hierro y el vapor habían de 
arrinconar para siempre en los desvanes de la 
Historia... Algunos adquieren tal intensidad t 
y se desarrollan con una saña tan enconada, 
que en 155J. por ejemplo, sólo quedan en La 
Habana treinta y ocho familias después de 
asaltarla el calvinista Jacqucs de Sores. 

Precisamente para evitar que hechos tales 
puedan repetirse, se ensancha La Fuerza, se 
construye La Punta y nace la idea de edifi¬ 
car el castillo del Morro. 

Y ya en 1585 se rechaza a Drake. 

Francisco Drake 


Un grupo de cubanitas riendo bajo el sol tropical. 


Muchas veces vieron los ojos de los cubanos desembarcar en su suelo 
a las abigarradas huestes de los salteadores del océano. 

En los jardines del antiguo convento de Santa Clara, inmenso edificio 
que actualmente ocupa la secretaría de Obras Públicas, se conserva, tal 
y como era hace cuatro siglos, junto con otras de la misma época, una 
de las más antiguas construcciones de La Habana, llamada “La Casa del 
| Marino”. Habitábala un enamorado nauta, que hubo de embarcar de¬ 
jando en ella a su esposa. Durante su viaje, los piratas saquean La Ha¬ 
bana v entran en la casa legendaria: hay escenas de muerte, de pillaje... 
Por ultimo, el rapto... Cuando el marino regresa en busca de los 
amorosos brazos en que descansar de las zozobras de la navegación, 
halla su hogar vacío y destrozado. 

Sucesos muy propios de los tiempos de los veleros y de las goletas. 


La reina Isabel, la frenética enemiga de Fe¬ 
lipe II, el monarca hispano a quien llama el 
deviomo del Mediodía, arma caballero a Drake sobre el puente de su na¬ 
vio insignia. En el escudo del corsario inglés hay un glol>o terráqueo 
con esta leyenda: 

—Tu prhnus me circundedisti. 

¡El primero que dió la vuelta al mundo! No— El orgulloso pirata 
había olvidado a Magallanes y a Elcano. 

Una frase que explica la predilección con que el famoso saqueador 
ataca las posesiones y las naves hispanas, es la siguiente: 

-Haya paz o haya guerra entre España e Inglaterra, Drake luchará 
siempre contra lós secuace* de la Inquisición. 

No obstante, Francisco Drake se hunde en la nada como sus barcos 
en el fondo de los mares, vencidos o- arruinados por los lustros. Y en 
los anales de la literatura mundial, queda/inmortalizada su azarosa vida 
por un poema: La Dragomea. Lo escribió un español: Lope de Vega. 

Los ingleses 

Ya se yergue altanero el castillo del Morro. Media el siglo XVIII. El - 
almirante Pococok y lord Albemarle se presentan frente a él. Son los 
ingleses unos doce mil hombres a los que se añaden luego otros quince 
millares. El gobernador militar, Juan de Prado y Portocarrero, hace 
evacuar a las mujeres, los niños y los religiosos, arenga a los trescientos 
treinta y cinco soldados que guarnecen El 'Morro y se apresta a la^ de¬ 
fensa. Pero comete el error de hundir en la embocadura de la bahía al 
Neptuno, al Asia y al Europa, hermosos buques de setenta cañones. Ello 
no interesa a los ingleses que desembarcan por el otro lado: sobre Gua- 



Lo forolo del Castillo del 


La situación privilegiado del Castillo del Morro hoce que se concentren en él los recuerdos históricos. 




















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SARMIENTO 757 — BUENOS AIRES 


Por Jacinto Ramos 

ESPECIAL PARA "LEOPLÁN" 

nabacoa... Los españoles tienen que abandonar La Cabaña, defensa de ¡ 
menor categoría, después dei clavar sus cánones, V refugiarse e 
antiguo Castillo de los Tres Reyes, que termina rmdiratoel^dc 
una defensa heroica en la que muere el cap.tan don Luis de Velasco, j 

'^Batería Sfvdií * CífUa última hora, la batería del este 
del Castillo del Morro, hasta la hora en que se arrio para siempre en su , 
faro la bandera española, al morir el siglo pasado. 

f.a briso 

~[~L a Habana hace calor todo el año... Si acaso, en los amaneceres 
de la estación invernal, allá por las calles de Damas y Cuba y •. 

ven Acorvadas figuras de unos negros que. nr.tando van camino 
i p i oS mue lles para descargar y estibar, envueltos en sobretodos, bufan 
to y un« go,™f»rbi.rX Uta has.a te orejas... Mas cuando el 

i* >>'- al cacr 

la arde supla » tumo al castillo del Morro y choca suavemente t»n 
las SorialS moradas del paseo del Malecón, en cuyas terrazas, sobre 

soñadora^y 

«SÍfeíSy antaño 

el P r ^, del 

se enfrenta con las olas u ocupa el anfiteatro para oírla a su placer 
Lm«S¿ trajes sin chaleco, de dril crudo o de purísima blancura 
envarada por el abundante almidón, tiesos y replanchados al salir de casa, 

Tn'dVedadTerd ¿erro, en los barrios de la cintura habanera me- 
dd« eh el campo, que saben del crepúsculo ro,o « «I-; 
brusco V de la palmera ondulante que abanica con su S £ 

en sombras v en paz, no hace falra moverse de casa para disfrutar 
eíte frescor delicioso, pero a la ciudad no le queda o™ remedio que 

rafíTSi- aun Sddo d Km& de "evTeU, fulias 
„ lu ‘ 'blancas, muy jóvenes, una de las cuales cayo sobre la bandera de 

°í“e„ el 'u SIES--*. de 1 » Historia y la bnsa de. mar. * 

Morro y lo banderc de la estrello solitario saludan al dio que muere. 


■Ahuyente 


Al primer amago de tos 
lome GABA. Sentirá alivio 
y evitará males peores. 
Las PASTILLAS GABA 
protegen Jas vías respira¬ 
torias, desinfectándolas, 
refrescándolas. 


PIANOS 










EL CUENTO TRAGICO 


I 


I B-i, rancho erguíase solitario en la entraña 
de los llanos. Un algarrobal alzaba hacia 
■L/ el cielo claro y ardiente sus árboles, 
erectos y sombríos, y el viento, que llegaba de 
: las montañas lejanas, traía voces misteriosas, 
estremeciendo los viejos algarrobos. 

|; En la orilla del algarrobal acampaba la últi¬ 
ma montonera. Hacía dos años que la cabeza 
de Peñaloza fuera paseada por los caminos de 
; La Rioja en I3 punca de la lanza de Irrazábal, 
: y hacía cerca de cuarenta que estaba seca la 
sangre de Barranca Yaco. 

En el rancho ruinoso, el jefe de la última 
í montonera jugaba al monte con su teniente. 

Era un hombre de rostro cetrino, flaco y 
* hercúlqp el coronel Medina. Hacía seis meses 
* que estaba allí, en la frontera de La Rioja, con 
sus pobres gauchos, rotosos e indómitos. 

•i En las noches claras de los llanos, la mirada 
del coronel Medina se volvía hacia Catamar- 
ca; creía escuchar, entre el murmullo sollozan¬ 
te de los algarrobos, las voces amargas de la 
derrota y de la muerte. 

El Chacho estaba muerto, muerto a traición, 
degollado en presencia de su amazona; su ca- 
r . , berza lívida, paseada por los pueblos. Pero se¬ 
guía combatiendo después de muerto. .. 

! ■ ¿Acaso los montoneros no estaban todavía 
sobre las armas? 

| Eran pocos, es cierto. No pasaban de rres- 
, cientos hombres andrajosos, sin fusiles, sin más 
armas que sus lanzas y sus dagas. Pero el alma 
bravia y heroica del gran caudillo latía en ellos. 
<. Medina sabía que La Rioja iba a caer tarde 
o temprano. 

¡jt El viento, aue soplaba desde Catamarca, traía 
las voces de la invasión y de la derrota. Pero 
la última montonera caería combatiendo. 

Y en las noches claras, oyendo los murmu¬ 
llos misteriosos de la soledad, 'sonaba en el 
j campamento una canción, heroica y triste, co¬ 
mo el alma de aquellos hombres, como el es- 
1 píriru de aquel pueblo que había combatido 
durante dos generaciones: 

Coroneles de Arredondo, 

Vengan a bailar ¡a zamba , 

Que al pie de cada algarrobo 
Hay una lanza riojana. . . 

: Era la zamba montonera; era la voz de los 
| j lanos, que sonaba entre las lanzas; el último 
fcjesafío desesperado de los postreros paladines, 

!¡ jue montaban la última guardia en la frontera. 
H* Medina suspiró. 

í|j Era un hombre joven todavía. Contaba al- 
; ededor de cuarenta años, y desde los diecinue- 
| j-e, desde el día distante que abandonó su al- 
| llca del Famatina, formó en las filas de Pe- 

! ialoza. 
i ¡Peñaloza! 

El corazón del montonero sangraba' ante 
quel nombre legendario. Desfilaba por su me- 

¡ K>ria el recuerdo de los entreveros, la entrada 
a Tocumdn, la invasión de San Luis, las de¬ 
rotas y las hazañas... 

Medina había escuchado en los campamen- 
*5 las leyendas de Facundo. Supo cómo el Cha¬ 
llo, después de Barranca Yaco, desligado de 
1 voto de fidelidad hacia el Tigre de los Lia- 
as, volvió sus lanzas contra Rosas y se ciñó 
vincha unitaria. 

Sí. La Rioja tenía que caer en poder de las 
opas nacionales, al mando del general Arre¬ 
ando. Pero la muerte del Chacho no sería 
vidada jamás mientras viviera un montonero, 
¡entras hubiera un algarrobo en La Rioja. 
Aquella mañana ardiente, el coronel Medina 
quedaba abstraído en medio de la partida, 
hadábase de los naipes, y sus ojos, penetran- 
j s y sombríos, miraban hacia el lado de Cata- 
por donde vendría la muerte. 


■ Urca, p 




—Talla usted, mi coronel. 

Urrutia, el teniente, estaba acostumbrado a 
las distracciones de su jefe. Criado también en 
los campamentos, saturado de las leyendas 
bravias y del anhelo heroico, Urrutia, que era 
muy joven, comprendía el drama silencioso y 
oscuro que estaban viendo; adivinaba la doble 
tragedia que se ocultaba en el corazón intrépido 
del jefe montonero, y respetaba aquellos brus¬ 
cos silencios, aquellas sombrías meditaciones. 

Un sargento entraba y salta durante toda la 
mañana, cebando y sirviendo los mates inter¬ 
minables; un gaucho, ya viejo, que había co¬ 
nocido a Facundo y nunca se había querido 
separar del Chacho hasta la cobarde tragedia 
de Olea. 

Y era el viejo sargento quien soba narrar a 
Urrutia las hazañas estupendas de otro tiempo, 
cuando Peñaloza lanzaba sus jinetes al entre- 


habia de vencer para siempre a la montonera. 

Ante el jefe silencioso y el teniente, tejía 
sus largos y trágicos relatos, interrumpiéndose 
con frecuencia, pálido de rencor, trémulo de 
rabia. 

— ¡Arredondo! Dicen que él no es tan malo. 
Pero los jefes nacionales... ¿Se acuerda, mi 
coronel? 

Medina se acordaba. ¿Cómo se iba a olvidar 
de la tragedia de cuarenta años? 

— ¿Se acuerda del coronel Iseas? ¿Se acuerda 
del comandante Linares? 

Este último nombre se le escapó un día, 
y Medina ahogó un rugido. Urrutia lo miró 
curiosamente. El sargento tosió. 

— ¡Qué bruto soy! ^Pa qué lo dije?... 

Pero Urrutia conocía la historia. Toda La 

Rioja la conocía. 

Era una historia vieja y terrible, como todas 



vero, cuando desbandaba las fuerzas del fraile 
Aldao y sacaba a lazo los cañones del ejército 
federal de entre los cuadros de la infantería. 

—Esos eran tiempos... 

La barba del sargento temblaba cuando hacia 
las evocaciones heroicas. El también quería 
vengar el asesinato del Chacho, las lágrimas 
de La Rioja, la sangré de los padres degollados, 
de las mujeres deshonradas, los ranchos incen¬ 
diados. .. 

—¡Peñaloza! — solía gemir —. Lo carnearon 
como a una res, al más bravo y al más bueno 
de los hombres... 

Su alma, supersticiosa y simple, creía que el 
espectro degollado del paladín vagaba por los 
llanos, bajo la luna, esperando la hora que lo 
vengaran. Y la voz del viejo gaucho temblaba 
con rabia heroica sobre la guitarra, cuando el 
sol se iba hundiendo en el horizonte y las 
sombras de los montoneros muertos parecían 
suspirar bajo el cielo calcinado de la provin¬ 
cia indómita y triste: 

Coroneles de Arredondo 
Vengan, a bailar la zamba ... 

El viejo volcaba todo el odio de su pobre 
alma sobre aquel jefe desconocido, que un día 


las historias de los llanos, como cada historia 
de valor, de venganza, de odio, de sangre, que 
dormía al pie de cada algarrobo solitario y 
„ lloraba en el viento sobre los huesos de los 
muertos, sobre las cenizas de los paladines. 

Databa de ocho años atrás. 

Era la historia de la novia de Medina. 

Medina iba a casarse con ella, cuando el 
Chacho desbandara sus montoneras, en una de 
las treguas de la invasión. Llamábase r^ilda , 
y el montonero la amaba con toda su alma 
ruda y bravia. 

Durante una invasión inesperada, las tropas 
nacionales entraron en el pueblo donde vivía 
Casilda. Era la división del comandante Lina¬ 
res, aquel hombre bruta] y famoso, cuyo nom¬ 
bre execrado anda todavía por las leyendas 
de sangre del interior. 

La violación y el rapto de la Casilda añadió 
una hazaña más a la lista del célebre militar. 

Medina andaba por San Luis, y lo supo mu¬ 
chos meses después. Los baquianos, obligados 
a contestar a sus preguntas, le dijeron cómo 
Linares había abandonado a su novia después 
de hacerla su querida durante unos meses. 

Ella rondaba desde entonces por los cam¬ 
pamentos. .. 









DC- ÜKGRE’ 

. .. ___ ._ A- nri. Urrutia se puso de pie, abandonando las 


Linares supo también, por boca de los pri¬ 
sioneros, que Medina había jurado buscarte 
y darle muerte en medio de los mas «spanto- 
sos suplicios, y huyó a Me ndoza, donde flo- 
taba todavía la sombra ensangrentada y diabó¬ 
lica del fraile Aldao. 

Ocho años habían transcurrido. 

A ella no quería verla más. Deseaba, en el 
fondo de su alma, que estuviese muerta-Y el 
continuaba combatiendo sobre la tumba de 
Peñaloza. 

—No vienen, mi coronel... , 

Medina sabía que su teniente referíase a las 
fuerzas de línea. Estaban acampadas en Cata- 
marca; sabíalo por los baquianos que cruza¬ 
ban la frontera solitaria. _ , , 

-Pero un día han de venir - contestaba el 
montonero, y sus ojos, sombríos. Penetrantes, 
volvíanse siempre hacia la frontera, donde el 


Urfutia se puso de pie, abandonándo las 
canas sobre la mesa, y se asomo a la puerta 
del rancho. El cielo era de un azul profundo. 

Fumaba pensativo el teniente, contemplando 
las tierras quemadas. 

De pronto, allá lejos, creyó ver una nube- 
cilla de polvo. 

-¡Sargento! 

La guitarra calló bruscamente. 

-Mi teniente. 

La figura hercúlea y rugosa del montonero 
estaba frente a él. Bajo la sucia vincha azul, 
los ojos del viejo estaban húmedos de odio 
y de recuerdo. 

-¿No viene alguno por alia? 

Miró el sargento en la dirección, indicada. 

-Si, es uno...; viene cansado... 

La silueta borrosa de un jinete se advertía 
en el horizonte. 


viento sacudía los algarrobales poblados de 
espectros y de voces misteriosas. 

U coronel levantábase antes del amanecer. 
Desde la ventana del rancho, en la P^mbra 
azul del alba: divisaba la figura inmovd y ruda 
de un gaucho, recortándose trágica y venga¬ 
dora contra los llanos resecos y polvorienta. 

Esa era la hora en que el sargento creía ver 
pasar el espectro degollado del Chacho, can¬ 
sado de vagar y de gemir bajo la luna... 

n 

El sol estaba alto. Los llanos ardían y en los 
algarrobos inmóviles ni una hoja se agitaba. 

-.-Talla usted o tallo yo, mi coronel? 

Urrutia alzó los ojos y vio que Medina 
había caído en una de sus sombrías y tétricas 
medicaciones. 

Guardó silencio y encendió un cigarro. 

Un soplo ardiente venia de los llanos cal¬ 
cinados. Los montoneros, fuera, dormían la 
siesta. El sargento rasgueaba una guitarra, y 
las banderolas de las lanzas pendían inmoyüa. 

Una quietud de muerte remaba bajo la tiesta 
de fuego del soL El bostezo distante de un 
tigre soñoliento vino desde los algarrobos. 


—Viene p’acá... 

Medina, absorto en sus pensamientos, no pres¬ 
taba atención. Con los ojos semicerrados, esta¬ 
ba viviendo las horas lejanas de otros tiempos. 
Veía unos ojos negros y ardientes que quema¬ 
ban los suyos; oía una voz dulcísima, casi 
apagada, en la hondura trágica del tiempo... 

Y el coronel escuchaba, como en un sueno, 
el son de una guitarra lejana, vibrando en la 
siesta de un pueblo mientras sus labios besa¬ 
ban aquellos otros labios calientes y trémulos... 

¿Cómo era aquel estilo inolvidable, aquella 
canción de ocho años antes? Procuraba recor- 

da Descolgó la guitarra del teniente, que pen¬ 
día de la pared del rancho, una pobre guitarra 
vieja que había vibrado al son de las zambas 
de Facundo, y rasgueó las cuerdas. 

Estaba solo en el interior del rancho. Urru- 
tia v el sargento habían ido a esperar al jinete, 
que va llegaba a los algarrobales. 

Ew un baquiano. 

Habló aparte con el sargento. 

-Dice que si quieren darle un caballo, que 
el suyo viene muy cañado - informo el sar¬ 
gento un instante después. 

—¿Ño trae noticias de?... 


Por HECTOR PEORA 
BEOMBERl 

El sargento se encogió de hombros, con 
gesto ambiguo. 

—Que se lleve un caballo... El que trae 

bU Se°voÍvió al rancho, huyendo del sol, c 
ardía cada vez más. 

Dentro vió al corone] que rasgueaba la gui 
tarra con expresión distante. 

¿Cómo era aquella canción de hacia ocl 
años? . . , . . 

En voz baja, sin advertir la presencia di 
teniente, Medina tarareaba un estilo, viejj. 
como el corazón de los llanos, pleno de sal| 
vaje tristeza, de obscuro presentimiento, d 
angustia sutil... J 

Urrutia se asomó a la ventana. La tragedu 
antigua volvía al alma de su coronel, en aquelli 
frontera solitaria: las voces muertas volv 
a sonar en el corazón del montonero... 

Allá, bajo el sol calcinante, el baquiano 
hundia entre los algarrobos, lentamente, snj- 
prisa, inclinado sobre el caballo, mirando lf 
tierra reseca. i 

Algo como un sollozo estallo en la gareai 
de Medina. Dejó la guitarra en el suelo , 
acercándose a Urrutia el también miro a l«j 
lejos, hacia la frontera de Cataroarca. 

—No vienen todavía— No vienen — 
murmuró, y añadió con voz ronca: - ¿Jugami 
una partida, teniente? 

Durante dos horas jugaron sin —- 

tras fuera continuaba el incendio del sol 
La Rioja se abrasaba. . . 

Un rumor inusitado interrumpió la Ultt 
jjareida. , 

—Perdone, mi coronel... Ahí esta otra vi 
el baquiano... 

El sargento miraba curiosamente a su jefe. 
-¿El baquiano? ¿Qué baquiano? 

—Uno que vino a pedir un caballo — 
del suyo, hace unas horas, mi coronel 
pondio el teniente, dejando de jugar. 

—¿Es Arredondo que viene? 

—Ño, mi coronel..., todavía no... 

La figura andrajosa de un baquiano se dibo' 
en la puerta del rancho. 

— ¿No me conoce, mi coronel? * 

Era un hombre alto, flaco como el sargent 
Su barba estaba enredada y sucia, y su cabell 
enmarañado, estaba sujeto con una vincha azq 
—¿Ya no se acuerda de mi? ¡Ah, mi coroh 
Medina!... 

Los ojos sagaces del hombre se clavaban 
el rostro duro y triste del montonero. 

-He venido a saludarlo, mi coronel M< 
na... ;No se acuerda de que un día, xn L 
Luis, usted me sacó de las uñas de la$ fuere* 
federales?... Hace tiempo, pero.yo no 
olvido. Era la tropa de Iseas, en el mismo 
del combate de Las Playas... Me habíani ta¬ 
queado, porque yo no quería decir por donj 
andaba el Chacho... Me crujía la osamenta. 
Casi me quedo sin huesos... Iseas me daba, 
la cabeza con el cabo del rebenque; pero yo 
soltaba prenda. Al fin mandó que me diei 
allí no más un tiro atrás de la oreja. ¡Ah, 
coronel Medina! Si en ese momento usted 
llega con sus montoneros, a esta hora yo 
estaría pudriendo al pie de un algarrobo 
Medina tuvo un vago recuerdo. 

—Berniúdez, el rastreador... - exclamó. 

El paisano sonrió enigmáticamente. 

— ¡Ah, mi coronel Medina! ¿Ve cómo 
recuerda? Bueno, pues... He venido a sa, 
darlo... Y también a pagarle mi deuda' 
Antes que me olvide, le-voy a decir una coj 
Iseas, el verdugo, el que quiso darme el tí 
atrás de la oreja, el que hacía carnear viv 
a los montoneros, anda por Córdoba... 1 
asistente lo tajeó en los brazos, y los bra: 
se le secaron... Lo echaron del ejercito 




I 


¡ ¡Anda por las pulperías de Córdoba, sudo, ro- 
' toso, borracho. 

, El sargento escuchaba sin pestañear el relato 
del baquiano. . 

—Y fué un coronel de línea... — murmuró. 

' —Con los galones manchados con sangre de 
•montoneros, con lágrimas de mujeres... 
ij La voz de Medina era ronca, sombrío su 
recento. 

j El baquiano daba vueltas a su raído sombre- 
' ro. Sus ojos sagaces centelleaban bajo la vincha. 

•• —Como le digo, he venido a pagarle mi deu¬ 
da, coronel. 

El sargento montonero reprimió un estre¬ 
mecimiento al escuchar aquellas palabras. El 
' soplo ardiente de los llanos abrasados llenaba 
el rancho, y el sudor corría por el rostro 
broncíneo del gaucho. 

i , —Ayer, a la puesta del sol, en Catamarca, 

• ; Mcontre un rastro fresco...: caballos de línea, 
ni coronel... Eran tres.; los vine siguiendo... 

• Acamparon cerca de la frontera... Venían 
i ' derecho a La Rioja... Los alcancé, mi coro¬ 
nel... Los seguí toda la mañana, hasta que 

• entraron en los llanos... 

('Ceñudo, lívido, Medina habíase acercado al 
baquiano. 

fff-Ya están en La Rioja — exclamó con ronco 

• j —Eran tres, como le digo, mi coronel... 
Un oficial y dos soldados... 

¡I j —¿Un oficial y dos soldados? — interrum- 
h¡<> el montonero .— ¿Dónde están? 

; Bcrmúdez sonrió, con sonrisa extraña, dia¬ 
bólica. 

—Los dos soldados — respondió lentamente —, 
Calculo que en el infiemo, mi coronel... Los 
degollé, después de enlazarlos... Ahí se los 
| *stan comiendo los cuervos, en el algarrobal... 

► { —¿Y el oficial? 

c Una luz satánica brilló en los ojos del ba- 


| imano. 

—¿El oficial? — murmuró, sin desviar sus ojos 
¡ I *^c los del montonero —. El oficial se lo traigo 
•ara pagarle mi deuda de San Luis, coronel 
“dedina... 

c A una señal del baquiano, el sargento había 
!T alido del rancho. Se oyeron unos pasos fuera. 
®>c pronto, los ojos centelleantes divisaron, 
*e pie, los brazos sujetos a la espalda con ma¬ 
tadores, los ojos echando llamas, silencioso, 
irribic, al hombre que estaba buscando desde 
i acia ocho años. 

| —Linares... 


I El nombre maldito se escapó como un sus- 
¡ jjro de los labios del montonero. Hubo un 
ficticio enorme, en el cual se oyó el latido 
! ‘ los corazones trémulos de odió. 

'i -Si, soy yo, el comandante Linares... 

, - El prisionero miró con arrogancia despre¬ 
ciativa a su enemigo. Sintió sobre su alma las 
, e <iieblav de la muerte, el soplo de la agonía; 
J¡ c ;ro no tembló, n¿ un músculo de su rostro se 
•¡¿Ultrajo. Gruesas gotas de sudor se despren- 
I an de sus sienes y corrían por la maraña 

I pesa de su barba. 

jq,Yolv¡ó a hacerse el silencio. El baquiano 
]¿ibía desaparecido, seguido del sargento. 

0 Q En aquel silencio, en el rancho miserable 
j| ro dos los espectros de cuarenta años, la sombra 

II ^ los supiieiados, de las mujeres violadas, 
jL'rccbn desfilar entre aquellos dos hombres, 
• "I ^pnciosos y terribles en su inmovilidad. La 

Ui y la muerte aleteaban, como grandes 

, 3S jaros invisibles en la hoguera del sol. 
i Jurbó el silencio el rasgueo de una guitarra, 
i g..ra el sargento, que soñaba con vengar la 
i f)[ nbra de Peñaloza. 

i aliento del crepúsculo próximo había di- 
1 ’ viSdo el calor asfixiante. Sobre los algarrobos 
;. ¡ ei ' 0 Lban las aves de rapiña, en lentas y sinies- 
1 i A s Diríase que todos los buitres de 

1 c Rioi* ^^ían acudido a las exequias de los 
t i¿5 soldados degollados por el baquiano en un 
s >nque de gratitud.. . 

- jir?” ra ncho, Linares y Medina permane¬ 



cían sentados uno frente al otro, fumando en 
silencio. El prisionero había sido despojado de 
los maneadores que aprisionaban sus brazos, 
por orden del montonero, que lo hizo sentar 
y le invitó con cigarros. 

Hacía tres horas que estaban así. El teniente 
les dejó solos. El y los .montoneros daban vuel¬ 
tas, inquietos y curiosos. Sentían en lo hondo 
de sus bravas entrañas el drama silencioso que 
se estaba desarrollando en el rancho. 

Todos, comenzando por Linares, adivinaban 
que Medina estudiaba un suplicio supremo para 
el cruel comandante. 

¿Cuál sería la muerte que el montonero le 
destinaba? 

Por la imaginación de todos desfilaban los 
tormentos que Linares aplicaba a los prisione¬ 
ros durante sus sangrientas invasiones: los de¬ 
güellos por la nuca, las horcas en los algarro¬ 
bos, el tiro atrás de la oreja, aquel espantoso 
suplicio inventado por el fraile Aldao, qne 
consistía en cortar la planta de los pies a los 
prisioneros y obligarlos a caminar durante lar¬ 
gas horas... ¿O le aplicaría aquel tormento 
diabólico que el mismo Linares aplicó a un 
paisano de San Luis que intentó asesinarlo: 
“carnearlo vivo”, según sus propias palabras, 
y obligarlo a asar y comer los pedazos san¬ 
grientos de su propia carne? 

La visión de los suplicios llenaba la imagina¬ 
ción de los gauchos, mientras el sol empezaba 
a descender sobre las lejanas montañas azules. 
En el silencio, la guitarra del sargento sonaba, 
queda y triste, amenazante y desolada, inte¬ 
rrumpida por los graznidos de los buitres. 

—Teniente... 

Urrutia entró en el rancho. 

El prisionero conservaba su gesto de altanera 
arrogancia. Urrutia lo miró con cierta admi¬ 
ración. Eran bravos estos" jefes de línea, pensó; 
sabían matar torturando, pero también sabían 
morir sin temblar... 

—Teniente... Póngale otra vez los manea- 
dores a este hombre . .. Haga formar un cuadro 
de tiradores... 

Alienaras Urrutia llamaba a los montoneros. 
Linares sonrió. 

Lo iban a fusilar, simplemente... Pensó que 
el montonero era un imbécil... 

Entró el sargento con dos hombres. Un pai¬ 
sano había recogido la guitarra y la pulsaba 
fuera. El vibrar de las cuerdas se oía clara¬ 
mente en el rancho. 

—¿Ahora, mi coronel? 

El preso estaba amarrado nuevamente con 
dos maneadores de tiento. Continuaba sonrien¬ 
do, bravo y altivo. 

—Espérese. . . 

_ Los ojos de Medina contemplaron con extra¬ 
ña* expresión al prisionero. Después dijo len¬ 
tamente: 

—Llévenlo bajo un algarrobo y fusílenlo 
por la espalda... 

Un rugido se escapó de la garganta del 
preso. Sus ojos se inyectaron de sangre y los 
maneadores crujieron. 

—Pónganle una mordaza — ordenó el monto¬ 


nero fríamente, sin quitarle los ojos. 

I. i na res ofrecía un aspecto impresionante. 
Bajo la mordaza, que ahogaba sus rugidos de 
rabia y de desesperación, aparecía una espuma 
sanguinolenta. La guitarra del soldado conti¬ 
nuaba sonando fuera, desgarradora, amenazante, 
como un cantar de agonía por el hombre que 
iba a morir. 

Los dos soldados Je arrastraban. Oyóse un ru¬ 
mor fuera. 

El sargento lanzó una maldición. 

Una mujer acababa de hacer irrupción en 
el rancho. Una mujer sucia, desgreñada, an¬ 
drajosa, el rostro cubierto de una costra vis¬ 
cosa, las manos flacas, como garras. 

Medina la miró con sorpresa. 

—¿Qué quiere esta mujer? ¿De dónde ha 
salido? 

—Acaba de llegar en una muía, mi coronel, 
en una muía azuleja... 

La mujer se había acercado al montonero. 
Sus ojos, enrojecidos por el alcohol y el humo 
de los vivacs, parpadeaban. 

—¿No me conoces, Medina? 

Algo pareció quebrarse en el pecho del 
montonero. La voz lejana, la voz que salía 
del pasado, resonó con un eco de muerte en 
ai rudo y atormentado corazón. 

Era ella... Aquel despojo humano, aquella 
sucia y manchada carne de campamento, era la 
novia de su juventud. Y allí estaba el autor 
de su tragedia, amarrado y en marcha hada el 
suplicio. 

—¡Medina! 

Aquel acento, que parecía salir de las pro¬ 
fundidades del infierno, puso un frío extraño 
en los huesos del montonero. 

-Medina, vengo a pedirte la vida de ese 
hombre... 

Las palabras vibraron, claras, espantosas, en 
el silendo del rancho. El graznido de un bu rere 
vino desde el algarrobal. La guitarra seguía 
sollozando fuera... 

El preso miraba con • curiosidad a la suda 
y lamentable mujer. La espuma bahía desapa¬ 
recido y parecía sonreír bajo su mordaza. 

—Vengo a pedirte la vida de este hombre, 
Medina — repitió la mujer —; todo pasó ya... 
Supe qüe iba a caer en tus manos... Y yo tuve 
un hijo de él, Medina... 

En el silencio que siguió se oyó el gemido 
de Ja bordonaTUa vaga frescura del crepúsculo 
aliviaba los llanos. 

—Sáquenle los maneadores... Y la mordaza... 

La orden seca, terminante, estremeció al sar¬ 
gento, al teniente mismo 

—Ahora, váyanse. ¡Váyanse! 

Sombrío, trágico de perdón, d montonero 
señalaba los llanos abrasados, donde se iban 
alargando las sombras de los algarrobos. 

—¡Váyanse! 

La voz plañidera de la guitarra cantaba, como 
un eco lloroso del pasado, como una angustia 
inconsolable y remora, como un amor perdido 
para siempre. Eran las notas de una canción 
vieja como d corazón de los llanos, llena de 
salvaje tristeza, de obscuro presentimiento, de 
angustia sutil... 

Medina palideció. 

Era el pasado, la afrenta, la infamia, que vol¬ 
vían con la canción. Se volvió, con el rostro 
descompuesto, los ojos espantosos, la voz ru¬ 
giente: 

—¡Pónganle los maneadores!... ¡la mordaza! 
¡Allí bajo d algarrobo! ¡Por la espalda! 

Lo sacaron arrastrando, debatiéndose como 
un demente. Las últimas luces del crepúsculo 
alumbraban el suplicio del verdugo de La 
Rioja. Arriba, revolaban los buitres. 

La mujer, caída de rodillas en la puerta dd 
rancho, rezaba. El teniente la empujó sin 
rudeza. 

—Váyase — le dijo — váyase... 

Sonó la descarga, seguida de un sollozo ru¬ 
giente. 

La guitarra estaba silenciosa. <8> 














La PRODUCCIONpm laDEFENSA 
DEMANDA TECNICOS 


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+ _ L. -f05 JEFES DE LA INDUSTRIA 


En las FABRICAS 

la industria fabril, tonto en las empresas 
pequeñas, como en las grandes, se está 
ensanchando, modernizando y "meca¬ 
nizando." Esta gran expansión requiere 
el empleo de miles de técnicos en Fuerza 
Motriz, Electricidad, Radiotécnica, etc., 
y éstos ocuparán importantes y remune¬ 
rativos puestos.* 

En la AGRICULTURA 

Es sorprendente el desarrollo de la pro¬ 
ducción agrícola moderna y mecani¬ 
zada. Para la instalación, reparación y 
manejo de la gran cantidad de maqui¬ 
naria que se utiliza en los campos, hay 
urgente necesidad de peritos en Fuerza 
Motriz y Electricidad, aplicadas a la 
Agricultura. Los especialistas ganan 
buenos sueldos. 

En la MINERIA Y EL PETROLEO 

¡Materias primas! Este es el grito de la 
industria para satisfacer la demanda de 
producción para la Defensa. Los pro¬ 
ductos del subsuelo se hallan en todos 
los países latinoamericanos,- pero se 
necesitan miles de Técnicos que se en¬ 
carguen de la gran cantidad de maqui¬ 
naria especial, necesariapara extraerlos. 



- LOS JEFES DE LA INDUSTRIA - 

En las COMUNICACIONES 

El ensanchamiento de las comunicacio¬ 
nes en todo Hispano-América. es asom¬ 
broso. Las naciones necesitan extensas 
y eficaces redes de comunicación. ' -»s 
vastos programas de Defensa exigen 
una ampliación enorme. En Radiocomu¬ 
nicación, Telégrafos, Teléfonos, Radio¬ 
difusión, etc., etc., se acentúa cada día 
más la demandadle Expertos. 

En la TRANSPORTACION 

Importante actividad que ofrece opor¬ 
tunidades sin limite al Experto en 
Motores de Gasolina y Diesel, Sistemas 
Diesel-Eléctricos, Aviación, Plantas 
Motopropulsoras Marinas, Sistemas de 
Alumbrado Eléctrico, etc. El estableci¬ 
miento de nuevas vias para la Defensa, 
pide urgentemente especialistas. 

En la INDUSTRIA FRIGORIFICA 

La conservación de todos los productos 
del Continente, exige ampliación de las 
plantas. En estos tiempos de acrecen¬ 
tada producción y almacenamiento de 
comestibles, se necesitan técnicos en 
Electrotecnia y Refrigeración, especia¬ 
listas a quienes se les pagan sueldos 
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He aquí a Elsa del Compillo ’Masriera a lo edod 
de un oño. Nació en Santiago de Chile y allí 
curvó sus primeros estudios, como alumno de un 
internado. Hija de un conocido concertista del 
vecino país, ella mismo dió su primer concierto 
de violín a lo edad de catorce oños. "De ese dio' 
— nos dice — guardo la más grande emoción de 
mi vida". Hablondo de la época de la infancia, 
Elsa del Campillo asegura que, a diferencio de su 
hermana Alicia Bonié, que encerraba las palomas 
en el homo de hacer empanadas, ello, en combio, 
era una chica muy buena y estudiosa. En Santia¬ 
go de Chile, la actriz, luego de algunas expe¬ 
riencias teatrales, filmó ia película "Madre sin 
saberlo", en el año 1935, "lo cuol — asegura — 
ero tan mala que ni yo misma la he querido ver". 



Ahora tiene veinticinco años y vive en la calle 
Sontiago del Estero. La encontramos allí, acompa¬ 
ñado de su pequeño hijito, en un hogar amable 
y ocogedor. "Llegué a este país — nos dice — en 
el oño 1937. Casi de inmedioto me incorporé al 
elenco del teotro Moipo. Desde entonces hasta 
hoy, mi labor se sucedió sin interrupción en di¬ 
versos escenarios de la capital y del interior. En 
1941 inicié aquí mi labor en el cine, con "Señor 
Mucamo". Ultimamente filmé "Popó tiene novio". 
Al responder o una de nuestros preguntas, la octriz 
dice que o pesor de hober conquistado en el teatro 
sus mejores triunfos, el cine le seduce con mayor 
fuerzo. "Es una coso de mós vastas proyecciones, 
más completa artísticamente". 



V 




Han posado ya, pora Sabina Olmas, los du¬ 
ros momentos de la iniciación artístico. Aho¬ 
ra la vida se le ofrece con un comino ancho, 
despejado, plena de éxitos y de satisfaccio¬ 
nes. Recuerda con emoción su primera pelícu¬ 
la: "Lo rubia del camino". "Días antes de 
que fuera entregoda al juicio del público — 
dice la estrella — paré momentos de verda¬ 
dera impaciencia. Sentía deseos de saber có¬ 
mo iba o "quedor" yo en el marco de la 
exhibición. Pero ese deseo se convirtió en 
temor cuando llegó el momento definitivo. 
Quise salir del cine, pero uno de. mis pa¬ 
rientes n.e retuvo diciendo: "No tengas miedo 
de verte, que no eres ton feo". Sobina 01- 
*■'' mos — 27 años, ojos claros, expresión sona¬ 
doro — sonríe. Después, comenta: "Por fin 
me quedé, y el susto pasó, porque en reali¬ 
dad no me veía tan mal". 


Sabina Olmos, que con el tiempo hobío de 
ser uno figura importante en nuestro cine, 
aparece en esta foto a la edad de ocho me¬ 
ses. Nació en el barrio Once, y sus primeros 
recuerdos están relacionados con sus años de 
colegiala. "Entonces — dice — era yo una 
chiquilla realmente insoportable. El estudio, 
sobre todo el de los matemáticas, me resul¬ 
taba muy antipático. .. Me gustoba jugar, y 
• aprovechaba todos los recreos paro ensoyor 
danzas en el patio. Mis moestros me reñían 
por eso, pero, sin embargo, me querían mu¬ 
cho"... Los primeros aplausos como artista los 
recogió Sobina Olmos en esa époco de su 
niñez, pues su afición ol baile hizo que los 
superiores la designoron siempre paro inter¬ 
venir en los fiestas de fin. de curso. "En una 
ocasión — recuerdo — llegó a la escuela un 
señor a quien moestros y profesores ofendían 
con mucha deferencia. Era el momento del 
recreo, y" yo estoba, como siempre, ensayando 
mis danzas. Al verme, el visitante me pidió 
que bailoro uno zamba. Yo, naturalmente, no 
quería hacerlo, porque jamás había oído esa 
palabra ni sabía lo que ella significaba. Su 
insistencia, sin embargo, venció mis vacila¬ 
ciones, y... bailé... Al terminar, unos cuantos 
caramelos y chocolatines fueron lo recompen¬ 
sa a mi trabajo y también la primera remu¬ 
neración que recibí como ortista". 


•«Mr ‘ 



EL £UE 



A pesar de sus escasos cinco años, Leo¬ 
nardo vivía una vida realmente intensa. 
Su espíritu sensible y desnudo se iba apro¬ 
piando gozosamente de todo aquello que el 
mundo Fe ofrecía a borbotones: dolores, so¬ 
nidos, sabores. Los hombres, los animales, las 
plantas, las piedras, se iban inscribiendo en su 
alma, y Jio precisamente tal como le habían lle¬ 
gado, sito corregidos, matizados, desmentidos 
por su phlpitante imagúmción. Así vivía Leonar¬ 
do, entfe el mundo de gfuera y el de adentro, 
fluctuante, tan aten/o ávupo como a otro, tan 
suyo uno como otrd, hasta que aquel episodio 
vino a decidirlo brusca, dolorosamente. 

La cosa es que un. buen día se enfureció 
Koala, el elefante del jardín zoológico. Había 
muerto Tamara, su esbelta compañera de las 
selvas malayas, y le habían enviado en su 
reemplazo una elefanta joven, oriunda de 
Africa, muy cariñosa con él, pero no de su 
gusto. De nada valieron con Koala los trata¬ 
mientos afectuosos de su nueva pareja, ni los 
severos de sus guardianes. Su furia iba en au¬ 
mento, hasta que una noche rompió la pesada 
cadena que lo sujetaba, v trizó como si fuera 
un barquillo la reja de hierro que^delimitaba 
su casa. No hubo más remedio que sacrifi¬ 
carlo. Al día siguiente, los diarios publicaban 
fotografías del pobre Koala, y anunciaban en 
grandes titulares que se habían necesitado na¬ 
da menos que veinticuatro tiros de carabina 
para matarlo. 

La noticia llegó a Leonardo antes que a 
nadie de su casa. El no sabía leer, natural¬ 
mente, pero se encontró con el retrato de su 
amigo yacente, y acudió de inmediato a sus 
padres en demanda de explicaciones. Leonar¬ 
do conocía muy bien a Koala: todos los do¬ 
mingos por la mañana su padre lo llevaba a 
visitar el jardín zoológico, y el gran elefante 
era su favorito. No hubo forma de ocultarle 
k triste aventura. 

Leonardo quedó consternado con la noticia, 
¡Veinticuatro tiros de carabina! De modo 


que ya no podría acariciar más su esperanza 
de que Koala se hiciera realmente su amigo, 
y un día lo alzara con la trompa, como había 
visto en alguna figura, y lo colocara suave, 
matemalmente, sobre su cabezota, entre una 
y otra oreja. De modo que Koala, tan gran¬ 
de, también se moría. La grandeza, entonces, 
no era un obstáculo para morir. Al contrario, 
tal vez ser grande favoreciera la llegada de 
la muerte. Leonardo recordaba k evasiva res¬ 
puesta de su madre aquel dia que le preguntó: 

-Mamá... Y cuandoytvsea grande, ¿quién 
va a ser el chiquito d|fc ía¿asa? 

Y se pascaba contriástro por todos los co¬ 
rredores. Apretaba en su mano 'la imagen 
arrancada del diario, ya arrugada y marchita. 
De pronto tomó una brusca decisión. Muy 
mal se habría portado Koak cuando había 
merecido veinticuatro tiros de, carabina. No 
valía la pena pensar tanto en él. Se acercó a 
su madre, le mostró la fotografía, y le pre¬ 
guntó si estaba mal que k tirara a la basura. 
Ante la respuesta negativa, comenzó a cami¬ 
nar hacia los fondos de la casa. No habk 
dado dos pasos cuando vaciló, se detuvo, 
regresó a orillas de su madre, le entregó k 
fotografía y le dijo, al tiempo que huía: 

—Tírala tú. Yo no quiero tirarla. 

Después de este episodio, Leonardo quedó 
huraño y silencioso durante dos o tres días. 
Por ks noches, cuando conversaba con sus 
amigos Periquito Salaveña y Tristón, sólo ha¬ 
blaban de la muerte del elefante. Cada uno 
de sus amigos encaraba el caso de nna ma¬ 
nera distinta. Periquito Sakveña, vital e incisi¬ 
vo como su nombre, lo tomó un poco a bro¬ 
ma; le pareció exagerado que Leonardo le 
concediera tanca importancia. Total, ¿qué les 



w 



DE LOS 

importaba a ellos? A Tristán, en cambióle- 
impresionaron tanto o más que a Leonarxfe 
ios veinticuatro tiros de carabina recibios 
por Koala. Sus grandes ojos melancólicos bri¬ 
llaron con un fulgor de lágrimas, su voz se 
quebró, vencida por la brutal noticia. Intima¬ 
mente, Leonardo miraba con irritación la ac¬ 
titud de Periquito, en tanto que la de Tristán 
le impelía a consolarlo y ponerle una mano 
sobre el hombro. 

Estas conversaciones y estas divergencias le 
hicieron pensar otra vez en una vieja cuestión: 
¿quién de sus dos amigos era más amigo suyo: 
Periquito Salaveña o Tristán? Periquito era k 
verdad, k vida, k fuerza, los colores. Tristán 
era más transparente, más callado, más triste; 
parecía envolverse y diluirse con más aban¬ 
dono en las sombras de la noche. Porque los 
tres chicos sólo se veían de noche. Y es natu¬ 
ral, pues hay que saber que estos amigos 
nacían cuando Leonardo se acostaba, y sus 
padres apagaban k luz, y él cerraba los ojos, 
y comenzaba a contemplar ante sí la, oscura 
y luminosa pantalla de su imaginación. Sus 
aventuras eran más fantásticas a medida que 
el sueño lo iba invadiendo; se realizaban las 
cosas mis inverosímiles: Periquito se hacía 
cada vez menos perceptible, y, en cambio, 
Tristán se agrandaba, oscilaba, se confundía 
con las sombras; era la noche, era el sueño. 

Y a la mañana siguiente llegaba el café con 
leche con sopas, V los postigos entreabiertos 
dejaban filtrar tajantes espadas de sol. 

Una tarde, cuando ya habían transcurrido 
varias de melancolía, vino César a visitar a 
Leonardo. Este quería a su primo mayor 
por instinto, porque adivinaba en el algo 
de sí mismo, porque le gustaba su novia, por¬ 
que César jugaba con él y le preguntaba por 
sus cosas y por sus amigos Tristán y Peri¬ 
quito, especialmente por Tristán. Por eso fue , 
una revelación para Leonardo cuando su pri¬ 
mo le dijo: 

—No hay que preocuparse por Koala, ti es 
muy feliz ahora. Está viviendo ya en un cielo 
especial, más alto que el 
nuestro: el ciclo de los 
elefantes. Los elefantes 
buenos, cuando mueren, 
se van a ese cielo. 

Leonardo nunca había 
pensado semejante cosa. 
Ahora se daba cuenta 
que era, sin embargo, la 
mis sencilla, k más na¬ 
tural. Una objeciónl se 
le ocurrió, sin embargo: 
tendrían que ser muy 
(grandes y muy 1 sólidíis 
las nubes que hubiera 
en ese cielo, para poder 
soportar el peso de los 
elefantes. 

— ¡Oh, no!-respondió 
Cesar-. Es un cielo espe¬ 
cial, poblado de árboles, 
y hierbas; y arroyos, y 
S' grutas. £n f 5 n. rodo lo que 

les gusta a los elefantes. 

Aquella noche Leo¬ 
nardo estaba impaciente 
W. acostarse. Quería 
participar k novedad á 
sus amigos, a Tristán en 
particular. Y a Periqui¬ 
to también, que se pon- 
dría muy contenco. Por¬ 
que Leonardo todavía 
ignoraba de cuál de los 

' ifai A 



LEOPLAN 2» 


EUfANm 


Por César 
Fernández 
Moreno 

ESPECIAL PARA "LEOPLAH" 


dos era más amigo. La madre se quedó extra¬ 
ñada del apuro del niño por irse a la cama 
%en seguida de comer, el, que otras veces que- 
•yi a toda costa quedarse con los mayores. 
Es que Leonardo no podía más por acostarse 
y apagar la luz, y cerrar los ojos, en espera 
de sus amigos. « 

En cuanto llegaron. Leonardo, ansioso, los 
detuvo. 

—¡Triscan! ¡Periquito! ¿Sallen dónde está 
ahora Koala? ¡En el ciclo dé los .elefantes! 

Sus amigos se interesaron mucho. .Le pre¬ 
guntaron detalles sobre ese cielo. Leonardo 
los fue contando, tal como los había oído de 
labios de su primo. Describía, gesticulaba, ex¬ 
citado. Y a medida que les iba hablando, sus 
palabras se iban haciendo más lentas, v sus 
ojos asombrados iban recorriendo el lugar en 
que estaban. Arboles, lianas, hierba... Un 
arroyo, a pocos pasos... Una gruta... Y la 
verdad se hizo en él. Estaba, con sus amigos, 
en el cielo de los elefantes. Nunca se le había 
ocurrido pensar con precisión cuál era el 
lugar en que se encontraba con ellos; nunca 
lo había mirado, en realidad, porque en ma¬ 
teria de ver, siempre se había confiado a la 
mirada triste y para dentro de Tristán. Pero 
ahora caía. No podía ser de otro modo. ¿Qué 
lugar que no fuera el ciclo de los elefantes 
podía ser tan aéreo, ran difluente, tan deli¬ 
cioso como aquél? ¿En qué lugar que no 
fuera el cielo de los elefantes podía flotar 
tan acogedora penumbra? Entusiasmado, trans¬ 
mitió la observación a sus compañeros. Desde 
luego que Periquito Salaveña se burló un po¬ 
co-de él. No podía creer que estuvieran en el 
ciclo de los elefantes. Pero su frase incrédula 
se detuvo en seco. Se escuchaba un crujido 
de hojas y de ramas partidas. La fronda se 
abrió, empujada... 

—¿Has visto. Periquito? Aquí está Koala — 
murmuró Leonardo. 

Y allí estaba Koala. Los niños no Ic tuvie¬ 
ron miedo. ¿Por qué iban a tenérselo? Se 
acercaron a el, lo contornearon, palmearon 
su piel rugosa, jugaron a las csquimtns en sus 
cuatro patas. Cuando las sombras lo iban in¬ 
vadiendo. Leonardo se prometía a sí mismo 
pedirle a Koala, la noche siguiente, que Jo 
alzara con su trompa, lo colocara s-jbre su 
cabeza y lo llevara a dar un pasco por la 
selva. 

Y así lo hizo. Uno por uno. Koala montó 
sobre sí a los tres niños y los llevó de pasco, 
un largo paseo, hasta las fuentes misarías del 
arroyo. Allí lo esperaba Tamara, su auténtica 
compañera, que por lo visto también había 
sido buena durante su vida, y que los acom¬ 
pañó en el viaje de retorno. Aquella noche, 
el sueño llegó más lentamente: fue necesaria 
la fatiga del regreso para que los perfiles se 
fueran desdibujando, y las maravillas de aque¬ 
lla excursión sé sumieran en la oscuridad. _ 

La tercera noche, la confianza de los niños 
con Koala era ya completa. Leonardo contó 
a Koala que, la mañana siguiente, su padre 
quería llevarlo al zoológico, pero que él pre¬ 
fería no ir. Sabía que lo iba a entristecer mu¬ 
cho recordar que en esc lugar los crueles po¬ 
licías habían herido a Koala con^ veinticuatro 
tiros de carabina. Koala meneó la cabeza, 
comprensivamente, y 1 c dijo a Leonardo que 
no importaba; que en el ciclo de los elefantes 
los tiros de carabina se convertían en mari¬ 
posas. Y le aconsejó que saliera con su padre, 
que no se privara del paseo. Leonardo cambió 
una mirada con Tristán y se quedó pensativo. 
— ¡Tengo una idea! — exclamó de pronto 


Periquito Salaveña—, ¿Y si Koala se apare¬ 
ciera mañana en el zoológico, donde todos lo 
creen muerto por los veinticuatro tiros de ca¬ 
rabina? ¡Qué susto se llevaría la gente! ¡Y 
los policías! Pero, ¡bah! Es imposible. Un 
elefante muerto nunca podría volver a la tie¬ 
rra, Que siga viviendo en el cielo de los ele¬ 
fantes, todavía, pero... ¡volver a la tierra! 
Además, estoy convencido de que Koala les 
tiene miedo a los carabineros. 

Las miradas de los tres niños convergieron 
en el elefante. Tristán y Leonardo deseaban 
fervientemente que desmintiera las palabras 
insolentes de Periquito. Koala vaciló un mo¬ 
mento, pero se decidió. Prometió que iba a 
volver al zoológico a Id mañana siguiente, y 
que aparecería en el momento justo en que 
Leonardo pasara frente a su antigua casa. Y 
desapareció de repente, corno una gran pom¬ 
pa de jabón. 

Los tres niños, solos en el bosque, se que¬ 
daron mudos un momento. Luego, Leonardo 
v Periquito hablaron a un tiempo. Este insis¬ 
tía en no creer que Koala bajaría a la tierra. 
Leonardo afirmaba que estaba seguro, segurí¬ 
simo, de que lo haría. Tristán no decía nada, 
pero sus grandes ojos tristes decían que él 
también.do creta; que creía en todo. Y vino la 
noche. 

éST 

Y vino la mañana. Leonardo se levantó 
temprano, como todos los domingos. Su ma¬ 
dre lo lavó y io vistió, y él salió caminando 
por la vereda solead?., de la mano de su pa¬ 
dre. Iba pensando por el camino en la sor¬ 
presa que se llevarían las gentes cuando vieran 
aparecer a Koala, con su gran cara bondadosa; 
cuando vieran que nada pueden veinticuatro 
tiros de carabina contra un elefante bueno. 
Pero el asombro de todos, y su dicha, llega¬ 
rían al máximo cuando Koala lo tomara con 
la trompa, y lo alzara a él, Leonardo, v lo 
colocara sobre su testa. ¿Qué diría su padre? 
Mi padre, pensó Leonardo, se parece un po¬ 
co a Periquito Salaveña. 

Cuando entraron en el zoológico, la impa¬ 
ciencia de Leonardo no conocía límites. 
Arrastró velozmente a su padre entre las enor¬ 
mes jaulas de las aves; cruzó, indiferente, 
ante la casa de los monos; eludió el estanque 
de los hipopótamos; rechazó, ante el asombro 
del padre, su invitación a subir a uno de los 
carritos-arrastrados por una llama que otras 
veces hacían su felicidad. 

En el momento mismo en que yo llegue 
frente a su casa, pensaba Leonardo, en ese 
mismo momento prometió aparecer Koala. 
¡Qué contento se pondrá Tristán! Y Peri¬ 
quito también, porque, aunque no lo parezca, 
es tan bueno como Tristán, y todavía no se 
a cuál de los dos quiero más. 

HHH 

El padre de Leonardo nunca pudo com¬ 
prender por qué su hijo se echó a llorar tan 
desconsoladamente cuando llegaron frente a 
la casa de los elefantes. Ni por qué Leonardo 
se quiso volver inmediatamente a casa, él, 
que otras veces no se cansaba de dar vueltas 
v vueltas por el jardín. Ni por qué. en cuanto 
llegó, pidió que k» dejaran acostar, y se en¬ 
cerró en su. habitación, sollozando. 

Desde aquel domingo, Leonardo supo defi¬ 
nitivamente que Tristán era su mejor amigo. 




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AL MARGEN DE LA GUERRA 














ESPECIAL PARA "LEOPLAN" 


is de su capote el testuz de un toro apocalíptico, yergue su gallardía seudohispana, como símbolo 
rácter habano-madrileño de la boite, otro ciudadano al que no quisieron vestir de militar y arre- 
ron en una capa de dudoso corte castizo. 

, falta tampoco, en las filas de este babélico ejército de cancerberos, el que viste un uniforme 
magamente policial, como Sailor Grande, a cuya custodia se han puesto las puertas del “The Gay 
rCineties”, y ante el gesto del cual uno no sabe nunca qué sacar del bolsillo: si el portamonedas 
para darle una propina o la cartera para mostrarle los documentos de identidad... 

En realidad, cosas parecidas Ls ocurren a cada rato a los noctámbulos dp Time Square. Yo 
, he visto a más de un buen turista empeñado en arrancar confidencias militares a. algún 
k pacífico portero de éstos, confuso v molesto bajo su galoneado uniforme de utilería. 

9 Y todavía recuerdo, por otra parte, la indignación con que aquel coronel centroamericano 
A imprecaba, en la puerta de cierto mght-club, a un elegante y achispado habitué de 
Time Square. 

—¿Qué le ocurre, coronel? — interrogué a mi enfurecido amigo llegando milagrosamente 
a ' tiempo de apartarlo de su antagonista, que, ante la reacción iracunda del coronel, 
apenas acertaba a balbucear unas excusas. 

Y el coronel me confió, contemplando de arriba abajo al confundido calavera: 

— ¿Se da usted cuenta, amigo mío? ¡Pues no tiene el caballerete la pretensión de que 
9^1 le llame un taxi! 


A pesar de los incidentes de esta índole, quizá por ellos precisamente, la “militariza¬ 
ción” de los porteros de Time Square ha agregado un nuevo atractivo al más bullicioso 
de los barrios nocturnos de la ciudad. Claro que eso no impide que la mayoría de 
los neoyorquinos siga siendo partidaria de 
otro estilo de cancerberos: de las cancer- 
'ime Square. el barrio donde se concentro la betas. 

ido nocturno de la ciudad de los rascacielos. En lo cual, dicho sea de paso, forzoso es 

us ni K hi-rtub, han dado ahora en "milito- alabarles el gusto a los noctámbulos de Nue- 

izor a sus concc^oeros, lo Que confiere 01 . •- 

populoso sector un motir pintoresco va York. •*’ 



LEOPLAN 


LAS VOCACIONES TARDIAS EN LA 


S uele llamarse “vocación tardía” a la que aparece cuando el ser 
humano se halla en plena madurez, pasados, más o menos larga¬ 
mente, los cuarenta años. A la verdad, no existe la vocación tardía, 
sino la manifestación retrasada de la vocación que estaba latente y 
adormecida. 

Muchas causas tuercen o retardan las vocaciones auténticas: el em¬ 
peño paterno de que el niño siga determinada carrera; el capricho 
infantil; el contagioso ejemplo de lo que vemos a nuestro alrededor; 
el consejo equivocado; las circunstancias sociales y económicas de la 
familia y aun del ambiente o del grupo social en que va creciendo 
el adolescente. Pero sea cual fuere la causa que induce al hombre a 
seguir un rumbo que no es el suyo, no cabe duda de que la vocación 
tardía existe y de que es harto frecuente. 

Cosos notables de tocación tardío 

Conozco dos casos, entre muchos otros, de vocación tardíamente 
manifestada, que vale la pena recordar. 

Uno es el del gran escultor belga Constantino Meunier. Hasta que 
hiciera cierto viaje a España, Meunier había sido un pintor mediocre. 
Al recorrer los pueblos vascongados en compañía del pintor Darío 
de Regoyos, que me contó el caso, Meunier se entusiasmaba al ver 
en las carreteras algunos hombres que le parecían magníficos para 
tema de una escultura. “¡Mire ese vasco que va llevando una vaca! 
¡Cómo me gustaría hacerle una estatua!” Regoyos le contestaba: 
“¡Pues hágala^ hombre!” No sé á Meunier utilizó o no algún vasco 
en calidad de modelo, pero sé que abandonó para siempre la pintura 
y empezó a los cincuenta años su nuevo oficio de escultor, que le ha¬ 
ría universalmente célebre. 

Otro caso es el del uru¬ 
guayo Figarí. El doctor Fi- 
garí era abogado, y había 
sido legislador en su patria. 

Un día tomó Sos pinceles 
s«i preocuparse ¿e que te¬ 
nía sesenta años, y fué, des¬ 
de el primer memento, uno 
de los más eminentes pin¬ 
tores de la América espa¬ 
ñola, y el primero entre 
todos por su originalidad, 
imaginación, modernidad, 
colorido y expresividad. 

Lo vocación tardío entTe 
nosotros 

En U Argentina, donde 
hasta hace poco nada sig¬ 
nificaba el ser escritor o 
artista de mérito, han abun¬ 
dado las vocaciones tardías. 

A principios de este siglo, 
el escritor, para casi todo el mundo, en Buenos Aires como en las pro¬ 
vincias. era un pobre diablo, un muerto de hambre. De ahí que más 
de un muchacho con talento literario debiese envainarlo para hacerlo 
lucir treinta años más tarde. Los padres querían que sus hijos fuesen 
doctores, y el ambiente, lejos de estimular el consagrarse a las letras, lo 
obstaculizaba. 

Entre ios muchos casos de vocación tardía no conozco ninguno igual 
al del doctor Juan Balestra. Había sido Balestra abogado cerca de sesenta 
años, y político durante veinte o treinta. Llegó a ser ministro de Pelle- 
grini. Pues bien: un día, próximo a los ochenta, se siente escritor, reúne 
los documentos que necesitaba para un libro sobre el 90 y se estrena 
eri la literatura, en plena vejez, con una obra maestra. Es penoso para 
el país que este hombre no haya comenzado a escribir cincuenta años 
antes. 

Tres principiantes excepcionales 

En los dos últimos años se han producido varios casos de hombres 
maduros que se iniciaron con éxito en las letras. Y no me refiero al 
éxito de librería ni a los elogios de los diarios, sino al éxito de haber 
realizado una obra de valer y aun de belleza. 

¿Cómo estos hombres, que pertenecen a una época posterior a la de 
Balestra, no sintieron en la juventud el llamado urgente de la vocación? 
Habría que estudiar cada caso y esto me llevaría demasiado lejos. Lo 
importante es comprobar cómo en «941 y en 19^* se estrenan en la li¬ 
teratura tres hombres maduros que antes no habían escrito, de quienes 
nadie posiblemente había esperado que resultasen de pronto escritores. 


Ua evocador del ayer 

El primero de estos casos ts el de Federico Quintana, que desg^ 
ciadamenre murió muy' poco después de su magnífico estreno literario. 
Quintana había sido siempre hombre de mundo y diplomático. Fué •em¬ 
bajador en Chile. Luego el gobierno le encomendó una embajada ex¬ 
traordinaria en el Japón. Yo lo había conocido en 1906, en el vapor 
Clyde, donde volvíamos de Europa. Me sorprendieron sus juicios li¬ 
terarios, su información sobre libros y escritores y su sentido humano y 
comprensivo de la vida. Pero jamás supuse que pudiera escribir. Por 
esto, me sorprendí cuando, en casa de un pariente suy'o, nos hizo co¬ 
nocer, a las varias personas allí presentes, tres capítulos de un libro que 
preparaba. Le dije lo bueno que pensaba de esas páginas y en diversas 
ocasiones le incité a publicarlas. Tardó un par de años en hacerlo. 
Tenía sesenta y cuatro cuando lo publicó. Sin duda, algún amigo le 
había aconsejado “no meterse”, acaso insinuándole el desprestigio de 
un fracaso. 

El libro, aparecido en junio de 1941, titúlase En tomo a lo argentino. 
No se trata, precisamente, de “memorias”, pero algo tiene de este gé¬ 
nero. Quintana evoca cosas de su infancia y de su adolescencia, de una 
temporada en una estancia inglesa, de otra temporada en los yerbales de 
Misiones. Recuerda el viejo ejército del 80, la conscripción en Curu- 
malal, la Buenos Aires de los últimos veinte años del pasado siglo, la 
calle Florida en ese tiempo, los tenorios y los matones de entonces, la 
revolución del 90 y el tango. 

Este libro, escrito con rara distinción y corrección, es la obra de un 


artista que siente hondamente las cosas del pasado y sabe mostrarlas. 
Tiene Quintana descripciones realmente bellas, como una de la selva, 
que me parece digna de Horacio Quiroga o de Eustasio Rivera. 

Pero lo más notable del libro de Quintana es la abundancia y la ca¬ 
lidad de sus ideas. Hablando del donjuanismo, dice que “surgió entre 
nosotros como un producto inevitable y lógico de nuestra inmadurez 
espiritual'’. Explica al matón y asevera: “En la escala del caudillaje; el 
matón es la figura mínima”. Considera nuestra historia como “un anhelo 
de constante dominación sobre el ambiente, sobre los hombres, sobre 
sí mismo”. Es Quintana una especie de filósofo de nuestra evolución, 
a la qne él asistiera en las últimas jomadas del siglo pasado. Pero un 
filósofo que nada critica porque todo lo comprende, porque a cada cosa 
la coloca en su tiempo y en su ambiente y porque él mismo tiene un 
alma suave y bondadosa. 

Su gran página, la mis reveladora y la más honda, es la que dedica 
al tango. No he leído nada tan verdadero, bello y profundo sobre el 
tema. Quintana, sobriamente, nos muestra lo que pudiéramos llamar “el 
itinerario del tango”. Eli lo ha visto nacer, entrar en la ciudad a modo de 
una invasión y apoderarse del alma colectiva. No lo condena. Lejos 
de eso, dice que, en sus primeros tiempos, representaba “la insatis¬ 
facción y los anhelos del medio cuya viril altivez supo interpretar”. 
Muestra su marcha comenzada en el suburbio, donde naciera. “Poseía 
— explica — una fuerza sugestiva y una cadencia contagiosa que le 
abrieron fácil camino. Pasó de su cuna al centro, seguido de un numeroso 
séquito de compositores y guitarreros, intérpretes espontáneos, que actua¬ 
ban como sus introductores a la vez que como sus modelos vivientes”. 






















especial par* leoplán 


Uno estencio del sur de Buenos Aires 

El señor Roberto Uballes se ha estrenado en las letras con algunos 
años menos que Quintana. No ha de andar lejos de los sesenta. En¬ 
tiendo que nunca había escrito. No le faltan antecedentes intelec¬ 
tuales. como que su padre fué médico eminente y rector de la Universi¬ 
dad de Buenos Aires. Pero él es, a lo que parece, un hombre de campo. 
Quiero decir: un hombre que desde hace años trabaja en el campo y 
que conoce profundamente y ama las cosas de nuestros campos. 

Un buen dia, el señor Uballes tuvo la. feliz idea de componer un libro 
describiendo su estancia, una vieja estancia criolla en Tapalqué. Le 
puso a su libro un título que no da idea de lo que es: Boleando cht- 
mangos. Porque, a la verdad, se trata nada menos que de evocar una 
estancia típica, con sus hombres, sus árboles, su fauna, sus costumbres, sus 
trabajos. , . . ., 

Uballes escribe correctamente, mejor que algunos escritores conocidos. 
Es probable que, al meditar en su futuro libro, pensara en Hudson. 
Alqo en sus páginas recuerda al autor de Allá lejos y hace tiempo . No 
pretendo comparar al argentino con el "inglés. No hay comparación po¬ 
sible en el terreno literario. Pero Uballes no le va en zaga en cuanto al 
conocimiento del asunto y a la honradez con que jo ha tratado. Este 
libro cobrará cada día mayor interés y mérito y llegara a tener, a no 
lo tiene ya, el valor de un documento. 


Un revelodor del Norte 

Daniel Ov ejero es jujeño. Dicta una cátedra en la Facultad de Derecho 
de Buenos Aires. Su padre ha sido gobernador de su provincia. El ha de¬ 
dicado su vida al ejercicio de su profesión. Creo que aun no ha cumplido 
los cincuenta años y es posible que haya escrito alguna pagina antes 
de su verdadero estreno en la literatura. Pero esto mismo demuestra la 
existencia en él de una vocación. Tengo para mí que Ovejero ha de 
haber luchado con su deseo de consagrarse por completo a escribir. 

Su reciente libro El Terruño, que lleva el subtitulo de V¡da Jujeim, 
es, en su mejor pane, una bella evocación de su infancia en Jujuy. Es 
i Ovejero un escritor hecho, que nada tiene qüe aprender en materia de 
técnica literaria. Sabe componer y dialogar, y su prosa, generalmente 
sobria, elegante y aun castiza, parece la de un hombre que hubiese es¬ 
crito mucho antes de publicar este libro. Es que al escribir le ha guiado 
el buen gusto, el conocimiento de nuestra lengua y, sobre todo, su ins¬ 
tinto de escritor nato. . , 

Tiene Ovejero tres aptitudes: el sentido- de lo pintoresco; la habilidad 
para narrar y pintar tipos, sobre todo populares; y un fine homonsmo. 
Su literatura recuerda en algo a la de su hermano pouoco Juan Canos 
Dávalos. Pero hay en Ovejero mayor fondo melancobco en los re¬ 
cuerdos del pasado y menos riqueza de elementos pintorescos. Entre les 
tipos de Ovejero, ninguno tan notable como el del compositor de gados 
de riña, don Fidel, y acaso ninguna de sus descripciones valga tanto como 
la de la riña. En esta animada, dramática y característica descripción, 
que está cortada por los diálogos de los concurrentes y sus apuestas, es 
de admirar el hábil desarrollo del combate, la cantidad de observaciones 
sobre los luchadores y los concurrentes, el vigor de la frase y lo que 
pudiéramos llamar “la psicología” del gallo derrotado. El momento final 
es realmente hermoso. Vencido el gallo de don Fidel, y ciego, alguien 
dice que se va a ir. Don Fidel protesta. “¿Cuándo has visto — increpa 
al insolente — irse un gallo de mi cría?" Eli gallo va a morir en su ley. 
“Como á hubiera comprendido lo que ocurría, hizo algo portentoso. 
Con un esfuerzo supremo, en el que concentró cuanto le quedaba de 
fuerza v de vida, se irguió, batió las alas y, desde la noche trágica de sus 
tinieblas, lanzó un canto claro, vibrante, desafiador. Luego, agitado por 
un temblor convulsivo, fué sentándose lentamente sobre las^patas; se 
tendió sobre un costado, y quedó inmóvil. Estaba muerto . 


Morolejo 

De codo lo dicho deduzco: que para escribir un buen libro no es nece¬ 
sario ser un profesional de las letras, ni menos vivir pasmándose ante 
cuanto escriben los extranjeros, sino que basta con tener el don literario, 
sentir amor por nuestras cosas y saber observarlas. Sólo es de lamentar 
que personas bien dotadas para revelar lo argentino mediante el libro, 
tarden tanto tiempo en manifestarse. De esto tiene la cul|>a el ambiente, 
el público, que, lejos de interesarse por lo argentino, sigue, como en 
años pasados, con los ojos fijos en los libros que nos llegan del extranjero 
y que a veces, muchísimas veces, son absolutamente inmerecedores de 
ser leídos. & 


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■■■■i 








































Las nuevas outoridodes elegidas por un oña, prestan luramento Los hombres del pueblo no tienen nada que envidiar 
a los de lo ciudad en lo que se refiere o lo vida sociol y político; es decir, a lo vido civilizado. 


Los asambleas de Pelham se singulorizon por lo presencio en ellos de los niños de los grados superiores de la 
escueto del pueblo, quienes asisten allí o una cióse práctica de democracia 


L a cultura europea se distinguió por el es-^». 

plendor de las arres y las ciencias;, v.* 
desde este punto de vista, se atacó frecuente¬ 
mente a Norteamérica, como país negado, in¬ 
diferente o desdeñoso, para las activiaádcs del 
espíritu, cuando lo que ocurría era, sencilla¬ 
mente, que éstas tomaban allí otras formas y, 
en especial, las de la organización de su vida 
colectiva y la creación de una pujante demo¬ 
cracia. 

Interesantísimo resulta el ver cómo empieza 
a manifestarse esa democíacia en el período 
colonial, cuando los granjeros de Pelham, un 
pucblecito de Massachusetts, se reunieron por 
primera vez, en 1743, en el hall donde años 
más tarde se alzarían, al influjo de la palabra 
inspirada de Daniel Shavs, uno de los precurso¬ 
res de la independencia norteamericana, contra 
los tributos onerosos y las injusticias de la tira¬ 
nía, derrocando a las autoridades impuestas por 
el gobierno. 

Esta asamblea — ellos la llaman meeting — 
de Pelham es un órgano de gobierno del pue¬ 
blo por el pueblo, que constituye una de las 
gloriosas tradiciones liberales de los EE. Uü.„y 
lia sido calificado de unidad molecular y quin¬ 
taesencia de la democracia. Algunos historiado¬ 
res buscan su origen en las asambleas realizadas 
por los suizos en el siglo XIIL, y otros, remon¬ 
tándose más, creen descubrirlo en la antigua 
Grecia. No puede negarse tampoco su semejan¬ 
za con el municipio español, si bien éste, mo¬ 
delo de instituciones libres, no ha podido des¬ 
arrollarse ni dar los frutos apetecidos, ahogado, 
como en el caso de las Comunidades de Castilla 
y las Germanias valencianas, por el poder cen¬ 
tral. Sólo en nuestra América... Pero, oigamos 
a este respecto la palabra magistral de don Bar¬ 
tolomé .Mitre en la Convención Constituyente 
de la provincia de Buenos Aires, reunida en 
1871, cuando salió en defensa de algunas virtu- * 
des básicas del sistema colonial español. A la 
pregunta de: “¿Qué tenía la colonia?”, él con¬ 
testó: “La Municipalidad, bajo el nombre de 
Cabildo, institución que España nos había otor¬ 
gado y que entrañaba un principio democrático 


Todos los osuntos que intereson o lo comunidad se debaten 
en la asamblea, prevaleciendo siempre lo opinión de la 
mayoría. Mork Aldrich, almacenero, aboga aquí por un 
proyecto, que luego se pondrá o votación. 





Dirigiéndose al mitins que 
vez ol año en el hall fundado en 1743. El 
mreUng en los Estados Unidos nació a la 
vida público por lo que se ha llamado el 
"ejercicio del sentido común inglés". 


de libertad, que debía dar con el tiempo el fruto 

S e en la madre patria no había podido madurar. 

España tuvo antes que la Inglaterra la inteli¬ 
gencia y la conciencia de las instituciones libres del 
propio gobierno... Teníamos los cabildos y los 
cabildos abiertos, es decir, la sombra de la muni¬ 
cipalidad y el medio dé dar participación al pueblo 
en la cosa pública. En aquel momento supremo — se 
refiere a nuestro 25 de Mayo—, el pueblo se 
agrupó alrededor del Cabildo..., delibera como so- * 

' berano en la plaza pública, como en Atenas .y 
Roma en sqs antiguos tiempos, y manifiesta su 
irrevocable voluntad”. 

En Norteamérica, el meetmg nació a la vida 
pública por lo que se ha llamado “ejercicio del 
sentido común inglés”, practicado por hombres 
amantes de la libertad, y llegando a alcanzar su 
máxima eficacia en virtud del espíritu de asocia¬ 
ción y de colaboración que los ha animado siem¬ 
pre. Ésto es lo que vió Sarmiento en sus viajes a 
los EE. UU. y lo que tanto le entusiasmaba. “Don¬ 
de se reúnen unos cuantos yankees — escribió — 
formulan las bases de una asociación; la obra em¬ 
pieza y progresa rápidamente, material y espiritual¬ 
mente”. Y luego, refiriéndose a la asociación como agente de libertad 
y progreso, decía: “De este modo gobierna el pueblo, trabajando direc¬ 
tamente y sin la intromisión de autoridad alguna, en procurarse su 
bienestar. No es ésta una teoría irrealizable; es un hecho existente en 
dondequiera que el pueblo es todo y el gobierno lo que debe ser. Si en 
Norteamérica algún embarazo interrumpe el pasaje en la vía pública, 
deteniendo la circulación, los vecinos se reúnen en un cuerpo delibe¬ 
rante, de cuyo seno saldrá un poder ejecutivo que remediará el mal, 
antes que a nadie le haya ocurrido la idea de una autoridad preexistente 
a la de los asociados. Lo mismo sucede para la seguridad pública, comer¬ 
cio, temperancia, industria, moral y religión”. 

Y que Sarmiento supo ver con meridiana claridad las cualidades esen¬ 
ciales de la vida norteamericana, lo prueba esre puebiedto de Mass^chu- 
setts, de no más de quinientos habitantes, aldea más bien por su escaso 
vecindario; (Jero, ¡qué distinta a las aldeas de cualquier otro país, a la 
impresión que de la aldea nos transmitió Europa, imagen del atraso, con¬ 
trafigura de la ciudad! Pelham, muy lejos de las urbes importantes, lleva 
una existencia ajustada no sólo a las más avanzadas normas de progreso, 
sino también a los más puros principios democráticos. Hasta el punto 
de que el hombre de esta aldea no tiene nada que envidiar al hombre 
de la ciudad, en lo que se refiere a nivel de vida social y política, es 
decir, de vida civilizada. 


Desde que en 1743 se construyó el hall de Pel¬ 
ham, lugar de sus meetmgs, éstos no han dejado 
de celebrarse todos los años. En estas asambleas 
se delibera sobre cuantos asuntos interesan a la co¬ 
munidad, y en los acuerdos que se toman preva¬ 
lece la opinión de la mayoría. 

Las autoridades coloniales de Massachusetts veían 
en estas reuniones un peligroso foco revoluciona¬ 
rio y quisieron suprimirlas, pero no lo consiguie¬ 
ron. Pudo más el espíritu de asociación. Los ha¬ 
bitantes de la colonia se iniciaban en estas asam¬ 
bleas en las prácticas de la vida democrática, que 
habían de implantarse con la independencia, y así 
el hombre de la más recóndita aldea norteameri¬ 
cana pudo verse cabalmente representado en un 
Wáshington, y los corazones estaban preparados 
para que fructificasen en (ellos las palabras de un 
Franklin, apóstol del bienestar y la virtud. 

Después de la independencia, los habitantes de 
Pelham siguieron — y siguen — reuniéndose una vez 
por año en el boíl glorificado por el recuerdo 
del capitán Daniel Shays. Toda persona anotada 
en el registro de votantes tiene derecho a opinar 
y a emitir su voto en la asamblea. Si el asunto de 
que se trata es de poca monta, la votación se hace a la vista, levantando 
la mano en señal de conformidad; cuando se han de decidir cuestiones 
de cierta importancia, entonces la votación es secreta, depositando cada 
uno su papeleta en una urna. Todo esto no tiene, en realidad, nada de 
particular. Pero, hay algo en estas asambleas que las singulariza, y es la 
presencia en ellas de los niños de los grados superiores de la escuela del 
pueblo. Para que estos niños puedan asistir al meeting que los vecinos 
de Pelham celebran un día al año, y en el que eligen el comité que ha 
de administrar los fondos de la comuna y resuelven cuantos asuntos 
interesen al pueblo, ese día se declara feriado en su escuela. En realidad, 
la fiesta para ellos no consiste en otra cosa que en cambiar de local, pues 
si van al hall del pueblo - escuela de democracia — es en calidad de 
alumnos, para asistir a otra clase: clase un poco larga, pues suele durar 
desde el mediodía hasta el anochecer, pero en la que ellos pasaran sin 
duda un buen rato, cumpliéndose así el precepto clásico de enseñar di¬ 
virtiendo. Los muchachos asisten a las deliberaciones desde una.tribuna, 
como espectadores. Y así van aprendiendo una lección que de igual 
modo aprendieron sus padres, v que sin duda ha de grabarse de manera 
indeleble en sus almas. Bella forma de irse transmitiendo, de padres a 
hijos, el legado de libertad que recibieron de sus antepasados, los in¬ 
migrantes escoceses presbiterianos que. afincados en aquellas tierras, 
iniciaron estas prácticas democráticas hace exactamente dos siglos. 



Los granjeros de Pelham se olzaron contra los tributos 
onerosos, derrocando a las outoridodcs, al influjo de le pa¬ 
labra inspirada de Daniel Shays. He aquí cómo se recuer¬ 
da su memoria a la entrada del pueblo. 


Si el asunto de que se trata es de poco monto, lo votación se hace a la vista; pera cuando se ha de decidir sobre 
cuestiones de cierta importancia, entonces coda uno deposito su voto en uno urna. 


PELHAM 

SETTLCD BY SC0TC1I PRES8YTEMAN DWWÍI5I739 
ORGANIZAD AS IliE LIS8W PROPWfTY 1740 

INCORPORATE) AS THE TOft’N Of PEUM 
OID BURYING GftOÜSD LAIDOJT P 39 


^<rtZ ^ 







JO - LEOPLAN 


ACTUALIDADES 


EL FALLECIMIENTO DEL 


Con hondo pesor fué 
recibida en todo la 
República la noticia 
del fallecimiento del 
vicepresidente de la 
Nación, contraalmi¬ 
rante Sobó H. Sueyro. 
Este sentimiento popu- 
lor se puso de relieve 
en el acto del sepelio 
de sus restos, efectua¬ 
do con los altos hono¬ 
res decretados por el 
Poder Ejecutivo, y que 
constituyó una gran* 
dioso manifestación de 
duelo, t/na inmenso 
muchedumbre presen, 
ció el poso del cortejo 
fúnebre en su trayecto 
hocio el cementerio de 
la Recoleta, donde 
componeros de armas 
y de gobierno despi¬ 
dieron con sentidos 
oraciones al magis¬ 
trado desaparecida. 





EL II CONGRESO NA¬ 
CIONAL Y PANAME¬ 
RICANO DE PRENSA. 
En el Capitolio Nocio. 
nal de Cuba celebrᬠ
ronse recientemente 
los ¡ornados del con¬ 
greso del epígrafe, a 
cuya inauguración 
asistió el presidente de 
la república hermana, 
moyor general Fulgen¬ 
cio Batista y Zaldívar. 
Concurrieron al con¬ 
greso delegados de 
prenso de casi toda 
América, haciéndolo en 
representación de la 
Editorial Sopeno Ar¬ 
gentino el señor Fidel 
Sarobia. En la foto se 
ve al presidente de 
Cuba durante la ce¬ 
remonia inaugural. 


CONMEMORACION. — 
Con diversos actos de 
carácter pública con¬ 
memoró la Congrega¬ 
ción Israelita de la 
República Argentina el 
75 ? aniversario de su 
fundación. En la fo¬ 
tografía aparece un 
sector de la cabecera 
del almuerzo que se 
sirvió en el solón co¬ 
medor del Asilo Ar¬ 
gentino de Huérfanos Israelitas, y al cual asistieron 
destacados personalidades de esa colectividad. 


CONCIERTO. —En el 
Teatro del Pueblo 
ofreció un recital de 
piano la concertista 
Genny Blech, quien 
ejecutó obras clási¬ 
cas de conocidos 
compositores nacio¬ 
nales y extranjeros. 
La reunión contó 
con el auspicio de 
la ogrupoción artís¬ 
tica "Lo Peña". 


f lAS 9 ' EXIJA LAS LEGITIMAS. * 


ESCOPETAS. RIFLES Y CARABINAS 


I "HIDALGOS DE LOS MARES".— En su microcine de la calle Lovolle, y especiol- 

r mente dedicoda a la Editorial Sopeña Argentino, ofreció la distribuidora Artistas 

‘ Unidas una exhibición de "Hidolgos de los mares", película de sello inglés dirigida 

- ' por Noel Coword, en lo que, a través de la historia de un barco, se reflejo lo 

gesto de la marina de guerra británica en la actuó) conflagración y se glorifico 
a los hombres que integran sus fuerzos de mor. Asistieron oi acto elementos direc¬ 
tivos de nuestro coso y uno representación de la embajada británica, integrada 
por Mr. Alfred Roberts y por Mr. y Mrs. Brutton, presenciando igualmente lo 
exhibición los cronistas cinematográficos de nuestras revistas. Hizo los honores de 
lo coso, con su habitual gentiiezo, el gerente de Artistas Unidos, señor Sam L. 
Seidelman, acompañado por el jqfe de publicidad de dicha distribuidora, Sr. Aromayo. 


LEANDRO REDAELLI • SALTA 1071 • Bs. 


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[ CASAS 0 A SU DISTRIBUIDOR: 














I.EOPLAN *1 



El féretro es conducido o pulso hocia el peristilo de la Recoleta, oeocn- 
poñodo por parientes del extinto y olios outondodes de la Nación. 



LA FIESTA NACIONAL DEL URUGUAY. — Una elocuente expresión de 
solidaridad continental constituyó la fiesta con la cuol el Instituto 
Cultural Argentino-Uruguayo celebró el 113 9 aniversario de la Consti¬ 
tución de lo República Orientol del Uruguay. Ocuparon la cabecero del 
banquete distinguidas personalidades, entre otras, el intendente muni¬ 
cipal, general Basilio Pertiné; el doctor Enrique Larreto; el embajadet 
de los Estados Unidos, Mr. Norman Armour; el embojador del Brasil, 
doctor José de Poulo Rodrigues Alves, y el embajador de Chile, doc¬ 
tor Conrado Ríos Gallardo. Durante el brillonte acto hizo uso de lo 
palabra el señor Luis E. Azaróla Gil, consejero de la embajada del 
Uruguay en representación del doctor Eugenio Martínez Thed^. 


LOS NUEVOS SUB¬ 
TENIENTES.— Lu¬ 
cidos contornos 
adquirió el acto 
de la entrega de 
los sables a los 
nuevos subtenien¬ 
tes de nuestro ejér¬ 
cito. Asistieron o 
lo ceremonia el 
presidente de la 
Nación, general de 
división Pedro P. 
Ramírez, y altas 
autoridades del 
pais, quienes apa¬ 
recen aquí escu¬ 
chando el Himno 
Nacional. 


ANIVERSARIO.— 
Personal directi¬ 
vo y empleados de 
los Librerías Moc- 
kern, S. A., y 
miembros de la 
Sociedad de Ayuda 
Mutua de Vende¬ 
dores de Diarios de 
esa casa, reunié- 


mido de camara¬ 
dería al cumplirse 
el 95* aniversario 
de la fundoción de 
dicho firma, y el 
6* de aquello so- 
ciedod. La foto 
muestra la cabe¬ 
cera del banquete. 





ARTISTICAS.—En 
los salomes de ta 
Asociación de Ar¬ 
tistas Argentinos 
realizó una expo¬ 
sición de sus obras 
lo pintora Carmen 
Fcmóndez Roux de 
Prieto. Los cua¬ 
dros al carbón que 
constituyen la 
muestra, merecie¬ 
ron unánimes elo¬ 
gios de los críti¬ 
cos de arte locóles. 

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32 - LEOPLÁN 

EL CUENTO DE GUERRA 


i 





n estos momentos siento haber dejado 
■y de ser lo que era. Todo, se abandona 
en mí. Atento sólo a la orden que va 
'a- Ser dada, sujeto con fuerza el fusil a mi 
pecho y espero. Mi pobre corazón late sin 
ansiedad, y sufro un poco de frío dentro de la 
noche cálida que nos esconde. En la espera 
nos miramos todos, y aunque nada decimos, 
sabemos comprendernos: la única vez. Recor¬ 
damos, sin querer, nuestros días pasados, nues¬ 
tras pasadas bromas y nuestra pasada vida. 
Vamos a entrar en lo arcano, así pues, cuan¬ 
do dejemos esta sucia trinchera y demos ese 


salto, cada uno de nosotros dejará en ella su 
propio mundo. A pocos pasos de donde cae¬ 
remos quedará toda nuestra vida anterior. En 
la pared de barro que nos cobija, tu nombre 
grabado y unas fechas, lo mejor, el mejor de 
todos los recuerdos, quedará aquí muy sucio 
de barro y de sangre. Con luz de luna ba¬ 
ñado y coronado de estrellas. Este cielo que 
es lo único limpio, lo único que vive y lo 
único* que existe en este cuadro, se parece a 
otros cielos muy lejanos. Si lo vieras lo re¬ 
conocerías. Con una pequeña lágrima en la 
mejilla, pensarías como yo en muchas cosas 
bellas y en muchas cosas idas. 

Ahora es el sargento — oue sin herir la no. 


mnnos el fusil se inquieta. Tu imagen no mt? 
abandona, ni me abandonará mas. 

F .1 tiempo pasa lento, lentísimo. El silen¬ 
cio es completo. Y la noche al mirarla es be¬ 
lla, bellísima. Debo confesar que tengo mie¬ 
do: no de morir, puesto que días hace que 
he dejado de existir para mí mismo. De este 
pozo sé que es difícil salir. Además nadie re¬ 
conocería la persona que fui hásta hará pocas 
semanas. Quién sabe si tú misma no me ten¬ 
drás ya por muerto. Han sido muchos hoy 
los caídos. Nuestra posición es tan difícil co¬ 
mo fácil para el enemigo, que no ha dejado 
de cañonearnos en todo el día. Y ahora, así 
el destino lo quiere, vamos a enfrentamos con 
a echarlos de donde nos dominan, a lu- 
cuerpo a cuerpo, a matar y morir. A 
cuando la noche invita a todo menos 
eso, y a matar precisamente con el alma re¬ 
de amor por d, que me esperas lejos. 
Creo que ahí está todo mi temor. He de ser el 
primero en caer, por no haber sabido matar. 

Y la orden es dada. Y junto con los otros al 
saltar, avanzamos. Y en menos que lo pienso 
me veo en el vórtice mismo de un rugiente 
torbellino de balas. Con otros dos me protejo 
en el hoyo de una granada. Y es al poco de 
advertirlo cuando me quedo solo. Desde 
que hemos saltado espero recibir ese golpe 
seco que ha de quitarme la vida. Por eso lle¬ 
vo en mis. labios tu nombre. 

El repiqueteo de la ametralladora cesa. El 
silencio vuelve. Experimento la sensación de 
creerme el único ser vivo en la vastedad del 
espacio. A modo de comprobación, asomo la 
cabeza. A poca distancia, yacen los cuerpos 
inertes de mis compañeros. En las sombras se 
mueven los otros. Sigo con ellos. Debemos 
avanzar, avanzar y terminar cnanto antes. Es 






i. E o r* 




toddy nutre da 


—Miguel..., Miguel... 

—..-???? 

—...Miguel... 


T."* _Ya mueve sus manos, doctor... Miguel... 
r -..-Sí. 

-Me oves..., soy yo..., Estela. 

—Estela... ¿Dónde? 

—Aquí, a tu lado, tus manos tienen las mías. 
-No te veo... ¿Dónde estoy?. ■■ ¿Dón- 
de estamos? 

-En el hospital San Roque, en casa No pue¬ 
des verme, porque tienes tu cabeza vendada... 
—¿Qué tengo en la cabeza?... 

-Nada; cosas de la guerra, pronto sanaras. 
—Estela... 

—Sí. • • 

—¿Eres tú. tú?... 

-Sí; no te preocupes, descansa... Ha sido 
un milagro... 

-Has sido tú... * 


Por f. Gurvia y Guztnán 


ESPECIAL PARA 

••LEOPU a n~ 


ILUSTRACIÓN 
DE VALDIVIA 


it^psr r a consigna v con ella no se cuanto tiem¬ 
po paso arrastrándome. Mi intención es ganar 
un pozo cercano, ral vez la última etapa. Po¬ 
co falca por alcanzarlo cuando de pronto re¬ 
tumba la tierra a mis pies y caigo. Antes de 
que me sea posible cerciorarme de si he sido 
herido, veo cómo se va abriendo una serie de 
3«niieros en la tierra, cómo se extiende en li¬ 
nea perfecta, lo mismo que si la perforase un 
punzón vertiginoso. Escondo mi cabeza entre 
nus brazos, al mismo tiempo que siento un 
formidable mazazo en la nuca. 

Se hace una espesa tiniebla en tomo mío. 
L*s fuerzas me abandonan. Apenas si me que¬ 
dan las suficientes para mover el dedo me- 
Siéntome desmayar.... desmayar co¬ 
bo baio la acción de un anestésico. Pierdo la 
noción de todo..., menos de aquella densa 
oscuridad que me rodeaba. Y no se donde, 
illa ai un rinconcito de mi cerebro, brilla aun 
■B ruvo tenue de conciencia. A su débil luz 
w dicto... “Tú ves, también a ti te tuvo que 
llegar el tumo. Convéncete, nadie se escapa. 
Cuenta ahora los minutos que te quedan y 
gózalos como puedas. 

Aunque estás ciego, aunque te sientes caer 
ea el espacio como un bólido, eleva tu cabeza 
I -i ciclo y contempla cómo las estrellas te 
Abandonan a tu suerte. Ya todo es unpos.ble. 
N.. hay paso hacia atrás que te salve. \a es- 
I Qj donde querías, donde ansiabas estar, si, 
porque lo ansiabas, porque tú viniste por tus 

■ ¡W,os pasos. Fué un ideal, ahora lo re- 
' cuerdas, fué por defender algo muy bello. 

Bien, va lo defendiste, ya te chorrea la san¬ 
gre !n suficiente como para ser aclamado por 
Ls muchedumbres que te rieron partir. No 
* tendrás ahora el aire marcial, solemne, de 
‘ aquellos días: rodo se ha perdido en el fango. 
¡Ah!, pero sí te queda la inquebrantable vo¬ 
luntad de vencer, y vencerás, claro que sí. 
.Óué importa el milésimo hombre? ¿Que im¬ 
porta que tú quedes aquí? Si detrás hay otros. 

■ fev muchos, ¿qué importa que tu mueras, 
auc te ignoren las multitudes, si hay alguien, 
muv lejos de estos campos sin rosas, que te 
llora y espera? Anda, haz tu último esfuerzo, 
trata de evitar que te lleven, conten esa san¬ 
gre que te chupa la tierra, y vive, vive como 
puedas, de lo que puedas, pero vive. 


liradas a TODDY, el delidoso y nutritivo TODDY, que restituye 
con ventaja el natural desgaste de energías, los chicos saltan 
y juegan "como benditos", ¡sin resentirse físicamente! 

Las criaturas "meTODDYcamente" alimentadas son más despier¬ 
tas, vivarachas, y destacan en el estudio una inteligencia clara, 
vivaz, permanente. 

Los chicos venderán salud y energía y la mamá realizará buenas 
economías, ¡si les dá TODDY tres veces por día! 


DOS GRANDES AUDICIONES DE RADIOTEATRO "TODDY" 

17 horas - Catalina Barcena dirigida por Gregorio Martínez Sterra en la 

Red SPLENDID, diariamente menos domingos. 

18 horas - Oscar Valicelli y Nelly Hering en RADIO BELGRANO de 

lunes a viernes. 























DE ARGENTINA ADENTRO 





Las ventanas, sólidamcn 


Influjo de los templos 


tes y gruesas moderos, 
frente a las cuales des. 
filaron los hombres de 
"El Chacho" pocos dios 
antes de ser derrotados 
por el general Pqunero. 


Lo ruta es larga y el 
amanecer sorprende a los 
devotos en plena marcha. 
Pero las distancias, que 
a veces no pueden sal¬ 
varse en una sola jomo-s*? 
da, no arredran o los f 
creyentes cordobeses. Y 


E l cordobés posee un innato sentido religioso que se le ha hecho 
fibra en su carne y letra en su historia. Desde su catedral hasta la 
más humilde capilla, perdida en un rincón dei la serranía, los templos 
e|ercen sobre su espíritu una influencia natural y espontánea, cuyas raí- 
ces se nutren no solamente de hechos espirituales, sino también de sucesos 
históricos. 

Al serrano no le arredran las dificultades de las distancias hacia los 
templos, a veces insalvables en una sola jomada. Halla siempre la manera 
de cumplir esa su acendrada necesidad del espíritu y, devoto, alberga 
varios días en su humilde hogar de la sierra una imagen sagrada o, cuando 
no la tiene, un cuadro representativo de su devoción, velándola, alum¬ 
brándola y orándole algunos días, transcurridos los cuales la transporta 
a la casa vecina, en una continua rotación lugareña. » 

Así, no es difícil hallar en las más remotas latitudes serranas, en medio 
de la travesía de la Pampa de Achala, Olaen o Pocho, a muchos lugare- 



1 


■ R 










Por Juan J. Ortiz Barili 

ESPECIAL PARA "LEOPLÁN'* 

FOTOGRAFIAS DE SCHNEIDER 

ños que portan en procesión a un sagrado símbolo a través de largas 
distancias, bajo un clima a veces tórrido, a veces frígido, hasta llegar a 
casa del vecino al que le corresponde albergarla. 

Cuando en una de esas peregrinaciones se encuentran dos procesiones, 
acostumbran a detenerse y besar por tumo, recíprocamente, las imáge¬ 
nes que custodian. 

Piadosa tradición de un pueblo resignado, trabajador y noble, que se 
enaltece al compartir las obligaciones materiales con las especulaciones 
snperiores del espíritu, llenando ese nuestro “primer vacío del corazón”, 
como lo llama Scheler. 

Uno estompa de 18... 


Cuando dos procesiones 


El sentido religioso del cordobés y el influjo que sobre él ejercen los 


_ __ serranía, 

acostumbran a detenerse 
para reverenciar a sus res¬ 
pectivas imágenes. He 
aquí un aspecto de la 
original ceremonia. 


El templo de la Compa¬ 
ñía de Jesús, tros de cu¬ 
yos muros se refugioran 
las niñas de la sociedad 
^cordobesa durante el des- 
T orrallo de los episodios 
Yque se relatan en la pre¬ 
sente noto. 










templos, provienen tanto de un sentido espiritual como material. Aparte 
del aspecto espiritual, fácil de comprender, el segundo, es decir el ma¬ 
terial, halla su explicación en épocas aun no muy lejanas. La historia de 
nuestra organización nacional está jalonada de episodios guerreros, de he¬ 
chos turbulentos que tenían por protagonistas a las tropas regulares unas 
veces, y otras a los grupos de gauchos, montoneras, etc., que bajo diver¬ 
sas banderas y con distintos móviles, rompían a menudo la paz del inte¬ 
rior del país con sus encuentros sangrientos. Córdoba no fué ajena, por 
cierto, a esos acontecimientos, y cuando algún caudillo la hacia el blan¬ 
co de su objetivo, los débiles — las mujeres y los niños — tenían que bus¬ 
car amparo seguro. ¿Dónde? En los Templos, en los conventos, cuyos 
muros brindaban sensación de seguridad moral y material. De este modo, 
fueron adquiriendo, con el correr de los años, esa fisonomía particular. 
Pero dejemos que hablen los hechos. Un solo episodio de aquella tur¬ 
bulenta época bastará para dibujar el perfil exacto de sus características. 


¡Viene "El Chacho"! 


I 


La paz de aquella Córdoba monacal y tranquila de 1863, Iubía sido 
sacudida por algunos acontecimientos políticos de singular trascenden¬ 
cia; en realidad, la ciudad se hallaba, en la anarquía más completa: el 
io de junio de ese año, un motín destituía al gobernador don Justiniano 
Posse, despojándolo del poder para entregarlo a don José Pío Achával, 
en medio de la dominación del partido federal, el de “los rusos”, como 
se les. llamaba entonces. 

Apenas restablecidos un tanto los ánimos, y cuando los aguateros po¬ 
nían otra vez su nota típica en las calles polvorientas, pregonando SU 
fresca mercancía, obtenida en las limpidas cascadas de las sierras y que 
transportaban a la ciudad en los curiosos carros 
construidos con madera y tientos; cuando ve di- 
luían en el aire tibio las cristalinas notas de las 
campanas del templo de la Compañía de Jesús, 
corre una tarde, como reguero de pólvora, la no¬ 
ticia de que “el Chacho” sé acerca a marchas 
forzadas. 

—¡Viene “El Chacho”! — es la exclamación que 
está en todos los labios. 

Efectivamente: sabedor de los cambios políticos 
producidos en Córdoba, el “eterno derrotado”, co¬ 
ronel Angel Vicente Pcñaloza, “El Chacho”, que, 
vencido por Sandes en Punta del Agua y Lomas 
Blancas se dirigía a Los Llanos, cambia rápidamente 
de rumbo y “como una exhalación” — al decir de 
Sarmiento — se encamina a Córdoba marchando 
día v noche. El 19 aparece sobre las barrancas que 
dominan la ciudad de las rorres. 

Entretanto, el terror reina en la mejor clase de 
la sociedad, en la ciudad mediterránea, ante la ho¬ 
rrible perspectiva del saqueo y los atropellos que 
se supone cometerán las hordas de “El Chacho”. 

En tales momentos, la granítica e imponente ar¬ 
quitectura del templo de la Compañía de Jesús, 
con sus enormes muros de piedra, da — junto con 
otros claustros — la única sensación de amparo; 
y hacia ellos acuden presurosas las niñas de la es¬ 
cogida sociedad. 

De tal modo, el majestuoso templo cobija a una 
muchedumbre que ora y espera. Las naves, débil¬ 
mente iluminadas, presentan un aspecto fantasmal: 
las sombras se alargan y la ansiedad crece... Todos 


los ojos están fijos en las sagradas imágenes, cuyos rostros de cera 
anima el titilar de los cirios. En ellos confían los fieles que rezan sin 
descanso, atendidos solícitamente por • los jesuítas que se multiplican 
para prestar ayuda a las gentes, con la premura e improvisación de 
un hospital de sangre en las líneas del frente. 

—¡Va llegan los llanistas! — exclama uno, mientras la ansiedad dilata 
los pechos. 

—Parece que siguen de largo —murmura otro. 

— ¡Oh, sí!... ¡Alabado sea Dios! — agrega un tercero que, como los 
demás, atisba a través de una estrecha ventana sólidamente protegida 
por barrotes y gruesas maderas. 

—¡Pobrecitos; si parecen almas en pena! — añaden varios, conteniendo 
los deseos de correr y ofrecerles agua y brindarles descanso. 

Efectivamente; los que pasan frente al convento, en lugar de ser gen¬ 
te salvaje y hostil, tienen aspecto manso y cansado. Un hombre de apa¬ 
riencia humilde, de barba casi blanca dividida en dos, los ojos azules, 
la mirada suave, correctas las facciones, con indumentaria gaucha: chi¬ 
ripá, poncho y guardamontes, pasa al frente de unos 200 jinetes arma¬ 
dos con lanzas. La tropa desfila lenta y religiosamente, tal vez año¬ 
rando sus ranchos de La Rioja. • 

La calma, entonces, renace entre los refugiados. Los llanistas se dirigen 
a la calle con nombre medieval: Ancha. .Mala suerte les espera. # 


El encuentro de "Los Ployas" 



Coronel Angel Vicente Peíoloio, “ti Chocho". 


El general Paunero - que en San Luis tiene la noticia de la entrada 
de “El Chacho” en Córdoba - acude con rapidez y el día 27 forma sus 
tropas en línea de batalla, en el paraje denomí- 
nado Las Playas. Allí, al amanecer del 28, repro¬ 
ducen “El Chacho” y Paunero, un caudillo y un 
militar, la misma escena de 30 años antes, que tuvo 
por protagonistas al “Tigre de los Llanos”, Juan 
Facundo Quiroga, y al general don José .María 
Paz. Lo mismo que los gauchos de Facundo no 
pudieron aguantar la carga del disciplinado ejér¬ 
cito de dragones de Paz, tampoco las hordas de 
Peñaloza resisten esta vez el embate de las tropas 
del general Paunero, quien una hora más tarde 
de aquel amanecer sangriento, remite un victorioso 
pane al ministro de guerra de Mitre, general 
Gellv y Obes, con la nueva del aniquilamiento 
casi completo de las fuerzas de “El Chacho” y 
“los rusos” de Córdoba. Se cierra así una página 
roja que ha registrado la historia de la heroica 
organización nacional. 

Aquella página — que se hallará quizá revol¬ 
viendo en los cofres viejos del pasado — explica, 
en su parte material, el influjo que la impávida 
severidad ascética de los teinplos ejerce sobre el 
ánimo de los creyentes y devotos hijos de la se¬ 
rranía cordobesa. Son ésas, por lo demás, las úni¬ 
cas reminiscencias que no se desvanecen como el 
perfume místico del incienso en él recogimiento 
del secular monasterio, cuyo alicato palpita en la 
dudad. 




■ ■ 








¡TENGALO USTED PRESENTE! 


Se halla en ven¬ 
ta en todas las 
farmacias del 
vais. 




** V' a 6 ^>^V 0 ’ 

0 ¿P ^ \o NO' 5 *' 

^ ‘ ‘ 


Hoy la medicina cuenta con ele- 
mentos valiosos, tales como la 
Yodosalina, asociación de los al¬ 
calinos con el Yodo, producto de 
eficacia e indicado para las perso¬ 
nas con tendencia a engordar. 

La Yodosalina regula las funciones 
de recambio, sus bases alcalinas 
saponifican el exceso de tejidos 
grasos y obra a la vez como un 
activo expelente. 








Sin compás t 


COSAS RARAS, CURIOSAS, ILUSTRATIVAS, 


DOMINGO VILLAFAÑE 

el conocido dibujonte, tiene en el pincel y en el almo un personaje de 
historieta, que dentro de lo gracioso suele ser trágico, como todo lo humo¬ 
rístico. Se llama 

PINCELITO PURAPOSE 

y no ha podido resistir la tentación de hacerse una escapada a “Sin Com¬ 
pás ni ritmo", pora echar, desde este onuncio, un vistazo a los lectores, 
que seguirán, en adelante, sus hazañas de pintor bohemio y desaprensivo. 

Desde ei próximo número asistiremos, en estos páginas, a las aventuras 
y tropezones de 

PINCELITO PURAPOSE 

ol que le deseamos divertida vida. 


CADENITAS 

Cuando Gulliver, el conocido 
personaje de Swiít, visitó el 
pais de los gigantes, tomó esta 
fotografía. Son cadenas de reloj 
expuestas en un escaparate de 
relojería. Cada una pesa treinta 
y dos toneladas, y están hechas 
de un metal más duro que el 
acero. Sin embargo, los habitan¬ 
tes de ese país las cortan al 
menor descuido, sobre todo cuan¬ 
do se les escapa el reloj de las 
manos; pues éste pesa unas dos¬ 
cientas toneladas. Hemos resuel¬ 
to llevar a cabo una investiga¬ 
ción sobre la autenticidad de la 
presente fotografía; nos parece 
que quizá se trate de simples ca¬ 
denas de esas que usan las an¬ 
clas de los buques, fotografia¬ 
das en un puerto del Canadá. 


HIJA PERFECTA 

Cierto señor se presenta un día en Fer- 
ney, y se anunció a Voltaire de la si¬ 
guiente manera: 

—Tengo el honor de pertenecer a la 
Academia de Chálons, que. como usted 
sabe, señor, es hija de la Academia Fran¬ 
cesa. 

— ¡Oh, si, señor! —le contesta Voltal- 

re —; y una hija tan buena que nunca 
ha dado que hablar. 


SENSATEZ 


Y con perdón de la gloria. 
Mucho máe estimaría 
Vivir en el mundo un día 
Que mil años en la historia. 

Anónimo. 


PRECOCIDAD 

gunta a un chico de unos 6 años: 
—Jovencito. ¿fuma usted? 

—No, señora. Pero puedo ofre¬ 
cerle un cigarrillo. 


"Haré tal PROVERBIO JAPONES 

cosa, si Dios 

lo quiere", decía un hombre; pero eso care¬ 
cía de todo sentido, pues todavía no había 
pedido permiso a su mujer. 


PRECAVIDO 


CONSECUENCIA 


El juiz. — Se le acusa de haber 
arrojado a su mujer por la ventana. 
El acusado.— Lo hice sin querer, señor juez. 

El jvtz.—S f, perfectamente; pero imagínese lo que 
hubiera ocurrido si alguien hubiese pasado por lo calle 
en ese instante. 


NO BAILE ASI 

En el número anterior vimos cómo esta distraída pa¬ 
reja de entusiastas bailarines cometía figuras que no 
resultaban elegantes. Dijimos que era debido al exce¬ 
sivo sentimentalismo de la pareja, que se olvida de que 
está bailando y de que hay espectadores. Y es verdad. 
Hoy lo corroboramos con otra foto de la continuación 
de aquel baile. La cara de él muestra a las claras que 
el hombre está en las nubes, y la de ella dice que 
la violenta situación le ha hecho reaccionar y darse 
cuenta de lo que sucede. Tan rápidamente giran los 
d<», que la fuerza centrifuga levanta las piernas de ella. 
No sabemos lo que sucederá cuando él la suelte sin 
darse cuente de lo que pasa... Lo veremos próxima¬ 
mente. 


EL MAR 


TRAGICO 

El mar Báltico 
es el mar de los 
naufragios: por 
término medio 
se registraba uno 
por día en tiem¬ 
pos de paz. 


ABOGADOS 

VIGILANTES 


UN VENENO... LENTO 

Al decirle un amigo o Fontenelle que el café era un 
veneno lenta, éste le respondió: 

—Muy lento, porque hoce casi ochenta años que me 
viene motondo. 

UTILIDAD DEL BAMBU 

El bambú es la planta que e 
emplea más universalmente. No 
hay categoría de necesidades 
humanas que no pueda ser su¬ 
plida por alguna forma de bam¬ 
bú o algún producto de esa 
planta. De él se obtienen ali¬ 
mentos, armas, abrigo, canastos 
y recipientes, puentes, caños, 
papel, cables, adornos y mu¬ 
chos otros artículos especiales. 



JACINTO PIESFELICES 


Zapatos 
































PINTORESCAS Y HUMORISTICAS 


JUEGOS DE SOBREMESA 

Este lazo, aquí donde usted lo ve, señor lector, 
es un lazo mágico. Está pasado por el ojal de un 
traje gris, pero el color de éste nada tiene que ver 
con la magia de tal lazo. Tampoco tiene nada que # 
ver el hecho de que el botón no se halle en su co¬ 
rrespondiente ojal ni en ningún otro. La magia de 
esta prueba consiste en librar el saco de tan seguro 
lazo sin deshacer éste, sin cortarlo y sin romper el 
ojal; tampoco se debe recurrir a echar todo al fue¬ 
go ni a esperar que los dioses intervengan. Se pue¬ 
de esperar, eso si, que aparezca el próximo número 
con la reglamentarla solución, la que, de aquí a en¬ 
tonces, ya habremos encontrado. 


OFICIO FACIL 


Hoy hemos .atrapado (con la cámara) a la mujer hermosa que ne¬ 
cesitamos cada quince días para recrear el buen gusto de nuestros 
más retinodos lectores La hemos atropado en una especie de bicicleta 
con motor, que por el momento no viene al caso,. haciendo ruido y 
levantando tierra, a toda velocidad por esos calles de Dios. No com¬ 
prendemos cómo es que se encuentra en paños menores. Sin embargo, 
ella nos explicó, con una respetable serie de razones, que su vesti¬ 
menta es correctísima y que no se trata de paños menores También 
dijo que se llama Mildred Colé, y que es norteamericana, de Hollywood. 
¿Ser, cierto? 


I Wfrwo 


BORDADO HISTORICO 

La reina Matilde, esposa de Guillermo el 
Conquistador, era una dama de gran pacien¬ 
cia. En la biblioteca de la ciudad de Bayevx 
se conserva una tira de tela de setenta me¬ 
tras de largo bordada por dicha reina con la¬ 
nas de diversos colores, representando episo¬ 
dios de la conquista normanda. El bordado 
comprende 623 personajes, 22 caballos y 
mulos, 55 perros, 505 animales diversos, 
di barcos, 37 edificios y 49 árboles, lo 
que hace un total de 1342 figuras mag¬ 
níficamente ejecutadas. 

La tela está algo amarilla, pero los 
colores de las lanas se conservan con to¬ 
do su brillo 1 e- 


EPIGRAMA 

Estudio jugando, cuando 
Lo que es trivial seriamente 
Trato; y cuando trivialmente 
Lo serio, juego estudiando. 

F. DE LA TOBRE. 


jjt IODO UN POCO 


Se llama au¬ 
tor moderno un 
señor que es al mismo tiempo financiero, di¬ 
rector, comediante, "metteur en scéne”, bo¬ 
letero... y quizá escritor.—FIERRE VEBER. 

PROBLEMA 


UN BURRO EN 

LA HUERTA 

¡Adiós los repollos! ¡Y 
cómo grita la hortelana! 
So es para menos: el bu¬ 
rro apareció esta mañana 
con la panza llena de re¬ 
pollos y lechugas, descan¬ 
sando en medio de la 
huerta, su gran plato, y 
haciendo la digestión apa¬ 
ciblemente, en espera de 
I volver a sentir hambre 

I para continuar el banque¬ 

te, i Y después dicen que 
i el burro no es inteligente! 
•'Nunca olvida ande co¬ 
me”. dijo el viejo Vizca¬ 
cha. y sépase que ésta es 
la clase de inteligencia 
que más falta hace en la 


DE LA 
MUJER 

La 
da. 


Dijo m haragán: 

—El trabajo es 


Refrán Español 

Quita lejo* 
o va entuñado 


nuevos por CAO 



El número de los literatos va "in crescendo”, por¬ 
que es el único oficio que se puede ejercer sin 
aprendizaje previo. 

Alfonso Kakr. 

PELIGRO VITAMINICO 


Una asociación científica de 
ios Estados Unidos advierte al 
público en general que la actual 
boga de las vitaminas puede lle¬ 
varse a extremas peligrosos y re¬ 
comienda que se siga un régi¬ 
men alimenticio equilibrado con 
preferencia a Ingerir comprimidos 
de vitaminas. 


































40 • LEOPLAN 

EL CUENTO DRAMATICO 







cukrio una tarde de diciembre en 
un pequeño puerto de la costa 
cantábrica. 

El vendaval soplaba con pujan¬ 
za incontenible. Las olas semejaban in¬ 
mensos caballos blancos e iban a estre¬ 
llarse, impetuosas, contra el acantilado 
de la costa, lanzando a gran altura la 
escarcha de su espuma plateada. 

Las lanchas, en la dársena, estaban 
apiñonadas, como atemorizadas de la fu¬ 
ria del tiempo. Los marineros, cubiertos 
con sus largos capotes y calzados con sus 
pesadas botas de agua, comentaban bajo 
el refugio. Sólo uno, el más viejo quizá, 
paseábase, nervioso, con la pipa entre los 
labios, avizorando con inmenso interés 
las encrespadas olas. 

Era este hombre un verdadero lobo de 
mar. Su figura recia y achaparrada, su 
mirada fría y penetrante y su enmara¬ 


ñada barba, poblada de blancas canas, 
dábanle ese aspecto propio de los vete¬ 
ranos del mar. Tendría unos 60 años, y 
sobre su persona tejíanse leyendas emo¬ 
cionantes. 

Sus memorables hazañas en los mares 
del “Gran Sol” habíanle auroleado de 
gran prestigio, y por ello gozaba de mu¬ 
cho ascendiente entre los marineros. Co- 
nocíasele con el nombre de Altruán. 

En la triste tarde a qu? nos referimos, 
en medio de la bahía algo pasaba que 
atraía su atención. 

El Audaz, un pequeño velero de pesca, 
debatíase desesperadamente entre las 
agitadas aguas que pugnaban por apre¬ 
sarle entre sus poderosas fauces; pero 
sus amarras, tensas y crujientes, soste¬ 
nían en esta enconada lucha al pequeño 
bergantín. Las olas, en sucesión constan¬ 
te, lamían, golosas, sus frágiles costados 


J 

y castigaban sin cesar la codiciada presa. 

En la cubierta de la nave un marine¬ 
ro, el único que había a bordo, clamaba 
al Señor y pedía angustiosamente so¬ 
corro. 

La tormenta no aminoraba y el ven¬ 
daval silbaba sobre las jarcias; la fuerza 
de sus endiabladas rachas obligaba a las 
amarras a ceder, y El Audaz encontrᬠ
base en inminente peligro. 

En el muelle, los marineros dejaron 
de hablar. Sus rostros estaban pálidos y 
sus ojos entreveían la desgracia que se 
avecinaba. Presentían horas de angustia. 

De pronto, en el silencio impresionan¬ 
te que allí reinaba, una voz resonó po¬ 
tente: era la voz del Altruán. 

—¡Es necesario salvar ese hombre y 
ese barco! ¡Organicemos el salvamento! 

Bastaron estas palabras para que aque¬ 
llos seres vibrasen emocionados y se dis- 

















LEOPLAN - 41 




Por Emilio Pérez Fernández 

ESPECIAL PARA "LEOPLAN" 

ILUSTRACION DE RAUL VALENCIA 


\ --- 

% 

-,_s;.-ran a la lucha. Nadie pensó en el 
5¡¿7gro que ello entrañaba, y una frágil 
l^scha fué preparada de inmediato. 

Z*. Altruán designó a los hombres que 
L acompañarían: Ñan, Luciano, Ricar- 
f» Enrique, y él de patrón. Todos se 
atropellaban para lanzarse a la lancha. 
Despojáronse de sus capotes y empuña¬ 
rían los remos. Se sentían como los hé- 
udgidos por la fe en su Dios y el 
peder de sus músculos. 

Las cortantes palas esperaban, impa- 
Ljrnt" hundirse en las entrañas de ese 
Sección ero mar. La señal de la partida 
Kédada y la pequeña embarcación 
Leftasdonó la dársena. 

Unas tras otra las olas se rompían con- 
R ¿a proa, pero los marineros bogaban 
Eñ descanso. El ¡hala, hala! del patrón 
|w animaba y enardecía. Sus puños ace¬ 
dados imprimían un movimiento rítmico 
a les remos, y el avance continuaba ale¬ 
ndólos de la dársena. Ya el ¡hala, ha¬ 



la! iba perdiéndose en la distancia y la 
embarcación semejaba una gaviota, ju¬ 
guete de las inmensas olas. La gente, 
que desde el muelle presenciaba anhe¬ 
lante la aventura, no pronunciaba pala¬ 
bra. El temor y la duda trocáranse en 
pesado silencio. 

Las amaras de El Audaz iban perdien¬ 
do, poco a poco, su consistencia, y las 
filásücas gemían al desgarrarse. Pronto 
el barquichuelo marcharía al garete e 
iría a estrellarse contra los escollos. Los 
marineros bogaban más apurados: ya no 
había ritmo en sus paladas: el corazón 
se imponía y los brazos se desplazaban 
con nerviosismo. 

Poca distancia los separaba: ya ni el 
plañir del tripulante ni la voz animosa 
del patrón resonaban entre las ráfagas 
del vendaval. Unas bogadas más y lle¬ 
garían. Ahora tan sólo un cabo sostenía 
a la nave y a él se agarró, por fin, el 
viejo patrón, encaramándose hasta la 
cubierta. De inmediato lanzó un nuevo 
cabo que fué recogido por sus compañe¬ 
ros, y dió la orden de bogar hacia estri¬ 
bor. Con este nuevo refuerzo, y en po¬ 
sición más favorable, el barco no era tan 
azotado. 

El viento, como asombrado por la te¬ 
meridad de esos hombres, iba amainan¬ 
do. Las olas, resignadas a perder su bo¬ 
cado, al retirarse castigábanle aún con 
violencia. 

El ancla del pesquero fué levada y la 
lancha, enorgullecida, arrastraba la pe¬ 
sada mole. 

En el muelle, las gentes, alborozadas, 
aclamaban a los marineros. El Audaz de¬ 
jábase arrastrar mansamente, y con len¬ 
titud se aproximaba a tierra. 

Cuando todo hacía entrever un feliz 
desenlace; cuando por todas partes re¬ 
sonaban Víctores de alegría ante la lle¬ 
gada: cuando dábanse gracias al Señor 
por el afortunado arribo, apareció en la 
cubierta el viejo lobo de mar sostenien¬ 
do entre sus nervudos brazos el cuerpo 
yerto del atribulado tripulante de El 
Audaz. 

¡El miedo lo había matado! 

¥ ¥ H 

La tarde iba declinando y la luna 
emergía de entre las montañas. Un rojo 
oscuro daba color a la tragedia. Horas 
después, cuando la noche se enseñoreó 
del pequeño puerto, vióse a las mujeres, 
con velas encendidas, encaminarse, si¬ 
lenciosas y afligidas, hacia la pequeña 
capilla. Iban a llevar sus oraciones y a 
pedir por la salvación del alma del in- 
fortunado marinero. 

Entretanto, en una humilde casucha, 
sentado al pie del hogar, el viejo Altruán 
relataba a sus nietos la desgracia de 
aquella tarde. 

La campana, tocando ánimas, cortó sus 
palabras, y un postrer amén entrecerró 
sus cansados párpados. ^ 


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I 



UNA FACETA CASI 




El pincel oníes que lo pluma 

M uy pocos son los .que conocen a 
Almafuerte fen su condición de di¬ 
bujante. Sus biógrafos, no pudíen- 
do eludir este aspecto de la personalidad 
del poeta, hacen mención de él en pocas 
palabras, sin darle importancia. No obs¬ 
tante, el autor del “Misionero” sabía tro¬ 
car la escritura en dibujo cuando sentía 
impulsos de ello, y lo hacía con el acierto 
de un gran artista. 

El mundo pierde un pintor y gana un poeto 



Es curioso saber que las “Milongas Clᬠ
sicas” y las famosas “Evangélicas” de¬ 
ben su existencia' a una casualidad, pues 
en su infancia Pedro B. Palacios apren¬ 
dió a manejar el pincel antes que la plu¬ 
ma, y jamás hubiera pensado cambiarlo 
por ésta, si las circunstancias no le hubie¬ 
sen deparado un desengaño. 

A los 19 años se presentó ante el Con¬ 
greso Nacional pidiendo una beca para 
ir a Florencia a perfeccionarse en el arte 
pictórico. Junto con su solicitud entregó 
también algunas telas, de las que el dipu¬ 
tado Lucio Vicente López dijera que hon¬ 
rarían a un artista de fama. Y mientras 
el despacho se resolvía favorablemente 
en la comisión de' la Cámara, algunos 
diputados atacaron esa decisión diciendo 
que se trataba de “un menor” y además 
de un “chileno”. * 

El futuro poeta.de “La Sombra de la 
Patria”, profundamente ofendido en su 
sentido patriótico, presentóse con su fe 
de bautismo extendida en la iglesia de 
Morón, pero al mismo, tiempo retiró su 
solicitud sin aceptar la sanción de la Cᬠ
mara de Diputados, que “llevaba el sello 
de un sometimiento de la altivez ciuda¬ 
dana”, pues, según él lo entendía, el arte 
no tiene patria ni conoce límites. 

Fué ésta su primera protesta contra la 
burocracia y la incomprensión de sus 
contemporáneos, que él mismo expresara 
en su “Pobre Teresa” en estos términos: 

¿Quién se ocupa, ni se fía 
de medrar con el pincel 
si la sociedad cruel 
se mofa de esa manta; 

• si al pensamiento fecundo, 
al estudio y al desvelo, 
una sonrisa de hielo 
sólo concede el mundo ... ? 

Su mejor amigo, don Francisco Cruz, 
que iba con él y con Ameghino formara 
el soberbio trío de los maestros mercedi- 
nos, supo mejor que nadie apreciar la 
fuerza de su paleta. Al hacer la descrip¬ 
ción de una tela pintada por Almafuerte 
en sus años juveniles, dice: “Había pin¬ 
tado un mar agitado y oscuro; sus olas 


"Nocturno" se Homo este sutil dibujo de Almafuerte; 
a lo derecho del dibujo pueden observarse unos versos 
borrados por el autor. 








DESCONOCIDA DE LA PERSONALIDAD DE PEDRO B. PALACIOS 



El cronista de LEOPLAN recoge anécdotas de k> 
vida intimo del poeto-dibujonte, de labios de su 
ahijado y discípulo don Domingo Gismano. 



lo hermosa 
bezo de viejo", 
verdodero obra 
moestra que pre¬ 
sentamos oqui co¬ 
mo primicia, fue 
regolado por su au¬ 
to* ol señor Bau¬ 
tista Olivera con 
esta sencilla pala¬ 
bra: "Llévatelo" 


rvientes, 
mpíanse en 
i lejano pe- 
jn, en cuya 
tmbre aparecía la 
uz de Cristo bañada 
; espuma, levemente 
¡nrosada al beso del albor 
» un nuevo día”. Y al comen- 
ir el gesto que el joven artista 
ivo ante la Cámara, dijo: Esa fue su 
rimera protesta airada en la cual el mundo 
el arte nictórico perdió iln genio; pero la patria , . 

ano en cambio al misionero de la escuela rural y la America 
itina al poeta filósofo”. 

I maestro y su alumno 


Desde que vio 


desvanecerse sus esperanzas de perfeccionarse 


Poi Tibor Sekelj 

ESPECIAL PARA "LEOPLÁN" 


_ el arte 

del color, ver¬ 
tió en las letras 
su genio inquie¬ 
to. Pero ¿abandona¬ 
ba por completo sus 
ambiciones juveniles? 
¿Desaparecía, como por ar¬ 
te de magia, el pintor Pedro 
B. Palacios? 

En busca de respuesta a estas pregun- 
tas entrevistamos al señor Domingo Gisma- 
no, ahijado del poeta, el que más tiempo convi- 
. con él. Escuchémoslo: . . , . 

-En realidad, don Pedro nunca abandono completamente 
arte pictórico. Dibujaba cuando sentía necesidad de ello, 
rque el maestro era todo impulso, sin normas que sujetaran 


1 m+iiipiÁn 










—¿Tuvo algún maes¬ 
tro? 

—No. Era autodidac¬ 
to en eso como en to¬ 
do. Pero, en cambio, 
también enseñaba di¬ 
bujo a sus alumnos. 
Recuerdo cierta época 
en que éramos unos 
quince muchachos que 
pasábamos el día jun¬ 
to a él y nos dedicaba 
todo su 'tiempo ense¬ 
ñándonos a cada uno 
lo que nos interesaba 
más. Tres o cuatro de 
nosotros teníamos in¬ 
terés por el dibujo, y 
todos los días nos ha¬ 
cía dibujar y nos co¬ 
rregía con mucha pa¬ 
ciencia. Todavía hoy, 
lejos de aquellos dias, 
podría reproducir 


Este retrato es uno ampliadla de lo pequeña 


izquierdo del grobado. Represento a ana de 
los sobrinas de Pedro 8. P o tocios, y es pro¬ 
piedad del Museo Atmohierte, de La Plata. 




aquellas cabezas que él me ha enseñado a dibujar. 

—¿Obtuvo alguna vez ganancia material con sus dibujos? 

—Muy poca. Casi siempre regalaba sus trabajos al primero 
que venía, o, si no le gustaban, los rompía o los dejaba sin 
terminar Sin embargo, algunas veces mandaba a “Caras y Ca¬ 
retas” poesías con ilustraciones. 

—¿Y se los pagaban aparte? 

—Llegaban giros que a veces excedían a cualquier honorario. 
En realidad no se puede decir que le pagaban los trabajos: más 
bien subvencionaban al poeta. Así hacía también “La Nación”. 
De este diario le mandaban 300 ó 400 pesos por un soneto 
y le hubieran mandado más también, pero sabían que él era 
el que menos se beneficiaba con el dinero: todo lo repartía 
generosamente, muchas veces el mismo día, sin preguntar quién 
era el necesitado ni de dónde venia. 

• Esa generosidad, le deparó situaciones sumamente apremian¬ 
tes más de una vez en la vida. Así le sucedía cuando en el 
año 1894 lo nombraron maestro en Trenque Lauquen, pueblo 
I de la provincia de Buenos Aires, adonde llegó sin un centavo 
I en el bolsillo, sin crédito ni amigos que le pudieran ayudar. 

Escribió entonces una carta a su amigo Francisco Cruz, fecha- 
i da en Trenque Lauquen, el 12 de abril de 1894, en la que des¬ 
pués de contarle todas las peripecias por las que atravesaba, 
le dice así: 

. .Hazme el favor de ver al caballero ese que me encargó 
el retrato de su señora madre y particípale mi odisea. Dile que 
si me facilita doscientos pesos habrá salvado al poeta, que yo 
se los pagaré con el retrato ese y con todos los que quiera para 
él y sus relaciones. Háblale con elocuencia, que lo perentorí¬ 
simo del caso requiere, etc., etc.” 

Este párrafo no deja de ser significativo, pues revela que el 
■ poeta también dibujaba retratos, que debían gustar a sus 
clientes, porque de otro modo no se los hubiesen encargado. 


que parece ser una xi¬ 
lografía. Sorprenden 
en él las líneas auda¬ 
ces y seguras. Esta 
obra ha sido reprodu¬ 
cida muchas veces, 
aunque no pocos igno¬ 
ran que se trata de un 
autorretrato. 

Pero la obra pictóri¬ 
ca de Almafuerte que 
pone de manifiesto in¬ 
dudablemente el más profundo sentido artístico, es la “Cabeza 
de viejo”, cuyo original hallamos en poder del señor Bautista 
Olivero, antiguo amigo del poeta. El dibujo tiene el tamaño de 
30 por 40 centímetros aproximadamente y está ejecutado a 
pluma en tinta china con rayitas cortas y livianas que, entre¬ 
lazándose, forman un exquisito juego de blanco y negro. La 
frente amplía y las cejas abundantes de la cabeza de viejo se 
parecen mucho a las del autor y es probablemente un trozo de 


; obra del poeta. 


En busca de documentos 


El primer documento referente a su actividad pictórica lo 
encontramos en el Museo Almafuerte, de La Plata, donde el 
señor Francisco Timpone, incansable y activo secretario de 
la Agrupación “Bases” —institución que fundó y tiene a 
su cargo este museo —nos abre de par en par las puertas, vi¬ 
trinas y ficheros de la institución, instalada en la casa en que 
vivió y murió el poeta. 

Trátase del retrato de una sobrina de Almafuerte. Tiene un 
metro de alto por 70 centímetros de ancho, y es la ampliación 
de una pequeña fotografía que se puede observar en un ángulo 
del cuadro. El trabajo está ejecutado a lápiz color sepia y revela 
indiscutible conocimiento del oficio, seguridad de mano y una 


autorretrato inconsciente. La mirada de sus ojos se pierde en 
la sombra de las cejas; la luenga y blanca barba que se esfuma 
en el fondo oscuro, da\un cierto aire de santo a esa “Cabeza 
de viejo”. 

_La trazó —nos cuenta el señor Bautista Olivero —durante 

una de esas tertulias inolvidables, mientras discutíamos y él 
nos hacía participe de su gran fuerza espiritual. Tenía delante 
de él un papel, y en tanto hablaba, la pluma en su mano in¬ 
quieta trabajaba al parecer automáticamente. Tal vez al iniciar 
el trabajo, él mismo no sabía lo que iba a surgir de él. Fui yo | 
el primero en expresar mi admiración al ver el dibujo termi¬ 
nado. “¡Llevátelo!”, dijo don Pedro tendiéndome el papel. 

"Así era Almafuerte. En su casa era peligroso decir: “esto me 
gusta” o “aquello me agrada”, pues su única contestación era: 
“llévatelo". 

La “Cabeza de viejo” a que acabamos de referirnos, la pre¬ 
sentamos como primicia hoy a los lectores. 

El “Nocturno” es otro dibujo a lápiz, sutil y delicado. Re¬ 
presenta a un fraile que ha salido del convento con su violín 
para buscar inspiración en la noche estrellada. A la derecha del 
dibujo hay unos versos borrados. Dice ql señor Olivero, propie¬ 
tario del original, que Almafuerte lo hizo para “Caras y Ca¬ 
retas”. Pero como no fué posible reproducirlo, se lo devolvieron 
pidiéndole que lo ejecutara a pluma, lo que él cumplió. 

Otro retrato ampliado es el de don Ignacio Darío de Irigoyen, 
ex gobernador de la provincia de Buenos Aires, dibujado por 
el poeta para que sirviera de modelo a doña Juana A. Olivero, 
que lo iba a ejecutar en seda y con hilos finísimos, trabajo 
en el que esa dama perdió la vista. 

Por último, son varios los dibujos con que el poeta acom¬ 
paña sus poesías publicadas en “Caras y Caretas”, y cuyo autor 
quedó desconocido o pasó inadvertido para el público lector. 
Asimismo debe existir un número apreciable de originales er 
casas de sus relaciones, cuyo conocimiento pudiera refirmar 
lo que esta nota pone en evidencia: la personalidad de Alma- 
fuerte como dibujante. <S> 

















ADOLFO MAZZONE 


H ace cuatro años 
que ingresé en 
la gran familia perio¬ 
dística. Todavía re¬ 
cuerdo el día en que. 
alentado por el gran 
Lino Palacio, me pre¬ 
senté en una redac¬ 
ción. ¡Cómo para no 
•acordarme, si fui re¬ 
chazado! Es decir, yo 
no; mis “monos”. 
Cuando salí a la ca¬ 
lle comencé a pensar 
quién tendría razón: 
si Lino Palacio, que 
me alentaba, o el di¬ 
rector que... Bueno, 
¡hay que ver las co¬ 
sas que me dijo el di¬ 
rector! Hasta me hi¬ 
zo un chiste a costa 
_de mis chistes. Pero 
yo soy muy capricho¬ 
so y decidí llevarle 
la contraria al direc¬ 
tor. Dicho y hecho: 
a fuerza de constan¬ 
cia, un día tuvo que 
admitir “que no lo 
hacía del todo mal”, 
y así me inicié a su 
lado. Trabajo me cos¬ 
tó adquirir el pulso 
necesario, tan endu¬ 
recida tenía la mano 
por el uso del marti¬ 
llo. Pero de todo esto 
él no sabe nada. 

En cuanto al hu¬ 
morismo, cuando al¬ 
guien les diga que es 
cosa fácil, no le crean. 
No saben ustedes el 
trabajo que' icuesta; 
como que a veces es¬ 
toy tentado de volver 
a empuñar el marti¬ 
llo... Pero no lo ha¬ 
ré; no, señor. Ade¬ 
más. ya les he dicho 
que soy muy capri¬ 
choso. 

Con respecto a mi 
persona, para qué les 
voy a decir nad a. Es o 
lo dejo a cargo del 
fotógrafo y... de la 
fotografía. 


¿es que no puede un hombre sandwich caerse en una boca de tormenta?... 








46 • LEOPLAN 


SOMBRAS DE GINEBRA 




vWVVp 


AQUEL DIA PERDIMOS 




PiciAi.vtF.STR se anuncia, desde 
Inglaterra, que ha muerto en 
Bruselas el jurisconsulto belga Hen- 
ri La Fontaine. Es una mis de las 
sombras ginebrinas, desaparecidas du¬ 
rante esta etapa prolongada, que ha 
hundido en el silencio tantas figuras 
cuyos nombres y actuaciones sona¬ 
ban mucho en los oídos del mundo, 
durante la época brillante de la Liga 
de Naciones. 

F.1 señor La Fontaine era una figu¬ 
ra popularísima, en Ginebra y entre 
los asiduos de Ja Liga. Durante algún 
tiempo representó a su país en la 
Asamblea, y pasó a la atención pú¬ 
blica, tanto histórica como anecdó¬ 
ticamente. 

En lo primero, por sus acertadas 
intervenciones de jurisperito sutil, 
amable y sereno; en lo segundo, porque aquel 
mundillo de Ginebra, que se pasaba la vida 
reunido, ya en los comités o asambleas, ya 
en los banquetes, fiestas y agasajos de las de¬ 
legaciones diplomáticas, se perecía por la pe¬ 
queña historia de dichos, chistes y ?nats d'es- 
prit, unas veces con gracia otras con ensaña¬ 
miento. 

En aquellos primeros años de la Liga de 
Naciones, Bélgica era el airón romántico dé 
la pasada guerra. Había tomado mucho más 
en serio que nadie su papel, y con su dele¬ 
gación, compuesta por los señores La Fon¬ 
taine, Poulet y Legrand, intervenía sin des¬ 
canso en todo. Había elevado a la catego¬ 
ría de realidad aquella ilusión de que no exis¬ 
tían diferencias entre grandes y pequeñas na¬ 
ciones dentro de Ja Liga... 

Por estar tanto en primera línea, la delega¬ 
ción belga se ganó el “dicho", al que difícil¬ 
mente se sustraían grupos y personas, y circu- 
* laba la siguiente definición de aquel trío ofi¬ 
cial, tan inteligente, ardoroso y patriótico: 
Legrand, tres petit; Potdiet, inmangeable; La 
Fontaine, mtarissable. 

El señor La Fontaine, siempre sonriente, no 
desmentía el boceto. 

Su físico era en¬ 
tonces algo distinto 
del que ofrecen sus 
últimas fotografías; 
llevaba el blanco ca¬ 
bello, largo, casi me¬ 
lenudo; y sus bigo¬ 
tes a la gala, eran 
muy tupidos y con 
enormes guías. 

I.e encontramos y 
tratamos también 
mucho, en su dele¬ 
gación a la Unión 
Interparlamentaria, 
a la que prestriba 
su preciosa aporta¬ 
ción, casi siempre 
agradable a todos. 

Porque, en tanto 

? ue el griego señor 
ólitis, "otra de las 
sombras de Ginebra 
últimamente desapa¬ 
recida. era incisivo, 

V a veces un poco 
eme), M. de La Fon¬ 
taine era apacible, 


El antiguo polocio de la Liga de Naciones, en una de cuyas salas ocurrió 
el episodio que díó lugar a que míster Drummond pusiera de patitas en 
la calle a los miembros de lo Unión Parlamentaria. 


conciliador y galano. Circunstancias estas tan 
apreciables para la Unión Parlamentaria, que 
no vacilaba en utilizarle como pararrayos en 
los momentos borrascosos. 

Uno de ellos se presentó en septiembre de 
1932. Celebraba la Unión su asamblea anual, 
a ¡a que asistía yo como miembro de la dele¬ 
gación parlamentaria española. 

Las reuniones tenían lugar en una de las 
salas del palacio antiguo de la Liga, que con 
gesto magnifícente nos había permitido utili¬ 
zar, a los diputados y senadores de todos los 
países congregados en la Unión, el secretario 
general de la Sociedad de Naciones y admi¬ 
nistrador nato del edificio, Míster Drum¬ 
mond. 

Y ocurrió entonces que el senador socia¬ 
lista francés M. Renaudel — otra sombra más. 
que perseguía con verdadera saña a la de¬ 
legación italiana, presidida por el conde de 
San Marrino, aprovechó la primera oportu¬ 
nidad para promover contra los fascistas un 
terremoto. 

Para ello, finalizando ya su intervención en 
un aspecto atañedero al reglamento de discu¬ 
sión, Renaudel, tomando aliento, nos lanzó 
una traca final, en su rapidísimo y elegante 
francés parisiense, una ver¬ 
dadera boutade contra los 
parlamentarios fascistas, 
atacando su representación 
no popular. 

Presidía en aquel mo¬ 
mento la Asamblea un di¬ 


putado inglés, M. Murphy creo, que, 
con su clasico spleen nativo hacia las 
lenguas extrañas, no pudo captar a 
tiempo la tormenta que se nos ve¬ 
nia encima, y no intervino con esa 
agilidad y eficacia que tanto puede 
distinguir a veces a un presidente. 

Difícil es reflejar el barullo que 
allí se produjo. Como a mí me co¬ 
rrespondía suceder en la tribuna al 
señor Renaudel en aquel crítico mo¬ 
mento, y estaba ya tras de él, presta a 
avanzar en la plataforma, tuve sitio 
de preferencia para disfrutar de aque¬ 
lla escena, de vivos colores por la 
plasticidad un ranto cómica y confusa 
que motivó. 

Gritaba el senador italiano conde 
de San Marrino, con un aire de pres¬ 
tancia digna de arenga a las muche¬ 
dumbres; inquiría en vano el presidente lo 
ocurrido; se precipitaba a estrados como 
un salvador el señor La Fontaine, anima¬ 
do de su mejor espíritu conciliador; son¬ 
reía mefístofélico Renaudel e intentaban los 
otros, en vano, por el tumulto, que yo, con 
el gesto ingenuo de “aquí no ha pasado 
nada", iniciase mi intervención para ver 
si se acallaba el escándalo, que era como el 
de una sesión de lujo en las cámaras fran¬ 
cesa o española. 

En tanto, se iban agolpando a la puerta 
todos los asistentes a otras reuniones, ávidos 
de saber por sus propios ojos cómo escan¬ 
dalizaban los diputados de todos los países 
reunidos. 

La verdad es que el grupo que formábamos 
en el estrado el presidente, Renaudel, La Fon¬ 
taine y yo, se parecía bastante al cuarteto del 
último acto de Rigoletto. 

El presidente y La Fontaine creían cosa 
fácil obtener de Renaudel una de esas ex¬ 
plicaciones parlamentjarias de “donde dije 
digo, digo Diego” que a nada obligan; pero 
aquel francés, tan parlamentario en su tie¬ 
rra. negóse a serlo allí, y gritaba: 

— ¡Yo no doy explicaciones a...! 

Elevaban aquí todos el tono, con la pia¬ 
dosa intención de que no lo oyera San Mar- 
tino. 

—Me parece que esto no lo arregla ni Mer- 
lin — decía melancólico La Fontaine. 

—¿Merlin? ¿Qué Merlin? ¿El de la cueva? 
— inquiría un diputado español. 


ritu conciliodor lo Iteraba a 
utilizarse como pararrayos 
«a los momentos borrascosos. 


El conde Son Mortlno. Fué este 
representante italiana quien en¬ 
frentó ol delegada francés. El y 
las demás miembros de su dele¬ 
gación abandonaron la sala. 


El delegado griego, Nicolás 
Politis, de espíritu incurro y 
a veces basto un poco cruel, 
que conlrosloba con Lo Fon¬ 
taine, apacible y galano. 





















LEOPLÁN - -47 




EL PARAISO 


Por la doctora 

CLARA CAMROAMOR 

ESPECIAL PARA ••LEOPLÁN” 


Merliri era el senador jefe del grupo 
parlamentario francés. Hombre encantador y 
de eran habilidad y luces, al que acataba toda 
la representación francesa, menos Renaudel 
aquella mañana. 

Por cierto que debía ser un hombre de 
ideas un tanto fijas, porque a partir de 
aquel día de batalla campal, uniendo mi nom¬ 
bre. mi raza y mi presencia a sus reminiscen¬ 
cias literarias, se equivocaba constantemente 
y >olía llamarme Mademoiselle Campeador. 

No se aquietaron los ánimos, para expresar¬ 
me de algún modo, hasta que, iracunda, la 
delegación italiana abandonó el salón y la 
Unión Interparlamentaria, dejándonos a todos 
confusos y perplejos. 

La cosa no paró ahí, la salida de enfant te¬ 
rrible de Renaudel iba a costarle cara a la 
Unión Interparlamentaria. 

Fxa la hora en que Inglaterra ansiaba con¬ 
temporizar con Italia, haciéndose ilusiones de 
futuro, y míster Drummond fue implacable. 
Puso a la Unión de patitas en la calle. Cual¬ 
quier delicado eufemismo sería vano en esta 
ocasión. La verdad triste fue ésa. Tuvimos 
que buscar alojamiento para el día siguiente. 
En la Liga no podíamos reunimos mientras 
no hubiera excusas y armonía, v no surgían 
unas ni otra. Se impuso el desalojo. 

Vanos fueron todos los generosos v abun¬ 
dantes esfuerzos del señor La Fontaine. en 
aquella ocasión más nnctrissable que nunca. 
Ni Renaudel se explicó, ni los italianos vol¬ 
vieron. ni nosotros pudimos reunimos más 
en el Palacio de la Liga. 

Todos los Adanes y las dos Evas parlamen¬ 
tarios que integrábamos en 1931 la Asamblea 
Internacional de Ginebra, quedamos fuera de 
aquel paraíso, expulsados por la espada di¬ 
plomática del arcángel M. Drummond. 

Hubimos de tras¬ 
ladamos, con todos 
nuestros petates, al 
único local que el 
ejecutivo de la con« 
ferencia pudo hallar 
disponible en aque¬ 
llas circunstancias: la 


iglesia protestante de María Magdalena, encla¬ 
vada al otro lado del lago y situada entre tres 
establecimientos muy conocidos en Ginebra: 
un mercado, un famoso restaurante y una 
boite. • 

No fué pequeño mi asombro, como ora¬ 
dor de turno, al ver al día siguiente transfor¬ 
mado el templo del derecho internacional en 
templo sin adjetivo alguno. Aunque los me¬ 
nos mohínos con el cambio éramos los es¬ 
pañoles, que coincidimos todos en hacemos la 
ilusión de evocar las primeras Constituyen¬ 
tes nacionales, las de 1812, celebradas también 
en una iglesia: la gaditana de San Felipe de 
NerL 

Y hasta nos distribuimos los personajes. Re¬ 
cuerdo al diputado catalán Juan Estelrich, ro¬ 
llizo, jocundo, con aire de abate, a quien le 
distribuimos el de Muñoz Torrero, al que no 
se parecía en nada. Como yo no tenía eco en 
las cortes de 1812, alguno me sugirió a la in¬ 
fanta doña Carlota, que si no estuvo dentro de 
aquéllas, las enredó desde fuera de lo lindo; 
pero había aquello posterior de la bofetada... 

Nunca asistí a reuniones de tipo más sin¬ 
gular que aquellas lóbregas de la oscura-igle¬ 
sia, en la que podía esperarse de un momento 
a otro ver surgir la imagen de Calvino, irri-' 
rada contra las inocentes bromas de Serrano 
Batanero, para arrojamos también del tem¬ 
plo. 

No fué así. Terminamos en paz las delibera¬ 
ciones, sin más novedad que aquella petulante 
facundia de nuestro compañero que, fin¬ 
giendo equivocarse, interrumpía a veces: 

—Porque monseñor La Fontaine..., per¬ 
dón, monsieur La Fontaine... 

Al año siguiente nos reunimos ya en un 
palacete privado cedido al efecto. 

Como quedaban aún en la Interparlamenta¬ 
ria diputados alemanes, 
pues que entonces no 
existía el Eje, el señor 
La Fontaine fué el pre¬ 
sidente obligado, que, 
secundado en mucho 
por Merlin. evitó ya 
nuevas tormentas. 

Tanto se hermanaron 
ambos, que hasta La 
Fontaine acabó por 
contagiarse, y en el 
banquete de clausura, 
al dirigir un galante sa¬ 
ludo a la minoría fe¬ 
menina parlamentaria 
internacional, saludaba 
a mi colega (una po¬ 
laca, a quien por llevar 
con frecuencia un tra¬ 
je rojo llamaba alguno 
la Kollontai), y a su 
dilecta amiga, a la que 
estuvo a punto de lla¬ 
mar “la diputada es¬ 
pañola mademoiselle 
Campeador”. ❖ 



“SE 


Mktcf Drummond, Menta- 
rio general de ta Sociedod 
de les Nociones, fué im¬ 
placable: puso o la Unión 
de patitas en la calle. 




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48 . LEOPLAN 





crimen 

''s. de 


c 



Miembro 


SILVESTRE BONNARV 


Institu 


del 


TEXTO INTEGRO de la famosa novela de 

A NATOLE EK AN CE 

Traducida especialmente para "Leoplán" 
por V a I e n d r o 


PRIMERA PARTE 

El- LEÑO 

24 de diciembre de 1861. 

A habíi calzado las babuchas y me 

ti ME puse la bata. Enjugué una lágrima. 

¡VE con la que el cierzo que soplaba 
W w m sobre el muelle habla oscurecido 
mi vista. Un claro fuego ardía en la chimenea 
de mi gabinete de trabajo. Láminas de hielo, 
en formi de hojas de helécho, florecían los 
vidrios de la ventana y me ocultaban el Se¬ 
na, sus puentes y el Louvre de los Valois. 

Aproximé al hogar mi butaca y mi mesa 
portátil, y ocupé junto al fuego el sitio qüe 
Amílcnr se dignó dejarme. Ainílcar estaba 
acostado junto a los morrillos, hecho una bola 
sobre un cojín de plumas, con la nariz en¬ 
tre las patas. Su rítmica respiración levanta¬ 
ba su piel tupida y ligera. Al acercarme, en¬ 
treabrió lentamente las pupilas de ágata en¬ 
tre sus párpados entornados, que volvió a 
cerrar en seguida, pensando: “no es nada, 
es mi amigo”, 

—¡ Amiícar - le dije estirando las piernas -, 
Amílcar, príncipe soñoliento de la ciudad de 
los libros, guardián nocturno, tú defiendes 
contra los viles roedores los manuscritos y 
Jos impresos, que el viejo sabio ha adquirido 
al precio de un módico peculio v de un celo 
infatigable! ¡En esta biblioteca silenciosa, que 
protege tus virtudes militares, duermes, Amíl¬ 
car, con la molicie de una sultana! Pues reúnes 


en tu persona el formidable aspecto de tin 
guerrero tártaro y la gracia indolente de una 
mujer oriental. Heroico y voluptuoso Amíl¬ 
car, duerme, mientras esperas la hora en que 
los ratones bailarán al claro de la luna ante 
las Acta sanctorum de los doctos Bolandistas. 

El principio de aquel discurso le gustó a 
Amílcar, que lo acompañó con un ruido de su 
garganta, semejante al canto de una olla que 
Hierve. Pero mi voz se había elevado y Amíl¬ 
car ""tnoRadyirtió, agachando, las orejas y ple¬ 
gando la piel rayada de su frente, que resul¬ 
taba de muy mal gusto el declamar así. Sin 
duda reflexionaba: 

—Este hombre de los libros habla para no 
decir nada, mientras que nuestra ama de lla¬ 
ves no pronuncia jamás sino palabras llenas 
de sentido, llenas de cosas, conteniendo ya 
sea el anuncio de una comida, ya la promesa 
de una azotaina. Se sabe lo que dice; pero 
este viejo no hace más que acumular sonidos 
que no significan nada. 

Así pensaba Amílcar. Dejándole entregado 
a sus meditaciones, abrí un libro que me puse 
a leer con interés, pues se trataba de un ca¬ 
tálogo de manuscritos. No conozco una lec¬ 
tura más fácil, más atrayente, ni más dulce 
que la de un catálogo. El que yo leía, redac¬ 
tado en 1824 por M. Thompson, bibliotecario 
de sir Thomas Raleigh, pecaba, es cierto, por 
un exceso de brevedad y no presentaba esa 
gran exactitud que los archiveros de mi ge¬ 
neración habían introducido, los primeros, en 


las obras de diplomacia y* de paleografía. De¬ 
jaba mucho que desear y que adivinar. Quizá 
por esto experimenté, leyéndolo, un senti¬ 
miento que, tratándose de una naturaleza más 
imaginativa que la mía, merecería el nombre 
de ensueño. 

Me abandonaba dulcemente a la vaguedad 
de mis pensamientos, cuando mi ama de llaves 
me anunció, con un tono desabrido, que el 
señor Coccoz quería hablarme. 

Alguien, en efecto, se deslizaba detrás de 
ella en la biblioteca. Se trataba de un hombre¬ 
cillo, un pobre hombrecillo, de rostro con¬ 
sumido, que vestía una escasa chaqueta. Avan¬ 
zaba hacia mí haciendo numerosos saludos y 
dirigiéndome multitud de sonrisas. Estaba 
muy pálido V, aunque joven y vivaz todavía, 
se dijera enfermo. Al verle, no pude evitar¬ 
me de pensar en una ardilla herida. Llevaba 
debajo del brazo un paquete de tela verde 
que dejó sobre una silla. Después, desatando 
las cuatro puntas de la tela, dejó al descu¬ 
bierto un montón de libritos amarillos. 

—Señor — me dijo entonces —, no tengo el 
honor de que usted me conozca. Soy corre¬ 
dor de librería, señor. Corro la plaza por las 
principales casas de la capital, y con la es¬ 
peranza de que usted se digne honrarme con 
su confianza, me tomo la libertad de ofrecerle 
algunas novedades. 

¡Dios de bondad! ¡Justo Dios! ¡Qué nove¬ 
dades me ofreció el homúnculo Coccoz! El 
primer volumen que me puso en las manos 








LEOPLAN - 49 















50 - LEOPLAN 


fué la “Historia de la Torre de Nesle”, con 
los amores de .Margarita de Borgoña y el 
capitán Buridán. 

—Es un libro histórico — me dijo son¬ 
riendo —. Un libro de historia verdadera. 

- En esc caso — le respondí — será muy 
aburrido, ya que los libros de historia que 
no mienten son todos insoportables. Yo 
mismo he escrito historias verídicas, y si por 
su desgracia fuera usted presentando alguno 
de ellos de puerta en puerta, correría el 
riesgo de guardarlo toda la vida en su pa¬ 
ñuelo, sin encontrar jamás una cocinera lo 
bastante mal aconsejada para comprárselo. 

I —Seguramente, señor — me respondió el 
; hombrecillo por pura complacencia; y, sin de¬ 
jar de sonreir, me ofreció los Amores de Eloí¬ 
sa y Abelardo; pero le hice comprender que 
a mi edad no iba a saber qué hacer de una 
historia de amor. 

Sonriendo siempre me propuso una Regla 
Je fuegoi de Sociedad,-juegos de baraja, do¬ 
minó, damas y ajedrez. 

— ¡Ay! — le dije —. Si quiere usted recor¬ 
darme las reglas del dominó, devuélvame a 
mi viejo amigo Bignan. con el que jugaba yo 
todas las noches antes de que fas cinco aca¬ 
demias le hubiesen conducido solemnemente 

' al cementerio; o mejor todavía, procure us¬ 
ted hacer descender hasta la frivolidad de 
los juegos humanos la grave inteligencia de 
Amílcar, que puede usted ser dormido sobre 
ese cojín y que es hoy día d único compa¬ 
ñero de mis veladas. 

I La sonrisa del hombrecillo se tomó vaga 
V azorada. 

—Aquí tiene usted — me dijo — una nueva 
colección de pasatiempos de sociedad, juegos 
de manos; chistes, con la fórmula para cam¬ 
biar una rosa roja en una rosa blanca. 

Yo 1 c dije que hacía ya tiempo que estaba 
enemistado con las rosas y que, en cuanto a 
los chistes, me bastaba con los que me per¬ 
mitía. sin saberlo a veces, deslizar en mis 
trabajos científicos. 

k' El homúnculo me ofreció su último libro 
con su última sonrisa, diciéndome: 

—Aquí tiene usted La clave de los sueños, 
con la explicación de todo lo que usted pueda 
sonar: sueño de oro, sueño de ladrón, sueño 
de muerte, sueño de una caída desde lo alto 
de una torre... ¡Está muy' completo! 

,1 Yo había agarrado las tenazas, y agitándo¬ 
las vivamente, respondí a mi visitante co¬ 
mercial: 

—Sí, amigo mío; pero esos sueños y otros 
mil más, alegres y trágicos, se resumen en uno 
solo: el sueño de la vida. ¿Acaso su librito 
amarillo podría darme la clave de semejante 

sueño? 

—Sí, señor — me respoudió el homúnculo —. 
Es un libro muy complero y nada caro. Cuesta 
sólo un franco y veinticinco céntimos, señor. 

No quise prolongar más mi conversación 
con el vendedor ambulante. No me atrevería 
a asegurar que mis palabras hayan sido exac¬ 
tamente las que pronuncié. Es posible que las 
' haya ampliado un poco al escribirlas. Es muv 
difícil conservar, ni siquiera en un diario, la 
verdad literal. Pero si no fue así mi discur¬ 
so. así fué mi pensamiento. 

Llamé a mi criada, pues no tengo campani¬ 
lla en mi habitación. 

—Teresa — le dije —, el señor Coccoz, al 
que ruego acompañe usted, tiene un libro que 
puede interesarle: es la Clave Je les sueños. 
Tendría mucho gusto en ofrecérselo. 

Mi criada me respondió: 
r —Señor, cuando no se tiene tiempo para 
soñar despierta, tampoco se tiene para soñar 
dormida, gracias a Dios. Mis días son sufi- 
, cicntcs para mi trabajo v mi trabajo es su¬ 
ficiente para mis días-, así puedo decir todas 
las noches: “Señor, bendecid el descanso que 
voy a tomarme”. No sueño ni levanrada ni 
L acostada, y no tomo a m¿ edredón por el 


diablo, como le ocurrió a mi prima. Y si me 
permite usted que le dé mi opinión, le diré 
que tenemos ya bastantes libros aquí. Mi se¬ 
ñor tiene miles, que le hacen perder la cabeza, 
v a mi me sobra con los dos que tengo: mi 
libro de músa y mi Cocolera Burguesa. 

Y hablando así, mi criada ayudó al hombre¬ 
cillo a guardar su pacotilla en la tela verde. 

El homúnculo Coccoz ya no sonreía. Sus 
rasgos tomaron semejante expresión de sufri¬ 
miento que lamenté haber hecho burla de 
aquel hombre tan desgraciado. Le llamé y le 
dije que recordaba haber atisbado de reojo la 
Historia de Estela y Netnorht, y que como 
me interesaban mucho los pastores y las pas¬ 
toras, le compraría con mucho gusto a un 
precio razonable la historia de aquellos dos 
amantes perfectos. 

—Le venderé a usted ese libro en un franco 
veinticinco — me respondió Coccoz con el 
rostro resplandeciente de júbilo —. Es histé¬ 
rico y le gustará a usted mucho. Ahora ya 
se lo que le interesa. Veo que es xisted un 
buen conocedor. Mañana le traeré Los crí¬ 
menes Je tos Papas. Es una obra magnifica. 
Le traeré a usted la edición de lujo con lᬠ
minas en colores. 

Le rogué qoe no se molestara y se marchó 
muy contento. En cuanto la tela verde se hu¬ 
bo desvanecido, junto con el vendedor am¬ 
bulante, en la sombra del corredor, pregunté 
a mi criada de dónde nos había caído aquel 
desdichado. 

—Caído, esa es la palabra — me respondió —. 
Nos ha caído del tejado, señor, donde vive 
con su mujer. 

—¿Dice usted que tiene mujer, Teresa? ¡Pe¬ 
ro esto es maravilloso! Las mujeres son unas 
criaturas muy extrañas. Será una mujerona in¬ 
significante. 

—Yo no sé exactamente lo que es — me 
respondió Teresa—, pero me la encuentro 
todas las mañanas arrastrando por la escalera 
trajes de seda manchados de grasa. Tiene unos 
ojos muy relucientes. Y a decir verdad, ¿esos 
ojos y esos trajes corresponden a una mujer 
a la que se ha recibido por caridad? Porque 
les han dejado en el desván mientras reparan 
el tejado, en consideración a que el marido 
está enfermo y la mujer embarazada. La por¬ 
tera me lia dicho que esta mañana ha sentido 
los dolores y que ya está en cama a estas 
horas. ¡Qué necesidad tenían de un niño! 

—Teresa — le respondí —. no tenían ninguna 
necesidad. Pero la naturaleza queria que lo tu¬ 
viesen y los ha hecho caer en su trampa. Es 
preciso una prudencia ejemplar^ para defen¬ 
derse de los engaños de la naturaleza. Com¬ 
padezcámosles y no los censuremos. En cuan¬ 
to a los trajes de seda, no hay una mujer a 
la que no 1 c gusten. A las lujas de Eva les 
encanta adomarse. Usted misma, Teresa, que* 
es tan prudente v tan sensata, ¡las voces que 
da cuando le falta un delantal blanco para 
servir a la mesa! Pero, dígame usted, ¿tienen 
lo necesario en su desván? 

—¿Cómo quiere usted que lo tengan, señor? 
El marido, a quien acaba usted de ver, era 
corredor de joyería, según me ha dicho la 
portera, y no se sabe por qué ya no vémle re¬ 
lojes. Ahora vende almanaques. Ese no es un 
oficio decente y no podré creer jamás que 
Dios bendiga a un vendedor de almanaques. 
La mujer, aquí entre nosotros, me parece que 
debe ser una inutilidad, una “aquí me las den 
todas”. La creo tan capaz de criar a un niño, 
como yo de tocar la guitarra. Nadie sabe de 
dónde han salido, pero tengo la seguridad de 
que han llegado, en el coche de la miseria, 
del país de la desaprensión. 

—Vengan de donde vengan, Teresa, son 
unos desgraciados, y su desván debe csrar he¬ 
lado. 

— ¡Desde luego! El techo se ha hundido por 
varios sitios y la lluvia del cielo se cuela por 
él a chorros. No tienen ni muebles ni ropas. 


¡Y me parece a mí que ni el ebanista ni el 
tejedor trabajan para los cristianos de esa co¬ 
fradía! 

—Todo eso es muy triste, Teresa, y ahí te¬ 
nemos a una cristiana peor atendida que este 
pagano de Amiicar. ¿Y ella, qué dice? 

—Yo no hablo nunca con gente de esa cala- ^ 
ña. No sé ni lo que dice ni lo que canta. Pero 
se pasa todo el día cantando. La oigo desdi 
la escalera, cuando entro y cuando salgo. 

— ¡Bueno! El heredero de los Coccoz podrá 
decir como el huevo de la adivinanza luga¬ 
reña: “mi madre me ha hecho cantando”. Una 
cosa parecida ie sucedió a Enrique IV. Cuan¬ 
do Juana de Albret sintió los dolores del paño 
se puso a cantar una antigua tonada beamesa: 

Notre dame du boui du pont, 

Venez en mon aide en cette beure! 

Pr'tcz ¡e Díeu du cíel 
Qu'il me délivre vite, 

Qu'il me donne tm gargon! 

(Nuestra señora del final del puente, 

1 Venid en mi ayuda en esta hora 1 
Reinad al Dios del cielo 
Que me libre pronto. 

¡ Que me dé un varón 1) 

“Es evidentemente absurdo dar la vida a 
seres desgraciados. Pero es una cosa que se 
hace todos los días, mi buena Teresa; y en¬ 
tre todos los filósofos del mundo no lograrán 
reformar esa costumbre tan idiota. La señora 
de Coccoz la ha seguido y canta. ¡Eso está 
bien! Dígame, Teresa, ¿ha puesto usted hoy 
puchero? 

—Sí. señor, lo he puesto y ya es hora de 
que vaya a espumarlo.* 

—Muy bien, Teresa. Pues no deje usted de 
sacar de la olla un buen tazón de caldo y su¬ 
bírselo a la señora de Coccoz, nuestra hi- 
pervecina: 

Mi sirvienta iba ya a retirarse cuando añadí 
muy oportunamente: 

— ¡Ah. Teresa! Antes que nada, haga el fa¬ 
vor de llamar a su amigo el mandadero y le 
dice usted que coja de nuestra leñera una 
buena carga de leña y que la suba al desván 
de los Coccoz. Y sobre rodo, le encarga us¬ 
ted muy especialmente que no deje de poner 
en el montóu un tronco bien gordo, un ver¬ 
dadero leño de Navidad. En cuanto al ho¬ 
múnculo, le pido a usted por favor que si 
vuelve le ponga en la puerta con mucha cor¬ 
tesía. A él y a todos sus libros encuadernados 
en amarillo. 

Y después de haber tomado estas menudas 
determinaciones, con el refinado egoísmo de 
un viejo solterón, me puse de nuevo a leer 
mi catálogo. 

¡Con qué sorpresa, con que emoción, con 
qué turbación, vi esta nota que no puedo 
transcribir sin que mi mano tiemble!: 

“La leyenda dorada de ¡acobo de Genova 
(¡acobo de Vorágine). Traducción francesa 
en 4 menor T 

"Este manuscrito del siglo XIV contiene, 
además de la traducción, bastante completa, de 
la célebre obra de Jacobo de Vorágine: i 9 
Las leyendas de los santos Ferrcol, Ferrado, 
Germán, Vicente v Droctovco. : 9 Un poema 
acerca de la Milagrosa sepultura del señor 
San Germán Je Auxerre. Esta traducción, estas 
leyendas y este poema son debidos al erudito 
Juan Toutmouillé. El manuscrito está en Vi¬ 
tela. Contiene un gran número de mayúscu¬ 
las ornamentadas y dos miniaturas primorosa¬ 
mente ejecutadas, pero en muy mal estado de 
conservación: una representa la Purificación 
de la Virgen y la otra la coronación de Pro- 
serpina.” 

¡Qué descubrimiento! El sudor me inundó 
la frente v un velo cubrió mis ojos. Temblé. 
Enrojecí. Y, no podiendo hablar, experimenté 
Ja necesidad de lanzar un grito. 

¡Qué tesoro! Hacía cuarenta años que es¬ 
taba estudiando la Galia cristiana v especial¬ 
mente aquella abadía gloriosa de íwint-Gcr- 








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52 • LEOPLAN 


Oiain-dcs-Prcs, de donde salieron los reyes 
monjes que fundaron nuestra monarquía na- 
p-: ¿¡onal. Y aun a pesar de la culpable ¡nsufi- 
ciencia de la descripción era evidente para mí 
que aquel manuscrito procedía de la gran aba- 
e día. Todo me lo demostraba: las leyendas 
T añadidas por el traductor, se referían a la pta- 
[ dosa fundación del rev Childeberro. 1.a le¬ 
yenda de San Droctoveo resultáis particu- 
i lamiente significativa por ser la del primer 
i- abad que hubo en Saint-Germain-dcs-Prés. 
i- FJ poema en verso francés que se refería a 
F la sepultura de San Germán, me recordaba la 
[. nave de la venerable basílica que fué el or- 
1 güilo de la Galia cristiana. 

La leyenda dorada constituye una obra cx- 
i tensa y atrayente. Jacobo de Vorágine, defi¬ 
nidor de la Orden de Santo Domingo \ ar/o- 
! bispo de Genova, coleccionó en el siglo XIII 
i las tradiciones que se referían a Iík sanios 
¡ católicos, formando una recopilación de tal 
riqueza, que exclamaron en los monasterios 
V en los castillos: ¡F.s. la leyenda dorada! La 
leyenda dorada es. sobre codo, muy rica en 
hagiografía italiana. Las Gaitas, las Alemania* 
¡' c Inglaterra ocupan en ella muy poco lugar. 

¡ Vorágine sólo acertaba a vislumbrar a través 
de una fría niebla a los más famosos santos de 
l Occidente. Por eso los traductores aquitanios, 

\ germanos y sajones, se preocuparon de añadir 
a su relato las vidas de sus santos nacionales. 

He leído y coleccionado muchos mamis- 

• critos de La leyenda dorada. Conozco los que 
ha descrito mí sabio colega Paulino París en 
su magnífico catálogo de los manuscritos de 

'r' la biblioteca del rey. Especialmente hay dos 
que han llamado mi atención. Uno es del si- 
; glo XIV y contiene una traducción de Juan 
Belet; el otro, del siglo XM, encierra la ver- 
sión de Jacobo Vignay. Ambos proceden del 
[i fondo Chiben y fueron colocados en los cs- 
• tantos de aquella gloriosa Colbcrtina por el 
I bibliotecario Ualu/.e. cuyo nombre no puedo 
pronunciar sin quitarme el sombrero, porque 
en el siglo de ios gigantes de la erudición, 
Batuzc asombra por su grandeza. Conozco un 
Cpdice muy curioso deí fondo de Bigot ; co¬ 
nozco sesenta y cuatro ediciones impresas, 
empezando por Ja venerable abuela de todas, 
U gótica de Strasbourg, que fué comenzada 
en 1471 y terminada en 1475. Pero ninguno 
,de esos manuscritos, ninguna de esas etficio- 
ncs. contenía las leyendas de los santos Fc- 
- rrco!, Ferrado, Germán. Vicente y Drocto- 
> veo; ninguno lleva la firma de Juan Tout- 
r mouillé; ninguno procede de la abadía de 
“ Saint-Gennam-dcs-Prcs. Son todos, en com¬ 
paración del manuscrito que dcscril>e Thomp¬ 
son, lo que la paja es al oro. Veía con mis 
í propios ojos, tocaba con la mano un testimo¬ 
nio innegable de la existencia de aquel docu- 
menro. Pero, ¿que había sido de este docu- 

• mentó? Sir Thomas Ralcigh había ido a ter¬ 
minar su vida a la orilla del lado de Como, 

!' . llevándose allí con él parte de sus nobles ri¬ 
quezas. ¿Dónde habrían ido a parar después 
de la muerte de aquel curioso elegante? ¿Dón¬ 
de habría ido a parar el manuscrito de Juan 
' Toutmouillé? 

—¿Por qué, me preguntaba, por qué habré 
llegado a saber que ese precioso libro existe, 
i si no he de poseerlo ni verlo jamás? Sería 
capaz de ir a buscarlo hasta el corazón ar¬ 
diente de Africa o entre los hielos del polo, 

| si supiese que estaba allí. Pero no lo sé, no sé 
dónde está. No sé si se encuentra guardado 
en un armario de hierro, bajo triple llave, por 
un celoso bibliómano; no se si se enmohece 
en el desván de un ignorante. Tiemblo ante 
la idea de que quizá sus hojas arrancadas cu¬ 
bren los tarros de pepinillos en vinagre de 
alguna buena ama de casa. 

30 de agosto de 1863. 

Un calor sofocante refrenaba mis pasos. Iba 
rasando los muros de los muelles del norte y 


su sombra tibia; las tiendas de libros usados, 
de estampas y muebles antiguos, recreaban 
rnis ojos y hablaban a mi espíritu. Flaneando 
y manoseando libros, saboreaba de pasada unos 
versos altisonantes de alguiT poeta de la plé¬ 
yade; observaba una elegante 'mascarada de 
Watteau; tanteaba con la vista un mandoble, 
una gola de acero, un morrión. ¡Qué casco 
tan resistente y que coraza tan pesada! ¿La 
vestidura de un gigante? No-, el caparazón de 
un insecto. Los hombres de entonces ib3n 
acorazados como saltamontes; su debilidad era 
interna. Ahora ocurre lo contrario: nuestra 
fuerza es interior y nuestra alma bien armada, 
habita un cuerpo débil. 

Aquí veo el retrato al paste] de una dama 
antigua; su rostro borroso como una sombra, 
sonríe; y puede verse una mano cubierta por 
mitones calados retener sobre sus rodillas de 
raso un perrillo todo Heno de lazos. Aquella 
imagen me llenó de una tristeza encantadora. 
¡Que se burlen de mí los que no tengan en su 
alma un retrato borroso! 

Lo mismo que los caballos que olfatean la 
cuadra, apresuro el paso al acercarme a mi 
domicilio. He aquí I3 colmena humana donde 
tengo mi celdilla para destilar la miel un poco 
acre de la erudición. Pesadamente subo los 
peldaños de mi escalera. Unos cuantos esca¬ 
lones mis y llego a mi puerta. Adivino, más 
que veo, un vestido que baja, con un ruido 
de seda ajada. .Me detengo y me apoyo con¬ 
tra la barandilla. La mujer que baja la escale¬ 
ra lleva la cabeza descubierta; es joven y va 
cantando; sus ojos y sus dientes brillan en la 
oscuridad, pues ríe con la boca y con la mi¬ 
rada. Seguramente es .una vecina y de las 
más populares. Lleva en sus brazos una cria¬ 
tura preciosa, un .niñito completamente des¬ 
nudo, como un hijo de diosa. Lleva al cuello 
una medalla colgada de una cadenira de plata. 
Le veo chuparse los dedos y mirarme con sus 
grandes ojos, muy abiertos sobre este viejo 
universo, tan nuevo para él. La madre se fija 
en mí con un aire al miamo tiempo misterio¬ 
so y obstinado; se detiene, ruborizándose y 
tendiéndome la criaturita. El niño presenta 
esc lindo pliegue en la muñeca y en el cuello, 
que tienen los niños gorditos, y de la cabeza a 
los pies se le forman graciosos hoyuelos que 
ríen en su carne sonrosada. La mamá me lo 
muestra con orgullo: 

—¿Verdad que mi niño es precioso?—me 
dice con una voz melodiosa. 

Le agarra una manita, se la pone junto a la 
boca, luego dirige hacia mi los lindos dedi¬ 
tos sonrosados, diciendo: 

—Anda, nenuo, envíale un beso a este se¬ 
ñor. Es un señor muy bueno, que no quie¬ 
re que los niñitos recién nacidos tengan 
frío. Envíale un beso. 

Y estrechando al pequeño ser entre sus 
brazos, se escapa con la agilidad de una gata, 
hundiéndose en un corredor que, a juzgar por 
el aroma que exhala, conduce a una cocina. 

Entré en mi casa. 

—Teresa, ¿quien podrá ser una joven que 
he visto en la escalera con la cabeza descu¬ 
bierta y un niño precioso en brazos? 

Y Teresa me responde que es la señora de 
Coccoz. 

Miro al techo como para buscar en el al- 

S na luz. Teresa me recuerda entonces al in¬ 
te vendedor ambulante que el año pasado 
vino a venderme almanaques, en tanto su mu¬ 
jer daba a luz. 

—¿Y Coccoz? — pregunté. 

Supe que no le vena más. El pobre hom¬ 
brecillo había sido enterrado, sin que nos 
enteráramos de tal cosa, poco tiempo des¬ 
pués del feliz alumbramiento de su mujer. 
Supe también que su viuda se había conso¬ 
lado ya; yo luce lo mismo. 

—Pero, Teresa - pregunte —, ¿la señora de 
Coccoz no carece de nada en su desván? 
—Sería usted un incauto — me respondió 


mi sirvienta —si se preocupara, por esa cria¬ 
tura. Le han dado orden de irse del desván, 
al que va le han arreglado el techo. Pero si¬ 
gue en él. a pesar del propietario, del encar¬ 
gado, del portero y de] alguacil. Creo que 
los tiene a todos embrujados. Dejará el des¬ 
ván cuando le parezca, pero se irá en coche, 
yo se lo aseguro a usted. ¡j 

Teresa reflexionó un momento, lucf/u pro-’ 
nuncio esta sentencia: 

—L T na cara bonita es una maldición Jcl 
cielo. 

Aunque me constaba positivamente que 
Teresa había sido fea y des|>rovista de todo 
atractivo, aun. en su juventud, bajando la 
cabeza, le dije con malévola intención: 

—Vamos, vamos, Teresa, que ya se yo 
que en sus tiempos tuvo qsted también una 
cara bonita. 

No se debe rentar nunca a ninguna cria¬ 
tura del mundo, aunque sea la más santa. 

Teresa, bajando los ojos, respondió: 

—Yo, sin ser lo que se dice una mujer bo¬ 
nita, no resultaba desagradable. Y si hubie¬ 
se querido, podía haber hecho lo que las 
demás. 

—¿Quién osaría dudarlo? Pero tome mi 
bastón v mi sombrero. Voy a leer, para re¬ 
crearme. algunas páginas «leí Moren. Si pue¬ 
do fianne de mi olfato de perro viejo, va¬ 
mos a cenar esta noche una gallina que ex¬ 
hala un aroma delicado. Cuitlc, hija mía, a 
tan apreciable ave y procure perdonar al 
prójimo, a fin de que nos perdonen también 
a usted y a vu viejo amo. 

Habiendo hablado así, me apliqué a se- 

Í juir las enmarañadas ramas de una gcnca- 
ogia' principesca. 

7 de mayo de 1863. 

He pasado el invierno según los deseos de 
los sabios, m angello cuní¡¡bello , y las go¬ 
londrinas del muelle Malaquais me encuen¬ 
tran a su regreso casi lo mismo que me de¬ 
jaron. Quien poco vive poco cambia, y casi 
no es vivir el gastar sus días sobre antiguos 
textos. 

Sin embargo, hoy me siento más impreg¬ 
nado que nunca en esa vaga tristeza «jue la 
vida destila. El equilibrio de mi inteligen¬ 
cia (no me atrevo ni a confesármelo a mí 
mismo) está perturbado desde la hora exac¬ 
ta en que me fué revelada la existencia del 
manuscrito de Juan Toutmouillé. 

Es extraño que por algunas hojas de viejo 
pergamino haya llegado’a perder el reposo; 
pero así es, en efecto. F.I pobre que no sien¬ 
te deseos es dueño del más grande tesoro; 
se posee a sí mismo. El rico que ambicio¬ 
na no es más que un miserable esclavo. Así 
me ocurre a mí; los placeres más dulces: el 
hablar con un hombre de espíritu fino y 
ponderado, o comer con un amigo, no me 
hacen olvidar el manuscrito que me es tan 
necesario, desde que sé que existe. Lo nece¬ 
sito por cr día; lo necesito por la noche; 
lo necesito en medio de la alegría y en me¬ 
dio de la tristeza; lo necesito para traba¬ 
jar y para el descanso. 

Recordando mis deseos de niño es como 
comprendo ahora mis tenaces antojos de 
mi edad primera. 

Vuelvo a ver con singular precisión una 
muñeca que, cuando yo tenía diez años, ha¬ 
bía en una tenducha de la calle del Sena. 
No sé cómo pudo llegar a gustarme aquella 
muñeca. Yo me sentía muy orgulloso de 
ser varón; despreciaba a.las niñas y espera¬ 
ba con impaciencia el ittomento que —¡ay! — 
llegó hace tiempo, en que una barba pún- 
zantc me erizara el mentón. Jugaba a los 
soldados y para dar de comer a mi caballo 
mecánico, arrasaba las plantas que mi pobre 
madre cultivaba en su ventana. ¡Me parece 
que estos juegos eran varoniles, y, sin embar¬ 
go, tenía el antojo de una muñeca! Los Hér. 
culcs tienen a veces sus debilidades. ¿Eira 




LEOPLAN - 5) 


per lo menos bonita la que me gustaba a nú? No. Me parece estar 
viéndola todavía. Tenía una roseta de bermellón en cada mejilla, unos 
fcruns cortos y blanduchos. unas horribles manos de madera y las 
peonas largas y muy abiertas. Su falda floreada estaba sujeta al talle 
par dos alfileres. Parece que estoy viendo todavía las cabezas negras 
de aquellos dos alfileres. Era una muñeca ordinaria, que apestaba a 
arrabal. Recuerdo muy bien que, a pesar de ser una criatura que 
\on no había roto muchos pantalones, percibía a mi manera, pero muy 
41 . icnte, que aquella muñeca no tenía gracia ni atractivo alguno, 
crac era tosca, vulgar; pero, a pesar de eso y quizá por eso mismo, 
ex gustaba, sólo ella me gustaba. La quería. Mis soldados y mis tam¬ 
bores me eran indiferentes. Ya no mena en la boca de mi caballo me¬ 
cánico ramitas de heliutropo y de verónica. Inventaba verdaderas as¬ 
ará» de salvaje para obligar a Virginia, mi niñera, a pasar conmigo 
por delante de la tenducha de la calle del Sena. Aplastaba la nariz coa- 
n d cristal y mi niñera se veía obligada a tirarme del brazo, dicién- 
ánnt: “Vamos, señorito Silvestre, que es muy tarde y su mamá 
¡e u a regañar”. El señorito Silvestre se burlaba de los regaños y de 
lo* azotes. Pero su niñera lo levantaba como a una pluma y el seño- 
rk» Silvestre cedía ante la fuerza. Después, con los años, se na echado 
« perder y cede ante el temor. Pero entonces no temía nada. 

Era muy desgraciado. Una vergüenza irreflexiva, pero irresistible, 
i'ax impedía confesar a mi madre el objeto de mi amor. De ahí mis 
«trunientos. Durante algunos días, la muñeca estuvo presente sin ce¬ 
sar en :ni imaginación, danzaba ante mis ojos, me miraba fijamente, 
«c abría sus brazos, tomando en mi mente una especie de vida que 
b tomaba misteriosa y terrible, cada vez más querida y más deseable. 

Un día, por fin, un día que no olvidare jamás, me llevó mi niñera 
a casa de mi tío, el capitán Víctor, que me había invitado a almorzar. 
Yo admiraba mucho a mi tío el capitán, tanto porque había quemado 
d último cartucho francés en Waterloo, como por verle preparar por 
s mismo, en la mesa de mi madre, los ajos que echaba luego en la 
ensalada de achicorias. Yo encontraba aquello magnífico. También me 
inspiraba una gran consideración mi tío Víctor por sus levitas galo¬ 
neadas y sobre todo por su manera especial de revolver toda la casa 
de arriba abajo en cuanto llegaba. Todavía hoy no he llegado a sa¬ 
ber cómo se las arreglaba, pero puedo afirmar que, aun cuando mi 
rio Víctor se hallara en una reunión de veinte personas, no se veía 
ns se oía más que a él. Me parece que mi excelente padre, no com¬ 
partía mi admiración por el tio Víctor, que 1c envenenaba con su pipa, 
dándole amistosamente fuertes puñetazos en la espalda, acusándole al 
Husmo tiempo de falta de energía. Mi* madre, aunque tenia para con él 
ana indulgencia de hermana, le invitaba a menudo a acariciar menos 
los frascos de aguardiente. Pero yo no participaba ni de esas repugnan, 
oas ni de esos reproches, y el tío Víctor me inspiraba el más puro entu¬ 
siasmo. Por eso experimenté un sentimiento de orgullo al entrar en su 
pequeño departamento de la calle de Guénégaud. Todo el almuerzo, 
seoido en un velador junto al fuego, estaba compuesto de fiambres, 
embutidos y golosinas. 

EJ capitán me atiborró de pasteles y de vino. Me habló de las innu¬ 
merables injusticias de que había sido víctima. Se quejaba sobre todo 
de los Borl><mex y como no se preocupó de decirme quienes eran los 
Borbones, llegué a imaginar, ignoro por qué, que los Borbones eran 
onos tratantes en caballos establecidos en Waterloo. El capitán, que 
mk> se interrumpía para servimos de beber, acusó de mentecatos y de 
incapaces a un crecido número de mozalbetes, a los que yo no conocía 
en absoluto y a los cuales me puse a odiar con todo mi corazón. A 
ios postres, creí oír decir al capitán que mi padre era ún hombre al 
que se podía conducir del ronzal; aunque no estoy muy seguro de ha¬ 
ber comprendido bien. Sentía zumbidos en los oídos y me parecía que 
bailaba el velador. 

Mi tío se puso su levita galoneada, tomó su sombrero y bajamos a 
b calle, que me sorprendió encontrar extraordinariamente cambiada. 
Me parecía que no la había visto desde mucho tiempo atrás. Sin em¬ 
bargo, cuando llegamos a la calle del Sena, la idea de la muñeca asaltó 
mi mente, causándome una exaltación extraordinaria. Mi frente ardía. 
Me resolví a intentar un gran golpe. Pasábamos por delante de la rien¬ 
da. Estaba allí, detrás del cristal, con sus mejillas rojas, su falda floreada 
v sus largas piernas. 

—Tío — le dije, haciendo un esfuerzo -, ¿quiere usted comprarme 
esa muñeca? 

Y esperé. • 

— ¡Comprar una muñeca a un chico, vive Dios! — gritó mi rio con 
voz de trueno —. ¿Es que quieres deshonrarte? ¿Y es esa pepona la 
que te gusta? Te felicito, hijo mío. ¡Si a los veinte años sigues tenien¬ 
do tan buen gusto como ahora, y escoges así tus muñecas, no te irá muy 
bien en la vida, te lo aseguro, y tus amigos dirán de ti que eres un 
grandísimo majadero! Pídeme un sable o un fusil y te los compraré, 
aunque para ello tenga que gastar la última moneda’ de mi pensión de 
retiro. ¡Pero comprarte una muñeca, rayos y truenos! ¡Para verte des¬ 
honrador ¡Eso nunca! Si alguna vez te viera jugar con una pepona 
semejante, señor hijo de mi hermana, no te reconocería como sobrino 
mío. 

Oyendo aquellas palabras, sentí oprimirse mi corazón de tal manera, 
que únicamente el orgullo, un orgullo diabólico, me impidió llorar. 

Mi tío, calmado de repente, volvió a sus ideas sobre los Borbones, 
pero yo, que aun me hallaba bajo el pesa de su indignación, sentía una 



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54 • LEOPLAN 


vergüenza indecible. Tome bien pronto una 
resolución: me prometí a mi mismo no dcs- 
' honrarme; renuncié irrevocablemente, y pa¬ 
ra siempre, a la muñeca de mejillas colora¬ 
das. Aquel día gusté la austera dulzura del 
sacrificio. 

y Capitán: es verdad que en vida juraste co¬ 
mo un pagano, fumaste como un suizo y be¬ 
biste como un campanero, pero a pesar de 
ello, que tu memoria sea honrada, no tan sólo 
porque fuiste un valiente, sino también por¬ 
que has revelado a tu sobrino, vestido aún 
con pantalones cortos, el sentimiento del 
heroísmo. ¡El orgullo y la pereza te hacian 
casi insoportable, oh, tío Víctor! Pero un 
gran corazón latía bajo los galones de tu le¬ 
vita de uniforme. Llevalws siempre, lo re- 
! cuerdo muy bien, una rosa en el ojal. Y 
aquella flor que ofrecías con tanto agrado a 
las muchachas, aquella flor, como un gran 
f corazón abierto que se deshojaba a todos los 
I vientos, era el símbolo de tu gloriosa juven¬ 
tud. N<J despreciabas ni el vino ni el ta¬ 
baco. pero despreciabas la vida. No podía 
1 aprenderse de ti, capitán, ni el buen sentido 
ni la delicadeza, pero en cambio me diste, 
l a la edad en que todavía la niñera me sonaba 
los mocos, una lección de honor y de abne- 
| gación que no olvidaré jamás. 

Descansas hace ya tiempo en el cemcnte- 
' rio de Mont-Parnasse, bajo una humilde lápi¬ 
da con este epitafio: 

AQUÍ YACE 

ARISTIDES VICTOR MALDENT 

CAPITÁN DE INFANTERÍA 
CABALLERO DE LA LECIÓN DE HONOR 

jr Pero no era ésa, capitán, la inscripción 
que tú habías reservado para tus viejos huc- 
, sos, que tanto rodaron por los campos de 

I batalla y por los lugares de placer. Encon¬ 

traron entre tus papeles este amargo y arro- 
' gante epitafio, que a pesar de constituir tu 
B última voluntad no se atrevieron a poner 
sobre l« tumba: 

[ AQUÍ YACE 

UN BANDIDO DE LA LOIRE 

v —Teresa, mañana iremos a llevar una co¬ 
rona de siemprevivas a la tumba del ban¬ 
dido de la Loire. 

Pero Teresa no está allí. ¿Cómo iba a espr- 
junto a mí en la glorieta de los Campos Elí- 
k seos? Allá, a la distancia, al final de la 

l{L avenida, el Arco del Triunfo que ostenta 
¡(‘ grabados bajo sus bóvedas los nombres de los 
í, compañeros de armas del tío Víctor, abre 
| sobre el cielo su puerta gigantesca. Los árbo- 
i les de la Avenida despliegan al sol primave- 
1 ral sus primeras hojas, aun pálidas y ateridas, 
jj A mi lado ruedan los coches hacia el bosque 
| de Bolonia. He llegado en mi paseo hasta es¬ 
ta avenida mundana y me he detenido, sin 
[ : saber por qué, ante un puestecillo al aire libre 
en el que hay bollos y garrafas tapadas con 
un limón. Un niño miserable, envuelto en 
, andrajos, que dejan ver su piel curtida y 
agrietada, abre desmesuradamente los ojos 
i ante aquellas suntuosas golosinas que no son 
para él. Sus ojos redondos y fijos contem¬ 
plan un bollo de gran tamaño en forma de 
muñeco. Es un general y se parece un poco al 
tío Víctor. Lo tomo en mi mano, lo pago 
■ y se lo tiendo al pobre pequeño que no se 
r atreve a alargar su mano hasta él, pues sin 
duda, debido a una experiencia precoz, no 
cree en la felicidad. Me mira con esa expre¬ 
sión que se descubre a veces en los ojos de 
los perros y que parece decir: “es usted cruel 
¡ burlándose de mí". 

—Vamos, chiquillo — le dije con esc tono 
áspero jque me es propio — : toma y come, 
pues más feliz que yo lo era a tu edad, pue¬ 


des satisfacer tus antojos sin deshonrarte. Y 
tú, tío Víctor, tú, cuyo rostro varonil me 
recuerda esc bollo, ven, ven sombra gloriosa, 
ven pora hacerme olvidar mi nueva muñeca. 
Somos eternos niños y corremos sin cesar 
detrás de nuevos juguetes. 

El mismo día. 

¡La familia Coccoz está asociada en mi es¬ 
píritu de la manera más extraña al clérigo 
Juan Toutmouillc! 

—Teresa — dije, dejándome caer en mi 
butaca —. Cuéntente usted cómo está el niño 
de los Coccoz, dígame si tiene ya dientes y 
déme usted mis zapatillas. 

—Debe tenerlos hace ya tiempo, señor — 
me respondió Teresa — , pero yo no se los he 
visto. El primer día hernioso de primavera, 
desapareció la madre con su hijo, dejándo¬ 
se aquí los muebles y las ropas. Se han en¬ 
contrado treinta y oeno tarros vacíos de cre¬ 
ma para la cara en su desván. Es una cosa 
que no se concibe. En los últimos tiempos re¬ 
cibía muchas visitas y ya puede usted figu¬ 
rarse que a estas horas no estará precisamen¬ 
te en un convento de monjas. La sobrina de 
la ponera dice que la ha ;Lto en un coche 
por el bulevar. Ya me parecía a mí que esa 
acabaría mal. 

—Teresa — le respondí —, esa joven no ha 
acabado ni bien ni mal. Esperemos el término 
de su vida para juzgarla. Y procure usted 
no hablar mucho con la ponera. I-a señora 
de Coccoz, a quien me encontré una vez en 
la escalera, parecía querer mucho a su hijito, 
y este amor debe tenérsele en cuenta. 

—Desde luego, señor, al niño no le faltaba 
nada. No se habría encontrado en todo el 
barrio otro mejor alimentado, mejor cuidado, 
ni mejor aseado que él. Todos los días le po¬ 
nía un babero limpio y le cantaba, desde la 
mañana a la noche, canciones que le hacían 
reír. 

—Teresa, un poeta ha dicho: “El niño a 
quien su madre no ha sonreído nunca, no es 
digno ni de la mesa de los dioses ni del lecho 
de las diosas”. 

8 de julio de 1863. 

Habiéndome enterado de que iban a enlo¬ 
sar de nuevo la capilla de la virgen de Saint- 
Germain-des-Prés, me dirigí a la iglesia, con 
la esperanza de encontrar algunas inscrip¬ 
ciones dejadas al descubierto por los obreros. 
No me equivocaba. El arquitecto me mostró 
una piedra que había hecho arrimar al mu¬ 
ro. Me arrodillé para descifrar la inscripción 
grabada sobre aquella piedra, y bajo la som¬ 
bra del antiguo ábside leí estas palabras que 
hicieron palpitar mi corazón: 

Aquí yace Juan Toutntouillé, monje de esta 
iglesia , que hizo poner de plata la barbilla 
de Sai1 Vicente, de San Aviando y el pie 
de los Inocentes : fue, mientras vivió, ios 
hombre prudente y valeroso. Rogad por su 
abna. 

Limpie suavemente con mi pañuelo el pol¬ 
vo que ensuciaba aquella losa. Hubiera que¬ 
rido besarla: 

—¡Es él, es Juan ToutmouiBé! — exclamé. 
Y en lo alto de las bóvedas retumbó aquel 
nombre con estrépito sobre mi cabeza. 

El rostro grave y mudo del pertiguero que 
avanzaba hasta mí me avergonzó, haciéndo¬ 
me reprimir mi entusiasmo y salí huyendo 
por entre los dos hisopos cruzados sobre mi 
pecho por dos ratas de iglesia rivales. 

Sin embargo, era mi Juan Toutmouillé, ¡lo 
era, sin duda ninguna! Era el traductor de 
La leyenda dorada , el autor de la vida de 
los santos Germán, Vicente, Ferreol, Fcrru- 
cio y Droctoveo; y era, como yo me lo ha¬ 
bía figurado, un monje de Saint-Germain-dcs- 
Prés. Y, además de ser un buen monje, muy 


piadoso V muy liberal. Había mandado hacer 
una barbilla de plata, una cabeza de plata y 
un pie de plata para que los restos preciosos 
estuvieran cubiertos por una envoltura inco¬ 
rruptible. Pero, ¿llegaré alguna vez a cono¬ 
cer su obra, o este nuevo descubrimiento ser¬ 
virá tan sólq para aumentar mis desvelos?^, 

20 de agosto de 1869.V 

“Yo que resulto agradable algunas veces y 
pongo a prueba a todos los hombres; yo que 
soy la alegría de los buenos y el terror de 
los malos; vo que alimento y destruyo' el 
error, me propongo desplegar mis alas. No me 
censuréis si en mi rápido vuelo me deslizo 
sobre algunos años...” 

¿Quién habla asi? Un anciano a quien 
conozco bastante: el Tiempo. 

Shakespeare, al final del tercer acto del 
Cuento de Invierno, se detiene para dejar a 
la infantil Pcrdita el tiempo de crecer en 
prudencia y en belleza, y, cuando suelve a 
abrirse la escena, evoca al antiguo coro para 
dar razón a los espectadores de los largos 
dias que han gravitado sobre lá cabeza del ce¬ 
loso Leontes. 

He dejado en este diario, como Shakespea¬ 
re en su comedia, un largo intervalo en el 
olvido, y siguiendo el ejemplo del poeta 
hago intervenir ai tiempo para explicar mi si¬ 
lencio de seis años. Efectivamente, lia ce seis 
años que no he escrito una línea en este 
cuaderno y no puedo, ¡ay!, al volver de nue¬ 
vo a tomar la pluma, describir uii3 Pcrdita 
cuyas gracias se han aumentado al correr de 
los dias. La juventud y la belleza son los fie¬ 
les compañeros de los poetas. Esos fantas¬ 
mas encantadores apenas nos acompañan du¬ 
rante el espacio de una estación. No acer¬ 
tamos a retenerlos. Si la sombra' de alguna 
Perdita se decidiera, por un incomprensible 
capricho, a atravesar mi cerebro, se marchi¬ 
taría horriblemente junto a los montones de 
pergaminos arrugados. ¡Dichosos los poetas! 
Sus cabellos blancos no espantan a las sombras 
flotantes de las Hcldíus. de las Franccscas, 
de las Julietas, de las Julias y de las Doro¬ 
teas. Y sería suficiente La nariz de Silvestre 
Bonnard para poner en fuga a todo el enjam¬ 
bre de las grandes apasionadas. 

Sin embargo, yo he sentido la belleza co¬ 
mo puedan sentirla los demás. Me ha emo¬ 
cionado el encanto misterioso que la natura¬ 
leza incomprensible extiende sobre las for¬ 
mas animadas; una arcilla viviente me ha 
comunicado ese estremecimiento que produce 
amantes y poetas. Pero no he sabido ni amar 
ni cantar. En mi alma, abarrotada de viejos 
textos y de viejas fórmulas, encuentro de 
nuevo, como una miniatura en un desván, un 
claro rostro con dos ojos brillantes tk al¬ 
mendra. 

Bonnard. amigo mío, eres un viejo loco. 
Más te valiera leer el catálogo que un li¬ 
brero de Florencia te ha enviado esta misma 
mañana. Es un catálogo de manuscritos y se¬ 
guramente vendrá en él la descripción de 
algunas obras notables conservadas por afi¬ 
cionados de Italia y de Sicilia. Eso es lo 
que conviene a tu edad va tu físico. 

Me pongo a leer y de repente lanzo un 
grito. Amílcar, que con los años ha llegado a 
tener una gravedad que me intimida, me con¬ 
templa con aire de reproche y parece pre¬ 
guntarme si el reposo es de este mundo, pues 
que él no puede disfrutarlo junto a mi a 
pesar de ser yo tan viejo como él. 

Necesito un confidente para la alegría de 
mi descubrimiento y es al pacífico Amílcar 
a quien me dirijo con la efusión de un hom¬ 
bre feliz. 

—No. Amílcar, no; el reposo no es de este 
mundo y la quietud a que tú aspiras es incom¬ 
patible con los trabajos de la vida. ¿Quién 
ha podido decirte que somos viejos? Oye 





LEOPLAN • i5 





hctor del 


fejéa lo que leo er\ esre catálogo y dime des 
oró s¿ ha llegado la hora del descanso: 

■"«La leyenda dorada de Jacobo de Vorági¬ 
ne. traducción francesa del siglo XIV por 
¿ clérigo ¡non Toutniouillé. 

"Soberbio manuscrito ornado con dos mi- 
aururis maravillosamente ejecutadas y en 
.perfecto estado de conservación. Una repre¬ 
senta la Purificación de la Virgen y otra la 

nación de Proserpina. 

“Siguiendo a La leyenda dorada secncuen- 
r—-¡n las leyendas de los santos Ferreol, Ferru- 
óo, Germán y Droctoveo. páginas xxviij, 
y la Sepultura milagrosa del señor Saint-Ger- 
éoain d’Auxerre, paginas xij. 

Tiste precioso manuscrito, que formaba 
parte de la colección de sir Thomas Ralcigh, 
se encuentra actualmente en el gabinete del 
señor Miguel Angel Polizzi, de Girgcnti”. 

_¿Has oído. Amílcar? El manuscrito de 
Juan Toutmouillé está en Sicilia, en casa 
de Miguel Angel Polizzi. Puede que este 
hombre tenga algún aprecio por los sabios. 

Vov a escribirle. 

Cosa que hice en seguida. En mi carta ro¬ 
gaba al señor Polizzi que me facilitara el nía- j 
nuscrito del clérigo Toutniouillé. haciéndole j, 
saber los títulos por los cuales me atrevía a 
juzgarme digno de semejante favor. Ponía al 
m&mo tiempo a su disposición algunos tex¬ 
tos inéditos que yo poseo y que no carecen 
de interés. Le suplicaba que me favoreciera 
con una pronta respuesta, inscribiendo de¬ 
bajo de mi firma todos mis títulos honorí¬ 
ficos. 

—¡Señor! ¡Señor! ¿Dónde va usted con 
tanta prisa? — exclamó Teresa alarmada, ba¬ 
jando de cuatro en cuarto los escalones y co¬ 
rriendo detrás de mí con el sombrero en la 

mano. 

Im. —Vov a echar una carca al correo. 

— ¡Dkis mío! Escaparse así, con la cabeza 
descubierta, como un loco. 

—Es que estoy loco, Teresa. ¿Y quien no 
lo está? Déme corriendo mi sombrero. 

— ;Y los guantes? ¿Y el paraguas? 

Estaba al pie de l'a escalera y aun la oía 

gritar y lamenrarsc. 

10 de octubre de 1869. 

Estaba esperando la respuesta del señor 
Miguel Angel Polizzi, con una impaciencia 
mal contenida. No me hallaba en mi centro; 
hacía movimientos bruscos; abría v cerraba 
ruidosamente los libros. Me ocurrió que un 
día tiré con el co*lo un tomo del Moreri. 
Amílcar, que se estaba lamiendo, se detuvo de 
pronto v con la pata sobre una oreja, me 
miró con ojos huraños. ¿Era acaso aquella 
vida tumultuosa la que debía esperarle bajo 
mi tcdu>? ¿No habíamos convenido tácita¬ 
mente llevar una existencia apacible? Yo 
había roto el pacto. 

—¡Pobre compañero mío! — le respon¬ 
dí — . Es que sov presa de una pasión vio¬ 
lenta que me agita y me domina. Las pasio¬ 
nes son enemigas del reposo, pero sin ellas 
no habría ni industria ni arte en este mun¬ 
ido. Cada cual descansaría desnudo sobre 
un montón de estiércol y tú, Amílcar, no 
dormirías durante todo el día sobre un 
cojín de seda, en la ciudad de los libros. 

No segui exponiendo durante más tiem¬ 
po ante Amílcar aquella teoría sobre las 
pasiones, porque mi criada me entregó una 
carra con sello de Nápoles, que decía: 

“llustrisimo. señor: 

"Efectivamente, poseo el incomparable ma¬ 
nuscrito de La leyenda dorada , que 110 ha 
pasado inadvertido a so lúcida atención. Ra¬ 
zone.» capitales se oponen imperiosa y tirᬠ
nicamente a que me desprenda de él ni un 
solo día, ni un solo minuto. Será para mí 
una alegría v una gloria mostrárselo a usted 
en mi humilde casa de Girgenti, la que se 


DOS 

GENERACIONES 

—le hablan 


Dos generaciones le 
le hablan de cuánto, cómo, 
que bien y que rápidamente se 
aprende cualquier profesión 
Técnica, Comercial o Artística 
en las Escuelas Zier. 

Dos generaciones le aconsejan hacer como lo hicieron ellos —padres 

e hijos_(desde 1914 y por boca de 90.000), prepararse cuanto antes, para 

hacerle frente con ventaja a la nueva era que se inicia; que será la era del 
TRIUNFO y las grandes ganancias para los mejores. 

Dos generaciones, por último, le dicen la verdad: 

Mediante el sistema de Enseñanza Teórico-Práctico de las Escuelas 
Zier, tan seguro como efica z — en su casa — usted puede ser el mejor 
PROFESIONAL COMPETENTE, sin otro esfuerzo que unos minutos de es¬ 
tudio por día. i^ s £ scue / as 21er le enseñan a TRIUNFAR: 

| ,ac Escuelas Zier son, prácticamente, una “ESCUELA SUPERIOR 
DE LA VIDA”, que prepara TECNICAMENTE al alumno y por medio de 
sabias LECCIONES DE CARACTER le dan una enseñanza completa ten¬ 
diente a vigorizar sus cualidades morales y emplear con provecho los cono¬ 
cimientos adquiridos. 

Aquí tiene 150 Profesiones para que Vd. ELIJA: 

Ingeniero Civil Arquitecto, Constructor, Ingeniero en Radio y Televisión IRodio, Televisión, Cine Sonoro, Ampliación 
de Sonido, Instalación de Broadcasting, etc.*. Técnico en Rodio y Televisión, Ingeniero Electricista, Electrotéc¬ 
nico Montador Electricista, Aprendiz Electricisto, Jefe de Usina, Ingeniero Mecánico, Técnico en Industrio Side¬ 
rúrgica, Técnico Mecánico, Maestro Tornero, Montador Mecánico, Ingeniero en Motores Diesel, Técnico en Motores 
Diesel Montador en Motores Diesel, Ingeniero Aeronáutico, Técnico Aeronáutico, Ingeniero en Explotación de Minas 
y Petróleo Técnico en Explotación de Minas y Petróleo, Ingeniero en Puentes y Cominos y Obras Hidráulicos, Téc¬ 
nico en Hormigón Armado, Arquitecto Noval, Ingeniero Agrónomo, Agrónomo Agrimensor, Químico Industrial, Téc¬ 
nico Enólogo, Formocia, Sobrestante en Obras Sanitarias, Dibujo Comercial y Publicidod, Jefe de Propagando, Dibujo 
Artístico Caricaturista, Retratista, Dibujo y Pinturo Decorativa, Desnudo Artístico, Dibujo Lineal Arquitectónico, 
Lineal Mecánico, Lineal de Ebanistería, de Herrerío Artístico, de Ornoto, de Figuras, de Letros. Poisajista, Pintura 
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esperanza de su venida, me atrevo a ofrecerme, señor académico, 
vuestro humilde y devoto servidor. - Miguel Angel Polizzi. Nego¬ 
ciante en yutos y arqueólogo Je Girgcnti. (Sicilia)” 

¡Pues bien, iré a Sicilia! 

Extreman bunc , Aretbttsa, rnibi concede laboran. 


Teniendo ya resuelto mi viaje y habiendo hecho mis prepara¬ 
mos, solo me faltaba advenírselo a mi ama de llaves. Confreso q W 
dude mucho tiempo antes de anunciarle mi pnreida. Temía sus 
advertencias sus burlas, sus reproches, sus lágrimas. “Es una buena 
mujer, rae decía, muy adicta a mí; querrá retenerme, y Dios es 
testigo de que cuando quiere algo hace .un verdadero derroche de 
palabras, de gestos y de gritos. En esta ocasión llamará en su ayu¬ 
da a la ponera, al encerador, a la colchonera y a los siete hijos del 
frutero; se pondrán todos de rodillas a mi alrededor, me llorarán 
y estarán tan feos que cederé por no verlos”. 

Tales eran las espantosas imágenes, los sueños de calentura que 
el miedo agrupaba en mi imaginación. Sí, el miedo, el miedo fecun¬ 
do, como dice el poeta, creaba esos monstruos en mi cerebro Pues, 
io confieso en estas paginas íntimas, tengo miedo de mi criada No 
ignoro que ella sabe que soy débil, y esto me quita todo el valor 

invariablemente. 00 " S °" frecuente «» V *“™.bo 

Pero era preciso anunciar mí marcha a Teresa. Entró en la biblio¬ 
teca con un brazado de leña para encender un poco de lumbre 
una llamarada , como ella decía, pues las mañanas son frescas. Yo 
la observaba con el rabillo del ojo, mientras estaba acurrucada, 
con la cabeza metida dentro de la chimenea. No sé de donde saqué 

1¡Ó de M ' fcV ”' é ’ y p3 “ indt '™ «I 

-A proposito -le dije con tono que quería ser risueño v con 
I marcho ^Skdia Pr ° P ' a ^ ,OS po,trones ^ a propósito, Teresa, me 
Después de haber hablado, esperé muy inquiero. Teresa no res- 
pondu. Su cabeza y su amplia cofia continuaban hundidas dentro 
f™ n . ea ' >'. nada en 50 que yo observaba atentamente, 

demostraba la mas .mínima emoción. Seguía metiendo astillas bajo 
los troncos, y nsda más. 1 

me^irritó V ° ,V ‘ Ó C * - rostr ° : V ,3 ví an tranquila, tan tranquila que 

Verdaderamente, pensé, esta solterona no tiene corazón. Deja oue 

nnV’X í Sm SÍqUÍera : “¡ Ahr & ^ ue Unifica tan p¿co 

para ella la ausencia de su viejo amo? ^ 

^ Cd V Señ ° r - me di ¡° al pero vuelva usted a las 

seis en punto. Tenemos para cenar un plato que no espera. 

Ñipóles, io de noviembre de ¡869. 
~Co tra calle vive, magrte e lave a faccia (i). 

„ cnr,cnd °. amigo, por tres céntimos puedo comer, beber 

> loarme la cara, todo ello adquiriendo una de las rajas de sandía 
que tienes expuestas en esa mesita. ’ 

Pero los prejuicios occidentales. me impiden gozar con el sufi¬ 
ciente candor tan sencilla voluptuosidad. ¿Cómo voy a chupar vo 
“i 35 de sand, ? ? Ya hago bastante con sostenerme en 
pie en medio de esta multitud. ¡Qué noche tan luminosa y llena 
Las fr y ras ,.?f dzan Armando montañas 
en las tiendas alumbradlas con farolillos multicolores; sobre las 
hornillas encendidas al aire libre, humea el agua en los calderos v 
cantan las frituras en las sartenes. EJ olor de pescado frito y de 
carne caliente me cosquillea las narices, haciéndome estornudar. 
Entonces me doy cuenta de que mi pañuelo ha abandonado el bol- 
^ mi lcvWa - Me « e nto empujado, alzado y volteado en todas 

direcciones por el pueblo mas alegre, más charlatán, más vivo y 
mas diestro que puede imaginarse; de pronto, una joven comadre 
cuando estaba admirando sus magnificas cabellos ne¬ 
gros, dándome un golpe con su hombro elástico y fuerte me envía 
sin hacerme daño, tres pasos más atrás, dejándome caer en los bra¬ 
zos de un hombre que esta comiendo macaroni, el cual me recibe 
en ellos sonriendo. 5 c rcc,De 

■\a estoy en Nápoles. Cómo he conseguido llegar hasta aquí 
con algunos restos informes y mutilados de mis bagajes, no podría 
explicarlo, por la sencilla razón de que yo mismo no lo se P He 
viajado en un sobresalto continuo, y me parece que en esta ciudad 
“"r 0 ™? 05 ?’, te ^° el as P ecto dc ™ huho al sol ¡Y esta noche es 
peor todavía. Para poder estudiar las costumbres populares, me 
fui a la strada dt porto, «onde ahora me hallo. En torno a mí ale- 
SC ap,n ? n ante ,OS puestos dc vituallas, y floto como 
“ d 22? arra p Sfrado por olas vivientes, que hasta cuando sumTr- 
gen acarician. Porque este pueblo napolitano tiene en su altere 
vivacidad un no se que de dulce y de halagador. No me empu- 
jan, me mecen. Y a veces pienso que a fuerza de balancearme^ 

wa? CVante eSPafi ° ,: iQUÍén P° r 

















«rá ,»« & «j¡> rVt'tT^toL^cJ.ítT^ 

ssiSSfK «=££ 

^™,ñ“a°-™li». y i» » i» P""“ «* “““* “ d “ ,ec “ 

^íapolitano: 

<% Armee, alliegre magnánimo e bevbmno, 

Nfin che rice stace noglio a la lucerna: 

Q¡fi sa s'a Pantro munno rice vedmmtof 
Cbi sa s'a l'atitro munno rice tavema? 

(Amigos, contamos y bebamos alegremente, 

^¿Quiln sabe í i «T 5 mro mundo 
¿Quién sabe si en el otro vntndo kabra una taberna?) 

Horacio daba consejos muy parecidos a sus amigos. Tú los «<n- 
Postumo Tú los escuchaste, Leuconoe, hermosa rebelde, que 

gSfs & wsyus» - !? f t° r r P ™J« y 
srj’asrjür írtsrí trg 

^ el^caso de mi vida a la ciudad en que resplandeció tu belleza, 
saludo con respeto tu sombra melancólica. Las almas como la uv., 
ni sS aparición en la cristiandad, fueron las almas de las 
Sitas v sus milagros llenan La leyenda dorada. Tu 
ha dejado una descendencia menos generosa, y reconozco a “ 

¿L nietos en la persona del tabernero poeta que en estos monten- 
te* círve vino en las tazas, bajo su rotulo epicúreo. 

y sin embargo, la vida le da la razón ni amigo Flaco, y su filo¬ 
sofía «la única que se acomoda al desarrollo de los acontecimien¬ 
tos. Contemplad a ese joven tan gallardo que, apoyado en uñarla 
cubierta de pámpanos, toma un helado contemplando las estrellas. 

\o se bajaríasiquiera para recoger del suelo ese vie)o manuscrito 
‘que estov buscando a costa de tantas fatigas, y es que, en reahdad, 

' hombre está hecho más para tomar hebdos que para compulsar 

Vie ¿onnnu¿ 0!, divagando en tomo de los bebedores y de los cantan¬ 
tes Algunos enamorados mordían hermosas frutas enlazados por el 
talic. Indudablemente el hombre es. por naturaleza, malo, pues toda 
aquella alegría ajena me entristecía profundamente. Aquella mul- 
tkud demostraba tal gusto ingenuo por la vida, ^wm^ de^s 
pudores de viejo escriba se sublevaron. Ademas, me halbba deses¬ 
perado por no comprender nada de las palabras que resonaban en 
el aire. Lo que resultaba una prueba humillante para un filologo. 
Estaba muy apesadumbrado, cuando algunas frases pronunciadas a 
mi espalda, me hicieron aguzar el oído. • 

—Ese viejo seguramente es un francés, Dimitri. Me da pena verle 
tan aburrido. ¿Por que no le hablas? Tiene aire de ser una exce¬ 
lente persona. ¿No te parece, Dimitri? 

Aquelbs palabras fueron dichas en francés por una voz de mu|er. 

Al pronto me resultó muy desagradable oir que me llamaban viejo. 
•Es uno viejo a los sesenta y dos años? El otro día, en el puente 
de las Artes, mi colega Perrot d’Avrignac me felicitó por ni i as¬ 
pecto juvenil, y debe ser más entendido en eso de aparentar edad 
que aquella joven alondra que cantaba a mi espalda, dado caso de 
que las alondras canten de noche. ¿De manera que tengo el aire 
de una excelente persona? ¡Ah, ah! Siempre lo había sospechadoj 
pero ahora ya no lo creo, puesto que se trata de la opinión de una 
pájara. No quiero volver b cabeza para ver a b que acaba de 
hablar, pero estov seguro de que es una mujer bonita. ¿Por qué? 

Porque b voz de las mujeres que son bellas o que lo fueron, que 
eustan o que gustaron, es b única que puede tener esa abundancia 
de sonidos felices, ese tono argentino que es como una risa peren¬ 
ne De b boca de una fea quizá saldrá una palabra mas suave y 
más melodiosa, pero nunca tan viva seguramente, ni con ese gorjeo. 

Estas ¡deas se adueñaron de mi mente en menos de un segundo, 
v huvendo muy apresurado de aquellos dos desconocidos me lance 
éntre la más apiñada multitud napolitana, enfibndo un vicoletto tor¬ 
tuoso. alumbrado únicamente por una lamparilla encendida ante el 
nicho de una Madona. Allí, reflexionando con mas sosiego, acabe 
por reconocer que aquella bella mujer (seguramente era bella, 
había expresado respecto a mí un pensamiento de benevolencia que 
merecía mi gratitud. “Ese viejo seguramente es un francés, Dmu- 
tri. Me da pena verle tan aburrido. ¿Por qué no le hablas? Tiene 
el aire de ser una excelente persona. ¿No te parece, Dimitri?”. 

1 Al oír aquellas palabras amables no debí emprender una fuga 
tan rápida. Hubiera sido más acertado abordar de una manera cor¬ 
tés a la dama de voz clara, inclinarme ante elb y hablarle de este 
modo: 


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5» - LEOPLAN 


“Señora: a pesar mío, he oído todo lo que 
usted acaba de decir. ¿Deseaba usted hacer 
un favor a un pobre viejo? Pues ya lo ha 
hecho usted. Bastan las inflexiones de su 
voz francesa para proporcionarme un pla¬ 
cer por el cual le quedo reconocido”. Sin 
duda alguna debí decirle estas palabras u 
otras semejantes. Tengo la seguridad de que 
es francesa, porque su voz lo es. La voz de 
las damas de Franca es la más agradable del 
mundo. Al igual que nosotros, también los 
extranjeros perciben su encanto. Felipe de 
Bergante dijo en 1483, refiriéndose a Juana 
la Doncella: “Su hablar era dulce, como 
el de todas las mujeres de su país”. El acom¬ 
pañante a quien se dirigía se llama Dintitri. 
Debe ser ruso. Seguramente son personas ri¬ 
cas, que pasean su aburrimiento por el mun¬ 
do. Hay que compadecer a los ricos. Sus 
bienes los rodean, pero sin penetrarlos; se 
encuentran pobres y desnudos dentro de sí 
mismos. La miseria de ios ricos es lamen¬ 
table. 

Al acabar estas rfcflexiones me encontré 
en un callejón, o para decirlo en napolitano, 
en un sotto-pórtico, que se deslizaba por de¬ 
bajo de tan numerosas arcadas y de balcones 
tan salientes que no descendía hasta él la más 
minina luz del cielo. Todo me demostraba 
que 111c había perdido y que estaba condena¬ 
do a buscar mi camino durante toda la no¬ 
che. Para poder preguntar, hubiera sido pre¬ 
ciso encontrar un rostro humano, y desespe¬ 
rábale ver uno solo. En mi desesperación, 
tome por una calle al azar, o mejor dicho, 
por una especie de espantoso degolladero. 
Tal era su aspecto. Y efectivamente, a los 
pocos minutos de andar por él, vi a dos hom¬ 
bres que esgrimían cuchillos. Se atacaban más 
aún con la lengua que con los aceros, y com¬ 
prendí, por las injurias que ambos se lanza¬ 
ban, que se ventilaba un asunto amoroso. Me 
deslicé prudentemente por una calleja cer¬ 
cana, mientras aquellos dos bravos continua¬ 
ban ventilando sus asuntos, sin preocuparse 
lo más mínimo de los míos. Después de ha¬ 
ber andado durante algún tiempo a la ven¬ 
tura, me senté desalentado en un banco de 
piedra, lamentando haber huido tan locamen¬ 
te y de un modo tan laberíntico de Dimitri 
y de su compañera de la voz clara. 

—Buenas noches, signor. ¿Viene usted de 
• San Cario? ¿Ha oído usted a la diva? Sólo 
en Ñapóles se canta así. 

Levanté la cabeza y reconocí a mi hués¬ 
ped. Me bailaba sentado contra la fachada 
de mi hotel, debajo de mi propia ventana. 

Monte-AUegro, jo de noviembre de 1869. 

Estaba descansando con mis guías y sus 
muías en el camino de Sciacca a Girgenti, 
en una posada del mísero pueblecillo de 
Monte-Allegro, cuyos habitantes, consumi¬ 
dos por la maraña tiritaban al sol. Pero son 
griegos todavía, y su alegría resiste a todo. 
Algunos de ellos rodeaban la posada con cu¬ 
riosidad sonriente. Si hubiese yo sabido con¬ 
tarles algún cuento, sin duda hubiera logrado 
hacerles olvidar los quebrantos de la vida. Su 
aspecto revelaba inteligencia, v las mujeres, 
a pesar de tener ajado y curtido el rostro, se 
envolvían con grada en su largo manto ne- 
gro. 

Veía ante mí las ruinas roídas por el vien¬ 
to del mar, y sobre las cuales no crece ni la 
hierba. La lúgubre tristeza del desierto reina 
en aquella tierra árida, cuyas entrañas agrie¬ 
tadas apenas alimentan algunas mimosas ra¬ 
quíticas, cactos y palmeras enanas. A veinte 
pies de disrancia v a lo largo de un barran¬ 
co blanqueaban los guijarros como un re¬ 
guero de osamentas. Mi guia me explicó que 
se trataba de un arroyo. 

Hacía quince días que estaba en Sicilia. 
Entré por la bahía de Palcnno, que se abre 


entre las dos moles áridas y abrumadoras del 
Pellegrino y del Catalfano y que se extien¬ 
de a lo largo de la Concha de Oro, cubierta 
de mirtos y de naranjos. Sentí una admira¬ 
ción tan grande, que resolví visitar esa isla 
tan noble por sus recuerdos v tan hermosa 
por sus cadenas de colinas. Viejo peregrino, 
encanecido en el Occidente bárbaro, me atre¬ 
ví a aventurarme en aquella tierra clásica, y 
buscándome un guía, fui de Palermo a I’ra- 
pani, de Trapani a Selimonte, de Selimonte 
a Sciacca, de donde salí esta mañana para 
dirigirme a Girgenti, donde espero hallar el 
manuscrito de Juan Toutmouillé. Todas las 
cosas bellas que he podido contemplar se 
hallau tan presentes en mi imaginación, que 
me parece una fatiga inútil el describirlas. 
¿Para qué echar a perder mi viaje amonto¬ 
nando notas? Los amantes que quieren de 
veras no escriben sus dichas. 

Entregado por completo a la melancolía 
del presente y a la poesía del pasado, con 
el alma anegada en bellas imágenes y los ojos 
cargados de perfiles armoniosos y puros, sa¬ 
boreaba en la posada de Monte-Allegro el 
rojo espeso de un vino de fuego, cuando vi 
entrar en la sala a una mujer joven y her¬ 
mosa. con sombrero de paja y un vestido de 
seda cruda. Sus cabellos eran oscuros; sus 
ojos, negros y brillantes. En su modo de an¬ 
dar reconocí a una parisiense. Se sentó. El 
posadero puso ante ella una copa de agua 
fresca y un ramo de rosas. Al verla entrar 
me levanté, apartándome un poco por dis¬ 
creción y simulando que examinaba las imᬠ
genes piadosas adosadas a las paredes. Me 
di cuenta perfectamente de que al verme de 
espaldas hizo un ligero movimiento de sor¬ 
presa. Me acerqué a la ventana, y mire pa¬ 
sar los carritos que avanzaban por el camino 
pedregoso bordeado de cactos y de chum¬ 
beras. 

Mientras ella bebía agua helada, yo con¬ 
templaba el cielo. Se siente en Sicilia una 
voluptuosidad inexplicable, bebiendo agua 
fresca y respirando luminosidad. Murmuré 
para mi los versos del poeta ateniense; 

¡Oh, sama luz, ojo de oro del día! 

En tanto, la señora francesa me observaba 
con singular curiosidad, y aunque me esfor¬ 
zaba en no mirarla más de lo debido, sentí 
que no apartaba de mí sus ojos. Parece ser 
que poseo el don de adivinar las miradas 
que me dirigen sin mirar yo. Hav mucha 
gente que cree también poseer esa' facultad 
misteriosa; pero, en realidad, no hav en ello 
ningún misterio, sino que percibimos algún 
indicio tan ligero que apenas nos damos cuen¬ 
ta de el No serta imposible que yo hubiera 
visto los hermosos ojos de aquélla señora 
reflejados en los cristales de la ventana. 

Cuando me volví de pronto hacia ella, 
nuestras miradas se encontraron. 

Una gallina negra entró en la estancia y 
se puso a picotear el suelo mal barrido. 

— ¿Quieres pan, brujita? — dijo la señora, 
echándole unas migajas que habían quedado 
sobre la mesa. 

Reconocí la voz dulce que había oído por 
la noche en Santa Lucía. 

—Perdóneme, señora -le dije en segui¬ 
da —. Aunque sea un desconocido para us¬ 
ted, creo cumplir un deber agradeciéndole la 
solicitud que ha mostrado a un viejo com¬ 
patriota, errante por las calles de Ñapóles a 
las altas horas de la noche. 

—¿Me ha reconocido usted? Yo también 
lo reconozco. 

—¿En el aire que tengo de excelente per¬ 
sona? 

— ¡Ah! ¿Oyó usted lo que le dije a mi ma¬ 
ndo? Sentiría en el alma haberle disgustado. 

—De ningún modo, señor*. Sus palabras 
me halagaron. Y su observación 111c parece, 
en principio por lo menos, justa y profunda. 


La fisonomía no reside sólo eu los rasgos del 
rostro. Hay manos espirituales y manos sin 
imaginación. Hay rodillas hipócritas y codos 
egoístas. Hombres arrogantes y... aire de 
persona excelente. 

-Es verdad — dijo ella —. Pero es que a 
mí me parece también recordar su rostro. 
Hemos debido encontramos ya en Italia 
en otro país. No sé dónde. El príncipe y vo 
viajamos mucho. „ 

—No creo haber tenido nunca la suerte de 
verla en ninguna parte — respondí-. Soy un 
viejo solitario. He pasado mi vida encerrado 
entre libros, sin viajar nunca. Usted debió 
comprenderlo en mi actitud azorada, y por 
eso tuvo lástima de mí. Lamento haber vi¬ 
vido siempre arrinconado y quieto. Se apren¬ 
de mucho en los libros, pero se aprende mu¬ 
cho más recorriendo paiseá. 

—¿Es usted parisiense? 

Sí, señora. Vivo desde hace cuarenta 
años en la misma casa y salgo muy poco. 
Es cierro que mi casa está situada en la ori¬ 
lla del Sena, en el lugar más ¡lustre y más 
hermoso del mundo. Desde mis ventanas 
veo las Tullerías, el Louvre, el Puente Nue¬ 
vo, las torres de Nuestra Señora, los torreo¬ 
nes del Palacio de Justicia y la aguda flecha 
de la Santa Capilla. Todas esas piedras ha¬ 
blan, y me cuentan la prodigiosa historia de 
los franceses. 

Al oír aquel discurso, la joven pareció que¬ 
darse maravillada. 

; —¿Vive usted en el muelle? —me pregun¬ 
tó, vivamente. 

—En el muelle Malaquais — le respondí —, 
en el tercer piso de una casa en la que se 
halla establecida una tienda de grabados. Me 
llamo Silvestre Bonnard. Mi nombre no es 
muy conocido; pero es el de un miembro del 
Instituto. Y para mí, basta con que mis ami¬ 
gos no lo olviden. 

Ella me miró con una extraordinaria ex¬ 
presión de sorpresa, de interés, de melanco¬ 
lía, de enternecimiento. Y yo no podía com¬ 
prender que un relato tan sencillo produjera 
a mi hermosa desconocida emociones tan di¬ 
versas y tan vivas. 

Esperaba que me explicase la causa de su 
sorpresa, cuando nn coloso dulce y triste 
entró silenciosamente en la sala. 

—Mi marido —me dijo ella—; el príncipe 
Tropof. - 

Y designándome a él: 

-El señor Silvestre Bonnard, de la Acade¬ 
mia Francesa. 

El príncipe saludó bajando sus hombros al¬ 
tos, anchos y apesadumbrados. 

-Querida mía - dijo -, estoy desolado por 
tenerte que arrancar a la conversación del re- 
ñor Silvestre Bonnard. Pero el coche está 
enganchado, y es preciso que lleguemos a 
Mello antes de la noche. 

Ella se levantó, tomó las rosas que el po¬ 
sadero le había ofrecido y se dispuso a sa¬ 
lir. La seguí, mientras el príncipe examinaba 
los arreos de las muías, comprobando la so¬ 
lidez de las cinchas y de los correa jes. Dete¬ 
niéndose bajo el emparrado, me dijo son¬ 
riendo; 

—Vamos a Mello. Un pueblcciro horrible a 
seis leguas de Girgenti. No podrá usted adi¬ 
vinar jamás a qué vamos allí. No trate usted 
de hacerlo porque no lo conseguiría. Vamos 
a buscar una caja de fósforos. Dimitri co¬ 
lecciona cajas de fósforos. Ha coleccionado 
ya toda clase de objetos: collares de perro, 
botones de uniforme, estampillas de correo. 
Pero, ahora, sólo las cajas de fósforos le 
interesan. Las cajitas de cartón con cromos. 
Hemos llegado a reunir ya cinco mil dos¬ 
cientos catorce modelos diferentes. Algunos 
nos ha costado muchísimo trabajo encontrar¬ 
los. Supimos que habían hecho en Nápolcs 
una cajíta con los retrato» de Mazzini y de 
Garibaldi, y que la policía las había reco- 



LEOPLAN . 5" 


pido, encarcelando al fabricante. Después de mucho buscar y pre¬ 
guntar. hallamos una que nos la vendió un labriego por cien hras, 
denunciándonos después a la policía. Los esbirros registraron nues¬ 
tro equipaje. No encontraron la cajita, pero se llevaron todas mis 
joyas. Desde entonces, le he tomado gusto a esta colección. En el 
verano iremos a Suecia, para completar las series. 

No sé si atreverme a decir que experimento una piedad llena de 
-^-apatía hacia esos pertinaces coleccionistas. Indudablemente, hubiera 
tiendo ver al señor y la señora de Trepof rebuscar mármoles anu¬ 
os, vasos pintados o medallas. Me hubiera gustado verlos interesar¬ 
le por las ruinas de Agrigente y las tradiciones poéticas de Eryk. 
Pero, en fin, puesto que están formando una colección, pertenecen 
a la cofradía, y, ¿podría burlarme de ellos sin burlarme un poco de 
mi mismo? ... 

—Ahora ya sabe usted —añadió— por que viajamos por este ho¬ 
rrible pais. . . . , . 

Ante semejante salida, se borro mi simpatía y experimente cier¬ 
ta indignación. 

-Este país no es horrible, señora -le respondí-. Esta nerra es 
ana tierra gloriosa. La belleza es algo tan grande y tan augusto en 
ella, que ni los siglos de barbarie consiguieron borrarla hasta el punto 
ác que no queden de ella vestigios agradables. La majestad de la 
antigua Ceres planea todavía sobre esas colinas áridas, y la musa 
griega que hizo resonar con sus acentos divinos Arethusa^y el Menala, 
resuena todavía cantando en mis oídos sobre la montaña desnuda y 
b fuente agotada. Sí, señora, en los últimos días de la tierra, cuan¬ 
do ruede por el espacio infinito el pálido cadáver de nuestro mundo 
deshabitado, como ahora lo está la luna, el suelo de las ruinas de 
Selinonte conservará, en medio de la muerte universal, signos de 
belleza. Y entonces, al menos entonces, no existirán ya bocas fri¬ 
volas para blasfemar de sus grandezas solitarias. 

No había acabado de pronunciar estas frases cuando comprendí 
había cometido una simpleza. “Bonnard, me dije, un anciano 
que como tú ha consumido su vida ante los libros, no debe hablar 
con las mujeres". Felizmente, para mí, la señora de Trepof compren¬ 
dió menos mi discurso que si le hubiera hablado en griego. 

Y añadió con dulzura: 

—Dimitri se aburre y yo también me aburro. Ahora nos entre¬ 
tenemos con las cajas de fósforos. Pero también llegan a aburrir las 
cajas de fósforos. En otro tiempo pesaban sobre mi muchas pre¬ 
ocupaciones, y no me aburría. Verdaderamente, las preocupaciones 
son una gran distracción. „ , 

Enternecido por la miseria moral de aquella linda persona: 
—Señora — le dije —, la compadezco por no tener hijos. Con un 
hijo, su vida tendría un objeto y sus reflexiones serían al mismo 
tiempo más graves y más consoladores sus pensamientos. 

—Tengo un hijo —me respondió—. Mi Jorge ya es mayorcito, 
casi un hombre; ha cumplido ya ocho años. Le quiero lo mismo que 
cuando era pequeñito, pero ya es muy diferente. 

Me tendió una rosa de su ramo y, sonriendo, me dqo al subir 

al —No C puede usted figurarse la alegría que he tenido de verle. 
Espero que nos volveremos a encontrar en Girgenti. 

G ir gen ti, el misino día. 

Me acomodé lo mejor que pude en mi lettica. La lettica es un 
coche sin ruedas o, si se quiere, una silla tirada por dos muías, colo¬ 
cada una delante y la otra detrás. Su uso es muy antiguo. Muchas 
veces he visto estas literas, representadas en los manuscritos del 
siglo XIV. Entonces no pude imaginar que una litera como aque- 
Ilis me llevaría alguna vez desde Monte-Allegro a Girgenti. No hay 
que asombrarse de nada. 

Durante tres horas las muías hicieron tintinear sus campanillas, 
mientras golpeaban con sus cascos un suelo calcinado En torno 
nuestro se extendían lentamente, tras las dos hileras de aloes, las 
formas áridas de una naturaleza africana; yo pensaba en el manus¬ 
crito del clérigo Juan Toutmouillé, y lo deseaba con un candido 
ardor que me enternecía a mí mismo, por la inocencia infantil y la 
puerilidad conmovedora que advertía en él. , 

El perfume de una rosa que se hizo sentir con mas intensidad a la 
caída de la tarde, me recordó a la señora de Trepof. Venus comen¬ 
zaba a brillar en el cielo. Pensé: “La señora de Trepof es una mujer 
muy hermosa, muv sencilla y muy cerca de la naturaleza. Tiene ins¬ 
tintos de gata. No he descubierto en ella ni lo mas mínimo de esas 
nobles curiosidades que agitan a las almas reflexivas, y,, sin embargo, 
ha sabido expresar a su manera un pensamiento profundo: Las pre¬ 
ocupaciones son una gran distracción”. No ignora que ea este mun¬ 
do la inquietud y el sufrimiento son nuestras más seguras diversiones. 
Las grandes verdades no se descubren sin pena y sin trabajo. ¿Cuan- 
* tos sufrimientos habrá cosudo a la princesa Trepof el aprenderlo. 

Girgenti, t 9 de diciembre de 1869. 

Al otro día me desperté en Girgenti, en casa de Gellias. Gellias 
era un rico ciudadano de la antigua Agrigente, tan célebre por su gene- 



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60 - LEOPLAN 


i rnsidad como por ai magnificencia, el cual 
dotó a Ja ciudad con varias hospederías gra¬ 
nóte- Gclltas murió hace mil trescientos 
años, y hoy ya no existe la hospitalidad gra¬ 
tuita entre los pueblos civilizado*. El nom¬ 
bre de Gellias es ahora el de un hotel donde, 
! ayudado por la fatiga, pude dormir toda la 
noche. 

* La moderna Girgemi levanta sobre la acró¬ 
polis de la antigua Agrigente sus cavas e$- 
J trechas y apretadas, a las que domina una 
I • sombría catedral española. Veía desde mis 
ventanas, en medio de una cuesta que baja 
| hacia el mar, la blanca hilera de templos mc- 
¡' dio derruidos. Sólo en estas ruinas existe 
I alguna frescura. Todo lo demás es árido. 

„E 1 agua y la vida han abandonado Agrigen- 
| , te. El agua, la divina Nestis del agrigentino 
St" Empédocles, es tan necesaria a los seres ani- 
| niados, que nada puede vivir lejos de los 
ríos y de las fuentes. En el puerto de Girgen- 
ti, situado a tres kilómetros de la ciudad, hay 
i 1 mucho tránsito, y a este lugar triste, situado 
sobre utia roca abrupta, es donde tengo que 
ir a buscar el manuscrito de Juan Toutmouil- 
1 c. Hice que me indicaran la casa del señor 
, Miguel Angel Poliz/.i, dirigiéndome hacia ella. 
[ v . Encontré al señor Polizzi vestido de ama¬ 
rillo de pies a cabeza y friendo salchichas en 
■ r una sartén. Al verme entrar, soltó la sartén 
si y levantando los brazos prorrumpió en gri¬ 
tos de entusiasmo. Era un hombre ba)ito, 
f cuyo rostro granujiento, la nariz respingona, 
la barbilla saliente y los ojos redondos, for- 
". matan una fisonomía extraordinariamente cx- 
! presiva. 

r ' Me trató de Excelencia, diciéndome que 

¡ iba a señalar aquella fecha con piedra blan¬ 
ca y me invitó a sentarme. El a|xisento don¬ 
de nos hallábamos le servía a un tiempo de 
[ cocina, de salón, de alcoba, de estudio y de 
¡if despensa. Allí se veían hornillos, una cama, 
[f lienzos, un caballete, botellas de vino y pi- 
*- miemos encamados. Observé los cuadros que 
y: cubrían las paredes. 

-¡Las artes, las artes! - exclamó el señor 
(. Polizzi, levantando de nuevo ¡os brazos al 
, ciclo-. ¡Las anes! ¡Qué dignidad! ¡Qué 
V consuelo! ¡Soy pintor. Excelencia! 
n Y me enseñó un San Francisco que esta¬ 
ba aún sin terminar, y que hubiera podido 
\ ¿seguir así sin causar ningún perjuicio ni al 
arte ni al culto. Luego me hizo ver algunos 
i. cuadros antiguos de mejor escuela, pero que 
parecían restaurados con bastante indiscre¬ 
ción. 

» —Restauro cuadros antiguos —me dijo —. 

: jOh, los maestros antiguos! ¡Que alma! ¡Qué 

. genio! 

F. —¿Entonces es verdad que es usted, al mis¬ 
mo tiempo, pintor, anticuario y negociante 
en vinos? 

r —Para servir a su Excelencia — me res¬ 
pondió—. Tengo en este momento un zueco 
v del que cada gota es una perla de fuego. 

Quiero que lo pruebe su Señoría, 
g —Estimo los vinos de Sicilia — respon¬ 
dí —, pero no es por las botellas por lo que 
he venido a verle a usted, señor Polizzi. 
u —¿Será acaso un asunto relacionado con 
„ * la pintura? ¿Es usted aficionado? .Me pro¬ 
duce una alegría inmensa recibir a los aman¬ 
tes de la pintura. Voy a enseñarle la obra 
maestra de Monrealcsc. Sí, Excelencia, ¡una 
obra maestra! ¡Una Adoración de los pasto¬ 
res! ¡Es la perla de la escuela siciliana! 

-Tendré mucho gusto en ver esa obra. 
Pero anees hablemos del asunto por el que 
he venido. 

I Sus ágiles ojillos se detuvieron sobre mí 
¡ con curiosidad. Y no sin experimentar una 
I cruel angustia; me di cuenta de que ni si¬ 
quiera sospechaba el objeto de mi visita. 
Muy turbado y sintiendo que el sudor se 
¡ helaba sobre mi frente, pude murmurar con 


tono plañidero una frase más o menos como 


esta: 

—He venido expresamente desde París para 
informarme sobre un manuscrito de La le¬ 
yenda dorada, que usted me había dicho que 
poseía. 

A estas palabras, levantó los brazos, abrió 
desmesuradamente la boca y los ojos, y dió 
pruebas de la más viva agitación. 

— ¡Olí, el manuscrito de La leyenda dorada! 
¡Una perla. Excelencia, un rubí, un diaman¬ 
te! Dos miniaturas tan perfectas, que hacen 
entrever el paraíso. ¡Que suavidad! ¡Sus co¬ 
lores encantadores, como las corolas de las 
flores, son una miel para los ojos! ¡No ha 
hecho nada mejor Jubo Clovio! 

—Muéstrcmelo — le dije, sin poder disi¬ 
mular ni mi inquietud ni mi esperanza. 

— ¡Mostrárselo! —exclamó Polizzi —. ¡Si 
pudiera. Excelencia! ¡Ya no lo tengo! ¡Ya 
no lo tengo! 

Y parecía querer arrancarse los cabellos. 
Seguramente se los hubiera arrancado sin que 
yo se lo impidiera. Pero él mismo se detuvo 
antes de llegar a hacerse daño. 

— ¿Cómo? —le dije lleno de cólera-. ¿Có¬ 
mo? Me hace usted venir desde París a Gir- 
genti para mostrarme un manuscrito, y cuan¬ 
do vengo me dice usted que va no lo tie¬ 
ne. Es una cosa indigna, señor. Dejo que 
las gentes honradas juzguen su conducta. 

Quien me hubiera visto, hubiera podido 
formarse una idea bastante aproximada de 
lo que puede ser un cordero rabioso. 

—¡Es indigno! ¡Es indigno! — repetía, ex¬ 
tendiendo mis brazos, que temblaban. 

Miguel Angel Polizzi se dejó caer sobre 
una silla en la actitud de un. héroe mori¬ 
bundo. Vi sus ojos llenarse de lágrimas, y 
sus cabellos, hasta entonces llameantes sobre 
su cabeza, caer en desorden sobre su frente. 

— ¡Soy padre. Excelencia, soy padre! —ex¬ 
clamaba juntando las manos. Y agregó en¬ 
tre sollozos-: Mi hijo Rafaelo, el hijo de 
mi pobre mujer, a la que lloro desde hace 
quince años que murió, Rafaelo, Excelencia, 
ha''querido establecerse en París: ha alquilado 
una rienda en la calle Laffirte, para vender 
curiosidades. Yo le he dado cuanto poseía 
de más precioso, le he dado mis más bellas 
mayólicas, mis más bellas porcelanas de Ur- 
bino, mis cuadros de los maestros, ¡v qué 
cuadros, señor! ¡Todavía me deslumbran 
cuando los veo en mi imaginación! ¡Y todos 
firmados! En fin, le he dado el manuscrito 
de La leyenda dorada. Le hubiera dado mi 
carne y mi sangre. ¡Un hijo único! El 
hijo de nii pobre y sant3 mujer. 

— ¡ De suerte - le dije — que mientras yo, 
fiado en su palabra, venía a buscar en el 
fondo de Sicilia el manuscrito del clérigo 
Toutmouillé, ese manuscrito csraha expuesto 
en una vidriera de la calle Laffirre, a qui¬ 
nientos fnctros de mi casa! 

—Esa es la santa verdad; estaba allí — me 
respondió el señor Polizzi, serenándose de 
pronto —, y espero que afortunadamente con¬ 
tinuará allí. Excelencia. 

Y tomando una tarjeta que había sobre la 
mesa, me la ofreció, diciéndome: 

—Aquí tiene usted las señas de mi hijo. 
Hágaselas conocer a sus amigos, y le quedare 
muy obligado. Porcelanas, esmaltes, telas, 
cuadros; posee un surtido muy completo de 
objetos de arte, todo autentico, todo antiguo; 
palabra de honor. Vaya usted a verle, y le 
enseñará el manuscrito de La leyenda dora¬ 
ra. Dos miniaturas de una frescura prodi- 


Cobardemente tomé la 
día. 


tarjeta que me ten- 


Aquel hombre abusó de mi debilidad, in¬ 
vitándome a propagar, entre mis relaciones, 
el nombre de Rafaej Polizzi. 

Ya había puesto vo la mano sobre el pica¬ 
porte, cuando mi siciliano me agarró de un 


brazo. En aquel instante tenía un aire ins¬ 
pirado. 

— ¡Ah, Excelencia! — me dijo—. ¡Qué ciu¬ 
dad la nuestra! ¡Aquí fea nacido Empédocles! 
¡Empédocles! ¡Qué grande hombre y que 
gran ciudadano! ¡Que audacia de pensamien¬ 
to! ¡Qué virtud! ¡Qué alma! Hay en el puer¬ 
to una estatua de Empédocles, ante Ja cual me 
descubro cada vez que paso. Cuando mi hijr 
Rafaelo estaba dispuesto a marcharse, para es¬ 
tablecer su comercio de antigüedades en b 
calle Laffitte, de París, le conduje al puerto 
de nuestra ciudad y al pie de la estatua de 
Empédocles le di mi bendición paternal, 
diciendole: “Acuérdate de Empédocles”. ¡Ah, 
señor! Un nuevo Empédocles es lo que ne¬ 
cesitaría hoy nuestra desdichada patria. ¿Quie¬ 
re que le lleve a ver esa estatua, Excelencia? 
Le serviré de guía para visitar las ruinas. Le 
enseñaré el templo de Castor y Pólux, el 
templo de Júpiter Olímpico, el tcnipfo de 
Juno Luciniano, los antiguos pozos, la imita 
de Thcron y la Puerta de Oro. Los guías de 
viajeros son generalmente unos borros. Yo 
soy un buen guía. Si quiere, haremos exca¬ 
vaciones y descubriremos tesoros. Poseo la 
ciencia, el don de las excavaciones: descubro 
obras maestras donde los sabios no habían 
encontrado nada. 

Conseguí al fin librarme de él. Pero corrió 
detrás de mí, alcanzándome al pie de la es¬ 
calera, me detuvo y me dijo al oído: 

—Excelencia, escúchenle, le llevaré a la 
ciudad para presentarle a nuestras giigcnti- 
nas: sicilianas, señor. ¡Belleza clásica! ¡Tam¬ 
bién le enseñaré a nuestras campesinas! ;Quic- 
re usted? 

— ¡El diablo le lleve! - exclamé indignado 
y me lancé a la calle, dejándole con los bra¬ 
zos abiertos. 

Cuando estuve lejos de su vista, dejándome 
caer sobre una piedra me puse a reflexionar 
con la cabeza entre las manos. 

Pensaba: ¿sólo para oír tales ofrecimientos 
he venido a Sicilia? * 

Seguramente el tal Polizzi era un granuja 
y su hijo otro. Pero, ¿qué habían tramado? 
No podía vislumbrarlo. Entretanto, me sen¬ 
tía bastante humillado y entristecido. 

Un paso ligero y un ruido de faldas me hi¬ 
cieron levantar la cabeza, y vi venir hacia 
mí a la princesa Trepof. Me retuvo sobre 
el banco y tomándome de una mano, me dijo 
con dulzura: 

—Le andaba buscando, señor Silvestre Bon- 
nard. Es una gran alegría para mi el haberlo 
encontrado. Desearía dejarle un buen recuer¬ 
do de nuestro encuentro. Lo deseo verdade¬ 
ramente. 

Y, mientras hablaba, me pareció ver bajo 
su velo una lágrima y una sonrisa. 

El príncipe se aproximó a su vez, cubrién¬ 
donos con su sombra colosal. 

—Muéstrale, Dimitri, muéstrale ai señor 
Bonnard tu precioso botín. 

Y el coloso me tendió, dócilmente, una ca- 
jita de fósforos, una vulgar cajita de cartón, 
ornada con una cabeza azul y roja que, se¬ 
gún decía la inscripción, era la de Eiiipé- 
d ocles. 

—Ya lo veo, señora, ya lo veo. Pero el 
abominable Polizzi, a cuya casa le aconsejo 
que no envíe jamás al señor Trepof, me ha 
malquistado para toda la vida con Enipédo- 
cles. Y ese retrato no consigue hacerme más 
agradable al antiguo filósofo. 

—Es feo —dijo ella —, pero es raro. Estas 
cajitas son muy difíciles de encontrar. Hay 
que comprarías aquí mismo. A las siete de 
la mañana ya estaba Dimitri en la fábrica. 
Como verá usted, no hemos perdido el 
tiempo. 

—Ya lo veo, señora — respondí con un tono 
amatgo- pero yo estoy seguro de haberlo 
perdido, ya que no he podido hallar lo que 
vine a buscar tan lejos. 




LEOPLÁN . 61 



EX S Chipre JePREAL 

( £é/ íÁ £4cce£&uuA) _ 


Pareció interesarse por mi decepción. 

—;Est¿ usted disgustado? — me preguntó —. 
¿Puedo ayudarlo en algo? ¿No quiere usted 
contarme sus penas? 

Se lo conté todo. Mi relato fue largo, pero 
Begó a conmoverla, pues me hizo de inme¬ 
diato una serie de preguntas minuciosas, que 
_a mi se me antojaron otros tantos testimonios 
de interés. Quiso saber el título exacto del 
Manuscrito, su formato, su aspecto, su fecha; 
pidiéndome, por último, la dirección del señor 
Rifado Polizzi. 

Y yo se la di, haciendo (¡oh, destino!) lo 
que el abominable Miguel Angel Polizzi me 
recomendara. 

A veces resulta difícil dominarse. Volví a 
empezar con mis quejas y mis imprecaciones. 
Ahora la señora Trcpof no pudo contener la 

risa. 

—¿Por qué se ríe usted? — le dije. 

I —Porgue soy una mujer muy mala — me 

respondió. 

Y levantó el vuelo, dejándome solo y cons¬ 
ternado sobre mi piedra. 

París, 8 de diciembre de 1869. 

Mis valijas, llenas aún, estaban estorbando 
en d comedor. Me hallaba yo sentado ante 
una mesa cargada con esos manjares apetito¬ 
sos que d país de Francia produce para los 
gastrónomos. Comía de un pastel de Chartres, 
que por sí solo bastaría para hacernos amar 
la patria. Teresa, de pie ante mí, con las ma r 
aus cruzadas sobre su delantal blanco, me mi¬ 
raba con benevolencia, inquietud y piedad. 
Amílcar se restregaba contra mis piernas, 
loco de alegría. 

Acudió a mi memoria este verso de un an¬ 
tiguo poeta: 

Feliz quien, como Ulises, ba hecho un bello 
[viaje. 

—Bueno — pensaba yo—, me he paseado 
inútilmente y vuelvo con las manos vacías; 
pero, como el de Ulises, el mío ha sido un 
bello viaje. 

Y habiendo tomado el último sorbo de 
café, pedí a Teresa mi bastón y mi sombrero, 
que ella me entregó con desconfianza. Temía 
un nuevo viaje, pero la tranquilicé, encargán¬ 
dole que la comida estuviese para las seis. 

Ya de suyo constituía para mí un placer 
exquisito andar por las calles de París, de las 
que amo con verdadera ternura todas las 
piedras y todas las aceras. Pero, además, aque¬ 
lla vez tenía una finalidad, y me fui en dere¬ 
chura a la calle de Laffitte. No tardé en 
descubrir la tienda de Rafaelo Polizzi. Se ha¬ 
cía notar por el gran número de cuadros 
antiguos que, aunque se hallaban firmados 
por nombres variadamente ilustres, descubrían 
entre sí cierto aire de familia, que hubiera 
podido dar idea de la fraternidad, sino hu¬ 
biera atestiguado aún mejor los artificios del 
pincel de Polizzi padre. Enriquecida con 
aquellas obras maestras tan sospechosas, la 
tienda se adornaba además con curiosas chu¬ 
cherías, puñales, vinagreras, jarros, figulinas, 
molduras de cobre y platos hispanoárabes con 
reflejos metálicos. 

Sobre un sillón portugués de cuero blaso¬ 
nado, se hallaba colocado un ejemplar de 
horas de Simón Vostre, abierto por la página 
que tiene una figura astrológica, y un viejo 
Vitruvio ostentaba, sobre un cofre, sus ma¬ 
gistrales grabados de cariátides y de atlantes. 
Aquel aparente desorden, que ocultaba sabias 
disposiciones; aquella falsa casualidad con que 
los objetos estaban expuestos bajo la luz más 
favorable, hubiera aumentado mi desconfian¬ 
za, si la que el solo nombre de Polizzi me 
inspiraba pudiera aumentar y no fuera ya 
sin límites. 

El señor Rafaelo, que estaba allí como el 
alma única de todas aquellas formas diversas 
y confusas, me pareció un joven flemático, 
Ún3 especie de inglés. No revelaba en ningu¬ 


nos sigue y nos rodea, creándonos una aureola de encanto y 
particular atracción. 


Haga Ud. que esa compañía sea grata y distinguida, 
perfumándose con LOCION CHIPRE de Preal que, con su 
oroma fino, delicado y persistente, pondrá una nota de 
distinción en su tocado. 


LOCION CHIPRE de Preal es el perfume femenino por 
excelencia y simboliza la esencia misma de la mujer. 


Pruebe LOCION CHIPRE de Preal y tendrá la satisfac¬ 
ción de sentirse agradablemente perfumada. 


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farmacias, tiendas y per¬ 
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Palma 224-26, Asunción. 












62 • LEOPLÁN 


Muchas mujeres sufren !o 
indecible a causa de los tras¬ 
tornos producidos por el de¬ 
ficiente funcionamiento de 
sus glándulas de secreción 
intema. Continuamente ner¬ 
viosas, de mal carácter, de¬ 
primidas, etc., la vida no 
ofrece para ellas ningún 
atractivo. 

constituye un valioso auxi¬ 
liar para combatir esos esta¬ 
dos, y así se explica la gran 
aceptación de que goza boy 
entre las mujeres de todas 
las edades. 

^ ertiünct* 

está indicado para las seño¬ 
ras que han llegado a la edad 
crítica, para combatir la exce¬ 
siva nerviosidad, flaqueza, 
dejadez, falta de desarrollo 
del cuerpo, pechos, etc. 


EN VENTA EN 
TODAS LAS 
FARMACIAS 


na forma las facultades que su padre desplc- 
! ^aba en la mímica v la declamación. 

I Le dije lo que me había llevado hasta allí, 
j Abrió un armario y sacó de su interior un 
manuscrito que dejó sobre la mesa, donde 
• pude examinarlo con toda libertad. 

En mi vida había experimentado una emo¬ 
ción semejante, exceptuando algunos meses 
I de mi juventud, cuyo recuerdo, aunque viva 
I cien años, permanecerá hasta mi última hora, 
tan fresco en mi alma como el primer día. 

¡Era el manuscrito reseñado por el biblio¬ 
tecario de sir Thomas Raleigh; en el ma¬ 
nuscrito del clérigo Juan ToutmouiUé el que 
| veía, el que tocaba! La obra de Vorágine 
¡ hallábase sensiblemente cercenada, pero aque¬ 
llo me importaba poco. Las inestimables adi¬ 
ciones del monje de Saint-Gcrmain-dcs-Prcs 
estaban allí. ¡Eso era lo que importaba! Qui¬ 
se leer la leyenda de San Droctoveo, mas no 
pude. Leia todos los renglones a la vez y en 
mi cabeza resonaba un ruido semejante al que 
hace un molino de agua por la noche en el 
campo. Reconocí fácilmente que el manus¬ 
crito presentaba los caracteres de la más in¬ 
dudable autenticidad. La dos figuras de la 
Purificación de la Virgen y de la Corona¬ 
ción de Proserpina eran recargadas de dibujo 
y de un colorido chillón. Muy deterioradas 
en 1S24, como lo atestiguaba el catálogo de 
sir Thomas. habían adquirido después una 
frescura nueva. Aquel milagro no me sor¬ 
prendió. ¡Y que me importaban las dos mi¬ 
niaturas! Las leyendas y el poema de Juan 
ToutmouiUé. ¡eso era el tesoro! Yo miraba 
con ansia cuanto mis ojos podían abarcar. 

Afectando un aire indiferente, pregunté al 
señor Rafaelo el precio de aquel manuscrito, 
haciendo votos, mientras esperaba su respues¬ 
ta, por que el precio no subiese más que 
mis ahorros, muy disminuidos ya por un via¬ 
je costoso. El señor Polizzi me respondió que 
no podía disponer de aquel objeto que va no 
le pertenecía, y que iba a ser subastado en 
el hotel de Ventas con otros manuscritos y 
algunos incunables. 

Aquello fué un rudo golpe para mí. Es- 
1 forzándome en tranquilizarme, pude respon- 
I der aproximadamente esto: 

—Estoy muy sorprendido, señor. Su padret 
al que he visto hace poco tiempo en Gírgen- 
ti, me informó que era usted el dueño de este 
manuscrito, y me parece que no le corres¬ 
ponde a usted hacerme dudar de la palabra 
de su señor padre. 

—Lo era, en efecto — me respondió Rafaelo 
con la más absoluta naturalidad —, pero ya 
no lo soy. He vendido ese precioso manus¬ 
crito a un aficionado, a quien me está prohi¬ 
bido nombrar, y que por razones que yo no 
debo decir, se ve obligado a vender su co¬ 
lección. Honrándome con la confianza de mi 
cliente, redacté el catálogo y me encargué 
de dirigir la venta, que se verificará el 24 de 
diciembre próximo. Si quiere usted darme sus 
señas, tendré mucho gusto en mandarle un 
ejemplar del catálogo que tengo en prensa y 
en el que podrá usted hallar La leyenda do¬ 
rada , descrita en el número 42. 

Le dejé mis señas y me fui. 

La decente gravedad del hijo me desagra¬ 
daba tanto como la impudicia mímica del 
padre. En el fondo de mi alma detestaba las 
farsas de aquellos viles negociantes. Resultaba 
clarísimo que los dos granujas se entendían 
para aquella venta en pública subasta, enco¬ 
mendada a un escribano, con objeto de hacer 
subir a un premio inmoderado el manuscrito 
que yo deseaba. Estaba entre sus manos. Los 
deseos, incluso los más inocentes, tienen la 
contra de que nos someten a otro, enajenán¬ 
donos la libertad. Aquella reflexión fué cruel 
para mí, pero no aminoró en un ápice el de¬ 
seo de poseer la obra del clérigo Tourmoui- 
Ué. Mientras meditaba, disponiéndome a cru¬ 
zar la acera, tuve que detenerme para dejar 


paso a un coche que marchaba en dirección 
contraria y dentro del cual pude reconocer, 
a través de los cristales, a la señora de Trcpof, 
a quien dos caballos negros y un cochero 
envuelto en pieles colho un boyardo, lleva¬ 
ban al galope. Ella no me vio. 

— ¡Ojalá - pensé — encuentre lo que busca, 
o por mejor decir, lo que le convenga! Sólo 
eso le deseo, en pago de la risa cruel con que '■ 
respondió a mi decepción en Girgenti. Tien( - 
un alma de pájaro. 

Y, entristecido, llegué a los puentes. 

Con su eterna indiferencia, la naturaleza 
nos condujo al día 24 de diciembre, sin prisa 
ni retraso. Me dirigí al hotel Bullión, colo¬ 
cándome en la sala número 4, junto a la mesa 
donde debía ponerse el tasador Boulouzc y 
d perito Polizzi. Vi poco a poco llenarse la 
sala de caras conocidas. Estreché la mano de 
algunos antiguos libreros del muelle, pero la 
prudencia que todo gran interés inspira, aun 
a los más expansivos, me hizo callar la causa 
de mi insólita presencia en los salones del 
hotel Bullión. Por el contrario, interrogué a 
aquellos señores sobre el interés que les ins¬ 
piraba la venta de Polizzi. y tuve el gusto de 
oírles hablar de objetos distintos del mío. 

La sala fué llenándose lentamente de inte¬ 
resados y curiosos y con media hora de re¬ 
traso el tasador, provisto de un martillo de 
marfil, el pasante cargado de expedientes, el 
perito con su catálogo y el voceador con una 
escudilla colocada en el extremo de una pér¬ 
tiga, subieron al estrado envueltos en burguesa 
solemnidad. Los mozos del salón se alinearon 
al pie de la mesa y después de anunciar el 
rasador que la venta comenzaba, reinó a me¬ 
dias el silencio. 

Primero vendieron, a precios bajos, una 
colección insignificante de Preces piae con 
miniaturas. No necesito advertir que las mi¬ 
niaturas conservaban una lozanía admirare. 

Lo módico de las tasaciones, alentó al gui¬ 
po de los prenderos que se habían unido a 
nosotros, como si fueran de los nuestros. Los 
caldereros entraron también después, al abrir¬ 
les las puertas de un% sala vecina, y sus gro¬ 
seras expansiones ahogaron los gritos del vo¬ 
ceador. 

Un magnífico códice de la Guerra de los 
Judíos, reanimó la atención. Fué muy dispu¬ 
tado durante un largo rato. “¡Cinco ñiil fran¬ 
cos. cinco mil!”, anunciaba el voceador, en 
medio del silencio de los caldereros, sobreco¬ 
gidos de admiración. Siete u ocho antifonales 
lucieron caer de nuevo en los precios bajos. 
Una revendedora muy gruesa, con la cabeza 
descubierta y a cuerpo, animada por el tama¬ 
ño del libro y lo módico de la tasación, ad¬ 
quirió uno de aquellos antifonales por treinta 
francos. 

Por fin, el perito Polizzi puso sobre la mesa 
el número 42: La leyenda dorada, manuscrito 
francés inédito, dos miniaturas soberbias, ta¬ 
sado en tres mil francos. 

— ¡Tres mil! ¡Tres mil!—gañía el voceador. 

-¡Tres mil! — repuso secamente el tasador. 

Me zumbaban las sienes y, a través de una 

niebla, vi una multitud de rostros ansiosos 
que se volvían hacia el manuscrito abierto, 
paseado en tomo de la sala por un depen¬ 
diente. 

— ¡Tres mil cincuenta! — dije yo. 

Me quedé espantado del sonido de mi voz 
y confuso al ver que todos los rostros se 
volvían hacia mí. 

— ¡Tres mil cincuenta a la derecha!—dijo 
el voceador, publicando mi ofrecimiento. 

— ¡Tres mil ciento!—repuso el señor Po¬ 
lizzi. 

Y empezó un duelo heroico entre el pe¬ 
rito v yo. 

—¡Tres mil quinientos! 

—Seiscientos. 

—Setecientos. 

— ¡Cuatro mil! 











LE0PLAN 6J 


— ¡Cuatro mil quinientos! 

Después, de un salto formidable, el señor 
Fobzzi alcanzó hasta los seis mil. 

Seis mil francos era todo lo que yo tenía 
i mi disposición, lira para mí todo lo posible. 
Arriesgué lo imposible, gritando: 
v — ¡Ser» mil ciento! 

Pero, ¡ay!, lo imposible todavía no era su¬ 
rtiente. 

—Seis mil quinientos — replicó el señor Po- 
Ezzi con calma. 

Bajé la cabeza y me quedé con la boca 
jbóem. sin atreverme a decir ni si ni no al 
voceador que me gritaba: 

—Seis mil quinientos para mi. No es para 
stzrá. sino para mí. ¡Seis mil quinientos! 

—¿Ya lo estamos viendo! - dijo el rasa¬ 
dor —. No puede haber error. ¡Seis mil qui- 
asBitos! Conformes. ¿No hav quién dé más 
je seis mil quinientos francos? 

Un silencio solemne reinaba en la sala. De 
re p en te, sentí que se me partía el cráneo. Era 
d martillo del oficial rematador que, dando 
en golpe seco sobre el estrado, adjudicaba 
«revocablemente el número 42 al señor Po- 
Ezzi. En seguida, la pluma del pasante, co- 
triendo sobre el papel timbrado, registró 
aquel famoso hecho en una sola línea. 

Me sentía abrumado; tenía necesidad de 
reposo. Sin embargo, no abandoné mi sitio. 
Poco a poco recobré la reflexión. La esperan¬ 
za es muy tenaz. ¡Sentí nacer una esperanza! 
Pensé que quizá el nuevo poseedor de La 
leyenda dorada, podía ser un bibliófilo inte¬ 
ligente y liberal, que ine permitiera estudiar 
rí manuscrito y hasta dar a la publicidad sus 
partes más esenciales. Por eso, cuando hubo 
terminado la subasta, me acerqué al perito que 
bajaba del estrado: 

—Señor perito — le dije —, ¿ha comprado 
usted el número 42, por su cuenta o por en¬ 
cargo? 

—Por encargo. Tenía orden de adquirirlo 
a cualquier precio. 

—¿Puede usred decirme el nombre del com¬ 
prador? 

—Estoy desolado por no poder acceder a 
ello. Me está terminantemente prohibido. 

Y me alejé de allí desesperado. 

jo de diciembre de 1869. 

—Teresa, ¿pero no oye usted que están 
llamando a la puerta desde hace un cuarto 
de hora? 

Teresa no me respondió. Seguramente es¬ 
tará de charla en la portería. ¿Así es cómo 
felicita usted el santo a su viejo amo? ¡Me 
abandona usted en la víspera de San Silves¬ 
tre! ¡Ay! Si en este día llegaran hasta mí 
felicitaciones afectuosas, tendrían que salir de 
debajo de la tierra, ya que todos los que me 
amaban están enterrados hace tiempo. No sé 
lo que hago ya en este mundo. 

Vuelven a llamar. Dejo lentamente el fuego 
y todo encogido, me dirijo a abrir la puerta. 
¿Qué es lo que veo en el descansillo? No es 
el Amor mojado y yo tampoco soy el viejo 
Anacreonte. Es un precioso muchachuelo de 
ocho o nueve años. Está completamente solo; 
levanta la cabeza para verme. Sus mejillas 
ruborizan, pero su naricilla respingada le da un 
aire desenvuelto. Lleva plumas en el sombre¬ 
ro y un gran cuello de encajes sobre su blusa. 
¡Qué guapo muchacho! Sujeta con sos dos 
brazos un paquete que abulta tanto como él 
y me pregunta si soy el señor Silvestre Bon- 
nard. Le respondo que sí; me entrega el pa¬ 
quete, diciéndomc que es de parte de su 
mamá, y huye escaleras abajo. 

Desciendo algunos escalones, me inclino so¬ 
bre la barandilla y veo revolotear el sombre- 
. rito en la espiral de la escalera, como una 
pluma al viento. ¡Buenas tardes, pequeño! 
¡Cuánto me hubiera gustado hablar con él! 
Pero, ¿qué le habría preguntado? No es de¬ 


licado interrogar a los niño». Además que 
d paquete puede instruirme mejor que el | 
mensajero. 

Era un paquete muy grande, pero no muy 
pesado. Lo deshago en mi biblioteca, le quito | 
el papel que lo envuelve, y encuentro... ¿el ¡ 
qué?, un leño, un señor leño, un verdadero ! 
tronco de Navidad. j>ero de tan poco peso, 
que me inclino a creer que debe estar hueco. 
Descubro, en efecto, que se compone de dos 
trozos unidos por dos ganchos v que se abre 
por medio de dos visagr.is. Doy vuelta a los 
ganchos y me encuentro inundado de violetas. 
Caen sobre mi mesa, sobre mis rodillas, sobre 
la alfombra. Se deslizan en mi chaleco, en 
mis mangas. Estoy todo perfumado. 

— ¡Teresa! ¡Teresa! Traiga floreros Henos 
de agua. Tenemos aquí unas violetas que 
nos han llegado no sé de qué país ni de qué 
manos, pero deben ser de un país perfumado 
y de unas manos graciosas. Vieja corneja, 
¿no me oye usted? 

Puso las violetas sobre mi mesa, cubrién¬ 
dola con ellas por entero con sus pétalos per¬ 
fumados. Aun quedaba algo dentro del leño, 
un libro, un manuscrito. No puedo creerlo y 
no puedo dudar. Es La leyenda dorada , es él 
manuscrito del clérigo Juan Toutmouillé. 
Aquí está la Purificación de la Virgen y El 
rapto de Proserpma. Aquí está la leyenda de 
San Droctoveo. Contemplo aquella reliquia 
perfumada de violetas. Vuelvo las hojas, en¬ 
tre las que se han deslizado las florecitas pᬠ
lidas. y encuentro, entre la leyenda de Santa 
Cecilia, una tarjeta con este nombre: Prin¬ 
cesa Trepof. 

¡Princesa Trepof! Usted, que tan bellamen¬ 
te reía o lloraba bajo el hermoso cielo de 
Agrigcncc; usted, a quien un viejo melancó¬ 
lico creía una locuela, hoy estoy cierto de su 
bella y singular locura, y este buen hombre 
a quien usted ha colmado de alegría irá a 
besarle las manos, rindiéndole cuentas de este 
precioso manuscrito, gracias al cual la ciencia 
y él le deberán una exacta y suntuosa pu¬ 
blicación. 

Teresa entró en ese momento, muy agi¬ 
tada, en mi gabinete. 

—Señor—me dijo—, ¿adivine usted a quién 
acabo de ver ahora mismo en un coche bla¬ 
sonado, estacionado frente a la puerta de la 
casa. 

— ¡A la señora de Trepof! — exclamé yo. 

—Yo no conozco a ninguna señora de Tre¬ 
pof — me respondió mi sirvienta —. La mujer 
que yo acabo de ver, alhajada como tina du¬ 
quesa, y con un niño, cubierto de encajes, es 
aquella señora de Coccoz a quien usted envió 
un leño cuando ella dió a luz, hace de esto 
ocho años. La he reconocido muy bien. 

— ¿Es—le pregunté vivamente-, es, dígamelo 
usted, la señora de Coccoz, la viuda del ven¬ 
dedor de almanaques? 

—Es ella, señor; la portezuela estaba abierta 
en tanto que su hijo, que salía de esta casa, 
subia al coche. No ha cambiado nada. ¿Y 
cómo van a envejecer estas mujeres? Nada las 
preocupa. La Coccoz está un poco más gorda 
que antes, eso es todo. ¡Una mujer a la que 
se recibió aquí por caridad, venir a hacei 
ostentación de sus terciopelos y sus diaman¬ 
tes en una carroza blasonada! ¿No es esto 
una vergüenza? 

—Teresa — la increpé con una voz terri¬ 
ble —. si usted no me habla en adelante de 
esa dama con una profunda veneración, hemos 
acabado para siempre. Tráigame mis vasos de 
Sevres, para poner estas violetas, que dan a 
la ciudad de los libros una gracia que jamás 
había tenido. 

Mientras Teresa buscaba suspirando los va¬ 
sos de Sévres, yo contemplaba estas bellas 
váfclctas desparramadas, cuyo olor se expandía 
alrededor de mí como el perfume de un alma 
encantada, y me preguntaba cómo no había 
reconocido a la señora de Coccoz en la prin- 



Líbrese de ellos medíanle un 
medicamento especialmente 
elaborado para los ríñones. 

Los riñones sanos elimi¬ 
nan del organismo las impu¬ 
rezas y venenos que la san¬ 
gre recoge en su curso por 
todo el cuerpo. 

De ahi que el mal funcio¬ 
namiento de los riñones ten¬ 
ga inmediatas repercusiones 
en la salud. 

Trastornos urinarios, orina 
turbia o cargada de sedimen¬ 
tos y con olor fuerte, miccio¬ 
nes demasiado frecuentes, 
arenillas, dolores etc.: he aquí 
indicios del funcionamiento 
deficiente de los riñones. 

Las Pildoras De Witt para 
los Riñones y la Vejiga son 
indicadas en estos casos.*Su 
acción sobre los riñones es 
directa. Las Pildoras De Witt 
son diuréticas, calmantes y 
antisépticas. 

No vacile: las Pildoras De 
Witt son un medicamento 
respaldado por cincuenta 
años de éxito. 


PILDORAS 

DeWITT 

PARA LOS RIÑONES 
Y LA VEJIGA 
















64 • LEOPLAN 


cesa Trepof. Pero había sido para mí una 
visión muy rápida la de la joven viuda mos¬ 
trándome su hijito desnudo en la escalera. 
Tenía sobrada razón para acusarme de haber 
pasado junto a un alma tan atractiva y bella, 
sin haberlo adivinado. 

—Bonnard—me decía a mí mismo—, sabes 
descifrar los viejos textos, pero no sabes leer 
en el libro de la vida. Esta aturdida señora 
de Trepof, a guien tú no concedías más que 
un alma de pajaro, ha demostrado, por gra¬ 
titud, más fervor y más espiritualidad que 
jamás has puesto tu para complacer a nadie. 
Te ha pagado regiamente aquel leño... ¡Te¬ 
resa, era usted una urraca y se ha convertido 
en una tortuga! ¡Venga a poner en agua es¬ 
tas violetas de Pamia! 

SEGUNDA PARTE 

JUANA ALEXANDRE 

• Lusance , 8 de agosto de 1874. 

Cuando descendía del tren en la estación 
de Melón, la noche extendía su paz sobre el 
campo silencioso. 1.a tierra recalentada du¬ 
rante todo el día por un sol abrasador, por 
un “gras soled”, como dicen los segadores 
del valle de Viré, exhalaba un olor fuerte 
y cálido. A ras del suelo se arrastraban pesa¬ 
damente los olores de las hierbas. Me sacudí 
el polvo del vagón y respire con alegría. Mi 
saco ile viaje, que mi sirvienra había abarro¬ 
tado de ropas y menudos objetos de toca¬ 
dor, munditiir, me pesaba tan poco que lo 
agitaba como un pequeño escolar agita, al 
salir de la clase, el portalibros, en el que 
ceñidos por las correas se apiñan sus textos 
elementales. 

¡Pluguiera al ciclo que fuese yo todavía 
un chiquillo que va a la escuela! Pero no 
falta mucho para que haga los setenta años 
largos que mi difunta madre, habiéndome 
preparado con sus propias manos una reba¬ 
nada de pan con miel, la metió en una cesta, 
de'la que pasó el asa por mi brazo y, así pro¬ 
visto, me llevó a la escuela atendida por el 
señor Douloir, que se hallaba situada entre 
un patio y un jardín, en la esquina del pasa¬ 
je del Comercio, muy conocido por los go- 
' rriones. El enorme señor Douloir nos sonrió 
con una gracia llena de regocijo y me aca¬ 
rició las mejillas, sin duda para expresar me¬ 
jor la ternura que le había inspirado expon- 
táncamcnte. Pero cuando mi madre hubo 
atravesado el patio en medio de los gorrio¬ 
nes, que levantaban el vuelo ante ella, el se¬ 
ñor Douloir dejó de sonreír, no me demos¬ 
tró ninguna ternura, dando a entender, por 
el contrario, que me consideraba como un 
pequeño ser bastante enojoso. Más tarde pu¬ 
de observar que experimentaba sentimientos 
de esa naturaleza respecto a todos sus alum¬ 
nos. Nos distribuía ios palmetazos con una 
agilidad que no se hubiese podido esperar de 
su maciza corpulencia.. Si bien su primera 
ternura volvía a manifestarse cada vez que 
hablaba con nuestras madres en nuestra pre¬ 
sencia, y entonces, mientras alababa nuestras 
felices disposiciones, nos envolvía en una mi¬ 
rada afectuosa. Fue un tiempo bien grato el 
que pasé sobre los bancos del señor Douloir 
con mis pequeños compañeros, que al igual 
que yo reían y lloraban de todo corazón de 
la mañana a la noche. 

Después de más de medio siglo, estos re¬ 
cuerdos suben frescos y claros a la superfi¬ 
cie de mi alma, bajo este cielo estrellado, que 
no ha sufrido ningún cambio desde entonces 
y cuyos fulgores; inmutables y serenos, verán 
sin desfallecer otros muchos escolares, como 
era yo entonces, convertirse en sabios cata¬ 
rrosos y encanecidos, como yo lo soy ahora. 

¡Estrellas que habéis resplandecido sobre la 
cabeza, ligera o pesada, de todos m& ascen¬ 


dientes olvidados, a vuestro fulgor siento des¬ 
pertarse en mí una pena dolorosa! Quisiera 
tener una posteridad que todavía os contem¬ 
ple cuando yo no os vea ya más. ¡Sería padre 
y abuelo si tú lo hubieras querido. Ciernen- 
tina; tú, cuyas mejillas se mostraban tan 
frescas bajo tu capqcita rosa! Pero te casaste 
con el señor Aquiles Allier. rico labrador 
nivemes con algo de nobleza, ya que el gra¬ 
nuja de su padre, comprador de bienes na¬ 
cionales, había adquirido la ejecutoria de sus 
señores junto con el castillo y las tierras. No 
he vuelto a vene desde que se verificó tu ma¬ 
trimonio, Clementina, y me imagino que tu 
vida habrá transcurrido bella, oscura y dul¬ 
ce, en tu castillo rústico. Un día quiso la 
casualidad, que supiera por uno de tus amigos, 
que habías abandonado esta vida, dejando una 
hija que se asemejaba a ti. Ante aquella no¬ 
ticia, que veinte anos antes hubiera trastor¬ 
nado todas las energías de mi alma, se pro¬ 
dujo en mí como un gran silencio. El sen¬ 
timiento que llenó todo mi ser no fué un 
dolor agudo, sino la tristeza profunda y 
tranquila de un alma dócil a las grandes en¬ 
señanzas de la Naturaleza. Comprendí que 
lo que yo había amado no era más que una 
sombra. Pero tu recuerdo sigue siendo el en¬ 
canto de mi vida. Tu figura amable, después 
de haberse marchitado lentamente, ha des¬ 
aparecido bajo la hierba tupida. 1.a juventud 
de tu hija ha pasado ya. Su belleza, sin duda 
ya no existe. Y yo te sigo viendo siempre, 
Clementina. con tus bucles rubios y tu capo- 
tita rosa. 

¡Que hermosa noche! Con noble langui¬ 
dez. reina sobre los hombres y los animales, 
a los que ha aliviado del yugo cotidiano, y 
percibo su benigna influencia, aun cuando 
por una costumbre de más de sesenta años 
no conozca las cosas más que por los sig¬ 
nos que las representan. Para mi no hay en 
el mundo nada más que palabras, ¡por algo 
soy filólogo! Cada cual da forma a su ma¬ 
nera al sueño de la vida. Yo he formado el 
mío en mi biblioteca y cuando me llegue la 
hora de abandonar este mundo, ¡permita 
Dios que me encuentre sobre mi escalera, de¬ 
lante de mis estantes cargados de libros! 

— ¡Eli! ¡Claro que es él! Buenas tardes, se¬ 
ñor Silvestre Bonnard. ¿Adonde va usted an¬ 
dando por el campo con su paso ligero, mien¬ 
tras yo le esperaba delante de la estación con 
mi cabriolé? Se me escapó usted a la salida 
del tren y yo volvía a Lusance completamente 
burlado. Deme usted su saco de viaje y suba 
conmigo al coche. ¿Sabe usted que de aquí al 
castillo hay sus buenos siete kilómetros? 

¿Quién me hablaba así a voz en cuello des¬ 
de lo alto <le un cabriole? Pablo de Gabry, 
sobrino v heredero de Honorato de Gabry, 
par de Francia en 1842, recientemente falle¬ 
cido en Monaco. Era precisamente a casa de 
Pablo de Gabry' donde yo me dirigía con mi 
valija bien repleta por mi sirvienta.. Aquel 
excelente hombre acababa de heredar,-junta¬ 
mente con sus dos cuñados, los bienes de su 
rio, quien por ser descendiente de una familia 
de toga muy antigua, poseía en su castillo de 
Lusancc una biblioteca rica en manuscritos, 
algunos de los cuales se remontaban hasta 
el siglo XIII. Para inventariar y catalogar 
aquellos manuscritos me dirigía yo a Lu¬ 
sance, accediendo a los ruegos de Pablo de 
Gabr\ r , cuyo padre, hombre cortés y biblió¬ 
filo distinguido, había mantenido conmigo 
toda su vida relaciones muy cordiales. A 
decir verdad, el hijo no ha heredado las no¬ 
bles inclinaciones de su padre. Pablo se ha 
consagrado a los deportes; .es muy entendido 
en caballos y en perros, y me parece que de 
todas las ciencias propias para saciar o en¬ 
gañar la inagotable curiosidad de los hom¬ 
bres, las relativas a la cuadra y a la perrera 
son las únicas que posee plenamente. 


No puedo decir que me sorprendió el en¬ 
contrarle, puesto que estaba citado con él, 
pero confieso que arrastrado por el curso na¬ 
tural de mis pensamientos, había perdido de 
vista al castillo de Lusance y a sus dueños, 
hasta el punto de que la llamada del caba¬ 
llero campesino, al enfilar la carretera que se 
extendía ante mí como una cinta, resonó tí 
pronto en mis oídos como un ruido incine¬ 
rado. 

Tengo motivos para temer que mi fisono¬ 
mía me haya traicionado, dejando traslucir 
mi distracción incongruente por cierra ex¬ 
presión de estupidez, que la reviste en la ma¬ 
yoría de los casos en mi. trato social. Mi 
valija fué colocada en el cabriolé y yo seguí 
a mi valija. Mi huésped me gustó por su 
franqueza y su sencillez. 

—Yo no enriendo nada de esos viejos per¬ 
gaminos — me dijo—, pero no le va a faltar 
con quien hablar de ellos en nuestra casa. 
Sin contar al cura, que escribe libros, >' al 
médico que es muy simpático, aunque libe¬ 
ral. va usted a encontrar a alguien que lo ten¬ 
drá a mal traer: mi mujer. No es que sea una 
sabia, pero creo que no hay nada que ella 
no adivine. Y cuento, a Dios gracias; con 
tenerle a usted entre nosotros por bastante 
tiempo, para hacerle conocer a la señorita 
Juana, que tiene dedos de maga y alma de 
ángel. 

—¿Y esa señorita, tan singularmente dota¬ 
da - le dije es de su familia? 

—No — respondió Pablo, dirigiendo la mi¬ 
rada hacia las orejas de su caballo, que gol¬ 
peaba con sus cascos la carretera azulada 
por la luna —. Es un3 muchacha amiga de 
mi mujer. Huérfana de padre y madre. Su 
padre nos hizo correr una arriesgada aventu¬ 
ra de dinero, que no sólo nos costó el susto, 
sino bastante más. 

Después, sacudiendo la cabeza y cambian¬ 
do de tema, me advirtió del estado de aban¬ 
dono en que iba a encontrar el parque y el 
castillo, que habían estado deshabitados du> 
rente treinta y dos años. 

Supe por él que Honorato de Gabry, su tío, 
estuvo durante toda su villa muy' a mal con 
los cazadores furtivos del país, sobre los que 
su guarda jurado tiraba como si fueran co¬ 
nejos. Uno de ellos, un labriego vengativo, 
que había recibido en pleno rostro el plomo 
del señor, le acechó una noche detrás de los 
árboles y le faltó muy poco para matarlo, 
pues le quemó con una bala el lóbulo de 
una oreja. 

—Mi rio — añadió Pablo —, quiso descubrir 
de dóude-había partido el disparo, pero no 
pudo ver nada y siguió hacia el castillo sin 
apresurar el paso. Al día siguiente, habiendo 
hecho llamar a su administrador, le dio la 
orden de cerrar el castillo y' el parque y de 
no dejar entrar en él alma viviente. Prohibió 
expresamente que tocaran nada, que cuidaran 
ni repararan nada en sus tierras, ni dentro 
de sus muros, hasta su regreso; añadiendo en¬ 
tre dientes, como en la canción, que vendría 
por la Pascua o por la Trinidad; y como en 
la canción, la Trinidad se pasó sin que se le 
volviera a ver. Murió en Carines el año pa¬ 
sado, y mi cuñado y yo fuimos los primeros 
que entramos en el castillo abandonado desde 
hacía treinta y dos años. Encontramos un 
castaño nacido en medio del salón. En cuan¬ 
to al parque, para poderlo recorrer, sería 
preciso que aun existiera el trazado de sus 
paseos. 

Mi compañero se calló y' sólo oímos el 
trote acompasado del caballo, en medio del 
zumbido de los insectos entre las hierbas. A 
los costados de la carretera, los haces api¬ 
lados en los campos tomaban, bajo la in¬ 
cierta claridad de la luna, la apariencia de 
mujeres desmesuradas, blancas y' de rodillas, 
y me abandone a las magníficas puerilidades 
de las seducciones nocturnas. Habiendo pa- 







i bajo las espesas sombras de la arboleda, torcimos en ángulo 
> y seguimos por una avenida señorial, a cuyo término el castillo 
c apareció de pronto como una masa negra, con sus garitas 
«ando torres en sus ángulos. Cruzamos una especie de calzada 
: da acceso al patio de honor y que, sobre el, foso lleno de 
i corriente, reemplaza al puente levadizo destruido hace largo 

_ jpo. La pérdida de aquel puente levadizo, creo que debió ser la 

humillación que aquel castillo guerrero hubo de sufrir, antes 
^ verse reducido al aspecto pacifico bajo el cual me recibió. Las 
ellas se reflejaban en el agua sombría con una maravillosa niri- 
Pahlo, como huésped cortés, me acompañó hasta mi habita- 

_ u situada en el último piso, al extremo de un largo corredor, y 

acusándose por no presentarme de inmediato a su mujer, a causa 
lo avanzado de la hora, se retiró deseándome una buena noche. 

Mi habitación, pintada de blanco y tapizada con telas persas, 
■e hallaba impregnada de las gracias galantes del siglo AVIII Ccni- 
m todavía calientes, que me demostraban los cuidados que habían 
e«>¡eado para disipar la humedad, llenaban la chimenea, cuyo 
r_ '-* ol soportaba un busto de María Antonicta en porcelana. Sobre el 

_, blanco del espejo oscurecido y manchado, había dos ganchitos 

. cobre, que usarían las damas de otras épocas, y que se ofrecieron 
Acusos a recibir mi reloj, al que tuve cuidado de dar cuerda, porque 
«craríamente a las máximas de los Tclcmi- 
i, creo que el hombre no es dueño del tiem- 
^ del tiempo, que es la vida misma, sino 
Asando lo ha dividido en horas, en minutos y 
e* segundos; es decir, en parcelas proporcio- 
státs' i la brevedad de la existencia humana. 

Y pensé que la vida nos parece corta porque 
fe medimos inconsideradamente con respecto a 
maesuús locas esperanzas. Tenemos todos,_ co¬ 
me el anciano de la fábula, un ala que añadir 
a nuestro edificio. Yo deseo terminar ames de 
morirme la historia de los abades de Saint- 
. Geimain-des-Prés. El tiempo que Dios nos 
concede a cada uno de nosotros es como un 
precioso tisú. que cada cual borda lo mejor 
mc puede. Yo he trabajado la trama del Aio 
con toda clase de ilustraciones filológicas. Afi 
irrigaba mi pensamiento v» mientras me ataba 
«J pañuelo a la cabeza, la idea del tiempo me 
hizo volver ai pasado, y por la segunda vez en 
mu vuelta del reloj pensé en ti, Clementina, 
para bendecirte en tu posteridad, antes de so¬ 
plar nú bujía y de dormirme al son del croar 
de las ranas. 


LEOPLÁN 6S 

No pude contemplar aquel espectáculo sin inquietud, pensando 
que la rica biblioteca de Honorato de Gabry, instalada en un apo¬ 
sento contiguo, se veía expuesta hacía tanto tiempo a aquellas in- ' 
fluencias deletéreas. Sin embargo, contemplando el joven castaño 
del salón, no he podido dejar de admirar el magnifico vigor de 
la naturaleza y la irresistible fuerza que impulsa a todo germen a 
desarrollarse cñ la vida. Por el contrario, me entristecía el pensar qüc 
el esfuerzo que hacemos nosotros, los eruditos, para retener y con¬ 
servar las cosas muertas, es un vano y penoso esfuerzo. Todo aque¬ 
llo que ha vivido es el alimento necesario para las nuevas existen¬ 
cias. El árabe que se construye una cabaña con los mármoles de los 
templos de Palmira, es más filósofo que todos los conservadores de 
los museos de Londres, de París y de Munich. 

Lusance, n de agosto. 

¡Dios sea loado! La biblioteca, situada al levante, no ha sufrido 
perjuicios irreparables. Fuera de la pesada hilera de los viejos Cou- 
twmers in folio, que los lirones han taladrado de parte a parte, los 
libros están intactos dentro de sus armarios enrejados. He pasado 
toda la mañana clasificando manuscritos. El sol penetraba por las 
altas ventanas sin cortinas y a través de mis lecturas, a menudo muy 
interesantes, oía el chocar pesadamente de torpes zumbidos contra 


II 


Lusance, 9 de agosto. ' 

Durante el almuerzo tpve ocasión de apre¬ 
ciar la conversación de la señora de Gabry, la 
que mc ha hecho saber que el castillo se ve 
frecuentado por fantasmas y especialmente por 
la "Dama de los tres pliegues en la espalda”, 
envenenadora en vida y alma en pena después 
de muerta. No sabría decir cuánta vida y cuán¬ 
ta gracia supo comunicar a ese cuento de vie¬ 
jas. Tomamos el café en la terraza, cuyos ba¬ 
laustres, oprimidos v arrancados de sus sopor¬ 
tes de piedra por una hiedra vigorosa, seguían 
aprisionados entre los nudos de la planta las¬ 
civa, en la acritud turbada de las mujeres te- 
sabanas entre los brazos de los centauros rap¬ 
tores. 

El castillo, con la forma de un carretón de 
cuatro ruedas, flanqueado por un torreón en 
cada ángulo, al cabo de una serie de repara¬ 
ciones sucesivas había perdido todo carácter. 
Era una amplia y estimable construcción, nada 
más- Me pareció que no había sufrido gran¬ 
des deterioros durante aquel abandono de trein¬ 
ta y dos años. Pero, cuando conducido por la 
señora de Gabry entré en el gran salón del pi¬ 
so bajo, pude ver los techos abombados, los 
zócalos podridos, los entarimados agrietados, 
las pinturas de los entrepaños ennegrecidas y 
desprendidas casi por completo de los marcos. 
Un castaño, levantando las tablas del suelo, ha¬ 
bía crecido allí y volvía hacia la vencana sin 
cristales los penachos de sus amplias hojas. 



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los cristales, crujir los entarimados, y a las mos¬ 
cas ebrias de luz y de calor, batir sus alas en 
círculo sobre mi cabeza. Hacia las tres su bor¬ 
doneo aumentó a tal punto que me obligó a 
levantar la cabeza que tenía inclinada sobre 
un documento sumamente precioso para la his¬ 
toria de Melún en el siglo XIII, y me puse a 
considerar los movimientos concéntricos de 
aquellas besriecillas o ‘'bestiazas 1 ', como decía 
Lafontaine. Pude comprobar que el calor obra 
sobre las alas de las moscas de muy distinta 
manera que sobre el cerebro de un archivero 
paleógrafo, pues yo experimentaba una gran 
dificultad para pensar y un embotamiento bas¬ 
tante agradable, del que no podía librarme sino 
por un esfuerzo violento. La campana llamando 
a comer me sorprendió en medio de mis tra¬ 
bajos y tuve que hacer mf toilette a toda pri¬ 
sa, para presentarme correctamente ante la 
señora de Gabry. 

1.a comida, servida con proligidad, se pro¬ 
longó considerablemente. Tengo un talento, 
quizás superior a lo corriente, para apreciar los 
sabores. Mi huésped, percatándose de mis co¬ 
nocimientos sobre la materia, los estimó lo 
bastante como para descorchar en honor mío 
cierta botella de Chatcau-Margaux. Bebí con 
• respeto aquel vino de gran raza y de noble 
virtud, del que nunca se podrá alabar bastante 
su aroma y su fuego. Aquel riego ardiente cir¬ 
culó por mis venas, animándome de un entu¬ 
siasmo juvenil. Sentado en la terraza cerca de 
la señora de Gabry, en el crepúsculo que en¬ 
volvía en el misterio las formas agrandadas de 
los árboles, tuve el placer de expresarle mis 
impresiones con una vivacidad y una elocuen¬ 
cia verdaderamente asombrosas en un hombre 
desprovisto de imaginación como lo soy yo. 
Acerté a describirle espontáneamente, y sin bus¬ 
car la ayuda de ningún texto antiguo, la dulce 
tristeza de la noche y la belleza de nuestra 
tierra natal, que nos nutre no sólo de pan y 
de vino» sino también de ideas, de sentimien¬ 
tos y de creencias, y que nos acogerá a todos 
en su seno maternal como a niños fatigados 
por una larga correría. 

—Mire usted — me dijo aquella amable da¬ 
ma —, mire esas viejas torres, esos árboles, ese 
cielo. ¡Cuántos personajes de cuentos y can¬ 
ciones populares habrán salido de todo ésto! 
¡Vea usted allí abajo el sendero por el que Ca- 
perucita Roja iba al bosque a buscar avellanas! 
Ese cielo cambiante y semivclado siempre, 
fue surcado por los carros de las hadas, y la 
torre del norte ha podido ocultar antaño, bajo 
su techo puntiagudo, a la vieja hilandera cuyo 
huso pinchó a Ja Bella Durmiente del Bosque. 

Meditaba yo todavía sobre aquellas sunles 
palabras, mientras que Pablo me refería, a tra¬ 
vés de las bocanadas de humo de un soberbio 
cigarro, no sé qué proceso instruido por él en 
el distrito, a propósito de una presa y toma de 


agua. La señora de Gabry, sintiendo el fres¬ 
cor de la noche, se estremeció bajo su chal y se 
dispuso a dejamos para retirarse 3 su habita¬ 
ción. Yo resolví entonces, en vez de subir a la 
mía, volver a la biblioteca, para continuar el 
examen de los manuscritos. A pesar de la opo¬ 
sición de Pablo, que se obstinaba en que fuese 
a acostarme, entré en lo que llamaríamos en 
lenguaje antiguo “la librería"’, y me puse a 
trabajar a la luz de la lámpara. 

Después de haber leído quince páginas, evi¬ 
dentemente escritas por algún amanuense ig¬ 
norante y distraído, pues me costó algún tra¬ 
bajo alcanzar su significado, hundí la mano en 
el amplio bolsillo de mi levita para sacar mi 
tabaquera, pero aquel movimiento tan natu¬ 
ral y casi instintivo, me costó en aquella oca¬ 
sión un poco de esfuerzo y de fatiga. Sin em¬ 
bargo, abrí la cajita de plata, sacando de ella 
algunos granos de polvo aromático, que se es¬ 
parcieron a lo largo del plastrón de mi camisa, 
bajo mi chasqueada nariz. Estoy cierto de que 
mi nariz expresaría mi decepción, porque es su¬ 
mamente expresiva. Ha traicionado muchas 
veces mis más íntimos pensamientos y singu¬ 
larmente en la biblioteca pública de Coutan- 
oes, donde descubrí, ante las barbas de mi co¬ 
lega Brioux, el cartulario de Nuestra Señora 
de los Angeles. 

¡Cuál no sería mi alegría! Mis ojos pequeños 
y opacos detrás de los anteojos, nada dejaron 
traslucir. Pero a la sola vista de mi nariz res¬ 
pingona, que se estremecía de contento y de 
orgullo, Brioux adivinó que había logrado un 
hallazgo. Se fijó en el volumen que tenía en 
la mano, vió el lugar donde lo dejaba, y en 
cuanto me marché, fué a cogerlo pisándome los 
talones, lo copió a escondidas y lo publicó a 
toda prisa, para jugarme una mala pasada. Pe¬ 
ro, creyendo fastldiadarmc, fué él quien se 
fastidió. Su edición estaba llena de errores y 
tuve la satisfacción de poner de manifiesto al¬ 
gunos yerros de mucho bulto. 

Volviendo al punto en que me había quedado, 
sospeché que una pesada somnolencia entorpe¬ 
cía mi espíritu. Tenía ante mis ojos una carta 
foral, de la que podrán imaginar fácilmente el 
interés que me inspiraba, cuando haya dicho 
que en ella se hace mención de una gazapera 
vendida a Juan de Estourville. sacerdote, en 
nía. Pero, aunque me diera cuenta en segui¬ 
da de su importancia, no le presté toda la 
atención que tal documento exigía imperiosa- 
nvente. Mis ojos, aunque yo no quisiera, se vol¬ 
vían hacia un lado de la mesa que no conte¬ 
nía ningún objeto importante desde el punto 
de vista de la erudición. Allí no había mas que 
un volumen alemán bastante grande, encua¬ 
dernado en piel de cerda, con clavos de cobre 
en las tapas y gruesas nervaduras en el lomo. 
Era un hermoso ejemplar de la recopilación, re¬ 
comendable únicamente por los grabados en 


madera con que está ornada y que es tan cono¬ 
cida bajo el titulo de Crónica de Nurembcrg. 
El volumen, cuyas tapas estaban ligeramente 
entreabiertas, reposaba sobre un canto mediano. 

No podría decir durante cuánto tiempo mis 
miradas eran atraídas sin causa ninguna sobre 
aquel viejo infolio, cuando se sintieron cauti¬ 
vadas por un espectáculo tan extraordinario? 
que hasta un hombre totalmente desprovisto .Je 
imaginación, como lo soy yo, debía sentirse 
vivamente impresionado. 

Vi de repente, sin haberme dado cuenta de 
su llegada, una personira sentada sobre el lomo 
del libro, con una rodilla dbblada y la otra 
colgando, o sea poco más o menos en la pos¬ 
tura que adoptan sobre el caballo las amazonas 
de Hyde Park o del bosque de Bolonia. Era 
tan pequeña que su pie colgante no llegaba 
a la mesa, sobre la que se ostentaba, serpen¬ 
teando, la cola de su vestido. Pero su rostro y 
sus formas eran los de una mujer adulta. La 
amplitud de su corpiño y la morbidez de su 
busto, no dejabari ningún lugar a dudas respec¬ 
to a este particular, ni aun tratándose de un 
Viejo sabio como yo. Añadiría, sin temor de 
equivocarme, que era muy bella y de rostro 
altivo, pues mis estudios iconográficos me han 
habituado desde hace tiempo a reconocer la 
pureza de un tipo de raza y el carácter de una 
fisonomía. La figura de aquella dama, sentada 
tan inopinadamente sobre el lomo de una Cró¬ 
nica de Nuremberg , respiraba una nobleza 
mezclada de rebeldía. Tenía aires de reina, pe¬ 
ro de una reina caprichosa; y comprendí, sólo 
por la expresión de su mirada, que ejercía en 
ajguna pane gran autoridad, con mucha fanta¬ 
sía. Su boca era imperiosa e irónica, y sus ojos 
azules sonreían de una manera inquiérante, bajo 
sus cejas negras de arco purísimo. He oído de¬ 
cir siempre que las cejas negras les sientan 
muy bien a las rubias y aquella dama era 
rubia. En suma, daba una impresión de gran¬ 
deza. 

Puede parecer extraño que una persona de 
la estatura de una botella y que hubiera des¬ 
aparecido en el bolsillo de mi levita, si no 
resultara una irreverencia el meterla allí, diera 
precisamente una idea de grandeza. Pero había 
en las proporciones de la dama sentada sobre 
la Crónica de Nuremberg una esbeltez tan alti¬ 
va y una armonía tan majestuosa; guardaba una 
actitud a la vez tan sencilla y tan noble, que 
me pareció grande. Aunque mi tintero, que 
ella consideraba con una atención burlona, co¬ 
mo si hubiera podido leer por adelantado todas 
las palabras que debían salir adheridas a los 
puntos de mi pluma, fuese para ella una palan¬ 
gana profunda, en la que hubiera podido en¬ 
negrecer hasta la liga de sus medias de seda 
rosa, recamadas de oro, era grande, os lo ase¬ 
guro, e imponente en su jovialidad. 

Su traje, muy apropiado para su fisonomía, 
era de una extremada magnificencia. Consistía 
en un vestido de brpeado de oro y plata, y 
un manto de terciopelo nacarado, forrado de 
un finísimo tornasol. Ostentaba en su cabeza 
una especie de toca de dos cuernos, que perla! 
de un bello oriente hacían clara y luminosa, 
como el creciente de la luna. Su diminuta mano 
blanca sostenía una varita, que llamó mi aten¬ 
ción, tanto más cuanto que mis estudios arqueo¬ 
lógicos me han predispuesto a reconocer, con 
alguna certeza, las insignias por las que se dis¬ 
tingue a las personas notables de la levenda v 
de la historia. Es, me dije, la varita de un 
hada; por consiguiente, la dama que la tiene 
en la mano es un hada. 

Dichoso por saber la clase de persona con 
quien tenía que habérmelas, procuré coordinar 
mis ideas para dirigirle un cumplido respetuo¬ 
so. Hubiera experimentado alguna satisfacción, 
lo confieso, hablándole doctamente del pa¬ 
pel desempeñado por sus semejantes, tanto 
en las razas rajonas y germánicas, como en 
el Occidente latino. Tai disertación pensaba 
yo que era un medio ingenioso de agradecer 















LEOPLAN - 67 


i dama el haberse aparecido a un viejo 
, contrariamente a los usos comunes a 
mtcs, que no se mostraron más que a 
^^enuos y a campesinos incultos, 
i sendo hada, no dejará de ser mujer, 
‘a yo, y puesto que Mme. Recamier, 
: lo he oído referir a J. J.'Ampere, 
a cuenta la impresión que producía su 
, _s los deshollinadores, la dama sobre- 
I que está sentada sobre la Crónica de 
Vr?, debe sin duda sentirse halagada 
, j nn erudito tratarla doctamente, como 

_r .medalla, un sello, una fíbula o una 

b.-ffcru tal empresa, que le costaba mucho 
hizo verdaderamente imposible 


vi a la dama de la Crónica sacar v 
s de una escarcela que llevaba a un cos- 
i avellanas más pequeñas que he visto 
^ partiendo las cáscaras con los dientes y 
'■acia* a las narices, mientras mordis- 
i d fruro con la gravedad de un niño 

_ coyuntura hice lo que exigía la dig- 

áe U ciencia: me quedé callado. Pero 
raras me producían un penoso cosqui- 
jJ llevarme la mano a la nariz pude 
ir con eran sorpresa que mis ante- 
cabalgando en la punta y que por 
yo veía a la dama no a rravés de los 
sino por encima de ellos, cosa in- 
.sible. puesto que mis ojos gastados so¬ 
viejos textos no distinguen sin lentes 
«n de un frasco, aunque ambos estén 
a mis narices. 

nariz, notable por su tamaño, su forma 
Eslor. 3 trajo legítimamente la atención del 
^De apoderándose de mi pluma de gan¬ 
ar se elevaba como un penacho por en¬ 
de! tintero, paseó por mi nariz las bar- 
ác aquella pluma A veces, he renido oca¬ 
de prestarme a las travesuras inocentes de 
ichas que me asociaban a sus juegos, 

_une su mejilla para que la besara a 

dd respaldo Juma silla, o invitándome a 
bujía que levantaban de pronto, 
ponerla fuera del alcance de mi aliento, 
tosía entonces, ninguna persona del otro 
me habia sometido a caprichos tan fami- 
como cosquillearme las narices con las 
de mi propia pluma. Me acorde, feliz:— 
de una máxima de mi difunto abuelo, 
mpre decía que todo les estaba permití- 
a las damas y que cuanto proviene de ellas 
■ gracia y un favor. Y recibí como favor 
mo gracia las cáscaras de las avellanas y 
■(tos de la pluma, procurando sonreír. Y 
Bt, tomé la palabra: 

le dije, con finura y dignidad —, 
ido usted el honor de su visita no a 
tampoco a un rústico, sino a un 
ario, que se siente muy dichoso por 
conocido, y que sabe que en otros 
enmarañaba usted en el pesebre las 
de los jumentos, se bebía la leche 
jarras espumantes, deslizaba polvos 
pica por las espaidas de las abuelas, 
chisporrotear la lumbre dd fogón en las 
de las buenas gentes; en una palabra, 
m usred el desorden y la alegría en la 
Además, puede usred alabarse de haber 
por la noche en los bosques los más 
los sustos del mundo a las parejitas 
_¡. Pero la creía desvanecida para siem- 
desde hace lo menos tres siglos. ¿Es po- 

_señora, que se la pueda ver en esta época 

caminos de hierro y de telégrafo? Mi por¬ 
que en sus tiempos fué nodriza, ya no 
-- su historia, v mi vecinito. a quien su 
tiene que sonar todavía, afirma que no 
áte usted ya. 

— .Qué está usted diciendo? — exclamó con 
a argentina, irguiendo su figurita regia de 
a manera arrogante y fustigando como a un 
_ pugrifo. el lomo de la Crónica de Nuremberg. 
-No lo sé —le respondí, restregándome los 

Tal respuesta,, impregnada de un escepticis¬ 


mo profundamente científico, produio sobre 
mi intcrlocutora un efecto deplorable. 

—Señor Silvestre Bonnard — me dijo—, no 
es usted más que un pedante. Siempre lo había 
sospechado. El más pequeño de los rapazuelos 
que van por los caminos con el faldón de la 
camisa asomando por la delantera de los cal¬ 
zones, me conoce mejor que toda la gente de 
anteojos de vuestros institutos y vuestras aca¬ 
demias. Saber no es nada, imaginar lo es todo. 
Sólo existe lo que se imagina. Yo soy pura 
imaginación. ¡Me parece que eso es existid 
¡Me.sueñan y aparezco! Todo no es sino sue¬ 
ño, y puesto que nadie sueña con usted. Sil¬ 
vestre Bonnard, es usted el que no existe. Soy 
el encanto del mundo; estoy en todas partes, 
sobre un ravo de luna, en el temblor de un 
manantial oculto, en el agitado follaje que 
canta, en loa blancos vapores que suben al 
amanecer de lo hondo de las praderas, en me¬ 
dio de los matorrales v en medio de las rosas, 
en todas parres... El que me ve, me ama. 
Suspiran y se estremecen sobre la huella ligera 
de mis pasos que hacen cantar a las hojas 
muertas. Hago sonreír a los niños, infundo gra¬ 
cia a las nodrizas más torpes. Inclinada sobre 
las cunas, inquieto, consuelo, adormezco, ¡y 
usted duda de que existo! Silvestre Bonnard, 
su caliente y mullida bata, recubre la piel de 
un burro. 

Se calló. La indignación hinchaba su deli¬ 
cada nariz, y en tanto que yo admiraba, a pesar 
de mi despecho, la cólera heroica de aquella 
personita, ella paseó mi pluma por el tintero 
como un remo por un lago y me la tiró a 
las narices con los puntos hacia adelante. 

Me restregué la cara que sentía mojada de 
tinta. Ella habia desaparecido. Mi lámpara es¬ 
taba apagada; un ravo de luna atravesaba los 
cristales v caía sobre la Crónica de Nnremberg. 
Un viento fresco, que se habia levantado sin 
que yo lo advirtiese, hacía volar las plumas, 
los papeles y las obleas. La mesa estaba toda 
manchada de tinta. Había dejado entreabierta 
la ventana durante la tempestad. ¡Qué impru¬ 
dencia! 

III 

Lusance, 12 de agosto. 

He escrito a mi sirvienta, según le había 
prometido, que estoy sano y salvo. Pero me 
he guardado muy mucho de decirle que he 
tenido un catarro de cabeza por haberme dor¬ 
mido una noche en la biblioteca con la ventana 
abierta, va que la excelente mujer no hubiera 
escatimado sus recomendaciones. “¡Ser tan po¬ 
co razonable a su edad, señor!" Es lo bastante 
ingenua para creer que el buen sentido au¬ 
menta con los años. A mí me juzga una excep¬ 
ción sobre ese particular. 

Como no tenía los mismos motivos para si¬ 
lenciar mi aventura a la señora de Gabrv, le 
referí mi sueño con toda clase de detalles. Se 
lo referí tal como aparece en este diario y tal 
como lo tuve dormido. Ignoro el arte de las 
ficciunes. Sin embargo, puede ocurrir que al 
escribirlo y al contarlo haya añadido aquí y 
allí, algunas circunstancias y algunas palabras 
que no hayan existido al principio, no cierta¬ 
mente con el prurito de alterar ja verdad, sino 
más bien por secreto deseo de esclarecer y com¬ 
pletar lo que permanecía oscuro y confuso, ce¬ 
diendo quizás a ese gusto por las alegorías que 
he recibido de los griegos en mi infancia. 

La señora de Gabry me escuchó sin des¬ 
agrado. 

—Su visión — me dijo — es encantadora, y 
hav que tener bastante ingenio para forjar 
visiones semejantes. 

—Debe ser — le respondí — que tengo inge¬ 
nio cuando duermo. 

—Cuando sueña usted — repuso ella —. ¡Y se 
pasa la vida soñando! 

Sé muv bien que hablando de este modo, la 
señora de Gabry no abrigaba otro propósito 
■que el serme agradable; pero sólo por esa idea 


LA VIDA 
MODERNA EXIGE 
A LOS HOMBRES 
CONSTANTE 
ACTIVIDAD 

Evite que la depresión de 
los nervios se apodere de 
su organismo; conserve 
íntegra su vitalidad y será 
un triunfador. Mantenga 
sus energías y las puertas 
del éxito estarán siempre 
abiertas para usted. 

moderno preparado de 
hormonas, ha de ser su 
aliado. Se indica en los 
casos de debilidad sexual, 
impotencia, depresiones, 
fatiga, nerviosidad, 
insomnio, debilidad, fla¬ 
queza y falta de energía. 

• 

EN VENTA EN TODAS 
LAS FARMACIAS 






66 . LEOPLAN 


Táctica 



—Esta noche, durante la función, me 
desmayaré. Uno de los internos está ena¬ 
morado de mi, pero no se atreve a ha¬ 
blarme. 


merece todo mi reconocimiento, y por ese sen¬ 
timiento de gratitud y de dulce remembran¬ 
za. es por lo que lo anoto en este cuaderno, <jue 
releeré hasta mi muerte, pero que no será leído 
por nadie más que por mí.. 

Los días siguientes los empleé en terminar el 
inventario de los manuscritos de la biblioteca 
de Lusance. Algunas palabras confidenciales que 
se le escaparon a Pablo de Gabry, me pro- 
duieron una sorpresa penosa y me determina¬ 
ron a llevar el trabajo de muv distinta manera 
de como \o había comenzado. Supe por él que 
la fomina de Honorato de Gabry, mal admi¬ 
nistrada desde tiempo atrás y aminorada en 
gran pirre por la quiebra de un banquero, cuyo 
nombre no quiso revelarme, fue sólo transmi¬ 
tida a los herederos del antiguo par de Fran¬ 
cia bajo la forma de inmuebles hipotecados y 
t créditos incobrables. 

Pablo, de acuerdo con sus coherederos, estaba 
decidido a vender la biblioteca, .y tuve que 
buscar el medio de llevar a cabo aquejla venta 
lo más ventajosamente posible. Extraño como 
soy a todo asunto de negocios, resolví pedir 
consejo a un librero amigo mío. Le escribí pa¬ 
ra que fuera a reunirse conmigo en Lusance 
y, mientras esperaba su llegada, cogí mi bastón 
y mi sombrero y me dediqué a visitar las igle¬ 
sias de las diócesis, algunas de las cuales en¬ 
cerraban inscripciones funerarias que aun no 
habían sido transcritas correctamente. 

Dejé a mis huéspedes y partí a mi peregri¬ 
nación, Explorando durante todo el día las 
iglesias y los cementerios, visitando a los curas 
V a los escríbanos de los pueblos, cenando en 
la posada con los buhoneros y los tratantes de 
ganado, acostándome entre sábanas perfumadas 
con espliego, experimenté durante toda una 
semana un placer apacible y profundo, obser¬ 
vando, mientras pensaba en los muertos, rea¬ 
lizar a los vivos su trabajo cotidiano. En lo que 
se refiere al objeto de mis investigaciones, lo- 

! jrc tan sólo algunos descubrimientos trivia- 
es, que me produjeron una alegría moderada y 
y por lo mismo saludable y nada fatigosa. Lle¬ 
gué a descubrir algunos epitafios interesantes, 
añadiendo a la vez a este pequeño tesoro unas 
cuantas receas de cocina rústica, que un buen 
cura quiso regalarme. 

Enriquecido de este modo, regresé a Lusan¬ 
ce y atravesé el patio de honor con la intima 
satisfacción de un burgués que entra en su 
casa. Era éste nn efecto de la bondad de mis 


huéspedes, y la impresión que yo sentí enton¬ 
ces bajo su techo, prueba bien a las claras, me¬ 
jor que todos los razonamientos, la excelencia 
de su hospitalidad. 

Llegué hasta el gran salón sin encontrar a 
nadie, y el joven castaño que extendía allí sus 
espesas hojas, me hizo el efecto de un amigo. 
Pero lo que vi en seguida sobre la consola, me 
produjo tan gran sorpresa, que tuve que suje¬ 
tarme coa las dos manos mis anteojos sobre 
I3 nariz, palpándome después, para obtener una 
noción, aunque sólo fuera superficial, de mi 
propia existencia. Ale asaltaron la imaginación 
en un segundo veinte ideas, de las que la más 
verosímil era la de que me había vuelto loco. 
Me parecía imposible que existiera lo que yo 
veia, y también me era imposible no verlo co¬ 
mo una cosa que existía. Lo que causaba mi 
sorpresa, reposaba, como ya he dicho, sobre 
la consola, rematada por un espejo turbio y 
picado. 

Me vi en aquel espejo y puedo asegurar que 
ana vez en mi vida he contemplado )a imagen 
perfecta de la estupefacción. Pero, dándome 
la razón a mí mismo, aprobaba en mi fuero 
interno mi estupefacción ante una cosa tan es¬ 
tupenda. 

El objeto que examinaba con un asombro que 
la reflexión no lograba disminuir, se prestaba 
a mi examen con una absoluta inmovilidad. La 
persistencia y la fijeza del fenómeno, excluían 
toda idea de alucinación. No padezco ninguna 
de esas afecciones nerviosas que perturban el 
sentido de la vista. Esas afecciones son debidas 
generalmente a trastornos estomacales y. a Dios 
gracias, tengo un estómago excelente. Además, 
las ilusiones de la vista suelen ir acompañadas 
de circunstancias particulares y anormales, que 
impresionan a los propios alucinados, inspirán¬ 
doles una especie de terror. Yo no experimen¬ 
taba nada parecido, y el objeto que contempla¬ 
ba, aunque imposible en sí, se me aparecía con 
todas las condiciones de la más absoluta rea¬ 
lidad. Pude observar que tenía tres dimensiones, 
que estaba coloreado y que proyectaba som¬ 
bra. jAh! ¡Cómo lo examiné! Los ojos se me 
llenaron de lágrimas y me vi precisado a lim¬ 
piar los cristales de mis anteojos. 

Por fin tuve que rendirme a la evidencia y 
comprobar que tenía delante de mi vista al 
hada, al hada con que había soñado la otra no¬ 
che en la biblioteca. ¡Era ella, puedo asegurar¬ 
lo, era ella! Conservaba todavía su aire de rei¬ 
na infantil, su actitud dócil y altiva; sostenía en 
la mano su varia de avellano; llevaba la misma 
toca, formando dos cuernos, y la cola de su 
vestido de brocado serpenteaba en tomo a sus 
piececitos. Su mismo rostro, su mismo talle. 
Era ella, y, para que no se pudiera dudar, esta¬ 
ba sentada sobre el lomo de un grueso y viejo 
libróte, muy parecido a la Crónica de Ñurem- 
berg. Su inmovilidad me tranquilizaba sólo a 
medias, y temía verdaderamente que se pusiera 
de nuevo a sacar avellanas de su escarcela, pa¬ 
ra tirarme las cáscaras a la cara. 

Me quedé allí con los brazos colgando y la 
boca abierta, cuando la voz de la señora de 
Gabry, resonó en mis oídos; 

. —¿Está usted examinando su hada, señor Bon- 
nard? — me dijo la dueña de la casa -. ¿Que? 
¿La encuentra usted parecida? 

Aquellas palabras fueron pronunciadas de 
prisa; pero, mientras las oía, tuve tiempo de re¬ 
conocer que mi liada era una figurita modelada 
en cera coloreada, con mucho gusto y senti¬ 
miento, por una mano inexperta aun. El fe¬ 
nómeno, llevado así a una interpretación racio¬ 
nal, no dejaba de sorprenderme. ¿Por qué y 
cómo la dama de la Crónica había llegado a 
alcanzar una existencia material? Eso era lo que 
deseaba saber. 

Volviéndome hacia la señora de Gabry, pu¬ 
de advenir que no esraba sola. Una adolescen¬ 
te, vesrida de negro, se hallaba junto a ella. 
Tenía los ojos de un gris tan dulce como el 
ciclo de la Isla de Francia, y de una expresión 
inteligente y cándida. Al extremo de sus bra¬ 


zos, nn poco flacos, se atormentaban dos ma¬ 
nos finas pero coloradas, como suden ser Jas 
manos de las muchachitas. Encerrada en su 1 
traje de.merino, aparecía tiesa como un árbol 
Huevo, y su boca grande anunciaba la fran-1 
queza. No puedo expresar lo mucho que me ; 
agradó aquella criatura en cuanto la vi. Nc“ 
era bella, pero los dos hoyuelos de sus meji¬ 
llas y el de su mentón, sonreían, y toda su 
persona, que conservaba todavía una inodtncia 
desmañada, tenia un no sé qué de vig»^ y de j 
bondad. 

Mis miradas fueron de la figurita a la mu¬ 
chacha, y vi que ésta se ruborizaba, pero fran¬ 
camente, ampliamente, a oleadas. 

Ei señora de Gabry, que acostumbrada fl 
mis distracciones, me hacía con gusto dos ' 
ces la misma pregunu, me dijo: 

—¿Qué, es verdaderamente la dama que en¬ 
tró á verle, por la ventana que usted se habí* 
dejado abierta? Ella fué muy resuelta, pen 
usted muy imprudente. ¿Qué, la reconoce 
ted? 

—Es ella — le respondí — , y la vuelvo a ci 
contar sobre esta consola* al como la 
sobre la mesa de la biblioteca. 

—Si así es — respondió la señora de Gabry 
debe usted esc parecido a usted mismo, qi 
siendo nn hombre desprovisto de imaginaciói 
como dice usted serlo, sabe pintar sus sucñ< 
con tan vivos colores; después a mí, que ri 
tuve y supe describir fielmente su sueño, j 
por último y sobre todo, a la señorita Juan: 
quien siguiendo mis indicaciones precisas 
modelado la cera como puede usted ver. 

La señora de Gabry, mientras hablaba, ha¬ 
bía tomado la mano de la jovcncita, pero 
desasiéndose, huvó por el parque. 

— ¡Juana!... ¿Pero se puede ser salvaje h¡ 
ese punto? ¡Ven, que voy a regañarte! 

De nada sirvió este llamamiento, y la mu-j 
chacha desapareció entre la espesura. La señ 
ra de Gabry se sentó en la única buuca qi 
aun existía en el desmantelado salón. 

—Me sorprendería bastante - me dijo — qi 
mi marido no le haya hablado ya de Juan 
La queremos mucho y es una criatura huí 
nísima. Dígame de verdad, ¿qué le parece la 
estatuirá? L 

Le respondí que era una obra llena de gra -1 
cia y de buen gusto, pero que se veía que alj 
autor le faltaba el estudio y la práctica; que, 
por otra parte, me sentía conmovido hasta d 
extremo de que aquellos dedos tan jóvenes hu¬ 
bieran sabido bordar de tal manera en el ca¬ 
ñamazo de un muñeco, y copiado de un modo! 
tan brillante los ensueños de un viejo chochoJ 

—Le pido su opinión con tanto interés — re-í 
puso la señora de Gabry —, porque Juana es 
una pobre huérfana ¿Cree usted que podría 1 
ganar algún dinero haciendo figuritas así? i 

— ¡Tanto como eso, no! —le respondí—, Y 
no creo que haya que lumenrarlo mucho. Esa 
señorita, según dice usted, es afectuosa y tier¬ 
na; la creo a usted y creo a su rostro. La 
vida de artista necesita una preparación que 
hace salir fuera de la regla y de la medida a 
las almas generosas. Esa criatura está molde 
da con una arcilla sentimental. Cásela usti 

— ¡Pero es que no tiene dote! — me respoi 
dio la señora de Gabry. 

Y después, bajando un poco la voz: 

—A usted puedo decírselo todo. El padi 
de esa niña era un financiero muy conocido. 
Emprendía grandes negocios. Tenía un espirita- 
aventurero y seductor. No era un hombre des¬ 
aprensivo: se engañaba a sí mismo antes de 
engañar a los demás. Y quizá fuera csu su 
mayor habilidad. Sosteníamos relaciones muy 
afectuosas con él. Nos tenía embrujados a 
codos, a mi marido, a mi tío, a mis primos. 

Su derrumbamiento fue repentino. En medio 
de aquel desastre — ya se lo ha dicho Pablo — 
se hundieron las tres cuartas partes de la for¬ 
tuna de mi río. A nosotros nos alcanzó la ca¬ 
tástrofe mucho menos, y como no tenemos J 
hijos... El murió poco después de arruinarse, ■ 










ir absolutamente nada. Por eso le digo 
honrado. Debe usted conocer su nom- 
, qee se tío en todos los diarios: Noel 
jrjdrc. Su mujer era muy simpática; creo 
e tabú sido muy bonita. Le gustaba excc- 
ente lucir. Pero demostró uri gran valor 
i gran dignidad cuando la ruina de su 
_a. Murió un año después, dejando a 
t sala en el mundo. No pudo salvar nada 
*:o de su forcuna personal, que era bas- 
► crecida. La señora de Nocí Alexandre 
i Allier, hijo de Aquiles Allier, de Nc- 

i hija de Clemencina! — exclamé —. ¡Cle- 
¿D2 ha muerto y su luja ha muerto tam- 
__ La humanidad se compone casi por .en- 
i ic muertos; tan pequeño es el número de 
k viven, comparado con la multitud de 
■e han vivido. ;La vida es aún más breve 
i breve memoria de los hombres! 

T elevé est 3 plegaria mentalmente: 

Bde donde te encuentres hoy. Clementi- 
_ítí este corazón enfriado por la edad, 
laya sangre ardió por ti en otro tiempo, 
e ú no se reanima sólo a la idea de amar 
? resta de t^ sobre la tierra. Todo pasa, 
rso que tú has pasado, tú y tu hija; pero 
-i*** ~s inmortal; es a ella a quien hay que 
sus imágenes renovadas incesante- 

distraía con mis libros, como un 
coa sus juguetes. Y mi vida, en sus úl- 
i días, toma un sentido, un interés, una 
i de ser. Soy abuelo. La nieta de Clemen- 
es pobre. No quiero que nadie más que 
Jti sostenga v la dote, 
fcílficado que lloraba, la señora de Gabry se 
\ lentamente. 

VI 

Taris, 16 de abrí!. 

wt Droctoveo v los primeros abades de 
■fctGcrroain-des-Prés me preocupan _ desde 
“ es cuarenta años, pero no sé si llegaré a es- 
ar se historia antes de ir a reunirme con 
B. Hace va mucho tiempo que soy viejo, 
j dú del año pasado, sobre el puente de 
i Artes uno de mis colegas del Instituto • 
^iBKfltaba ante mí del fastidio de enve- 
~f’or ahora — le .respondió Saint-Beuve— 

I el único medio que se ha encontrado de 
t mucho tiempo". Yo he usado de este 
~ ^ y sé lo que el supone. La lástima no 
\ en que nuestra vida se prolongue, sino 
r que todo pasa a nuestro alrededor. 

; mujer, amigos, hijos, la naturaleza hace 
> estos divinos tesoros con una triste 
na, y al fin nos hallamos con que 
,s amado, con que no hemos abrazado 
s ras que sombras. ¡Pero hay algunas tan 
Si jamás una criatura se deslizó como 
i «xnbra en la vida de un hombre, es la 
i aquella que amé cuando (cosa que aho- 
rece increíble) yo también era un hombre 
Y, sin embargo, el recuerdo de esta 
es todavía hoy una de las mejores 
Jes de mi vida. 

. sarcófago cristiano de las catacumbas de 
_j ostenta una fórmula de imprecación cu- 
» sentido terrible sólo he alcanzado a tra- 
\ dd tiempo. Dice así: “¡Si algún impío 
", esta sepulrura, que muera el último de 
|*«vos!". En mi condición de arqueólogo, 

S he abierto tumbas, he removido cenizas 
i recoger los fragmentos de telas, los or¬ 
ónos de metal y las gemas mezcladas a 
„ cenizas. Pero lo he hecho por una curio- 
de sabio, de la cual no están del rodo 
gentes la veneración y la piedad. ¡Que la 
l^dición grabada por uno de los primeros 
~ I - 'míos de los apóstoles sobre la tumba de 
■ mártir no me alcance jamás! ¿Pero, cómo 
¡ni ella de herirme? Yo no debo temer el 
rrivir a los míos mientras haya hombres 
• la tierra, pues siempre habrá alguien a 
i se pueda amar. 


jAy! La capacidad de amar se debilita y 
se pierde con la edad, como todas l3s demas 
energías del hombre. El ejemplo nos lo prue¬ 
ba, y esto es lo que me horroriza. ¿Estoy yo 
cierto de no haber experimentado ya esta gran 
pesadumbre? Seguramente la hubiese experi¬ 
mentado va sin un feliz encuentro que me ha 
rejuvenecido. Los poetas hablan de la fuente 
de Juvenra; y, en realidad, existe; broa de la 
tierra a cada uno de nuestros pasos. ¡Y cru¬ 
zamos sin beber en ella! 

Desde que-he encontrado a la nieta de 
Clementina, mi vida, que no tenía ninguna uti¬ 
lidad, ha recobrado un sentido y una razón 
de ser. 

Hoy romo el sol, como dicen en Proven¬ 
za; lo tomo en la terraza del Luxemburgo, al 
pie de Ja estatua de Margarita de Navarra. Es 
un sol de primavera, espirituoso como un vino 
nuevo. Estov sentado y sueño. Mis pensamien¬ 
tos escapan de mi mente como la espuma de 
una botella de cerveza. Son ligeros y su chis¬ 
porroteo me divierte. Sueño. Y pienso que 
esto le está sobradamente permitido a un hom¬ 
bre que ha publicado treinta volúmenes de tex¬ 
tos antiguos y colabora desde hace veintisiete 
años en el Journal des monis. Tengo la satis¬ 
facción de haber realizado mi tarca todo lo 
bien que me ha sido posible y haber desarro¬ 
llado plenamente las .mediocres facultades que 
la naturaleza me ha otorgado. Mis esfuerzos 
no fueron del todo vanos, y he contribuido, 
con mi modesta parte, al renacimiento de los 
trabajos históricos que será honra de este in¬ 
quieto siglo. Figuraré ciertamente entre los 
diez o doce eruditos que revelaron a Francia 
sus antigüedades literarias. Mi publicación de 
las obras poéticas de Gauthier de Coincv in¬ 
augura un método razonable y hace época. En 
la severa calma de la vejez, me discierno a mí 
mismo este merecido premio, v Dios, que ye 
mi alma, sabe si el orgullo o la vanidad tie¬ 
nen parte alguna en la justicia que me hago. 

Pero estov cansado, mis ojos se nublan, mi 
mano tiembla y veo mi imagen en esos an¬ 
cianos de Homero, cuya debilidad los excluía 
de los combates y que, sentados sobre las mu¬ 
rallas, elevaban, sus voces, como las cigarras 
en la espesura. 

Discurrían así mis pensamientos, cuando tres 
jóvenes se sentaron ruidosamente cerca de mí. 
No sé si cada uno de ellos había venido en 
tres barcas, como el mono de La Fontaine, 
pero es lo cierto que los tres se instalaron so¬ 
bre doce sillas. Me complacía en observarlos, 
no porque tuviesen nada de extraordinario, si¬ 
no porque les encontraba ese aire vigoroso y 
alegre, natural de la juventud. Eran estudian¬ 
tes. Me aseguré de ello acaso más por el ca¬ 
rácter dé su fisonomía que por los libros que 
llevaban en la mano. Pues todos aquellos que 
se ocupan en actividades del espíritu, se re¬ 
conocen al pronto por yo no sé qué cosa 
que les es común. Tengo un gran carino 
por los jóvenes, y éstos ganaron nú afecto, 
a pesar de ciertos "rasgos provocativos y hura¬ 
ños, que me recordaban maravillosamente mis 
tiempos de estudiante. Bien es verdad que no 
llevaban ellos, como nosotros, largas melenas 
sobre cuellos de terciopelo; no se pascaban, 
como nosotros, con una calavera en la mano; 
no gritaban como nosotros: “¡Infierno .y mal¬ 
dición!”. Iban correctamente vestidos, y ni 
por su traje ni por sus palabras renian nada 
que ver con la Edad Media. Debo agregar 
que se ocupaban de las mujeres que pasaban 
por la terraza, y que sobre algunas hicieron 
apreciaciones demasiado audaces. Pero sus re¬ 
flexiones a este propósito, no llegaban al ex¬ 
tremo de obligarme a abandonar mi sirio. Por 
lo demás, cuando 1 la juventud es estudiosa, yo 
le permito que tenga estas alegres expansiones. 

Como uno de ellos dijera yo no se qué chiste 
galanre: 

—¿Qué significa eso? —exclamó, con un li¬ 
gero'acento gascón, el más pequeño y el más 
moreno de los tres—, A nosotros, fisiólogos, 


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I Sgo. DEL ESTERO - 1519 Bí. As. 


es a quienes corresponde ocupamos de la nti- '< 
teria viviente. En cuanto a ti, Gelis, que, 
como todos tus cofrades los archiveros paleó- í 
grafos, no existes más que en el pasado, ocú- i 
pare de las mujeres de piedra que son tus 
contemporáneas. 

Y le señaló con el dedo las estatuas de las 
damas de la antigua Francia que. en su blan¬ 
cura, se elevaban en semicírculo bajo los ár¬ 
boles de la terraza. Esta broma, insignificante 
en sí misma, me descubrió al menos que aquel 
que se llamaba Gelis era un alumno de la Es¬ 
cuela de Diplomacia. El resto de la conver- y 
sación me hizo saber que su vecino, tan rubio 

y pálido que parecía esfumarse, silencioso y J 
sarcástico, era Boulmier, su compañero de es¬ 
tudios. Gelis y el futuro doctor (yo bien I 
deseo que lo "sea un día), discutían entre sí 1 
con exuberante fantasía y locuacidad. Des¬ 
pués de elevarse hasta las más altas especula¬ 
ciones, jugaban al vocablo y decían esas ton¬ 
terías propias de las personas inteligentes; quie- f . 
ro decir, enormes tonterías. No tengo necesi¬ 
dad de agregar que lo único que estaban dis¬ 
puestos a sostener eran las más monstruosas } 
paradojas. ¡Enhorabuena! No me gustan a mí 
los jóvenes demasiado razonables. ,*« 

El estudiante de medicina, después de mirar 
el título del libro que Boulmier tenía en la 
mano: 

—¡Anda! —le dijo—. ¡Tú lees a Michelct! 

-Sí - respondió gravemente Boulmier —, me 
gustan las novelas. 

Gelis, que los dominaba con su ala talla, 
con su gesto imperioso y su palabra rápida, 
romo el libro, lo hojeó y dijo: 

—Es el Micheler de la última manera, el me¬ 
jor Michelet. ¡Nada de explicaciones! Cóle¬ 
ras, desmayos, una crisis epiléptica, a propó¬ 
sito de hechos que no se digna exponer. ¡Gri¬ 
tos de criaturas, deseos de mujer embarazada, 
suspiros y ni una frase acabada! ¡Es asom¬ 
broso! 

Y devolvió el libro a su compañero. ^ Esta 
locura es divertida, me dije, y no está tan 
desprovista de sentido como pudiera creerse 
en apariencia. Hay algo de agitación y yo 
diría que también de trepidación en los úl¬ 
timos escritas de nuestro gran Michelet. 

Pero el estudiante pro.venzal afirmó»que la 
historia era un ejercicio de retórica absoluta¬ 
mente despreciable. Según él, la sola y ver¬ 
dadera historia es la historia natural del hom¬ 
bre. Michelet estaba en el buen camino cuan¬ 
do encontró la fístula de Luis XIV, pero vol¬ 
vió en seguida a caer en la rutina. 

Después de exponer este juicioso pcnsamico» 
to, el joven fisiólogo fué a reunirse con un 
grupo de amigos que pasaba. Los dos archi¬ 
veros, con menos intimidad en el jardín de¬ 
masiado distante de la cabe Paradis-au-Mafais, 
quedaron frente a frente, y se pusieron a ha¬ 
blar de sus estudios. Gelis, que acababa su 
tercer año, preparaba una tesis, cuyo tema 
expuso con juvenil entusiasmo. A la verdad, 
su asunto me pareció bien, y tanto más cuan¬ 
to yo me creí en el deber de tratar recien¬ 
temente de él. Era el Afonaslicon golüconum. 

El joven erudito (le doy este nombre como 
un presagio) quería explicar todas las plan¬ 
chas grabadas hacia 1690 para la obra que 
Dom Germán hubiera hecho imprimir sin el 
irremediable impedimento que no pFevé na¬ 
die y que no se evita jamás. Dom Germán 






70 . LEOPL.AN 

dejó al menos, al morir, su manuscrito comple¬ 
to y bien ordenado, ¿Haré yo otro tanto con 
el mío? Creo no es esta la'* cuestión. Galis, 
por lo que pude entender, se proponía con¬ 
sagrar una noticia arqueológica a cada una de 
las abadías representadas por los humildes gra¬ 
bados de Doni Germán, 

Su amigo le preguntó si él conocía todos, los 
documentos manuscritos e impresos relativos 
a c»tc asunto. Fué entonces cuando yo preste 
oído. Hablaron primero de las fuentes ori¬ 
ginales, y debo reconocer que lo hicieron con 
suficiente método, a pesar de innumerables y 
deformes equivocaciones. Después examinaron 
los trabajos de la crítica contemporánea. 

—¿Has leído — preguntó Boulmicr — los 
apuntes de Courajod? 

“¡Bueno!”, exclamé para mí. 

-Si - respondió Gelis es un trabajo con¬ 
cienzudo. , 

—¿Has leído -dijo Boulmicr- el articulo 
de Tamiscy de Larroque en la Revue des ques- 
tions ^¡storiques? 

“¡Bueno!”, me repetí por segunda vez. 

—Si — contestó Gelis —, y he encontrado 
en él indicaciones útiles. 

—¿Has leído - insistió Boulmicr — el Tablean 
des abbayes bénedictines en 1600, por Silvestre 
Bonnard? 

“¡Bueno!", me dije por la tercera vez. 

,, -¡Dios me libre! No — respondió Gelis 
Y me parece que no lo leeré. Silvestre Bon- 
nard es un imbécil. 

Al volver la cabeza, vi que la sombra ha¬ 
bía invadido el Jugar en que yo estaba. Hacia 
fresco y juzgué demasiado estúpido arriesgar- 
me a pescar un reumatismo, por escuchar las 
impertinencias de dos jóvenes fatuos. 

“¡Ah! ¡Ah!—me dije, levantándome —.Que 
este pajarillo charlarán haga su tesis y la sos¬ 
tenga. Va se encontrará con mi colega Qui- 
cher.it, o con algún otro profesor, que le 
bajaran los humos. Por mi parte, no merece 
otro nombre que el de granuja, y verdadera¬ 
mente, pensándolo con serenidad, lo que ha 
dicho de Miehclct es intolerable y traspasa 
todo limite. Hablar así de un viejo nuestro 
pictórico de genio... ;es abominable!” 


derrama tu sangre como un rocío bienhechor y 
sonríe.” 

Y Sancho Panza me dice a su vez: 

“—Quédate en lo que el cielo te ha hecho, 
compadre. Prefiere la corteza de pan que se 
endurece en cu alforja a las aves que se asan 
en la cocina del señor. Obedece a tu amo, 
cuerdo o loco, y no te atiborres la cabeza 
de cosas inútiles. Teme los golpes: buscar el 
peligro es tentar a Dios” 

Pero así como el caballero incomparable y 
su escudero sin igual se hallan en imagen 
en el puño de este bastón, están, en realidad, 
en mi fuero interno. Tenemos todos en nos¬ 
otros mismos un don Quijote y un Sancho, 
a los qúe escuchamos, y aunque sea Sancho 
quien nos persuada, a quien admiramos es a 
don Quijote... ¡Pero basta de chocheces! Y 
vamos a ver a la señora de Gabry, para un 
asunto que está por encima de las cuestiones 
ordinarias de la vida. 


El mismo día. 

Encontré a la señora de Gabry vestida de 
negro y poniéndose los guantes. 

—Estoy pronta — me dijo. 

Es asi como la he encontrado en todo mo¬ 
mento: pronta a hacer una buena obra. 

Descendimos la escalera y tomamos un co- 
che. 

No sé qué secreta influencia temía yo disi¬ 
par rompiendo el silencio. Lo cierro es que 
seguimos los anchos bulevares desiertos miran¬ 
do, sin decir nada, las cruces, los cipos y 
las coronas, cuyos vendedores esperan su fú¬ 
nebre clientela. 

El coche se detuvo en los últimos confines 
de la tierra de los vivos, ante la puerta sobre 
la cual están grabadas palabras de esperanza. 

Caminamos a jo largo de una avenida de 
apreses, y después seguimos un cambo estre¬ 
cho. entre las tumbas. 

—Es aquí —me dijo ella. 

Sobre el friso, ornado de antorchas inverti- 
das, estaba grabada esta inscripción: 

• FAMIUAS DE ALLIER Y ALEXANDOE 


1 7 de abril. 

—Teresa, déme mi sombrero nuevo, mi me¬ 
jor levita y mi bastón de puño de plata. 

Pero Teresa es sorda como un saco de car¬ 
bón v lenta como la justicia. Los años tienen 
b culpa. Lo peor es que cree tener muy buen 
oído y pies ligeros. Y, orgullosa de sus sesen¬ 
ta años de honrada servidumbre, atiende a su 
viejo maestro con el más vigilante despotismo. 

¿No les decía yo?... He aquí ciue no quie¬ 
re darme mi bastón de puño de plata, por te¬ 
nsor de que lo pierda. Es verdad que olvido 
con bastante frecuencia paraguas y bastones 
en los ómnibus y en las librerías. Pero tengo 
mis razones para llevar hoy mi vieja caña, cuyo 
puño de plata cincelada representa a don Qui¬ 
jote galopando, lanza en ristre, contra los mo¬ 
linos de viento, mientras que Sancho Panza, le¬ 
vantando los brazos al cielo, le conjura en vano 
para que se detenga. Esta caña es todo lo que 
he recogido de la herencia de mi tío, el capi¬ 
tán Víctor, que fué en vida más semejante a 
don Quijote que a Sancho Panza, y que ama¬ 
ba los golpes con la misma naturalidad con 
que los demás los temen de ordinario. 

Llevo este bastón, desde hace treinta años, 
a toda diligencia memorable o solemne que 
llago, y las' jdos figurillas del señor y de su 
escudero, me inspiran y me aconsejan. Me 
parece oírlos. Don Quijote me dice: 

“-Piensa ahincadamente en grandes cosas, y 
convéncete de que la idea es la única reali¬ 
dad del mundo. Levanta la naturaleza hasta 
tu altura, y que el universo entero no sea para 
ti más que el reflejo de tu alma heroica. Com¬ 
bate por el honor; sólo esto es digno de ua 
.hombre, y si te llega el caso de ser herido. 


Una verja cerraba la entrada al monumento. 
Al fondo, sobre un altar cubierto de rosas, 
una placa de mármol, en la que se leían va¬ 
rios nombres, y, entre ellos, los de Clcmentina 
y su hija. 

Lo que entonces sentí fué algo tan profundo 
y tan vago que no podría expresarse más que 
por las armonías de una bella música. En mi 
vieja alma oí cantar los bstxumentos de una 
celeste dulzura. A las graves armonías de un 
himno funerario, se mezclaban las ñoras vela¬ 
das de un cántico de amor, pues mi alma con¬ 
fundía en un mismo sentimiento la melancólica 
gravedad del presente y las gracias familiares 
del pasado. 

Al dejar aquella tumba que la señora de 
Gabry había perfumado de rosas, atravesamos 
el cementerio sin decir una palabra. Cuando 
de nuevo estuvimos en el mundo de los vi¬ 
vos, se desató mi lengua: 

-Mientras la seguía por aquellas avenidas 
silenciosas — dije a la señora de Gabry—pen¬ 
saba en los ángeles de las leyendas, que se en¬ 
cuentran en Tos confines misteriosos de la 
vida y de la muerte. La tumba a la cual usted 
me ha conducido, y que yo ignoraba, como 
casi todo lo que se refiere a aquella cuyos 
restos guarda, me ha recordado emociones úni¬ 
cas en mi vida, y que son en ella como una 
luz en un negro camino. La luz se aleja a 
medida que la ruta se prolonga; yo estoy casi 
al borde de la última cuesta y, sin embargo, 
veo esa luz igualmente viva cada vez que me 
vuelvo. Los recuerdos se presentan en mi al¬ 
ma. Soy domo una vieja encina nudosa y lle¬ 
na de musgo, que al aguar sus ramas des¬ 
pierta a las nidadas de pájaros cantores. Por 
desgracia la canción de mis pájaros es vieja 


como el mundo, y sólo puede distraerme a r 
—Esa canción me encantará — me dijo ella-r 
Cuénteme usted sus recuerdos, y háblcmc cmd 
a una ancianita. Esta mañana he encontradl 
tres hilos blancos entre mis cabellos. 

—Véalos usted llegar sin pena, señora -M 
respondí—. El tiempo sólo es dulce para quieJ 
lies lo toman con dulzura. Y cuando, dcntfi 
de largos años, una ligera espuma de pial 
bordee las negras ondas de su cabello!/ esta' 
usted revestida de una belleza nueva, meo 
viva, pero más impresionante que la primer, 

& verá usted a su marido admirar sus cabiclfl 
ancos al igual que el bucle negro que | 
dió usted cuando se casaron, y que él lien 
en un medallón como una cosa santa. Esta 
bulevares son largos y poco frecuentados. Eoj 
demos hablar a nuestro placer, en tanto cami 
namos. Por lo pronto, le-diré cómo conocí i 
padre de Cierne urina? Pero no espere usté’ 
nada de extraordinario, nada de notable, p 
que entonces se sentiría profundamente defr 
dada. 

“El señor de Lessny habitaba el segundo pía 
de una vieja casa de la avenida del Observá 
torio, cuya fachada de yeso ornada de buuaj 
antiguos y el gran jardín inculco fueron 
primeras imágenes que se imprimieron en n 
ojos de niño; y, sin duda, cuando llegue el <i 
inevitable, serán las últimas que se deslizara 
bajo mis pesados párpados. En aquella ca! 
nací yo; en ese jardín aprendí, jugando, ; 
sentir y a conocer algunas parcelas de es" 
viejo universo. ¡Horas de encanto, horas s 
gradas! El alma, recién amanecida, descubra 
el mundo que se reviste para ella de un res 
plandor acariciante y de un encanto misterio? 
so. Es que ciertamente, señora, el universo r 
es más que el reflejo de nuestra alma. 

"Mi madre era una criatura dotada nurai 
villosamente. Se levantaba con el sol, como 
pájaros, a los cuales se parecía por lo induJ 
triosa, por el instinto maternal, por una peí 
petua necesidad de cantar y por una especie d 
gracia brusca que yo apreciaba muy bien, 4 
pesar de ser un niño. Era el alma de la c.*"^ 
que llenaba con su actividad ordenada y s 
gre. Mi padre, al revés que ella, era muy c 
moso. Recuerdo su plácido rostro, sobre, c 
cual pasaba por momentos una sonrisa irónica 
Estaba fatigado y amaba su fatiga. ScncaA 
junto a la ventana, en su gran sillón, leía i* 1 
ja mañana a la noche, y de él heredé el anv 
a los libros. Tengo en mi biblioteca un MahJ 
y un Ravnal anotados por su mano del prir 
cipio al fin. No había que esperar de él qu< 
se metiese en cosa alguna. Cuando mi madre 
por medio de sutiles argucias, procuraba sacar 
lo de su apolrronamiento, él movía la cnbd 
con esa dulzura inexorable que constituye 1 
fuerza de los caracteres débiles. Desespcrat 
a la pobre mujer, que no participaba en abso 
luto de su sabiduría contemplativa, ni conr 
prendía otra cosa de la vida que los afani 
cotidianos y el alegre trabajo de cada hora 
Ella le creía enfermo, y temía que su mal f 
agravara. Pero su apatía tenú otra causa. 1 
"Mi padre, que entró en las oficinas de 1 
marina, en tiempos de Decres, en 1801, día 
pruebas de un verdadero talento de adminm 
trador. La actividad era entonces grande.** 
el departamento de la marina, y el llegó fl 
ser. en 1805, jefe de la segunda división zdajr 
nistrariva. En este año, el emperador, al cui 
había sido recomendado por el ministro, le pi¬ 
dió un informe sobre la marina inglesa. Eff* 
trabajo, en el que su autor había puesto, J 
darse cuenta, un espíritu profundamente lib< 
ral y filosófico, no fue terminado hasta iSt 
alrededor de dieciocho meses después de la d 
rrota del almirante Yillcncuve en Trafalgaí^ 
Napoleón, que después de aquel día siniescn 
no quería ni oír hablar de navios, hojeó ] 
memoria con cólera y la arrojó al fuego, ex- 1 
clamando: “¡Frases! ¡Frases! ¡Frases!”. Supoj 
mi padre que la cólera del emperador habir’ 
sido tal ea esc momento, que aplastaba el m» 




B ttsrts qu 
| DrJpCM ¡ 


j so bota en el fuego de la chime- 
r otra parte su costumbre, cuando 
lo, pisotear los tizones, hasta que 
jan las sucias de sus botas. 

_t no se rehizo jamás de esta des- 
j dualidad de todos sus esfuerzos 
luirlo. fue, sin duda, la causa de la 
i cual cayó más tarde. Sin embar- 
’m. a su regreso de la isla de F.lba, 

w . _ur y le encargó que redactara, con 

b patriótico y liberal, proclamas y bolc- 
—- la flota. Después de VVaterloo, más 
» que sorprendido, quedó al margen 
ntccimientos y no fué molestado. Lo 

r _c hicieron fué decir que era un jaco- 

b bebedor de sangre, uno de esos hom- 
s que no se puede tener trato algu- 

_mano mayor de mi madre, Víctor 

CTcapitán de infantería, al que se dejó 
paga en >814 y se le licenció en 
raba con su desdichada actitud las 
que la caída del imperio había 
1 mi padre. El capitán Víctor gri- 
s cafés y en los bailes públicos, que 
ací habían vendido Francia a los 
' mostraba a todo el que la quería 
ara pela tricolor escondida en el 
j sombrero; llevando, además, con 
, un bastón cuya empuñadura, hc- 
, proyectaba en sombra la silueta 
or. 

_ no ha visto, señora, ciertas lito- 
Owrler, no puede usted darse una 
fisonomía del tío Víctor cuando, la 
;us galones bordados apretada al 
lo sobre el pecho su cruz de ho- 

_violetas, se paseaba por el jardín 

Tollerías ccn una elegancia imponente, 
¡¡dad y la intemperancia, dieron el 
sus pasiones políticas. Insultaba 
que veía leyendo la Qiwtidienne 
u blanc, y «« obligaba a batirse 
Tuvo también el dolor y la vergiien- 
crir en duelo a un niño de dieciséis 
n fin. mi tío Víctor era todo lo con- 
- un hombre sensato; y, como iba a 
y a comer a casa todos los días de 
mala fama se extendía a nuestro ho- 
pobre padre sufría cruelmente de las 
^meias de su huésped; pero, como era 
dejaba >u puerta abierta al capitán, que 
jeaba cordialmente, sin decir nada, 
que le he contado, señora, me fue 
j más adelante. Pero mi cío el capi- 
¿aspiraba entonces el más puro enru- 
me prometía parecerme a él cuanto 
posible, en su día. Una mañana, 
a imitarle, apoyando mis puños 
caderas juré como un renegado. Mi 
madre me aplicó sobre la mejilla ana 
con tanta presteza, que me quedé al- 
o estupefacto antes de echarme a 11o- 
todavia el viejo sillón de terciopelo 
« amarillo, derrás del cual derramé 
innumerables lágrimas. 

,a entonces un hombrecillo muy pe- 
Una mañana mi padre, habiéndome 
brazos, según su costumbre, me 
i aquella leve ironía que ponía algo 
a su eterna dulzura. Mientras, sen- 
,_is rodillas, jugaba yo con sus lir¬ 
ios grises, él me decía cosas que no 
lía bien, pero que me interesaban mu¬ 
lo mismo que eran misteriosas para 
que de esto esté bien seguro, que 
mañana me contaba la historia del pe- 
rey de Yvctor, según la canción. De 
oímos un gran ruido y l»s cristales 
n. Mi padre me había dejado dcs- 
a sus pies; sus brazos extendidos se 
en el aire temblando; su rostro estaba 
Y muy blanco, y sus ojos enormemente 
Procuró hablar, pero sus dientes c*s- 
Por fin, murmuró: "¡Lo han fusi- 
ipe después, que hablaba del maris- 
caído el 7 de diciembre de >815, 


L Veo 


LEOPLAN - 71 

(Vida 
Nueva) 

(Ambos Sexos) 

VIGOR MASCULINO - AGOTAMIENTO FISICO Y MENTAL* 
AMEMIA - NERVIOSIDAD - NEURASTENIA - SURMENAGE 

P. tfe Barcelona, Estaña. Venta es las buenas farm. F rasco de 25 tab., % 4.10, y di 100 lab., S lS.-fiep. E. AlrarM, Paseo 138, Cs.Aí» 



VITANOVA 


DEBILIDAD SEXUAL 


junto al muro que cerraba un terreno cer¬ 
cano a nuestra casa. 

"En esc tiempo, yo encontraba con fre¬ 
cuencia en la escalera un señor viejo (acaso no 
era verdaderamente _un viejo), cuyos ojillos 
negros brillaban con extraordinaria vivacidad 
en un rostro curtido e inmóvil. No me daba 
la impresión de un ser vivo, o al menos, me 
parecía que no debía vivir del mismo modo 
que los demás hombres. Yo había visto, en 
casa del señor Denon, donde mi padre me 
había llevado, una momia traída de Egipto; y 
me imaginaba de buena fe, que la momia del 
señor Denon se despertaba cuando se hallaba 
sola, salía de su cofre dorado, se ponía un tra¬ 
je de color avellana y una peluca empolvada, 
y que entonces era el señor de Lessay. Hoy 
mismo, mi buena amiga, aunque rechazando 
esta opinión, como desprovista de fundamento, 
debo confesar que el señor de Lessay se pare¬ 
cía enormemente a la momia del señor Denon. 
Y esto explica sobradamente el porqué aquel 
personaje me inspiraba un terror fantástico. 

”En realidad, el señor de Lessay era un pe¬ 
queño- gentilhombre y un gran filósofo. Dis¬ 
cípulo de Mably y de Rousseau, se vanaglo¬ 
riaba de no tener prejuicios, y esta pretensión 
constituía por sí misma un enorme prejuicio. 
Le hablo, señora, del contemporáneo de una 
época desaparecida. Temo no hacerme com¬ 
prender y estoy cieno de no interesarla. ¡Todo 
esto está tan lejos de nosotros! Pero abre¬ 
viaré cuanto me sea posible; por otra parte, 
no le he prometido nada interesante, y usted 
no podía esperar que hubiese grandes aventu¬ 
ras en la vida de Silvestre Bonnard.” 

La señora de Gabry me anima a proseguir, 
y yo lo hago en estos términos: 

-El señor de Lessay era brusco con los 
hombres y cortés con las señoras. Besaba la 
mano de mi madre, a quien las costumbres de 
la República y del Imperio no habían habi¬ 
tuado a esta galantería. Por él yo llegaba a 
alcanzar la época de Luis XVL El señor de 
Lessay era geógrafo, y nadie, según creo, se 
ha mostrado tan orgulloso de ocuparse de la 
forma de la tierra. En el antiguo régimen se 
había dedicado a la agricultura, pero como fi¬ 
lósofo, y había perdido así hasta el último 
palmo de sus campos. Cuando ya no le que¬ 
daba ni un rerrón, se apoderó de todo el globo 
terráqueo y dibujó una cantidad extraordina¬ 
ria de mapas, de acuerdo con relaciones de via¬ 
jeros. Nutrido como estaba hasta la médula 
de la Enciclopedia, no se limitó a encerrar 
a los hombres en tal grado, tantos minutos y 
tantos segundos de latitud y de longitud. ¡El 
se ocupaba de su felicidad, ay! Está com¬ 
probado, señora, que los hombres que se han 
ocupado de la felicidad de los pueblos, han 
hecho la desdicha de sus allegados. El señor 
de Lessay era realista volteriano, especie bas¬ 
tante común entonces entre aquellas gentes. 
Era más geómetra que d’Alembcrt, mas filó¬ 
sofo que Juan Jacobo y más realista que 
Luis XVIII. Pero su amor por el rey tu» 
era nada, comparado con su odio por el em¬ 
perador. Anduvo mezclado en la conspiración 
de Georges contra el primer cónsul; pero co¬ 
mo el juez de instrucción lo ignoró o lo des¬ 
preció, no figura entre los acusados; no per¬ 
donó jamás esta injuria a Bonaparte. a quien 
llamaba el ogro de Córcega y a quien él no 
hubiera confiado jamás un regimiento, hasta 


tal punto lo consideraba un militar lamen¬ 
table. 

‘‘En 1813, el señor de Lessay, viudo desdo 
hacía largos años, se casa, teniendo alrededor 
de cincuenta y cinco años, con una mujer 
muy joven, que empleó en dibujar cartas 
geográficas, que le dio una hija y que murió 
de parto. Mi madre la atendió en su corta 
enfermedad; y ella cuidó de que nada faltara 
a la criaturita. Esta criaturita se llamaba Cic- 
mentina. 

"De esta muerte y de este nacimiento da¬ 
tan las relaciones de mi familia con el señor 
de Lessay. Como salía yo por entonces de 
la primera infancia, me oscurecí y me embru¬ 
tecí, perdiendo el don encantador de ver y de 
sentir, y las cosas no me comunicaron ya las 
sorpresas deliciosas que constituyen el encan¬ 
to de la edad más tierna. Esto hace que no 
conserve ningún recuerdo 'de los tiempos que 
siguieron al nacimiento de Clementina; tan 
soto sé que con algunos meses de intervalo 
sufrí una desgracia que me oprime aún el 
corazón cuando pienso en ella. Perdí a mí 
madre. Un gran silencio, un gran frío y una 
gran sombra envolvieron súbitamente la casa. 

"Caí en una especie de embotamiento. Mi 
padre me envió al colegio, y me costó mucho 
trabajo salir de aquel estado. 

"Sin embargo, no me había convertido en 
un imbécil, y mis profesores no tardaron en 
enseñarme todo lo que quisieron, es decir, un 
poco de griego y de latín. Sólo tuve tratos 
con los antiguos. Aprendí a estimar a Miltia- 
de y a admirar a Tcmistodes. Quinto Fabio 
acabó siéndome familiar, en la medida en que 
me era posible la familiaridad con tan gran 
eónsul. Orgulloso de estas altas relaciones, no 
bajaba mis ojos sobre la pequeña Clementina 
y su viejo padre, que por otra parte, se mar¬ 
charon un día a Nomiandía, sin que yo me 
dignase inquietarme por su regreso. 

"¡Volvieron, sin embargo, señora, volvie¬ 
ron! ¡Influencias del ciclo, energías de la 
naturaleza, potencias misteriosas que derraman 
sohre Jos hombres el don de amar, vosotras sa¬ 
béis si volví a ver a Clementina! Entraron en 
nuestra triste morada. El señor de Lessay no 
llevaba ya peluca. Calvo, con mechones gri¬ 
ses sobre sus sienes encarnadas, denotaba una 
vejez robusta. Y aquella divina criatura que 
yo veía resplandecer tomada de su brazo, y 
cuya presencia iluminaba el viejo salón des¬ 
colorido, no era, no. una aparición: ¡era Cle- 
mentina! De verdad lo digo: sus ojos claros, 
sus ojos color de almendra, me parecieron algo 
sobrenatural, y todavía hoy no puedo imagi¬ 
narme que aquellas dos joyas animadas hayan 
sufrido las fatigas de la vida y la corrupción 
de la muerte. 

"Se turbó un poco al saludar a mi padrea 
al que no conocía. Su cutis estaba ligera¬ 
mente sonrosado y su boca entreabierta son¬ 
reía con esa sonrisa que hace soñar en lo in¬ 
finito, sin duda porque no descubre ningún 
pensamiento determinado, y que no expresa 
otra cosa que la alegría de vivir y la dicha de 
ser bella. Su rostro brillaba bajo una capota 
rosa como una joya en un estuche abierto. 
Llevaba un chal de cachemira sobre un traje 
de muselina blanca, plegado en la cintura, y 
que dejaba asomar la punta de una botira 
mordoré... No se burle usted, querida ami¬ 
ga; era la moda de entonces, y yo no sé si 















12 - LEOPLÁN 


El también 



—¿No me darían la combinación antes 
áe irte? Mi mujer hizo cambiar el sis- 
urna ¡a semana pasada y desde entonces 
estoy sin un centavo . 


las de ahora tienen tanta sencillez, tanta lo¬ 
zanía y tanta gracia decente. 

"Ei señor de Lessay nos dijo que, habiendo 
emprendido la publicación de un atlas histó- 
- rico, volvía a vivir en París y que arrendaría 
con placer su antiguo departamento, si estaba 
' desocupado. Mi padre preguntó a su hija si 
estaba contenta de hallarse en la capital. Que 
lo estaba lo dijo su sonrisa al acentuarse. Son¬ 
reía a las ventanas abiertas sobre el jardín ver¬ 
de y luminoso; sonreía al .Mario de bronce 
f sentado entre las ruinas de Cartago sobre la 
! esfera del reloj; sonreía a los viejos sillones 
de terciopelo amarillo y al pobre estudiante 
que no osaba levantar los ojos hasta ella. 
¡Desde aquel día, cómo la he amado! 

"Pero hemos llegado a la calle de Sévres, y 
pronto divisaremos sus ventanas. Soy un pé¬ 
simo narrador y, si me propusiera escribir una 
novela, el éxito no me acompañaría. He pre- 
parado durante mucho tiempo un relato que 
se lo voy a hacer a usted en pocas palabras; 
► pues existe una cierta delicadeza, una cierta 
gracia del alma que un viejo heriría exten¬ 
diéndose con complacencia sobre los sentimien- 

I tos del amor, aun del más puro. Demos algu¬ 
nos pasos por este bulevar bordeado de con- 
r ventos, y mi relato podrá terminarse en el 
> espacio que nos separa de aquel pequeño cam¬ 
panario que vemos desde aquí. 

"Al saber que yo salía de la escuela diplo¬ 
mática, el señor de Lessay me juzgó digno de 
colaborar en sú atlas histórico. Se trataba de 
determinar en una serie de mapas lo que el 
viejo filósofo llamaba las vicisitudes de los 
imperios desde Noé hasta Carlomagno. El 
señor de Lessav había almacenado en su ca¬ 
beza todos los errores del siglo XVIII en lo 
! ' tocante a antigüedades. Yo pertenecía a la es- 
i cuela de los innovadores en historia, y estaba 
en una edad en la que no sabemos fingir. 1.a 
i manera que tenía de comprender aquel ancia¬ 
no, o mejor dicho, de no comprender, los tiem- 
• pus bárbaros; su obstinación de no ver en la 
antigüedad ntás que principes ambiciosos, pre- 
r lados hipócritas y ávidos, ciudadanos virtuo¬ 
sos, poetas filósofos v otros personajes que no 
han existido nunca mis que en las novelas de 
Marmotoc!. me hacía horriblemente desdicha¬ 
do y me inspiraba toda clase de objeciones, sin 
duda muy razonables, pero perfectamente in¬ 
útiles y algunas veces peligrosas. El señor de 
Lessay era muy irascible y Ciernen tina era 
muy bella. Entre ella y él pasaba yo horas de 
tortura y de delicias. Estaba enamorado. Fui 


cobarde y le concedí bien pronto cuanto él 
exigía sobre la figura histórica y política que 
esta tierra, que mas tarde debía guardar a Cle- 
menrina, afectaba en las épocas de Abraham, 
de tienes y de Decaulión. 

"A medida que nosotros trazábamos nues¬ 
tros mapas, Clementina los lavaba a la acuarela. 
Indinada sobre la mesa, tenía el pincel con 
dos dedos; una sombra descendía de sm pár¬ 
pados sobre sus mejillas y bañaba sus ojos en¬ 
tornados de una penumbra encantadora. Al¬ 
gunas veces levantaba la cabeza v veía yo su 
boca entreabierta. Era tan expresiva su belle¬ 
za, que su respiración tenia el aire de un 
suspiro, y sus más vulgares actitudes me su¬ 
mergían en una profunda ensoñación. Con¬ 
templándola, estaba yo de acuerdo con su pa¬ 
dre en que Júpiter había remado despótica¬ 
mente sobre las montañosas regiones de Thesa- 
lia, y que Orfeo fue imprudente al confiar a 
los sacerdotes la enseñanza de la filosofía. Aun 
hoy mismo, todavía no sé si me comportaba 
como un héroe o como un cobarde, cuando 
hacia estas concesiones al atestado anciano. 

f “Clementina, debo confesarlo, no me conce¬ 
día gran atención. Esta indiferencia me pare¬ 
cía tan justa y . tan natural, que ni siquiera se 
me pasó por la imaginación el quejarme. Cierto 
que sufría, pero sin darme cuenta. Esperaba. 
Estábamos todavía en el primer imperio de 
Asiria. 

"El señor de Lessay iba todas las noches a 
tomar el café con mi padre. Xo comprendo 
qué podía ligarlos, pues sería difícil encon¬ 
trar dos naturalezas tan absolutamente opues¬ 
tas. Mi padre admiraba poco y perdonaba mu¬ 
cho. Con la edad había llegado a odiar todas 
las exageraciones. Revestía sus ideas de mil 
finos matices y jamás aventuraba una opinión 
como no fuera con toda clase de reservas. Es¬ 
tas modalidades de un espíritu delicado, exas¬ 
peraban al viejo gentilhombre, seco y contu¬ 
maz, a quien la moderación de su antagonis¬ 
ta no desarmaba jamás, sino todo lo contra¬ 
rio. Yo vislumbraba un peligro. Este- peligro 
era Bonaparte. Mi padre no conservaba ningún 
afecto hacia él, pero como había trabajado ba¬ 
jo sus órdenes, no gustaba el oír que lo in¬ 
juriasen, sobre todo en provecho de los Borbo- 
nes, contra los cuales tenía agravios sangrien¬ 
tos. El señor de Lessay, más volteriano y más 
legitimóla que nunca, hacía remontar a Bona¬ 
parte el origen de todo mal político, social y 
religioso. Así las cosas, el capitán Víctor me 
inquietaba por encima de todo. Mi terrible tío, 
se habia vuelto absolutamente intolerable des¬ 
de que su hermana no estaba entre nosotros 
para calmarlo. Rota el arpa de David. Saúl se 
entregaba a sus furores La caída de Carlos X 
aumentó la audacia del viejo napoleónico, que 
hizo todas las bravatas imaginables. No fre¬ 
cuentaba con tanta asiduidad nuestra casa, de¬ 
masiado silenciosa para él. Pero algunas veces, 
a la hora de comer, le veíamos llegar, cubier¬ 
to de flores, como un mausoleo. Con fre¬ 
cuencia se sentaba en la/ mesa jurando con 
toda el alma, y vanagloriándose, entre sorbo 
y sorbo, de sus aventuras de viejo bravucón. 
Terminada la comida, doblaba la servilleta en 
forma de mitra de obispo, vaciaba media bo¬ 
tella de aguardiente y se marchaba con la 
prisa de un hombre espantado ante la idea de 
pasarse algún tiempo sin beber, frente a frente 
de un viejo filósofo y de un joven sabio. Yo 
comprendía perfectamente que, si un día se 
encontraba con el señor de Lessay. todo 
estaría perdido. ¡Y ese día llegó, señora! 

"Aquella vez, el capitán desaparecía bajo las 
flores, y se asemejaba tanto a un monumento 
conmemorativo de las glorias de! Imperio, que 
daban ganas de pasarle una corona de siem¬ 
previvas por cada brazo. Estaba extraordina¬ 
riamente satisfecho, y la primera persona que 
se benefició de aquella feliz disposición de su 
ánimo, fue la cocinera, a la que agarró por la 
cintura en el momento en que dejaba ei asado 
sobre la mesa. 


"Después de comer, rechazó la botella que 
le ofreció, diciendo que luego haría lian 
el aguardiente en su café. Yo Te pregunté, 
blando, si no preferiría mejor que se le sirv 
el café en seguida. Mi tío Víctor era muy < 
confiado y nada tonto. Mi precipitación le 
rcció de mala ley, pues me miró con cieí 
aire y me dijo: 

¡ Paciencia, sobrino! No es el más *b 
ño de la tropa quien ordena que toque j a 
treta, ¡qué diablo! Tiene usted mucha prk 
señor magister, en ver si llevo espuelas en 
botas. 

"Estaba claro que el capitán había adivina 
mis deseos de que se marchara pronto. Con 
ciándole, tuve la certidumbre de que se qi 
daría. Y se quedó. Los menores detalles 
aquella velada quedaron impresos en mi n 
moría. Mi tío continuaba jovial. La sola i< 
de ser importuno le ponía de buen humor. N 
contó, en un excelente estilo de cuartel, cicri 
historia de una religiosa, un corneta y cin 
botellas de chamberrin, muy del gusto, 
duda, de las guarniciones y que yo no intcnt 
ría contársela, señora, aunque me acordara 
ella. Cuando pasamos al salón, nos hizo notar 
mal estado de nuestro morillos y nos recome 
dó doctamente el empleo del tripoli para br 
ñir los cobres. De política, ni una palabra, 
reservaba. Sonaron las ocho en las ruinas 
Cartago. Era la hora del señor de Lessay. Un 
minutos después entraba en el salón con 
hija. La velada dio comienzo como de cosan 
bre. Clementina se puso a bordar cerca de 
lámpara, cuya pantalla dejaba su linda cabcc 
en una ligera penumbra y proyectaba sobre ¡ 
dedos una claridad que los volvía casi lumin 
sos. El señor de Lessay habló de un come, 
anunciado por los astrónomos y desarrolló 
este propósito teorías que. por peregrinas qu 
fuesen, atestiguaban cierta cultura intclcctu 
Mi padre, que tenía nociones de astrononi 
expresó algunas sanas ideas, terminando con 
eterno: "En fin, ¿qué sé yo?” A mi vez, ; 
expuse la opinión de nuestro vecino del obfl 
vatorio, el gran Arago. El río Víctor aíírn 
que los cometas influyen'sobre la calidad 
los vinos y en apoyo de su teoría citó una a! 
gre historia de taberna. Yo estaba muy conten 
de esta conversación, que me esforzaba en má 
tener, con ayuda de mis más recientes leen 
ras, exponiendo largamente la constitución q» 
mica de estos ligeros astros que. esparcidos 
los espacios celestes sobre millares de leguí 
cabrían en una botella. Mi padre, un poco so 
prendido por mi elocuencia, me miraba c< 
su plácida ironía. Pero no es posible perra- 
ncccr mucho tiempo en los cielos. Mirando 
Clementina, hablé de un cometa de diamantí 
que había admirado la víspera en Ja vidrie, 
de una joyería. La verdad, no estuve insi 
rado. 

"-Sobrino - exclamó el capitán Víctor 
tu comerá no existe al lado del que brillab 
en los cabellos de la emperarriz Josefina, cuar 
do fue a Strasburgo para distribuir las cru< 
aJ ejército. 

"-Josefina amaba el lujo — repuso el señe 
de I.essay, entre dos sorbos de café-. N’o 
critico; tenia buenas cualidades, aunque e 
un poco ligera. Hizo un gran honor a Bona 
parte, pues era una Tascher, casándose coi 
el. Y aunque decir una Tascher no es dec 
gran cosa, decir un Bonaparte no es dec 
nada. 

_ ¿Qué quiere usted significar con eso, s_ 
ñor marqués? — le preguntó el capitán Victo 

”—N° soy marqués — respondió ¿ecamcni 
el señor de Lessay —, y opino que Üon; 

hubiese estado muy bien emparentado t_ 

dosc con una de esas mujeres caníbales que 
capitán Cook describe en sus viajes, desnud» 
tatuadas, un anillo en las narices y devorara! 
con deleite miembros humanos putrefactos. 

"Lo había previsto, pensé yo, y en mi an¬ 
gustia (¡oí», ¡sobre corazón humano!) mi pri¬ 
mera idea fue comprobar la justeza de r 















rvistoncs. Debo decir que la respuesta del 
cuín fue del genero sublime. Apoyó el pu- 
a co la cadera, miró desdeñosamente al señor 
jt Lcssay v dijo: 

*—Ñapéueón, ilustrisimo señor, tuvo otra 
per además de Josefina y de Alaría. Luisa. 

L esta compañera usted no la conoce, pero yo 
i Se visto muy de cerca; lleva un manto azul 
%bdo de estrellas, está coronada de lau- 
ks¡ la cruz de honor brilla sobre su pecho; 

K tama la Gloria, 

- ’TJ señor de Lcssay dejó su taza sobre la 
jppncnea y dijo tranquilamente: 

*—Vuestro Bonapanc era un truhán. 

; r\li padre se levantó con indolencia, exten- 
» lentamente el brazo y dijo con una voz 
r dulce al señor de Lessay: 

-Sea como fuese el hombre que murió en 
l Elena, yo trabajé diez años bajo su go- 
_jo y mi cuñado fue herido tres veces bajo 
I águilas. Le suplico, amigo mío, no olvi- 
^ío'en lo sucesivo. 

P-Lo que no habían conseguido las insolen- 
sublimes y burlescas del capitán, lo logró 
peorres advertencia de mi padre, provocando 
1 d señor de Lessay una cólera furiosa. 

•—Lo había olvidado — exclamó, pálido, con 
■ dientes apretados, la boca espumeante —, y 

• debí olvidarlo. El barril de arenques no pier- 
jb minea el olor y cuando se ha servido a gra- 

*AJ oír esto, el capitán le sahó al cuello. Y 
jt dada lo hubiese estrangulado a no ser por 
Jttja y por mí. 

| ®Ali pariré, con los brazos cruzados, un po- 
®¡, mis pálido que de ordinario, miraba este 
^Xtá culo con una indecible expresión de pie- 
. Lo que siguió fué aún más lamentable, 

. ¿a qué insistir sobre la locura de dos 

_«os? Én fin, conseguí separarlos. El señor 

fc Lrmv hizo una seña a su hija y salió. Como 
jn !c siguiese, yo corrí hasta ja escalera, para 
^bozaria. 

"f^-CJementina — le dije, enloquecido, estre¬ 
gándole la mano-, ¡yo la amo!, ¡la amo! 
f ^Retuvo un segundo mi mano en la suya; su 
se entreabrió. ¿Qué iba a decir? Pero 
K prooto. levantando los ojos hacia su padre, 
tt subía la escalera, retiró su mano y me hizo 
_j gesto de adiós. 

"No volví a verla. Su padre se fué a vivir 
' i del Pantheón, en un departamento que 
i alquilado para la venta de su atlas his- 

_ o. A los pocos meses murió de un ataque 

6 apoplejía. Cíeme-mina se retiró a Nevers, 
is su familia materna. Y fué en Nevers don- 
asó con el hijo de un rico campesino, 
i Allier. 

*En cuanto a mí. señora,'viví solo y en paz 
mismo. Mi existencia, exenta de gran- 
■j penas y de grandes alegrías, fué bastante 
5r pero durante mucho tiempo no pude ver 
Eh* veladas de invierno un sillón vacío jun- 
» a mí, sin que mi corazón se sintiese doloro- 

* ente oprimido. Clementina murió liace mu- 
m jk años. Su hija la siguió en el eterno rero- 
l.En su casa de usted he visto a su nieta. No 
%É todavía como el anciano de la Escritura: 
f ahora. llama contigo a tu servidor, señor.” 

i hombre como yo puede ser útil a al- 

_i. es a esta hueríanita a la que quiero, con ' 

r ayuda de usted, consagrar mis últimas 

rH*bía pronunciado las palabras finales en el 
"bulo del departamento de la señora de 
rv, y cuando iba a separarme de tan ama¬ 
fie guia, me dijo: 

—Amigo mío, no puedo ayudarle en este caso 
itó. como yo quisiera. Juana es huérfana y 
aor de edad. Usted no puede hacer nada 
r rila sin la autorización de su tutor. 

' _-Ah! — exclamé— , no había pensado ni 
r lo más remoto que Juana tuviese un tutor, 
señora de Gabry me miro un tanto sór¬ 
dida. No es|verabá sin duda tanta simplici- 
S en un anciauo.- 
Y repuso: 


—El tutor de Juana Alexandre es el señor 
Mouchc, notario de Levallois-Perrct. Temo que 
no se entienda usted bien con él, porque es 
un hombre serio. 

— ¡Ah! ¡Dios mío! — exclamé yo—, ¿Con 
quién quiere usted que me entienda" a mi edad, 
sino con las personas serias? 

Sonrió con una dulce malicia, como sonreía 
mi padre, y dijo: 

—Con las que son como usted.* El señor Mou¬ 
chc no es precisamente de ellas: no me inspira 
ninguna confianza. Será preciso que usted le 
pida autorización para ver a Juana, a quien ha 
metido en un pensionado de Ternes, donde 
ella no está contenta. 

Besé las manos de la señora de Gabry y nos 
separamos. 


Del 2 al s de mayo. 

He visto al señor Mouche, el tutor de Juana, 
en su despacho. Pequeñito, magro v seco, su 
tez parecía hecha del polvo de sus legajos. Es 
un animal con gafas, pues uno no puede ima¬ 
ginárselo sin ellas. He oído al señor Mouche; 
tiene voz de carraca y habla en términos es¬ 
cogidos, pero yo hubiese preferido que no es¬ 
cogiese tanto sus términos. He observado al 
señor Mouche; es ceremonioso y acecha a su 
interlocutor con el rabillo dél ojo, por debajo 
de sus gafas. 

Mouchc me ha confesado que es dichoso; es¬ 
tá contento del interés que yo tengo por su 
pupila. Pero él no cree que estemos en el 
mundo para divertimos. No, no lo cree; y pa¬ 
ra ser justo diré que, cuando se esrá junto a 
él, uno es de la misma opinión: tan poco di¬ 
venido resulta. Teme que se de upa idea 
falsa y perniciosa de la vida a su querida pu¬ 
pila procurándola demasiados placeres. Esta es 
la causa — me ha dicho — por la cual ha su¬ 
plicado a la señora de Gabry que la lleve solo 
muy de tarde en tarde a su casa. 

He dejado al polvoriendo notario en el pol¬ 
vo de su despacho, llevándome una autoriza¬ 
ción en regla (todo lo que procede del se¬ 
ñor Mouche está en regla) para ver el primer 
jueves de cada mes a Juana Alexandre, en casa 
de la señorita Préfére, institutriz, calle De- 
mours. Temes. 

El primer jueves de mayo, me dirigí a casa 
de la señorita Préfére, cuyo establecimiento 
reconocí desde lejos por un rótulo de letras 
azules. Este azul fué para mí el primer indicio 
del carácter de Virginia Préfére. que tuve 
después ocasión de estudiar ampliamente. Una 
sirvienta azorada cogió mi tarjeta y me aban¬ 
donó. sin una palabra de esperanza, en un frío 
locutorio, donde respiré esc olor insípido ca¬ 
racterístico de los refectorios de las casas de 
educación. El piso de aquel salón, había sido 
encerado con tan implacable energía, que pen¬ 
sé angustiado quedarme en el umbral. Pero 
habiendo por fortuna descubierto unos cua¬ 
dradnos de lana diseminados sobre el suelo, 
delante de las sillas de crin, me decidí, ponien¬ 
do sucesivamente el pie sobre cada uno de 
estos islotes de tapicería, a avanzar hasta el án¬ 
gulo de la chimenea, donde me senté sofocado. 

Había sobre esta chimenea, en un gran mar¬ 
co dorado, una cartulina, cuyo título, con res¬ 
plandecientes letras góticas, decía: Cuadro de 
Honor , y que contenía gran cantidad de nom¬ 
bres, entVc los cuales no tuve el placer de en¬ 
contrar el de Juana Alexandre. Después de ha¬ 
ber leído varias veces los de las alumnas que 
habían tenido el honor de distinguirse a los 
ojos de la señorita Préfére, me inquiete vien¬ 
do que nadie se acercaba. La señorita Préfére 
hubiera alcanzado sin duda a establecer sobre 
sus dominios pedagógicos el silencio absoluto 
de los dominios celestes, si los gbrriones no 
hubiesen escogido su patio para venir en ban¬ 
dadas innumerables .a piar a su gusto. Era un 
encanto oírlos. Pero, ¿cómo verlos a través de 
los cristales esmerilados? Tuve que contenur- 


LEOPLAN . 73 

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me con el espectáculo que ofrecía el salón, ■) 
decorado de arriba abajo, en sus cuatro pare¬ 
des, con dibujos ejecutados por pensionistas 1 
del establecimiento. Había allí vestales, flores, 5 
chozas, capiteles, volutas y una enorme cabeza í 
de Tario, rey de los sabinos, firmada por Es¬ 
tela Moutón. 

Llevaba un buen rato admirando la energía ü 
con que la señorita Moutón había destacado 4 
las tupidas cejas y los ojos irritados del guc- y? 
rrero antiguo, cuando un ruido apenas más li¬ 
gero que el de una hoja muerta arrastrada por 
el viento, me hizo volver la cabeza. Ea efecto, 
no era precisamente una hoja muerta, era la 
señorita Préfére. Con las manos juntas, avan- 
zaba sobre el espejo del entarimado como las 
santas dé la Leyenda dorada sobre el cristal v 
de las aguas. Pero en ninguna otra ocasión creo ! 
yo que la señorita Préfére me hubiera hecho . 
pensar en las vírgenes, caras a la idealización *, 
mística. No fijándome nada más que en su ' 
rostro, me hubiera más bien sugerido una man- "r 
zana reineta conservada durante el invierno en 
el granero de una buena ama de casa. Caía so¬ 
bre sus hombros una pelerina a franjas, que no 
ofrecía por si misma nada de particular, pero 
que ella llevaba como si hubiera sido una ves¬ 
tidura sacerdotal o la insignia de una alta ma¬ 
gistratura. 

Le expliqué el objeto de mi visita y le en¬ 
tregué mi carta de presentación 

—Ha visto usted al señor Alouche — me di¬ 
jo —. ¿Su salud es todo lo buena que se puede { 
desear? Es un hombre tan decente, tan... 

No acabó la frase y sus ojos se elevaron al 1 
techo. Los míos los siguieron, encontrándose J 
con una pequeña espiral de papel recortado, (H 
que suspendida en el lugar de una lámpara, y 
debía estar destinada, según mis conjeturas, a .-Ja 
atraer a las moscas, alejándolas, por consi- 
guíente, de los marcos dorados de los espejos s 
y del cuadro de honor. 

—He conocido — Je dije — a Juana Alexan- x 
dre en la casa de la señora de Gabry, y he po¬ 
dido apreciar el excelente carácter y la viva * 
inteligencia de esa muchacha. Habiendo cono- 
cido en otro tiempo a sus abuelos, me siento 
inclinado a dispensar a su nieta el interés quo 
ellos me inspiraron. 

Por toda respuesta, la -señorita PrefeVe sus¬ 
piró profundamente, apretó contra su corazón - 
su misteriosa pelerina y contempló de nuevo la 
pequeña espiral de papel. 

Al cabo me dijo: 

—Caballero, puesto que ha conocido usted a 
los señores Alexandre, me imagino que habrá 
usted deplorado, como el señorMouche y co¬ 
mo yo, las locas especulaciones que los cor.du- • - 
jeron a la ruina y han reducido a su hija a la 
miseria. 

Al oír sus palabras, p’ensaba yo que es una / 
gran pena ser desdichado, y que esa pena no 
perdona a los que fueron mucho tiempo dig¬ 
nos de envidia. Su caída nos venga y nos 
halaga, y somos con ellos implacables. 

Después de haber declarado con toda fran¬ 
queza que no entendía una palabra de asun¬ 
tos de finanzas, pregunté a la directora dél 
pensionado, si estaba contenta con Juana Ale¬ 
xandre. 

—Esa niña es indomable — exclamó lá seño¬ 
rita Préfére. 

Y adoptó una actitud de alta escuela para . 
expresar simbólicamente la situación que le 
creaba una alumna un difícil de corregir. 






7< . LEOPLAN .. 

Luego, volviendo a sentimientos más apaci¬ 
bles': 

—Esta jovencita — dijo—, no carece de in¬ 
teligencia. Pero no puede resolverse a apren¬ 
der las cosas con método. 

¡Que extraña señorita, la señorita Préfére! 
Caminaba sin levantar las piernas y hablaba 
sin mover los labios. Sin detenerme más de lo 
razonable en estas particularidades, le respon¬ 
dí que el método era, sin duda, una cosa ex¬ 
celente y que sobre este punto estaba de 
acuerdo con sus ideas, pero que en fin de 
cuentas, ciando se sabía una cosa, era indife¬ 
rente que se la hubiese aprendido de una ma¬ 
nera o de otra. 

La señorita Préfcre hizo lentamente un sig¬ 
no negativo. Después, suspirando: 

.—¡Ah, señor! — dijo Las personas ajenas 
a la educación tienen de ella ideas muy falsas. 
Estoy cierra que hablan con las mejores in¬ 
tenciones del mundo, pero harían mejor, mucho 
mejor, en dejarse guiar por las personas com¬ 
petentes* 

No insiti, y le pregunté si podia ver en se¬ 
guida a Juana Alexandre. 

Contempló su pelerina, como para leer en la 
maraña de sus franjas, tal que si leyera en un 
grimorio. la respuesta que dbbía darme, y por 
fin me dijo: 

—La señorita Alexandre tiene que dar una 
clase. Aquí las mayores enseñan a las pequeñas. 
Es lo que se llama la enseñanza mutua... Pero 
me sentiría desolada de que usted se hubiese 
molestado inútilmente. La mandaré llamar. Sólo 
ha de permitirme, señor, para mayor regulari¬ 
dad. inscribir su nombre en el registro de los 
visitantes. 

Se sentó ante la mesa, abrió un grueso cua¬ 
derno v, sacando de debajo de la pelerina la 
carta del señor Alouche que se había guar¬ 
dado: 

L —Bonnard con una d, ¿no es eso? — nie dijo 
escribiendo Perdóneme que insista sobre es¬ 
te detalle. Pero mi opinión es que los nombres 
propios tienen su ortografía. Aquí, señor, se 
hacen dictados de nombres propios..., de nom¬ 
bres históricos, se entiende. 

Después de haber escrito mi nombre con 
mano suelta, me preguntó si no podía poner a 
continuación un aditamento cualquiera, como 
.antiguo negociante, empleado, rentista, u otra 
cosa parecida. Su registro contaba con una 
'columna para ello. 

'• —¡Dios mío! - le dije -. Si tiene usted ab¬ 
soluta necesidad, señora, de llenar esa colum¬ 
na. ponga usted: miembro del Instituto. 

' Seguía siendo la pelerina de la señorita Prc- 
fere la que \ cía ante mí; pero no era Va la 
señorita Préfére la que se cubría con ella. Era 
otra persona, atenta, graciosa, zalamera, feliz, 
radiante. Sus ojos sonreían; las pequeñas arru¬ 
gas de su rostro (¡eran muchas!) sonreían; su 
boca también sonreía, pero de un solo lado. 
Habló. V su voz tenía^cl aire de toda su per¬ 
sona, era una voz de miel: 

-Decía usted, señor, que esta querida Juana 
es muy inteligente. Yo he hecho la misma ob¬ 
servación v estoy orgullosa de haber coincidi¬ 
do con usted. La verdad es que esta muchacha 
me inspira un gran interés. Aunque un poco 
viva de genio, tiene lo que yo llamo un ca¬ 
rácter feliz. Pero, perdóneme usted que abuse 
de mis preciosos momcjicos. 

Llamó a la sirvienta, que apareció más di¬ 
ligente y más asustada que antes, y desapareció 
con ¡a orden de advertir a Juana Alexandre 
que el señor Silvestre Bonnard. miembro del 
Instituto, la esperaba en el locutorio. 

La señorita Préfére apenas tuvo tiempo de 
confiarme que sentía un profundo respeto por 
las decisiones del Instituto, fuesen las que fue¬ 
sen, cuando apareció Juana, sofocada, roja co¬ 
mo un tomate, los ojos muy abiertos, jos brazos 
colgando, encantadora en su desmañada ino¬ 
cencia. 

—jCómo vienes, hijita! — murmuró la seño¬ 


rita Préfcre, con una dulzura maternal, arre* 
glándole el cuello. 

A la verdad, Juana venía de una extraña ma¬ 
nera. Sus cabellos echados hacia atrás y suje¬ 
tos por una redecilla de la cual se escapaban 
algunos mechones; sus delgados brazos enfun¬ 
dados hasta el codo en unos manguitos de lus¬ 
trina; sus manos enrojecidas por los sabaño¬ 
nes que parecían molestarla mucho; su vestido 
muy corto, dejando ver unas medias demasia¬ 
do anchas y unas botas con los tacones desgas¬ 
tados; una comba atada como un cinturón alre¬ 
dedor de su talle, todo lo cual daba a Juana 
un aire poco presentable. 

—¡Locuela! — suspiró la señorita Préfcre. que 
ahora parecía no una madre, sino una her¬ 
mana mayor. 

Luego se marchó, deslizándose como una 
sombra sobre el espejo del entarimado. 

Dije a Juana: 

—Siéntate. Juana, y habíame como a un ami¬ 
go. ¿Xo estás a gusto aquí? 

Después de vacilar un momento, me respon¬ 
dió con una sonrisa resignada: 

—No mucho. 

Con los dos extremos de la comba entre sus 
manos, callaba. 

Le pregunté si a su edad todavía saltaba a la 
comba. 

—¡Oh, no señor! — me respondió vivamen¬ 
te — . Cuando la sirvienta me dijo que un se¬ 
ñor me esperaba en el locutorio, estaba dando 
a la comba a las pequeñas. Entonces he atado 
la cuerda a mi cintura para no perderla. Esto 
no es muy correcto. Le ruego que me perdone. 
¡Pero tengo tan poca costumbre de recibir vi¬ 
sitas! 

— ¡Santo Dios! ¿Por qué iba vo a ofenderme 
de tu oomba? Las clarisas llevaban una cuer¬ 
da a la cintura, y eran unas santas mujeres. 

—Ha sido usted muy bueno, señor — me di¬ 
jo—, viniendo a verme y hablándome como us¬ 
ted, me habla. No se me ocurrió darle las gra¬ 
cias cuando entré porque estaba muy sorpren¬ 
dida. ¿Ha visto usced a la señora de Gabry? 
Hábleme de ella, ¿quiere usted? 

—La señora de Gabrv — le respondí — está 
bien. Se halla en su bella tierra de Lusance. 
Te diré de ella, Juana, lo que un viejo jardi¬ 
nero decía de la castellana, su dueña, cuando 
alguien le preguntaba por ella: “La señora está 
en su camino” Sí, la señora de Gabrv está en 
su camino; v tú sabes, Juana, todo ]<> bueno 
que es ese camino, que ella no dejá de reco¬ 
rrer, siempre con el mismo paso. El oreo día, 
antes de que se marchara a Lusance. he ido con 
ella lejos, muv lejos, y hemos hablado de ti. 
Hablamos de ti, hijita, sobre la tumba de tu 
madre. 

— ¡Cuánto me alegra! — me dijo Juana, 

Y se echó a llorar. 

Con el mayor respero dejé correr aquellas 
lágrimas de una chiquilla. Después, mientras se 
enjugaba los ojos, le roguc me dijera cómo 
transcurría su vida en aquella casa. 

Por ella supe que era a la vez almona y 
maestra. 

-Te mandan a ti y tu mandas. Escuna situa¬ 
ción frecuente en este mundo. Sopórtala, hija 
mía. 

Pero me dió a entender que a ella no le en¬ 
señaban nada, ni ella enseñaba nada tampoco; 
que estaba encargada de vestir a las pnrvuli- 
llas. de lavarlas, enseñarles buenas maneras, 
el alfabeto, el manejo de la aguja, hacerles ju¬ 
gar v acostarlas, después de rezar. 

— ¡Ah! — exclamé -. Esto es lo que la seño¬ 
rita Préfcre llama la enseñanza mutua. Xo he 
de ocultarte. Juana, que la señorita Préfére no 
es de mi agrado y que no la creo todo lo bue¬ 
na que fuera de desear. 

— ¡Oh! — me respondió Juana—, es como la 
mayoría de las gentes. Buena con las perso¬ 
nas que quiere y mala con las que no quiere. 
Pero, ¡ay!, que yo creo que a mí no me 
quiere mucho. 


-¿Y el señor Mouehe? ¿Qué piensas tú, Jua¬ 
na, del señor .Moucbc? 

Ále respondió’vivamente: 

-Le suplico que no me hable del señor Mou- \ 
che. Se lo suplico. 

Cedí a su súplica, ardiente y casi agrcsivaJ 
y cambié de conversación. 

—¿Y dime, Juana, modelas aquí figuras de j 
cera? Xo he olvidado el hada que tan^v niel 
sorprendió en Lusance. 

—Xo tengo cera — me respondió, dejando 
caer sus brazos. 

— ¡No tener cera — exclamé yo — en una 
república de abejas! Juana, yo te traeré ceras! 
coloreadas y lucientes como joyas. 

—Se lo agradezco mucho, señor, pero no me 
las traiga. Xo tengo aquí tiempo para trabajar^ 
en mis figuras de cera. Sin embargo, había em-l 
pezadu un pequeño San Jorge para la señora de 
Gabrv, un pequeñito San jorge con su coraza] 
dorada. Pero las menores, tomándolo por un 
muñeco, se pusieron a jugar con él y lo hicic-1 
ron pedazos. 

Sacó del bolsillo de su delantal una figurita 
cuyos miembros dislocados estaban apenas uniH 
dos por un alambre. Al contemplarlo, expen -1 
mentó a la vez tristeza y alegría. Pudo niáíl 
la alegría y sonrió, pero la sonrisa se le heló 
bruscamente. 

La señorita Préfére estaba de pie, vigilante,] 
en la puerta del locutorio. 

— ¡Esta chiquilla! — suspiró la directora con ¡ 
su más tierna voz—. Temo que le fatigue al 
usced. Y además, sus momentos son preciosos.] 

Procuré desilusionarla a este respecto v, le¬ 
vantándome para marcharme, saqué da. mis bol-' 
sillos algunas tabletas de chocolate y oreas go¬ 
losinas que le habia llevado. 

-¡Oh, señor! — exclamó Juana-, Hay para 
todo el internado. 

La dama de la pelerina, intervino: 

—Señorita Alexandre — dijo —, dé las gra¬ 
cias al señor por su generosidad. 

Juana la miró con un aire huraño; y des¬ 
pués, volviéndose hacia mi: 

—Le agradezco, señor, estas golosinas, y sobre 
todo le agradezco la bondad que ha tenido de 
venir a verme. 

—Juana — le dije vo, estrechándole las dos 
manos —. continúa siendo una niña buena y va¬ 
lerosa. Hasta la vista. 

Al retirarse con sus paquetes de chocolate 
y de dulces, chocaron los mangos de su com¬ 
ba con el respaldo de una silla. La señorita Prc- 
fere apretó su corazón con las dos manos bajo 
su pelerina y creí que iba a ver desvanecerse 
su alma escolástica. 

Cuando nos quedamos solos recobró su sere¬ 
nidad. y debo confesar, sin que esto suponga 
vanagloria, que me sonrió con todo un lado de 
su rostro. 

—Señorita — le dije, aprovechando sus bue¬ 
nas disposiciones —, he observado que Juana 
Alexandre está un poco pálida. Usted sabe me¬ 
jor que yo las cuidados y miramientos que 
exige la edad indecisa en que ella se encuen¬ 
tra! La ofendería a usted recomendándola muy 
especialmente a su vigilancia. 

Estas palabras parecieron encantarla. Con¬ 
templó con un aire e.xtasiado la pequeña espi¬ 
ral del techo y exclamó juntando las manos: 

— ¡Cómo estos hombres eminentes saben des¬ 
cender hasta los más ínfimos detalles! 

Le hice observar que la salud de una mu¬ 
chacha no es precisamente un ínfimo detalle, 
y tuve el honor de despedirme. Pero ella me 
detuvo en el umbral y me dijo confidencial¬ 
mente: 

—Perdone usted mi debilidad, señor. Soy 
mujer y amo la gloria. Xo puedo ocultarle que 
me he sentido honrada con la presencia de un 
miembro del Instituto en mi modesto pensio¬ 
nado. 

Perdoné la debilidad de la señorita Préfére 
y, pensando en Juana con la ceguera del egoís¬ 
mo, me dije a lo largo del camino: 

, —¿Qué haremos de esta niña' 


LEOPLAN • 75 


2 de junio. 

Aquel día había conducido hasta el ccmcn- 
'» de Mames a un viejo colega de avan- 
i edad que, según el pensamiento de Goc- 
había consentido en morirse. El gran 
\ Goethe, cuya vitalidad era extraordinaria, creía 
efecto que uno no muere hasta que le vie- 
i gana, es decir, cuando todas las energías 
| resisten a la descomposición final y cuyo 
oto constituye la vida misma, son destrui¬ 
da lo último. En otros términos, pensa- 
i sólo se muere cuando ya no se puede 
¡Enhorabuena! No se trata más que de 
eaderse. y el magnifico pensamiento de 
irríte dice lo mismo, sabiendo interpretarlo, 
t b canción de La Palisse. 

Un. pues, mi excelente colega había consen¬ 
so «n morirse, gracias a dos o tres ataques 
: apoplejía de lo más persuasivos, el último 
i replica posible. Le frecuenté poco en vida, 
i según parece fui muy amigo suyo en 
dejó de existir, pues mis colegas me di- 
, con un cono grave y una mirada pene- 
; que debía llevar uno de los cordones 
! ataúd y hablar sobre su tumba. 

Después de haber leído bastante mal un dis- 
ro que había escrito lo mejor que pude, 
■e nn es mucho decir, fui a pasearme por 
)bosques de Ville-d’Avrav y seguí, sin pesar 
asado sobre el bastón deí capitán, un sen- 
i entoldado por el ramaje, entre el cual 
la luz en discos de oro. Jamás el olor de 
ífcerba y de las hojas húmedas, jamás la be¬ 
del cielo y la majestuosa serenidad de los 
les, habían penetrado tanto en mis senti- 
, v en toda mi alma, v la opresión que señ¬ 
en aquel silencio atravesado por una espe- 
dc tintineo continuo, era a la vez sensual 
i «efigioso. 

Me senté a la sombra del camino, junto a un 
«occillo de jóvenes encinas. Y allí me pro- 
n no morirme, o al menos no consentir en 
tic. antes de sentarme de nuevo bajo una 
donde, en la paz de una extensa campi- 
, meditaré en la naturaleza del alma y en los 
últimos del hombre. Una abeja, cuyo 
.» castaño brillaba al sol como una arma- 
dn de oro viejo, vino a posarse sobre una flor 
¡IJe malva de una grave suntuosidad, y muy 
afccrri sobre su tallo frondoso. No era cier- 
eanentc la primera vez que yo veía un espec- 
Kcalo tan corriente, pero era la primera, sí. 
*e veía con una curiosidad tan afectuosa 
■ ao inteligente. Reconocí que había cutre el 
no v la flor toda clase de simpatías, v mil 
nicaciones ingeniosas que" hasta entonces 
i hubiera sospechado. 

pEI insecto, saciado de néctar, hendió el aire 
linea atrevida. 

Adiós — dije a la flor.y a la abeja —, adiós, 
viviera todavía el tiempo necesario para 
brlr el secreto de vuestras armonías. Es- 
mav fatigado. Pero el hombre es de tal 
alera, que sólo descansa de un trabajo 
otro. Serán las flores y los insectos los 
rnc descasarán, si Dios lo quiere, de la 
‘a y de la diplomacia. ¡Que pleno de 
está el viejo mito de Anteo! He ro- 
b tierra y sov un hombre nuevo, y he 
■■ que a los sesenta y ocho años, nuevas 
^■saudades nacen en mi alma, como los bro- 
ooevos en el tronco hueco de un viejo 


4 de pmio. 

, Afe encanta mirar desde mi ventana, en estas 
—de un gris tierno, que da a las cosas 
«na dulzura infinita, el Sena y sus muelles. He 
| ««templado el cielo azul, que extiende sobre 
til bahía de Ñapóles su luminosa serenidad, 
fcru nuestro cielo de París es más animado, 
Hppás bondadoso y más espiritual. Sonríe, amc- 
I jbui. acaricia, se entristece y se alegra, como 
mirada humana. Derrama en este momen- 
m una suave claridad sobre los hombres y los 


animales de la villa, que desempeñan su tarea 
cotidiana. A lo lejos, en la otra orilla, sobre 
el puerto de San Nicolás, desembarcan carga¬ 
mentos de cuernos de buey, y unos peones, 
alineados sobre la pasarela volante, hacen sal¬ 
tar ágilmente de mano en mano, pilones de 
azúcar que van a parar a la bodega de un 
barco. En el muelle del norte, los caballos 
de los coches de punto, alineados a la som¬ 
bra de los plátanos, la cabeza en el morral, 
mastican tranquilamente su a\ r ena, mientras los 
rubicundos cocheros vacían su vaso ante el 
mostrador del tabernero, espiando con el ra¬ 
billo del ojo al burgués madrugador. 

Los libreros colocan sus cajas sobre el pa¬ 
rapeto. Estos valerosos mercaderes del espíri¬ 
tu, que viven continuamente a la intemperie, 
la blusa al viento, están tan trabajados por el 
aire, las lluvias, los hielos, las nieblas y el sol, 
que acaban por parecerse a las viejas estatuas 
de las catedrales. Todos son amigos míos, y 
no paso por delante de sus puestos sin adqui¬ 
rir algún libraco del que había carecido hasta 
entonces, sin que tuviese la menor sospecha de 
que me faltaba. 

Al volver a mi casa, tengo que oír las pro¬ 
testas de mi sirvienta, que me acusa de que 
rompo todos mis bolsillos y de que lo lleno 
todo de viejos papeles que atraen a los rato¬ 
nes. Teresa es razonable en esro, y precisa¬ 
mente porque tiene razón no la escucho; pues 
a pesar de mi aspecto tranquilo, he preferido 
siempre la locura de las pasiones a la sensata 
indiferencia. Pero, como mis pasiones no son 
de las que estallan, destruyen y matan, el 
vulgo no las ve. Sin embargo, me siento agi¬ 
tado por ellas, y más de una vez he perdido 
pl sueño por unas páginas escritas por un mon¬ 
je olvidado, o impresas por un humilde apren¬ 
diz de Pedro Sehoeffcr. Y si sus bellos ar¬ 
dores se extinguen en mi, es porque yo mismo 
me extingo lentamente. Somos nosotros lo que 
son nuestras pasiones. \o soy a semejanza de 
mis libros: viejo y encogido como ellos. 

Un ligero viento arrastra con el polvo de la 
calzada las aladas semillas de los plátanos y 
las briznas de heno escapadas de la boca de 
los caballos. No es nada más que este polvo, 
pero al verlo volar, recuerdo que en mi in¬ 
fancia miraba remolinear un polvo semejante, 
v mi alma de viejo parisiense se conmueve. 
Todo cuanto descubro desde mi ventana, este 
horizonte que se extiende a mi izquierda hasta 
las colinas de Chaillot, y que me permite ver 
el Arco de Triunfo como un dedal de pie¬ 
dra; el Sena, río de gloría, y sus puentes; los 
tilos de la terraza de las Tiíllerias; el Louvre 
del Renacimiento, cincelado como una joya; a 
mi derecha, hacia el lado del Puente Nuevo, 
pons Lutetiae Novus dictas, como se lee en 
Jas antiguas estampas, el viejo v venerable Pa¬ 
rís, con sus rorres y sus flechas; todo esto 
es mi vida, soy yo mismo, y yo no sería nada 
sin estas cosas que se reflejan en mí con los 
mil matices de mi pensamiento y que me ins¬ 
piran y me animan. He aquí por qué amo a 
París con un inmenso amor. 

Y sin embargo estoy cansado, y compren¬ 
do que no se puede reposar en el seno de 
esta villa que piensa tanto, que me ha ense¬ 
ñado a pensar y que sin cesa/ me invita a 
seguir pensando. -Cómo no estar agitado en 
medio de estos libros que solicitan continua¬ 
mente mi curiosidad y la fatigan sin satisfa¬ 
cerla? Ya es un dato que es preciso buscar, 
ya un lugar que importa determinar exactamen¬ 
te o algún termino antiguo, cuyo verdadero 
significado es interesante conocer. ¿Palabras? 
¡Olí, sí, palabras! Filólogo, soy su "soberano, 
y ellas son mis súbditos, a los que consagro, 
como buen rev, mi vida entera. ¿Podré alibi- 
car un día? Adivino que hay en alguna parte, 
lejos de aquí, al amparo de un bosque, una 
casita donde encontraré el reposo que nece¬ 
sito, en espera de que un reposo mayor, este 
irrevocable, me envuelva por entero. Sueño 
con un banco en el umbral y con campos 


LOS SECRETOS DEL EXITO 

Suerte - Dicha - Dominio 


(Compensación del esfuerzo personal) 
El medio de obtener todo esto puedo pro¬ 
porcionárselo si me escribe comunicándo¬ 
me sus aspiraciones. Está probado que en 
la vida se logra lo que se persigue con 
perseverancia. Gratuitamente le aconseja¬ 
ré. Dirija sus carta» a J. M. BASE, en la 
Avenida PAVON 4270, Lanús (F.C. S.) 


donde se pierda la vista. Pero será preciso 
que un rostro fresco sonría junto a mi, para 
reflejar y concentrar todo ese frescor; me cree¬ 
ré abuelo y se colmará el vacío de mi vida. 

No soy un hombre violento, y, sin embargo, 
me irrito por cualquier cosa, y mis obras me 
han proporcionado tantos disgustos como satis¬ 
facciones. No sé por qué recuerdo ahora la 
vana y desdeñable impertinencia que se per¬ 
mitió a mi costa, hace tres meses, mi joven 
amigo del Luxemburgo. No le doy por iro¬ 
nía el nombre de amigo, pues amo a la ju¬ 
ventud estudiosa con sus temeridades y los 
extravíos de su inteligencia. No obstante, mi 
joven amigo se extralimitó. El maestro Am¬ 
brosio Paré, que fue el primero en practicar 
la ligadura de las arterias, y que, habiendo en¬ 
contrado a la cirugía ejercida por barberos 
empíricos, la elevó a la altura en que ahora 
se encuentra, en su vejez fue atacado por to¬ 
dos los aprendices porralancetas. Aludido en 
términos injuriosos por un joven irreflexivo, 
que podía ser el mejor hijo del mundo, pero 
que carecía del sentimiento del respeto, el 
viejo maestro le respondió en su tratado Je 
h Minute, de la Licorne, des Venins et de la 
Peste. “Yo le ruego — le dijo el gran hom¬ 
bre —. yo le ruego, que si desea oponer algu¬ 
nas objeciones a mi réplica, suprima las ani¬ 
mosidades v trate con más dulzura al buen 
viejo”. Esta respuesta es admirable en la plu¬ 
ma de Ambrosio Paré; pero, aunque proce¬ 
diese de un curandero de aldea, encanecido 
en el trabajo y burlado por un jovenzuelo, no 
dejaría por eso de ser loable. 

Acaso pueda creerse que este recuerdo no 
es más que el síntoma de un bajo rencor. Tam¬ 
bién yo lo creí así y me acuse de preocuparme 
miserablemente de las palabras de un mucha¬ 
cho que no sabe lo que se dice. Por fortuna, 
mis reflexiones a este propósito tomaron en 
seguida un rumbo mejor; por eso las anoto en 
mi cuaderno. Recordé que un dia de mis 
veinte años (hace de esto cerca de medio 
siglo), me paseaba en ese mismo jardín del 
Luxemburgo con algunos camaradas. Hablᬠ
bamos de nuestros viejos maestros, y uno de 
nosotros nombró a Petit-Radel, estimable eru¬ 
dito que fué el primero en- arrojar algún! luz 
sobre los orígenes erruscos. pero que tuvo la 
desgracia de hacer un cuadro cronológico de 
los amantes de Helena. Este cuadro nos hizo 
reír mucho, y yo exclamé: “Petit-Radel es 
un idiota, pero no en seis Ierras, sino en doce 
volúmenes”. 

Estas palabras de un adolescente son dema¬ 
siado ligeras para pesar sobre la conciencia 
de un viejo. ¡Ojalá no hubiese lanzado en la 
batalla de la vida nada más que dardos tan ino¬ 
centes como este! Pero hoy me pregunto si 
en mi existencia nn habré hecho, sin darme 
cuenta, algo tan ridículo como el cuadro cro¬ 
nológico de los amantes de Helena. El pro¬ 
greso de las ciencias torna inútiles las obras 
que más han ayudado a ese progreso. Cuando 
esas obras va no sirven gran cosa, la juven¬ 
tud cree de buena fe que nunca sirvieron para 
nada; las desprecia, y al encontrar en ellas una 
idea anticuada, se ríe. He aquí por qué a los 
veinte años, me burlé de Petit-Radel y de su 
cuadro de cronología galante; he aquí por que 









76 - LEOPLÁN 


Explicable 



nada que decimos. 


ayer, en el Luxemburgo, mi joven c irreveren¬ 
te amigo... 

• Vuelve en ti. Octavio, y cesa en tus lamentos. 
Quieres que te respeten y nada has respetado. 

6 de junio. 

Era el primer jueves de junio. Cerré mis 
libros, y me despedí del santo abad Droctoveo 
que, gozando de la beatitud celeste, me ima¬ 
gino no debe tener mucha prisa de ver su 
nombre y sus trabajos glorificados sobre esta 
tierra, cñ una humilde recopilación salida de 
mis manos. ¿Lo digo? Aquel tallo de malva, 
que la semana pasada vi visitado por una abe¬ 
ja, me preocupa mis que todos los abades 
. mitrados. Y no hace mucho mi sirvienta me 
ha sorprendido en la ventana de la cocina, 
í examinando con la lupa unas flores de alelíes. 

• Hay en un libro de Sprengel, <jue leí en mi 
primera juventud, cuando lo leía todo, algu¬ 
nas ideas referentes a los amores de las flores, 
que vienen ahora a mi memoria, después de 
medio siglo de olvido, y que me interesan 
hasta el punto de lamentar el no haber con¬ 
sagrado las humildes facultades de mi alma 
al estudio de los insectos y de las plantas. 

Hacía todas estas reflexiones mientras bus¬ 
caba mi corbata; pero después de haber re¬ 
vuelto inútilmente un gran número de cajo¬ 
nes, tuve que recurrir a mi criada. Llegó 
Teresa con su paso tardo. 

—Señor — me dijo—, si me hubiese adverti¬ 
do usted que iba a salir, yo le hubiera dado 
su corbata. 

—Pero, Teresa —le respondí—, ¿no sería 
mucho mejor guardarla en un sitio donde yo 
pueda encontrarla sin su ayuda? 

Teresa no se dignó responderme. 

No puedo disponer de nada. No puedo te¬ 
ner un pañuelo sin pedírselo y, como está 
muy sorda, muy torpe, y cada día más des- 
- memoriada. me veo siempre desprovisto de 
todo. El caso es que goza, con un orgullo tan 
apacible de su autoridad doméstica, que no 
t tengo valor de intentar un golpe de Estado 
contra el gobierno de mis armarios. 

—¡Mi corbata, Teresa! ¿No me oye? ¡Mi 
corbata! Si me sigue usted desesperando con 
su calma, no va a ser corbata lo que nece¬ 
site, sino una cuerda para ahorcarme. 

—¡Tiene usted mucha prisa, señor! —me 
respondió Teresa—. Su corbata no se ha per¬ 


dido. Aquí no se pierde nada, pues yo ten¬ 
go buen cuidado de todo. Pero déme usted 
por lo menos tiempo para buscarla. 

.He aquí, pensaba vo; he aquí el resultado de 
medio áglo de fidelidad. ¡Ah! Si por fortu¬ 
na csra inexorable Teresa hubiera una vez, una 
sola vez en su vida, faltado a sus deberes de 
sirvienta; si hubiese caído en falta aunque sólo 
fuera un minuto, no hubiese alcanzado este 
imperio inflexible sobre nú, y yo me atreve¬ 
ría al menos a defenderme. ¿Pero, quien se 
opone a la virtud? Las personas que no han 
tenido debilidades son terribles; no hay forma 
de volverse contra ellas. Ahí tienen a Teresa: 
ni un vicio por donde sorprenderla. No duda 
de ella, ni de Dios, ni del mundo. Es la mu¬ 
jer fuerte, la virgen prudente de la Escri¬ 
tura. y, aunque los hombres no la conozcan, 
yo sí. Se aparece en mi alma con una lám¬ 
para en la mano, una humilde lámpara de ho¬ 
gar, que brilla bajo las viejas de un rústico 
techo y que no se apagará nunca, sostenida 
por su brazo flaco, fuerte y torcido, como un 
sarmiento. 

—¡Mi corbata, Teresa! ¿No sabe usted, des¬ 
dichada. que hoy es el primer jueves de junio, 
y que la señorita Juana me espera? La direc¬ 
tora del pensionado ha debido mandar que 
enceraran al piso del locutorio. Estoy segu¬ 
ro de que será una distracción para mí, aun¬ 
que me rompa los huesos, cosa que sin duda 
no tardará, contemplar en él mi triste figu¬ 
ra, como en un espejo. Tomando entonces 
por modelo el amable y admirable héroe cuya 
imagen está cincelada en el bastón de mi tío 
Víctor, me esforzaré por mostrar un rostro 
sonriente y un alma constante. AI iré usted 
qué hermoso sol. Los muelles están dorados, 
y el Sena sonríe con sus innumerables ondas 
resplandecientes. La villa es de oro. Un pol¬ 
villo rubio flota sobre sus bellos contornos 
como una cabellera... ¡Teresa, mi corbata! 
¡Ah! Ahora comprendo al bueno de Chrysale, 
que guardaba sus alzacuellos en un voluminoso 
Plutarco. Siguiendo su ejemplo, de hoy en 
adelante guardaré todas mis corbatas entre 
las hojas de las Acta sanctorum. 

Teresa me dejaba hablar y buscaba en si¬ 
lencio. Oí que llamaban suavemente a la 
puerta. 

—Teresa — le dije —. llaman. Dcme mi cor¬ 
bata y vaya usted a abrir: o mejor, vaya usted 
a abrir y, con la ayuda del cielo, ya me dará 
usted luego la corbata. Pero no se quede usted 
asi, por favor, entre la cómoda y la puerta 
como una estantigua. 

Teresa se dirigió hacia la puerta como si 
marchara contra el enemigo. Mi excelente 
ama de llaves se ha vuelto muy poco hospi¬ 
talaria. Todo extraño es para ella sospechoso. 
Esta actitud procede, según dice, de una larga 
experiencia de los hombres. No tuve tiempo 
para considerar si la misma experiencia, hecha 
por otro experimentador, daria el mismo resul¬ 
tado. El señor Mouche me esperaba en mi 
despacho. 

Alouche es todavía más amarillo de lo que 
yo podía creer. Lleva anteojos azules, y bajo 
ellos se agitan sus pupilas, como ratones detrás 
de un biombo. 

Mouche se excusó por haber venido a mo¬ 
lestarme en aquel momento... No precisa de 
qué momenro se trata, pero yo me imagino que 
se refiere a un momento en que estoy sin 
corbata. Como ustedes saben, no es culpa 
mía. Mouche, que no está enterado de nada, 
no parece, por otra pane, sentirse ofendido. 
Teme ser importuno, eso es todo. Lo tran¬ 
quilizo a medias. Me dice que ha venido a 
hablar conmigo como turar de Juana Ale- 
xandre. Por lo pronto me invita a no tener 
en cuenta las restricciones que ha creído un 
deber poner en un principio a la autorización 
que me concedió para ver a Juana en su pen¬ 
sionado. En lo sucesivo, el internado de la se¬ 
ñorita Préfére estará abierto para mi todos 
los días, desde las doce a las cuatro. Conoce¬ 


dor del interés qTie yo tengo por esta i 
chacha, cree su delicr informarme sobre la p 
sona a la cual ha confiado su pupila. La 1 
ñorita Préfére, a quien ¿1 conoce hace mucl 
tiempo, posee toda su confianza. Es, según c 
una persona ilustrada, de buen sentido y í 
buenas costumbres. 

—La señorita Préfére —me dice— ( 
mujer de principios, lo que es una rara eos 
señor, en los tiempos que corren. Todo c* * 
hoy muy cambiado, y csra época no vale I 
que las precedentes. 1 

—Mi escalera es testigo, señor —le i— r — 
di—. Hace veinticinco años se dejaba sulS 
lo más cómodamente posible, y ahora me » 
foca y me rompe las piernas desde los priir 
ros escalones. Está deteriorada. Testigos s 
también los periódicos y los libros, que ante 
devoraba sin trabajo a la luz de la luna v 
que ahora, a pleno sol, se burlan de mi curttt 
sidad y no me muestran más que man ' 

blancas y negras como no me ponga los a_ 

ojos. La gota trabaja mis miembros. Esa i 
otra de las bromas del tiempo. 

—Y no sólo eso, señor — me respondió Mol 
che, gravemente —. Lo que nuestra época tie^ 
nc de verdaderamente malo, es que nadie es * 
contento con su posición. Reina en la soc» 
dad, de alto a bajo, en todas las clases, c 
descontento, una inquietud, una sed de bkí 
estar. 

— ¡Dios mío! —le respondí—, ^Cree i 
que esta sed de bienestar sea un signo de 1 
tiempos? Los hombres no han tenido en nin 
guna época apetencias de malestar. Sienipf 
han procurado mejorar su situación. Este cons 
tante esfuerzo ha producido constantes revo¬ 
luciones. Y seguirá produciéndolas, ¡eso i 
todo! 

— ¡Ah, señor! —me respondió Mouche- 
¡Gimo se conoce que vive usted entre sus 
bros, lejos del mundo! Usted no ve como \ 
los conflictos de intereses, las luchas ñor i 
dinero. Es la misma efervescencia en el f 
de y en el pequeño. Todos se libran : 
especulación desenfrenada. Me espanta lo que 
veo. 

Me preguntaba si Mouche no habría venid 
a casa nada más que a comunicarme su vil 
tuosa misantropía; pero de sus labios oí pala 
bras más consoladoras. Me presentó a Virgi 
nia Préfére como una persona digna de res 
peto, de estimación y de simpatía, muy hcw ‘ 
rabie, capaz de todas las abnegaciones, instr 
da, discreta, buena lectora, púdica y hábil pa-J 
ra aplicar vejigatorios Comprendí entonces que j 
si me había hecho una pintura tan sombría dej 
la corrupción universal, sólo había sido para 
que resaltaran mejor, por contraste, las virtu¬ 
des de la institutriz. Supe también que e! es-í 
tablccimiento de la calle Demours estaba muyL 
acreditado, era lucrativo y gozaba de públicaL 
estimación. Para confirmar sus declaracior.esj 
extendió su mano enguantada de lana negi 
Después agregó; 

—Estoy obligado, por mi profesión, a cono-J 
cer el mundo. Un notario es, en cierto modo,» 
un confesor. He creído mi deber, señor, traer-J 
le ran buenos informes en el momento c 
nna feliz casualidad le ha puesto a usted en ] 
relación con la señorita Préfére. Sólo he de 
agregar una cosa: esta señorita, que ignora 
absolutamente el paso que acabo de dar, me ha I 
hablado de usted el otro día en términos del 
profunda simpatía. No podría repetirlos sinl 
empequeñecerlos y, por otra parte, no podría 1 
decírselos sin traicionar en cierto modo la | 
confianza que ella me ha dispensado. 

—No la traicione usted, señor —le respoi 
di —, no la traicione. Si he de serle franct 
ignoraba que la señorita Préfére me conocie-l 
se por lo más remoto. De rodos modos, pues-1 
to que tiene usted sobre ella la influencia de I 
una antigua amistad, aprovecharé, señor, susl 
buenas disposiciones para conmigo, rogándole! 
que use de su influencia junto a su amiga en 1 
favor de Juana Alexandre. Esa niña, pues se 

















u de una niña, está recargada de trabajo, 
cípula y maestra a la vez, se fatiga dcina- 
_j- temó que le hagan sentir excesivamente 
| pobreza, y las humillaciones pueden acabar 
Jrsoblcvar a su naturaleza generosa. 

~ ¡ Ay! —me respondió Mouche —. Es con¬ 
genie prepararla para la vida. No estamos 
| d mundo para divertimos y hacer cuanto 
.. gs ocurra. 

pastamos en el mundo —respondí vivamen- 

- para complacernos en la belleza y en el 
j, y hacer cuanto se nos ocurra, si lo que 

ocurre es noble, espiritual y generoso. 

■ educación que no ejercita la voluntad es 
I educación que deprava las almas. Es pre- 

- que ci instituto enseñe a tener voluntad. 

- pareció advertir que Mouche me con- 

como un pobre hombre. Muy seguro 
|o que decía y con mucha calma, me rc$- 

usted, señor, que la educación de 
j pobres debe hacerse con mucha circuns- 
xión y teniendo en cuenta el estado de de¬ 
cencia en que deben encontrarse en la so- 
bd. ¿Usted no sabe acaso que Noel A-le- 
e murió insolvente, y que su hija esta 
> educada casi por caridad? 

E-~Oh. señor! — exclamé —. No hay que de- 
"lío. El decirlo es cobrarlo, y entonces deja 
_* ser caridad. . . 

-Ei pasivo de la sucesión - prosiguió el no- 
BD- excedía al activo. Pero yo hice ji.gu- 
b arreglos con los acreedores, en interes de 
b menor. 

I Se ofreció para darme explicaciones deta- 
^hs; le hice gracia de ellas, incapaz de cont¬ 
ender los negocios en general y en panicu- 
r los del señor .Mouche. El notario se aph- 
i Ce nuevo a justificar el sistema de educa- 
i de la señorita Préfére, y me dijo, como 
i concluir: ..... 

—Nada se aprende divirtiéndose. _ # 

_N'ada se aprende como no sea dtvirtiendo- 
. respondí-. El arte de ensenar no es 
‘ t más que el arte de despertar la curio- 
^ en las mentes juveniles, para satisfacerla 

■ seguida; y la curiosidad sólo es viva y sana 
. |o¿ espíritus felices. Los conocimientos que 
t inculcan a la fuerza, embotan las íntebgen- 

cbs v las ahogan. Para digerir todo conoci- 
£mtn es preciso haberlo deglutido con ape- 
Conozco a Juana. Si esta niña estuviese 
oooíbda a mí, haría de ella no una sabia, pues 
. Lt quiero bien, sino una criatura brillante 

■ inteligencia v de vida, V en la cual todas 
l bellas cosas de la naturaleza y del arte se 

ran con un dulce resplandor. Li haría 
f en contacto con los bellos paisajes, con 
i escenas ideales de la poesía y de la histo- 

- c.n la música noblemente emotiva. Procu- 
m hacerle amable todo lo que yo quisiera 

e amase. No desdeñaría para ella los traba- 
. acnija la elección de los tejidos, el 
■o por los bordados v por las distintas ela- 
s de encajes. Le regalaría un lindo perro y 
, poney para enseñarla a gobernar a las 
Bñnjns: le regalaría pájaros, para que apren- 
, al criarlos, lo que vale una gota de 
„ v una miga de pan. A fin de crear en 
a una satisfacción más. querría que fuese ca- 
a con alegría. Y, puesto que el dolor 
..evitable, puesto que la vida está llena de 
trias, le enseñaría la resignación cristiana 
_ c nos eleva por encima de todas las miserias 
dolor mismo le comunica una belleza. ¡He 
«qui cómo entiendo yo la educación de una 
pachacha! 

-Es una opinión -respondió Mouche. |un- 
r-,do sus dos guantes de lana negn. 

Y se levantó, 

[ —Comprenderá usted — le dije, acompa- 
Üedole- que no pretendo imponer a la se- 
t>rin Préfére mi sistema de educación, que 
% particularmente mío y perfectamente incomi¬ 
ble con la organización de los pensionados 
K .or dirigidos. Tan sólo le suplico la persua- 
i pira que dé a Juana menos trabajo y mas 


distracción, para que no la humille y para que 
le conceda cuanta libertad espiritual y corpo¬ 
ral sea compatible con el reglamento de la 
institución. . 

Mouche me aseguró con una sonrisa palíela 
y misteriosa, que mis observaciones no cae¬ 
rían en saco roto y que se las tendría en cuen¬ 
ta muy especialmente. 

Por último, me hizo un ligero saludo y 
se fué, dejándome en un extraño estado de 
turbación y malestar. He tratado en mi vid3 
personas de muy diversas clases, pero seme¬ 
jantes a este notario y a esta institutriz, nin¬ 
guna. 

6 de julio. 

Como me retrasé bastante con la visita de 
Mouche, renuncié a ver a Juana aquella tar¬ 
de. Deberes profesionales me ocuparon el 
resto de la semana. Aunque en la edad de 
desentenderme de las cosas, estoy unido aún 
por mil ligaduras a este mundo en el que me 
ha tocado nacer. Presido academias, congre¬ 
sos, sociedades. Estoy abrumado de cargos 
honoríficos; desempeño hasta siete, bien con¬ 
tados, en un solo ministerio. Las oficinas bien 
quisieran deshacerse de mí, y vo bien qui¬ 
siera deshacerme de las oficinas. Pero la cos¬ 
tumbre es más fuerte que ellas y que yo, 
y subo pasito a paso, las escaleras del Estado. 
A espaldas mías, los viejos ujieres se seña¬ 
larán entre ellos mi sombra errante por los 
corredores. Cuando se llega a una edad tan 
avanzada, es muy difícil desaparecer. Sin em¬ 
bargo, ya es tiempo, como dice la canción, 
de que me retire pensando en el fin. 

Una vieja marquesa filósofa, amiga de Hel¬ 
vecio en su juventud, y que yo vi. cuando 
tenia va muchos años en casa de mi padre, 
recibió en su última enfermedad la visita de 
un sacerdote que la quería preparar a bien 
morir. 

—¿Es muy necesario? —respondió ella—. 
Veo que todo el mundo lo consigue perfec¬ 
tamente a las primeras de cambio. , 

Mi padre fué a verla poco tiempo después, 
y la encontró en las últimas. 

—Buenas tardes, amigo mío -le dijo ella, 
al estrecharle la mano —; ahora vere si Dios 
gana después de conocerle. 

He aquí cómo morían las bellas amigas de 
los filósofos. Esta manera de acabar no es 
ciertamente de una vulgar impertinencia, y li¬ 
gerezas como ésta no se encuentran en la ca¬ 
beza de los tontos. Pero me desagradan. Ni 
mis temores ni mis esperanzas están de acuer¬ 
do con tal modo de partir. Yo quisiera para 
ese viaje un poco de recogimiento, y por 
eso hará falta que piense, de aquí a algunos 
años, en estar conmigo mismo, sin lo cual me 
arriesgaría a que la... Pero, ¡chist!, que Ella, 
al pasar, no se vuelva al oír su nombre. Toda¬ 
vía puedo, sin su ayuda, levantar mi fardo. 

Encontré a Juana muv contenta. Me ha 
contado que el jueves último, después de la 
visita de su tutor, la señorita Préfére la había 
libertado del reglamento, aligerándola, además, 
de diversos trabajos. Desde este venturoso jue¬ 
ves, se pasea libremente por el jardín, at que 
sólo le faltan las flores y el follaje. Y hasta 
tiene facilidades para trabajar en su pequeño 
e infortunado San Jorge. 

Me dijo, sonriendo: 

—Sé muy bien que es a usted a quien debo 
todo esto. 

Le hablé de otra cosa, pero advertí que no 
me escuchaba con la atención que ella hu¬ 
biese querido. 

—Noto que algo te preocupa - le dije —. 
Dime lo que sea, que no es digno de ti ni 
de mí el que haya ninguna reserva en nues¬ 
tra conversación. 

Me respondió: 

-¡Oh! Es verdad que pensaba en otra 
cosa* mientras me hablaba. ¿Me perdona us¬ 
ted, no es cierto? Pensaba que es preciso que 


LEOPLAN - 17 


Un lector nos escribe: Un libro maravilloso me 
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la señorita Préfére le distinga a usted mucho 
para que se haya vuelto de pronto tan buena 
conmigo. 

Y me miró con un aire a la vez risueño y 
azorado que me causó risa. 

—¿Eso te extraña? — le pregunté. 

—Mucho — me respondió. 

—¿Podrías decirme por qué? 

—Porque no encuentro los motivos por los 
que pueda usted ser Can agradable a la seño¬ 
rita Préfére. 

—¿Tan repelente me hallas, Juana? 

— ¡Oh, no! Pero verdaderamente no encuen¬ 
tro ninguna razón para que usted interese tan¬ 
to a la señorita Pré/crc. Y, sin embargo, usted 
le interesa mucho, mucho. Me ha mandado lla¬ 
mar. y me ha hecho todo género de pregun¬ 
tas sobre usted. 

—¿De veras? 

—Sí; quería conocer sus intimidades. ¡Hasta 
me ha preguntado la edad de su ama de llaves! 

—¡Muy bien! -le dije—. ¿Y tú qué te ima- 
ginas? 

Permaneció un buen rato con los ojos fijos 
en sus gastadas horas, como absorta en una 
profunda meditación. Por último, levantando 
la cabeza: 

—Me preocupa — dijo—. ¿No es natural que 
uno se inquiete por lo que no comprende? 
Soy una aturdida, es cierto, pero espero que 
por eso no desmereceré a sus ojos. 

—Te aseguro que no, Juana. 

Confieso que me contagió su preocupación, 
y daba vueltas en mi vieja cabeza a este pen¬ 
samiento de aquella joven criatura: nos inquie¬ 
ta aquello que no comprendemos. 

Pero Juana continuó, sonriendo: 

—Me ha preguntado... ¿A que no adivina 
usted?... Me ha preguntado si gusta usted 
mucho de los buenos manjares. 

—¿Y cómo has recibido tú ese chaparrón 
de interrogaciones? 

—Le he contestado: "Yo no sé nada, seño¬ 
rita”. Y la señorita me dijo: “Es usted ton¬ 
ta, criatura. Los menores detalles de la vida 
de un hombre superior no deben escapar a 
nuestra atención. Sepa usted, señorita, que el 
señor Silvestre Bonnard es una de lai glorias 


de Francia”. 

—¡Demonio! —exclamé—. ¿Y tú qué pien¬ 
sas? 

—Pienso que la señorita Préfére tiene ra¬ 
zón. Pero a mí no me impona... (compren¬ 
do que está mal que diga-esto); no me^mpor- , 
ta nada que la señorita Préfére tenga o no ra¬ 
zón en cualquier cosa que sea. 

—Pues bien, Juana, puedes estar tranquila: 
la señorita Préfére no tiene razón. 

-¡Sí, sí, tiene razón! Pero yo desearía que¬ 
rer a todas las personas que usted quiere, a 
todas sin excepción, y esto no será posible, - 
pues jamás podré querer a la señorita Préfére. J 

—Escúchame, Juana — le respondí gravemea- « 
te -. La señorita Préfére es ahora buena con¬ 
tigo, sé tú buena con ella. 

Con un tono seco, me respondió: 

—Es muv fácil a la señorita Préfére ser bue¬ 
na conmigo: a mí me será muy difícil ser 
buena con ella. 

Dando aún más gravedad a mi lenguaje, le 
respondí: 

—Hija mía, la autoridad de los maestros CS 
sagrada. Tu directora representa junto a ti 
a la madre que has Rerdido. f « 

Apenas dije esta solemne tontería, cuando 
me sentí cruelmente arrepentido. La mucha¬ 
cha palideció, sus ojos se inflamaron. 









78 » LEOPLAN 


—¡Oh! -exclamó—, ¿Cómo ha podido us¬ 
ted decir semejante cosa? 

Sí, ¿cómo puede yo decir aquello? 

Juana repetía: 

' —¡Mamá! ¡Mi mamá querida! ¡Mi pobre 
mamá! 

El azar nvc impidió ser un estúpido hasta 
el fin. No se cómo, lo cierto es que pareció 
que iba a echarme a llorar. A mi edad ya no 
se llora. Fué una tos maligna la que llenó 
de lágrimas mis ojos. Esto se prestaba a equi¬ 
vocaciones, y Juana se equivocó. ¡Oh! ¡Que 
pura, que radiante sonrisa brilló entonces bajo 
sus bellas pestañas mojadas, como el sol en 
las ramas, después de una lluvia de verano! 
Nos estrechamos las manos y quedamos así 
largo tiempo, sin decimos nada, felices. 

—Hija mía — hablé yo al fin -; soy muy 
viejo y me han sido revelados muchos secre¬ 
tos de la vida, que tú irás descubriendo poco 
a poco. Créeme: el porvenir está hecho del 
jasado. Todo lo que hagas por vivir buena¬ 
mente aquí, sin odio y sin amargura, te ser¬ 
virá para vivir un día en paz y dichosa en tu 
casa. Procura ser dulce y aprende a sufrir. 
Cuando se sufre con conformidad se sufre 
menos. Si llegara un día en que tuvieses un 
verdadero motivo de queja, yo estaría aquí 
para atenderla. Si alguien ^¿ofendiese a ti, 
nos sentiríamos igualmente ofendidos la seño¬ 
ra de Gabry y yo. 

—¿Su salud sigue siendo buena, mi querido 

señor? 

Quien me hacía esta pregunta, acompañán¬ 
dola de una sonrisa, era la señorita Préfcre, 
que había llegado cautelosamente hasta nos¬ 
otros. Lo primero que se me ocurrió fue man¬ 
darla a todos los diablos; lo segundo, com¬ 
probar que su boca estaba tan hecha para son¬ 
reír como una cacerola para tocar el violín; 
lo tercero, corresponder a su fineza y decirle 
que esperaba que ella se encontrase bieri. 

Envió a la muchacha a que se paseara por 
el jardín; después, con una mano sobre la 
pelerina y la otra extendida hacia el cuadro 
de honor, me señaló el nombre de Juana Ale¬ 
jandre escrito con letra redondilla a la cabeza 
de la lista. 

—Con verdadero placer — 1c dije — veo que 
está usted satisfecha de la conducta de esa 
criatura. Nada puede ser para mí más agra¬ 
dable, y me inclino a atribuir este feliz resul¬ 
tado a su afectuosa vigilancia. Me he tomado 
la libertad de hacerle enviar algunos libros 
que pueden interesar a instruir a las mucha¬ 
chas. Usted juzgará, después de echarles un 
vistazo’ si cree oportuno dárselos a la señori¬ 
ta Alexar.dre y a sus compañeras. 

La gratitud de la directora del pensionado 
llegó hasta el enternecimiento, y se manifestó 
en un chaparrón de palabras. Para acabar 
con ellas, la interrumpí: 

—Tenemos hoy un hermoso día. 

—Sí — me respondió —; y si el buen tiempo 
continúa, mis queridas niñas podran disfrutar 
de él. 

—Se refiere usted, sin duda, a las vacacio¬ 
nes. Pero la. señorita Alexandxe, como no 
tiene familia, no saldrá de aquí. ¿Qué hará 
ella, Dios mío, en esta gran casa vacía? 

—Le daremos cuantas distracciones sean po¬ 
sible-:. llevaré a los muscos y... 

Vaciló un momento, y agregó, ruborizán¬ 
dose: 

—.. .y a su casa, sí usted nos lo permite. 

—¡Oh, sí! —exclamé-. Magnífica idea. 

Nos separamos muy amigos el uno del otro. 
Yo, porque había obtenido de ella lo que de¬ 
seaba; ella de mí sin motivo aparente, lo cual, 
según Platón, coloca a la amistad en el más 
alto grado de la jerarquía de las almas. 

Con todo, introduje a esta mujer en mi 
casa con un mal presentimiento. Hubiese de¬ 
seado que Juana estuviese en otras manos. El 
señor Mouche y la señorita Préfére son dos 
espíritus que no concuerdan con el mío. Ja¬ 
más sé por qué dicen lo que dicen, ni por 


qué hacen lo que hacen; hay en ellos miste¬ 
riosas profundidades que me conturban. Tenía 
razón Juana en lo que me dijo: nos inquieta 
aquello que no comprendemos. 

¡Ay! A mis años se sabe de sobra lo poco 
inocente que es la vida; como se sabe también 
hasta qué punto se pierde esa inocencia vi¬ 
viendo mucho, y que sólo en la juventud so¬ 
mos confiados. 

¡6 de agosto. 

Las esperaba. La verdad es que las espe¬ 
raba con impaciencia. Para convencer a Te¬ 
resa de que las dispensase una buena acogida, 
empleé todo m¡ arte de insinuar y de agra¬ 
dar, pero no fué bastante. Llegaron. Juana 
estaba, os lo aseguro, muy pimpante. No es 
su abuelita, ciertamente; pero hoy, por prime¬ 
ra vez, me he dado cuenta de que tiene una 
fisonomía agradable, cosa que en este mundo 
es muy útil para una mujer. Juana sonreía, 
y la ciudad de los libros se llenó de júbilo. 

Espié a Teresa, para ver si sus rigores de 
vieja guardiana se suavizaban en presencia de 
la muchacha. La vi fijar en Juana sus ojos 
empañados, su rostro de piel fláccida, su boca 
hundida, su puntiagudo mentón de vieja hada 
autoritaria. Y eso fué todo. 

La señorita Préfcre, vestida de azul, avan¬ 
zaba. retrocedía, saltaba, trotaba, gritaba, sus¬ 
piraba,^ bajaba los ojos, levantaba los ojo?, se 
deshacía en finezas, no se atrevía, se atrevía, 
no se atrevía a nada más, volvía a atreverse, 
hacía una reverencia, en fin, un puro dengue. 

— ¡Qué de libros! —exclamaba—. ¿Y los ha 
leído usted todos, señor Bonnard? 

— ¡Ay, sí! — le respondí —. Y ésa es la causa 

de que no sepa nada de nada, pues no hay 
uno de estos libros que no desmienta al otro, 
de suerte que, cuando se los ha leído a todos, 
no se sabe qué pensar. Este es mi caso, seño¬ 
rita. \ 

La señorita Préfcre llamó a Juana para co¬ 
municarle sus impresiones, pero la muchacha, 
que estaba mirando por la s emana, nos dijo: 

—¡Qué lindo! ¡Cómo me gusta ver el río! 
¡Hace pensar en tantas cosas! 

La señorita Préfére se había quitado el som¬ 
brero, descubriendo una frente ornada de bu¬ 
cles rubios, y mi sirvienta tomó bruscamente 
el sombrero, diciendo que no le gustaba ver 
nada rodando por los muebles. Después se 
acercó a Juana y le pidió “sus trapos'’, lla¬ 
mándola su señorita. La señorita le dió su 
manteleta y su sombrero, descubriendo un 
cuello gracioso y un busto redondeado, cuyos 
contornos se destacaban netamente sobre la 
viva luz de la ventana; y yo hubiese deseado 
que en aquel momento la contemplara alguien 
más que una vieja criada, la directora de un 
pensionado, rizada como un borrego, y un 
infeliz archivero paleógrafo. 

—¿Miras cómo el Sena brilla al sol? — le 
dije. 

—Sí —me respondió, acodada en la baran¬ 
dilla —. Se diría una llama que corre. Pero 
mire allá lejos, qué frescura tiene en aquel 
ribazo, bajo los sauces que se reflejan en él. 
Ese rinconcitó me gusta más que todo el resto. 

—¡Vaya! —respondí—. Veo que el río tie¬ 
ne para ti su encanto. ¿Qué dirías tú, si con 
el consentimiento de la señorita Préfcre, fué¬ 
ramos a Saint-Cloud en una lancha a vapor 
que, seguramente, encontraríamos en Pont- 
Royal? 

Juana estaba muy contenta con mi idea, y 
la señorita Préfére* dispuesta a todos los sa¬ 
crificios. Pero mi sirvienta no consentía en 
dejarnos marchar así. Me condujo al comca- 
dor, donde la seguí temblando. 

—Señor — me dijo, cuando estuvimos so¬ 
los—. No piensa usted en nada, y es preciso 
que sea yo la que esté en todo. Afortunada¬ 
mente tengo buena memoria. 

No me pareció oportuno destruir aquella 
ilusión temeraria. Y continuó: 


-¡Muy l __ __ 

lo que le gusta a la señorita? Usted, ! 
es muy difícil de contentar, sí, señor, 
difícil; pero al menos sabe usted lo que 
bueno. No es como las jovencitás: no cnti 
den de cocina. Con frecuencia lo mejor 
lo que encuentran peor, y lo malo les pare 
bueno, porque no tienen hecho todavía el gT 
to, hasta el punto de que no sabe una i¿ic 1 
cer para ellas. Dígame si a la señorita 1c gi 
tan los pichones con guisantes y las ftirar 

—Mi querida Teresa —le respondí—, ha* 
usted lo que le parezca mejor, que sega 
mente le gastara. Estas damas sabrán cono 
tarse con lo que nosotros comemos a d¡ai 

Teresa respondió secamente: 

—Señor, yo le hablo de la señorita jove 
no está bien que se vaya de la casa sin hab 
disfrutado de algo. En cuanto a la vieja’ 
zada, si mi comida no le gusta, que se cha 
el dedo. Me tiene sin cuidado. 

Con el alma sosegada volví a la ciudad 
los libros, donde la señorita Préfére ha 
crochet tan- tranquilamente, que se hubiera i 
cho se encontraba en su casa. Nada faltó p 
que lo creyera yo mismo. La verdad es < 
tenía poco sitio en,el rincón de la ventat 
pero había elegido tan bien su silla y su 
bu rete, que estos muebles parecían hechos p 
ella. 

Juana, por el contrario, dirigía a los líhr 
y a los cuadros una larga mirada, que paree 
casi un afectuoso adiós. 

—Toma — le dije —, distráete hojeando t 
libro, que seguramente te gustará, porque t 
ne grabados muy bonitos. 

Y abrí ante ella la compilación de traj 
de Vcccllio; no la copia vulgar, pobrenici 
ejecutada por artistas modernos, sino un ma 
nífico y venerable ejemplar de La edición prí 
cipe, noble al igual que las nobles damas qu 
figuran sobre sus hojas amarillentas y r~ uí 
bellecidas por el tiempo. 

Ojeando los grabados, Juana me dijo co 
una ingenua curiosidad: 

—Hablábamos de un paseo, y me ofre 
usted un viaje, un gran viaje. 

—Pues bien, señorita — le dije —, es ncc< 
rio instalarse cómodamente para viajar. E 
sentada en un rinconcito de tu silla, que hace 
apoyar en una sola pata, y el Vcccllio det 
fatigar tus rodillas. Siéntate bien, con la j 
bien aplomada ^' el libro sobre la mesa. 

Me obedeció sonriendo, y me dijo: 

—Mire usted, qué traje más precioso. (Eí 
el de una dogaresa.) ¡Qué nobleza tiene 
qué magnificas ideas sugiere! ¡Es hermoso i 
lujo! 

—No debe usted tener semejantes ideas, s 
ñorita - dijo la directora del internado, le 
vanrando de su labor su naricilla imperfect 

—Es bien inocente — le respondí —. Hay a 
mas lujosas, que tienen e! gusto innato de i 
magnificencia. 

La naricilla imperfecta se bajó al instan» 

—A la señorita Préfére también le gusta 
lujo — dijo Juana —. Recorta papeles trao 
parentes para las lámparas. Es un lujo econá 
mico, pero no deja por eso de ser un lujo 

De nuevo en Vcnceia, trabábamos con» 
cimiento con una patricia vestida con una dal 
marica bordada, cuando sonó la c3mpanill 
Creí que sería algún proveedor con su cest 
cuando la puerta de la ciudad de los libro 
se abrió y... No hace mucho deseabas. vicj< 
SQvestrc Bonnard, que otros ojos que no fue 
ran los tuyos, con gafas y cansados, viesen 
tu protegida en toda su gracia; tus deseos : 
han cumplida de la manera más insospechadá 
Y, como al imprudente Teseo, una voz f 
dice: 


Temed, señor, temed que el cielo riguroso 
no os aborrezca tamo que c¡nnp!a vrtcstro 
[deseos, 

Se abrió la puerra de la ciudad de los libros 
y apareció en ella un hombre joven y guapo, 
introducido por Teresa. Esta vieja alma, en su I 







.Jad, sólo sabe abrir o cerrar la pucr- 
s gentes; nada sabe de las finezas de la 
mara o el salón. No entra en sus cosrum- 
1 anunciar ni el hacer esperar. Deja a 
'cantes en la escalera o los hace pasar 
i miramientos 

e aquí, pues, al joven que ella conducía, y 
• yo no podía verdaderamente hacer en- 
; de inmediato en la habitación vecina, 

, a un animal peligroso. Esperé que se 
ara, cosa que hizo con desenvoltura, si 
k me pareció que se fijaba en la muchacha 
. molinada sobre la mesa, ojeaba el Vece- 
Le miré con atención: o mucho me enga- 
i o le había visto ya en otra parte. Se 
k Gelis. He aquí un nombre que he oído 
jo sé donde. El hecho es que Gelis tiene 
f buena figura. Me dice que está en tercer 
k la Escuela Diplomática, y que prepara 

_■ hace quince o diez y ocho meses su 

5 de grado, cuyo asunto es el estado de las 
benedictinas en 1700. Acaba de leer 
t trabajos sobre el Momtsticon y está per¬ 
dido de que no puede terminar debidamen- 
1 tesis sin mis consejos, en primer lugar, 
ia cierto manuscrito que yo tengo en mi 
r v que no es otro que el registro de cuen- 
t la abadía de Citeaux de 1683 a 1704. 
wés de informarme sobre estos puntos, 
ígó una carta de recomendación fir- 
_ r r el más ilustre de mis cofrades. 

Ü fin caigo en la cuenta: Gelis es el mismo 
ue el año pasado me trató de imbécil 
. _js castaños. Habiendo desdoblado su 
iée recomendación, pienso: 

' . ah! ¡Qué lejos estás tú, desgraciado, 

oner que te he oído y que sé lo que 

„_ i de nú..., o al menos, lo que pensa- 

|aquel día, pues las cabezas jóvenes son 
y tornadizas! ¡Eres mío, joven imprudente! 
*—l metido en lá cueva del león, pero tan 
.adámente, que el viejo león sorprendi¬ 
do sabe qué hacer con su presa. ¿Pero tú, 
O kóo, no serás verdaderamente un imbécil. 3 
» lo eres, lo fuiste. Fuiste un estúpido al 
r atención a lo que decía Gelis al pie de 
ia de Margarita de Valois; dos veces 
_j al escucharle, y tres veces estúpido 
» haber olvidado lo que más te valiera no 
r oído.” 

Tns de reprender así al viejo león, le exhor- 
g a «pw se mostrara clemente. No se hizo ro- 
r macho y bien pronto se puso tan con- 
X que hubo de contenerse para no es- 
r en gozosos rugidos, 
r h forma en que Leía la carta de mi 
* podía creer que lo hacía deletreando. 
_► unto mi lectura, que Gelis hubiera po- 
» íburrirme, si no tomara su mal con pa¬ 


ciencia, contemplando a Juana, que de vez en 
cuando volvía la cara-hacia nosotros. No es 
posible permanecer inmóvil, ¿no es cierto? La 
señorita Préfére se arreglaba sus bucles, y su 
pecho se levantaba con pequeños suspiros. De¬ 
bo decir que yo mismo he sido honrado con 
frecuencia con estos pequeños suspiros. 

—Señor — dije, doblando la carta —, me sa¬ 
tisface mucho poder serle útil. Se ocupa usted 
de investigaciones que a mí me han interesado 
vivamente. He hecho lo que he podido. Sé 
lo mismo que usted — y aun mejor que us¬ 
ted — cuánto queda aún por hacer. El ma¬ 
nuscrito que usted me pide está a su disposi¬ 
ción. Puede llevárselo, aunque no es de los 
más pequeños, y me temo... 

—¡Ah, señor! — me dijo Gelis —. Los grue¬ 
sos volúmenes no me dan miedo. 

Rogué al joven que me esperase y fui a un 
gabinete vecino a buscar el manuscrito que de 
pronto no encontré y que desesperaba de en¬ 
contrar cuando me di cuehta, por seguros in¬ 
dicios, de que mi sirvienta había puesto orden 
en mi gabinete. Pero aquel manuscrito era tan 
grande y tan voluminoso que Teresa no había 
podido hacerlo desaparecer por completo. Lo 
levanté con esfuerzo, y tuve el gusto de ha¬ 
llarlo todo lo pesado que convenía a mis deseos. 

—Espera, amigo mío — me dije con una son¬ 
risa que debía ser por demás sarcástica —, es¬ 
pera. Ya verás cómo te abruma con su peso, 
fatigando primero tus brazos y después tu 
cabeza. Es la primera venganza de Silvestre 
Bonnard. Ya nos veremos. 

Cuando volvía a la ciudad de los libros, oí 
a Gehs que decía a Juana: "Las venecianas se 
teñían el cabello con una tintura rubia. Usaban 
el rubio de miel y el rubio de oro. Pero hay 
cabellos cuyo color natural es mucho más bello 
que el de la miel y’el del oro", Y Juana res¬ 
pondía con un silencio pensativo y concen¬ 
trado. Adiviné que se trataba del bribón de 
Vccellio y que, inclinados sobre el libro, ha¬ 
bían contemplado juntos a la dogaresa y a las 
patricias 

Aparecí con mi enorme libróte, pensando 
en la cara que pondría Gelis. Era la carga de 
un mozo de cuerda y yo tenía los brazos do¬ 
loridos. Pero el joven lo levantó como una 
pluma y lo metió bajo su brazo, sonriendo. 
Después me dió las gracias con esa brevedad 
que tamo me agrada, me recordó que tendría 
necesidad de mis consejos, y tras quedar de 
acuerdo en el día en que habríamos de ver- 
nos, se marchó saludándonos a todos con la 
mayor desenvoltura dd mundo... 

Dije: 

—Es muy gentil este muchacho. 


Juana volvió algunas hojas del Vecellío y 
no contestó. 

Fuimos a Saint-CIoud. 

Septiembre-Diciembre. 

Sus visitas se han sucedido con una exacti¬ 
tud por la que estoy profundamente agrade¬ 
cido a la señorita Préfére, que ha acabado por 
tener su rincón en la ciudad de los libros. 
Ahora dice: nú silla, mi taburete, mi costu¬ 
rero. Su costurero es una tablita de la que ha 
expulsado a los poetas cbampañeses para poner 
el saco de su labor. Es muy amable y sería 
preciso que yo fuera un monstruo para 1 
quererla. La sufro en todo el rigor de la pa¬ 
labra. ¿Pero, qué no sufriría yo por Juana? 
Ella da a la ciudad de los libros un encanto 
del cual gusto en el recuerdo cuando se mar¬ 
cha. Es poco instruida, pero tan admirable- . 
mente dotada, que cuando quiero enseñarle algo 
bello, resulta que yo no lo había visto ja¬ 
más y que es ella quien me lo hace ver. Si 
basta ahora me ha sido imposible hacerla se¬ 
guir el curso de mis ideas, con frecuencia en¬ 
cuentro placer en seguir el espiritual capri¬ 
cho de las suyas. 

Un hombre más sensato que yo pensaría en 
hacerla útil. ¿Pero no es útil en este mundo el 
ser amable? Sin ser bonita, es encantadora. En¬ 
cantar vale tanto acaso como el zurzir medias. 
Por otra parte, yo no soy inmortal, y ella 
sin duda no será todavía tan vieja cuando mi 
notario (que no es precisamente Mouche) le 
lea cierto papel que yo he firmadb hace 
poco. 

No quiero que nadie más que yo la proteja 
y la dote. No soy rico y la herencia paterna 
no se ha acrecentado cñ mis manos. No se 
amasan escudos compulsando viejos textos. Pe¬ 
ro mis libros, al precio 3 que se vende hoy esta 
noble mercancía, algo valen. Hay sobre estos 
estantes muchos poetas del siglo XVI que los 
banqueros disputarán a los príncipes. Y yo 
creo que estas Horas de Simón Vostrc no pa¬ 
sarán inadvertidas en el hotel Silvestre. Jo 
mismo que esas Preces piae que pertenecieron 
a la reina Claudia. He tenido buen cuidado 
de reunir y de conservar todos estos ejempla¬ 
res raros y curiosos que pueblan la ciudad de 
los libros, y he creído durante mucho tiempo 
que eran can necesarios a mi vida como el aire 
y la luz. Los he querido bien, y aun hoy día 
no puedo dejar de sonrcirles v de acariciarlos. 
¡Estos Tafiletes son tan agradables a la vista y 
estas vitelas ran suaves al tacto! No hay uno 
solo de estos libros que no sea digno, por al¬ 
gún mérito singular, de la estimación de un 























80 - LEOPLAN. 

"hombre espiritual. ¿Que otro dueño sabrá 
apreciarlos en todo lo que valen? ¿Sé tan si¬ 
quiera si un nuevo propietario no los dejará 
perecer en el abandono, o no los mutilará por 
un capricho de ignorante? ¿En qué manos 
caerá este incomparable ejemplar de la Histo¬ 
ria de la abadía dé Sairtt-Gen/iain-des-Préi, 
en cuyos mágenes el autor mismo, Dom Jaco- 
bo Bouillardi puso con su propia mano notas 
sustanciales?... Bonnard, eres un viejo loco. 
Tu cocinera, pobre criatura, está hoy clavada 
en su cama por un tremendo reumatismo. Juana 
tiene que venir con su “carabina” y, en lugar 
de prepararte para recibirlas, piensas en mil 
boberías. Silvestre Bonnard, tú no llegarás nun¬ 
ca a nada, yo te lo digo. 

Y precisamente desde mi ventana las veo 
que bajan del ómnibus. Juana salta como una 
gata y la señorita Préfcre se confia a los ro¬ 
bustos brazos del conductor, con las gracias 
púdicas de una Virginia escapada nuevamen¬ 
te del naufragio y resignada esta vez a dejar¬ 
se salvar. Juana levanta la cabeza, me ye, y 
me hice una imperceptible seña de amistosa 
confianza. Me doy cuenta de que es bella. Me¬ 
nos bella que su- abuelita. Pero su encanto es la 
alegría y el consuelo del viejo loco que soy 
yo. En cuanto a los jóvenes locos (todavía se 
encuentran), no sé lo, que ellos pensarán; no 
es cuenta tría... ¿Pero es. necesario repetirte, 
Bonnard, amigo nno, que tu sirv ienta está en la 
cama y que tú debes ir por ti mismo a abrir 
la puerta? 

Abre, infeliz Invierno..., es la Primavera 
quien llama. 

Es Juana, en efecto; Juana, que llega muy 
sonrosada. A la señorita Préférc, le falta toda¬ 
vía un piso que subir, sofocada e indignada, 
para lle«ar al descansillo. 

Les expliqué el estado de mi sirvienta y les 
propuse que comiéramos en un restaurante. 
Pero Teresa, todo poderosa aun en su lecho de 
dolor, decidió que debíamos comer en la casa. 
Según ella Jas gentes decentes no comían ja¬ 
mas en el restaurante. Por otra parte, ella lo 
tenía todo previsto. La compra estaba hecha 
y la portera se encargaría de preparar la co¬ 
mida. 

La atrevida Juana quiso ir a ver si la vieja 
enferma necesitaba algo. Como pueden uste¬ 
des imaginarse, fué rápidamente enviada de 
nuevo al salón, aunque no con tanta rudeza 
como yo me temía. 

—Si tengo necesidad de que me sirvan, no lo 
quiera Dios —le respondió—, buscare a al¬ 
guien que sea menos chiquilla que tú. Necesito 
descanso. Es una mercancía de la que tú no tic- 
f nes un puesto en la feria, que se titula: ¡chi- 
tón! Ve a divertirte y no sigas aquí. Es malsa¬ 
no: la vejez se contagia. 

Repitiéndonos sus palabras, Juana agregó 
que le gustaba mucho la manera de hablar de 
la vieja Teresa. Por este motivo, la señorita 
Préfcre la reprochó d tener gustos poco dis¬ 
tinguidos. Procuré justificarla con el ejemplo 
de tantos buenos artífices del idioma, que 
buscaban sus maestros entre los cargadores del 
puerto y entre las viejas lavanderas. Pero la 
señorita Préfére tenía predilecciones dema¬ 
siado selectas para avenirse a mis razones. 

Mientras ramo, Juana, con gesto suplican¬ 
te, me pidió por favor que le permitiera po¬ 
nerse un delantal blanco e ir a la cocina para 
ocuparse de la comida. 

-Juana — le respondí con la gravedad de 
un dueño de casa -, creo que si se trata de 
rnmpcr platos, desportillar fuentes, abollar ca¬ 
cerolas y desfondar ollas, la sórdida criatura 
que Teresa ha puesto en su lugar en la cocina 
se basta y se sobra, pues me parece oír allí en 
este momento inidos desastrosos. Sin embargo, 
yo te propongo, Juana, la preparación del pos¬ 
tre. Bu*.a un delantal blanco; te lo atare yo 
mismo. 

En efecto, yo ic aré solemnemente el delan¬ 
tal al talle y se lanzó a la cocina para prepa¬ 


rar, como después comprobamos, los más deli¬ 
cados manjares. 

No pude alabarme de haber tomado esta 
disposición, pues la señorita Préfére, en cuanto 
se quedó sola conmigo, adoptó una actitud in¬ 
quietante. .Me miró con los ojos llenos de lᬠ
grimas y de fuego y dió enormes suspiros. 

-Lo compadezco —me dijo—. Un hombre 
como usted, un hombre selecto, vivir solo con 
una criada grosera (porque incontestablemen¬ 
te es grosera). ¡Qué existencia tan cruel! Usted 
tiene necesidad de descanso, de miramientos, 
de atenciones, de cuidados de todo genero; 
puede usted caer enfermo. Y no habra mujer 
que no se sienta honrada de llevar su nombre y 
compartir su existencia. ¡Oh, no, no puede 
haberla! Me lo dice el corazón. 

Y apretó con sus dos manos aquel corazón 
siempre pronto a escaparse. 

Yo estaba literalmente desesperado. Procuré 
demostrar a la señorita Préfcre que no pensa¬ 
ba variar el curso de mi vida ya muy avanza¬ 
da y que así era rodo lo feliz "que podía serlo, 
de acuerdo con mi naturaleza y mi destino. 

— ¡No! Usted no es dichoso — exclamó ella—. 
Para eso necesitaría cerca de usted un alma ca¬ 
paz de comprenderlo. Salga usted de su cnsi-r 
mismamieiuo, vuelva los ojos a su alrededor. 
Tiene usted numerosas relaciones, buenas amis¬ 
tades. No se puede ser miembro del Instituto 
sin frecuentar la sociedad. Vea usted, juzgue, 
compare. Una mujer sensata no le rehusaría su 
mano. Yo soy mujer, caballero; mi instinto no 
me engaña nunca; hav algo que me dice que 
encontrará usted la felicidad en el matrimonio. 
¡Las mujeres son tan adictas, tan cariñosas (no 
todas, se comprende, pero algunas sí)! ¡Y ade¬ 
más, son tan sensibles a la gloria! A su coci¬ 
nera le faltan ya las fuerzas, es sorda, está acha¬ 
cosa. ¡Si se enfermara usted durante la noche! 
¡Tiemblo sólo de pensarlo! 

Y temblaba realmente; cerraba los ojos, apre¬ 
taba los puños, pataleaba. Mi abatimiento era 
extremado. Con qué formidable ardor conti- 

— ¡Su salud! ¡Su preciosa salud! Daría con 
placer toda mi sangre por conservar los'dias 
de un sabio, de un literato, de un hombre de 
mérito, de un miembro del Instituto. Yo des¬ 
preciaría a una mujer que no fuera capaz de 
hacer esto. Verá usted: conocí a la mujer de 
un gran matemático, un hombre que llenaba 
innumerables cuadernos de cálculos, con los 
que atestaba los armarios de la casa. Estaba 
enfermo del corazón y se desmejoraba a ojos 
vistas. Y yo observaba a su mujer muy tran¬ 
quila a su lado. Hasta que no pude contener¬ 
me y un día le dije: "Pero, amiga mía. no 
tiene usted corazón. Fn su lugar, yo haría..., 
yo haría... ¡No sé lo que yo haría!” 

Se calló extenuada. Mi situación era terrible. 
No podía ni soñar siquiera en decir a la seño¬ 
rita Préfcre’ claramente lo que pensaba de sus 
consejos, pues regañar con ella significaba per¬ 
der a Juana. Tome, por consiguiente, la cosa 
con dulzura. Por otra parte, ella estaba en mi 
casa: esta reflexión me ayudó a guardarle cier¬ 
tas consideraciones. 

—Soy demasiado viejo, señorita —le respon¬ 
dí —, y me temo que sus advertencias me lle¬ 
guen un poco tarde. Pero pensaré en ello. En 
tanto, cálmese. Convendría que tomara usted 
un vaso de agua azucarada. 

Con gran sorpresa mía, estas palabras la cal¬ 
maron súbitamente, v la vi sentarse con tran¬ 
quilidad en su rincón, junto a su costurero, 
sobre su silla, los pies sobre su taburete. 

1 .a comido no estaba muy bien que digamos. 
La señorita Préfcre. perdida en un sueño, no se 
dió cuenta. De ordinario son muy sensibles a 
esta clase de contratiempos; pero éste causó a 
Juana tanta alegría, que yo mismo acabé por 
divertirme con el. A mi edad aun no sabia que 
un pollo quemado por un lado y crudo por 
el otro fuese algo cómico; me lo enseñaron las 
claras risas de Juana. Aquel pollo nos hizo de¬ 
cir mil cosas ingeniosas que he olvidado y al 


cabo hasta me pareció encantador que no e 
viera asado convenientemente. 

La comida terminó no sin cierta gracia, cuan 
do Juana, con su delantal blanco, delgada y tic 
sa, presentó la fuente de huevos a la nieve qu 
ella misma había preparado. En su baño de oí 
pálido, brillaban con el más cándido fulgí 
y difundían un fino olor a vainilla. Y lo 
puso sobre la mesa con la gravedad de una 
cocinera de Chardin. (: 

En el fondo de mi alma yo estaba profun 
damente inquieto. Me parecía poco menos qw 
imposible mantenerme mucho tiempo en bue¬ 
nas relaciones de amistad con la señorita Prc 
fére, cuvos furores matrimoniales habían es 
tallado. Y marchándose la profesora, ¡adiós 1 
alumna! Aproveché un momento en que 1 
buena señora había ido a ponerse el abrigo, pai 
preguntar a Juana que me dijera con exac 
titud qué edad reñía. Me dijo que diez y ocb 
años v un mes. Conté con los dedos y me con 
vencí de que no sería mayor de edad antes d 
dos años y once meses. ¿Cómo pasar todo esr 
tiempo? 

Al separamos, la señorita Préfére me min 
con tal expresión que temblé de pies a cabeza 

—Hasta pronto — dije gravemente a la chi 
quila —. Pero escúchame: tu amigo es viej< 
y te puede faltar. Prométeme que no te falta¬ 
rás nunca a ti misma y estaré "tranquilo. ¡Que 
Dios te guarde, hija mía! 

Después de cerrar la puerta tras ella, abrí 1 
ventana para verla marcharse. I.a noche era o® 
cura y sólo divisé sombras confusas que se des¬ 
lizaban en la negrura del muelle. El zumb¡d< 
inmenso y sordo de la villa subía hacia mí, ; 
sentía oprimido el corazón. 


15 de diciembre. 1 

El rey de Thulé conservaba una copa de 
oro, que su amante le había dejado como re¬ 
cuerdo. Poco antes de morir y comprendiendo! 
que había bebido en ella por última vez, arro¬ 
jó la copa al mar. Guardo este cuaderno de 
recuerdos como el viejo príncipe de los mar 
res brumosos guardaba su copa cincelada, y Id! 
igual que él hundió su joya de amor en los 
abismos de las olas, yo quemaré este libro de 
memorias. 

La verdad es que no destruiré este monu¬ 
mento de una vida humilde, por una altiva 
avaricia y por un orgullo egoísta; pero teme¬ 
ría que I3S cosas que me son queridas y sagra¬ 
das resultaran, por falta de arte, vulgares y ri¬ 
diculas. 

No digo esto a propósito de lo que va a 
continuación. Me encontraba verdaderamente 
en ridículo cuando, invitado a comer por la 
señorita Prcfcre, me senté en una otomana 
(era en realidad una otómana) a la derecha de 
una persona tan inquietante. La mesa estaba 
puesta en un saloncito. Platos desportillados, 
vasos descabalados, cuchillos con el mango des¬ 
pegado. tenedores con los dientes amarillos; 
no faltaba nada de lo que puede quitar el 
apetito a una persona delicada. 

Se me advirtió que la comida estaba prepa¬ 
rada para mí. exclusivamente para mí. aunque 
Moucne asistiese también a ella. Sin duda la 
señorita Préfcre se imaginó que yo tenía, con 
respecto a la manteca, gustos de Sármata, pues 
la que me ofreció estaba extremadamente ran¬ 
cia. 

El asado acabó de envenenarme. Pero tuve el 
placer de oír a Mouclie y a la señorita Préfére 
hablar de la virtud. Digo el placer y debía 
decir la vergüenza, pues los sentimientos que 
expresaron están muy por encima de mi gro¬ 
sera naturaleza. 

Lo que dijeron me probaba con claridad me¬ 
ridiana. que la abnegación era para ellos como 
el pan de cada día y que el sacrificio les era tan 
necesario como el aire y el agua. Viendo que 
yo no probaba bocado, la señorita Préfcre 
hizo mil esfuerzos por vencer lo que ella, con 
excesiva bondad, llamaba mi discreción. Juana 



LEOPLAN - 81 


participaba de nuestra fiesta porque, según 
dijeron, su presencia, contraria al regla- 
ato, hubiera quebrantado la igualdad que 
necesario mantener entre todas las alunmas. 
j desolada sirvienta, nos presentó un exi- 

> postre y desapareció como una “sombra. 
ji tunees, la señorita Préfére contó a ¡Vlou- 

> con grandes transpones, todo cuanto ella 
(«hía dicho en la ciudad de los libros, mien- 

> mi criada estaba en la cama. Su admira- 
n por un miembro del Instituto, sus temo- 

de verme enfermo y solo, su certidumbre 
que una mujer inteligente se sentiría con- 
i y orguliosa de companir mi existencia; 
t omitio, agregando — por el contrario — 
t locuras. Mouche aprobaba con la ca- 
_ en tanto cascaba avellanas. Y, cuando 
l terminó su perorata, le preguntó con una 
dable sonrisa lo que yo había respondido. 
a señorita Préfére, con una mano sobre el 
jrón y la otra extendida hacia mí, exclamó: 
-¡Es tan afectuoso, tan superior, tan bueno 
a grande! Me respondió... Pero yo no 
fa, simple mujer, repetir las palabras de 
miembro del Instituto: bastará con que 
i. Me respondió: “Sí, la comprendo y 

_;ndo ésto, me agarró una mano. Mouche 

:vantó, muy emocionado, y me agarró la 

¡. mano. 

0 felicito, señor — me dijo. 

^pinas veces he tenido miedo en mi vida, 

> jamás había experimentado Un horror de 
««raleza, tan repugnante, 
aprendí mis manos de las suyas y, ievan- 
mc para dar a mis palabras toda la gra- 
1 posible: 

lora — le dije —: sin duda me habré ex- 
> mal en mi casa o }a he entendido mal 
l En los dos casos es necesaria una decla- 
i muy clara v terminante. Permítame us- 
, señora, hacerla ahora mismo. No, yo no 
Je comprendido-, no, yo no he aceptado na- 
. Ignoro en absoluto en qué mujer ha pen- 
*-i usted para mí, si es que ha pensado en 
aa. En cualquier caso, no tengo el propósi- 
e casarme. A mi edad sería una locura im- 
uble, y aun no puedo imaginarme cómo, 
jersona sensata como usted, me lo haya 

_j> aconsejar. Me inclino a creer que yo 

t engaño y que usted jamás me lia dicho na- 
l semejante. En este caso, perdone usted a 
i viejo que no tiene costumbres de socie- 
poco hecho al lenguaje de las damas y 
do por su error. 

jehe volvió de nuevo a su sitio, muy Icn- 
!e; donde, a falta de avellanas; se dedicó 
_jir un corcho, 
i señorita Préfére, después de haber fija- 
j mí algunos instantes unos ojillos redon- 
r secos, que aun no le conocía, recobró 
ilaura y su gracia acostumbradas. Y con 
xlosa, exclamó: 

..T-stos sabios’ ¡Estos hombres de gabinete! 
í’como los niños. Sí, señor Bonnard, es us- 
i verdadero niño. 

»oés, volviéndose hacia el notario, que 
;e ía quieto, la nariz sobre el corcho: 

,_i! ¡No le acuse usted! — 1 c dijo con 

i voz suplicante —. ¡No le acuse usted! No 
e mal de él, se lo ruego. ¡No piense mal! 
Iré que pedírselo de rodillas? 
íclie examinó su corcho por todos la- 
; como única respuesta. 

> estaba indignado. A juzgar por el calor 
X sentía en la cabeza, mis mejillas debían es- 
r extraordinariamente rojas. Y esro me hizo 
nmrender las palabras que oí entonces a cra- 
: del zumbido de mis sienes. 

—Me asusta nuestro pobre amigo. Haga us- 
I el favor de abrir la ventana, señor Mouche. 
t parece que no le vendría mal una compre- 
t de árnica. 

a la calle con oij indecible sentimiento 
Higrtancia y de terror. 

so de diciembre. 


Estuve ocho días sin oír hablar de la insti¬ 
tución Préfére. No pudiendo seguir más tiem¬ 
po sin noticias de Juana y pensando por otra 
parte que no debía abandonar la liza, tomé el 
camino de Ternes. ' . . , 

El locutorio me pareció más frío, más hú¬ 
medo, más inhospitalario, más insidioso, y la 
sirvienta más espantada, más silenciosa que nun¬ 
ca. Pregunté por Juana v, después de un largo 
rato, fué la señorita Préfére la que se presentó 
grave, pálida, los labios apretados, los ojos 
duros. 

—Señor, lo siento vivamente — me dijo, cru¬ 
zando los brazos bajo la pelerina — no poder 
permitirle que vea hoy a la señorita Alexandre; 
es de todo punto imposible. 

—¿Por qué? 

—Señor, las razones que me obligan a supli¬ 
carle que no menudee tanto sus visitas, son de 
una naturaleza particularmente delicada, y le 
ruego me evite lá contrariedad de decírselas. 

—Señora-le respondí—, estoy autorizado por 
el tutor de Juana para ver a su pupila todos 
los días. ¿Qué razones puede usted tener pa¬ 
ra oponerse a la voluntad del señor Mouche? 

—El tutor de la señorita Alexandre ( y se 
afirmó sobre este nombre de tutor como sobre 
un sólido punto de apoyo) desea tan vivamen¬ 
te como yo ver terminadas sus asiduidades. 

-Siendo así, tendrá usted a bien darme las 
razones en que se fundan él y usted. 

Contempló la pequeña espiral de papel y 
respondió con una calma severa: 

—¿Lo quiere usted? Aunque semejante ex¬ 
plicación sea penosa para una mujer, accederé 
a sus exigencias. Esta caja, señor, es una casa 
decente. Tengo mi responsabilidad: debo velar 
como úna madre sobre cada una de mis edu¬ 
candos. Sus asiduidades junto a la señorita Ale¬ 
jandre no podrían prolongarse sin perjuicio 
para ella. Mi deber es hacerlas cesar. 

—No la comprendo a usted — le respondí. 

Y era la verdad. Continuó lentamente: 

—Sus asiduidades en esta casa son interpre¬ 
tadas por las personas más respetables y las 
menos suspicaces de tal forma, que yo debo, 
en interés de mi establecimiento y en interés 
de la señorita Alexandre, ponerles fin lo antes 
posible. 

—Señora — exclamé —, he oído muchas es¬ 
tupideces en mi vida, pero ninguna compara¬ 
ble con Ja que usted acaba de decirme. 

Me respondió sencillamente: 

—Sus injurias no me alcanzan. Nada nos da 
tanta fuerza como el cumplimiento del deber. 

Y apretó su pelerina contra su corazón, esta 
vez no para contenerlo - , sino más bien para 
acariciar su impulso generoso. 

—Señora — le dije señalándola con el dedo —, 
-ha provocado usted la indignación de un an¬ 
ciano. Procure usted que este anciano la olvide, 
y no agregue nuevas infamias a las que acabo 
de conocer. La advierto que no dejaré de 
velar sobre Juana Alexandre. ¡Pobre de usted 
si le hace algún daño, cualquiera que sea! 

Mostrándose más tranquila a medida que yo 
me exaltaba, me respondió con una gran 
sangre fría: 

—Señor, estoy muy advertida sobre la natu¬ 
raleza del interés que a usted le guia respecto 
a esa jovcncica, .para no sustraerla 3 la vigilan¬ 
cia con la cual usted me amenaza. Ya hubiera 
debido, viendo la intimidad más que equívoca 
en la que usted vive con su ama de llaves, evi¬ 
tar su contacto con una niña inocente. Es lo 
que haré en adelante. Si me he mostrado hasta 
aquí demasiado confiada, no es usted quien 
puede reprochármelo, sino la señorita Alexan¬ 
dre; pero ella - es demasiado inocente, demasía^ 
do pura, gracias a mí, para imaginar la natu¬ 
raleza del peligro que usted le ha hecho correr. 
Supongo que no nie obligará usted a instruirla 
a este resjiecto. 

“Y'amos — me dije, encogiéndome de hom¬ 
bros—, era necesario que vivieses tanto, mi 
pobre Bonnard, para conocer con exactitud lo 


Automático 



que es una mala mujer. Ahora tu ciencia so¬ 
bre este particular es completa”. 

Salí sin contestarle una palabra, y tuve la 
satisfacción de ver en la súbita sofocación de 
la directora del internado, que mi silencio la ;; 
impresionaba más que mis palabras. 

Atravesé el patio, mirando a todas partí», por . 
si veía a Juana. Me acechaba, corrió hacia mí. 

-Si tocan a uno solo de tus cabellos, escrí¬ 
beme, Juana. Adiós. 

— ¡No! ¡Adiós, no! 

Le respondí: 

—¡No! ¡No! ¡Adiós, no! Escríbeme. 

Fui derechamente a casa de la señora de 
Gabry. 

—La señora está en Roma, con el señor. ¿No 
lo sabía usted? 

—¡Es cierto! — k respondí—, la señora me - 
lo escribió. 

Me lo había escrito, en efecto, y era prcci¿- J| 
so que yo estuviese trastornado para olvidarlo. 
Esta fué sin duda la opinión del criado, pues ^ 
me miró de una manera que quería decir: “El 
señor Bonnard ha vuelto a la infancia”, y se 
inclinó sobre la barandilla de la escalera, para 
ver si me entregaba a alguna acción extrava- | 
gante. Bajé cuerdamente los escalones y él se 
retiró decepcionado. 

Al entrar en mi casa, supe que Gelis se 
encontraba en el salón. Este muchacho me vi- 
sica con frecuencia. Cierto que sus opiniones | 
no son muy firmes, pero su espíritu no es en 
realidad trivial. Esta vez su visita me molesta 
un poco ¡Ay! Pienso que acaso diré a mi jo¬ 
ven amigo alguna tontería y a él también IÓ 
parecerá un chocheo. No puedo explicarle que 
he sido pedido en matrimonio y tratado como 
un hombre de malas costumbres; que se sos¬ 
pecha de Teresa y que J^na - se halla en po¬ 
der de la mujer más desalmada de la tierra. 
Verdaderamente estoy en un estado müy a pro¬ 
pósito para hablar de la abadías cistercínas con 
un joven y malévolo erudito ¡Vamos, sin Cnv- 
bargo, vamos!... 

Pero Teresa me detuvo: 

— ¡Qué sofocado está usted, señor! — me di¬ 
jo con un tono de reproche. 

—Es la primavera — le respondí. 

Y me rebatió: 

—¿La primavera en el mes de diciembre? 

Estamos efectivamente en el mes de diciem¬ 
bre. ¡Ah! ¡Qué cabeza la mía y qué buen 
apoyo tiene en mí la pobre Juana! 

—Teresa, tome mi bastón y guárdelo usted, 
si es posible, en un rincón donde yo no lo 
encuentre. 

















62 - LEOPLAN 


—Buenas raides, Gelis. ¿Cómo está usted? 

Sin lecha. 

Á1 día sipuíente el buen viejo quiso lcvan- 
í tarsc; no pudo lograrlo. La mano invisible que 
lo tenía extendido sobre el lecho era muy re- 
I- cia. El buen viejo, materialmente clavado, se 
V resignó a no moverse, pero fueron sus ideas 
i j:is que echaron a andar. 

Era indudable que tenía una fiebre muy alta, 
pues la señorita Préfcre, los abades de Saint- 
l Gernuin-des-Prés y el criado de la señora de 
p Gabrv, se me aparecían bajo formas fantásticas. 
I? Sobre todo este último, que se alargaba £esti- 
|i culando sobre mi cabeza, como una gárgola 
¡ de catedral. Tenía la impresión de que había 
fe mucha gente, una enorme cantidad de gente 
en mi alcoba. 

Esta alcoba estaba amueblada a la antigua. 
El retrato de mi padre, con uniforme de gala, 

\ y el mi madre, con traje de cachemira, col¬ 
gaban del muro sobre el panel que lo cubría, 
[' rameado de verde. Lo sé muy bien, como sé 
[ igualmente que todo ello se encuentra muy 
I deslucido. Pero la alcoba de un viejo no tiene 
I necesidad de ser coqueta; basta con que esté 
I limpia v de ello se encarga Teresa. Además, 
I está lo bastante adornada como para satisfacer 
> a mi espíritu un poco infantil y candoroso. 
I" Hay en las paredes y en los muebles, cosas que 
f de ordinario me hablan y me alegran. ¿Pero, 
fe qué quieren decirme hoy todas estas cosas? Se 
[~ lian vuelto chillonas, gesticulantes v amenaza- 
doras. Esta estatuita, moldeada sobre una de 
[ las Virtudes teologales de Nuestra Señora de 
i Brou, tan ingenua y tan graciosa en su es- 
L tado natural, ahora se contorsiona y me sac 3 
t la lengua. Y esta bella miniatura, en la cual 
1 uno de los más suaves discípulos de Juan Eou- 
| que?, se ha representado, ceñido con el cordón 
, de los hijos de San Francisco, ofreciendo de 
g rodillas su libro al buen duque de Angulema, 
r ¿quién lo ha sacado de su rnarco, para poner 
en su lugar una enorme cabeza de gato, que me 
■ mira con ojos fosforescentes? También los ra- 
i majes del papel se han convertido en cabezas, 
i cabezas verdes y disformes... No, hoy como 
| hace veinte años, son ramajes estampados y 
L nada más... No, decía yo bien, son cabezas 
con dos ojos, una nariz, una boca, ¡son cabe- 
| * ¿ás!... .Me lo explico: son a la vez cabezas y 
“ ramajes. Algo doria por no verlos. 

A mi derecha, la lind3 miniatura del fran¬ 
ciscano ha vuelto a su sitió, pero me parece 
que la retengo por un agorador esfuerzo de 
mi voluntad y que, si me canso, la repelente 
cabeza de garó va a reaparecer. No deliro: veo 
perfectamente a Teresa al pie de mi lecho; oigo 
que me habla, y la respondería con perfecta 
lucidez si no estuviese ocupado en conservar 
en mi figura natural todos los objetos que me 
rodean. 

He aquí que llega el medico. No lo había 
llamado; pero le veo con gusto. Es un viejo ve¬ 
cino para quien he sido de poco provecho, 
pero a quien quiero muy de veras. Aunque 
nada !c digo, tengo pleno conocimiento de 
todo y hasta me he vuelto singularmente astu¬ 
to. pues espío sus •‘ítos, sus miradas, los me¬ 
nores movimientos de su rostro. Pero no pue¬ 
do saber lo que verdaderamente piensa de mi 
estado. Viene a mi memoria el profundo con¬ 
cepto de Goethe, v le digo: 

-Doctor, el viejo ha consentido en estar en¬ 
fermo; pero esta vez no piensa concederle otras 
ventajas a la naturaleza. 

Ni el doctor ni Teresa ríen de mi broma. 
Sin duda no U han entendido. 

El doctor se va, el día declina, y toda clase 
de sombras se forman y se disipan como nubes 
en lie pliegues de mis cortinas. Multitud de 
sombras pasan ante mí; a través de ellas veo el 
rostro inmóvil de mi fiel servidora. De pronto 
un grito, un grito agudo, un grito de angustia 
me traspasa los oídos. ¿Eres tú. Juana, que me 
has llamado? 




Ya ha muerto el día, y las sombras se ins¬ 
talan en mi cabecera para toda la larga noche. 

Al alba siento una paz, una paz inmensa: en¬ 
volverme por entero. ¿Es que me abres tu seno, 
Señor, Dios mío? 

Febrero de 1876. 

El doctor está muy contento. Parece como 
si le hiciera un gran honor teniéndome en pie. 
A creerle a él, males innumerables se han en¬ 
sañado a la vez sobre mi viejo cuerpo. 

Estos males, terror de la humanidad, to¬ 
dos tienen sus nombres, terror del filólogo. 
Son palabras híbridas, mitad griegas, mitad 
latinas, con terminaciones en itis para indicar 
el estado inflamatorio y el algia para expresar 
el dolor. El médico me las repite con un cre¬ 
cido número de adjetivos en ico, destinados 
a caracterizar su detestable calidad. En suma, 
una buena columna del Diccionario de me¬ 
dicina. 

— ¡Venga esa mano, doctor! Me ha devuelto 
usted a la vida y se lo perdono. Me ha de¬ 
vuelto usted a mis amigos y se lo agradezco. 
Usted dice que soy fuerte. Sin dud3, sin du¬ 
da; pero he durado ya bastante. Soy un mue¬ 
ble sólido, pero viejo; comparable al sillón 
de mi padre. Era un sillón que le venía de 
herencia a aquel hombre de bien, y sobre el 
cual permanecía sentado de la mañana a la 
noche. Cuando era niño, me encaramaba vein¬ 
te veces al día sobre los brazos de aquel an¬ 
tiguo sillón. Mientras se conservó en buen es¬ 
tado nadie se cuidaba de él. Pero cuando em¬ 
pezó a renguear de una pata, comenzaron 
a decir que era un buen sillón. En seguida 
rengueó de tres patas, se tronchó la cuarta 
v se quedó casi manco de los dos brazos. 

Y entonces fué cuando exclamaron: “¡Qué 
sillón tan fuerte!” Se admiraban de que, sin 
tener un brazo entero, ni una pata que le sir¬ 
viera de apovo, conservara la figura de un si¬ 
llón y prestara todavía algún servicio. Pero 
la crin se salió de su cuerpo y rindió su alma. 

Y cuando Cipriano, nuestro criado. le_ seccio¬ 
nó los miembros para echarlos a la leñera, las 
exclamaciones de admiración redoblaron: “¡Qué 
estupendo! ¡Qué maravilloso sillón! Fué usado 
por Pedro Silvestre Bonnard. comerciante en 
paños; Epifanio Bonnard, su hijo, v Juan Bau¬ 
tista Bonnard, jefe de la tercera división marí¬ 
tima v filósofo pirroniano. ¡Qué sólido y ve¬ 
nerable sillón!” En realidad era un sillón muer¬ 
to. Pues bien, doctor, yo soy igual a aquel 
sillón. Usted me cree fuerte porque he resisti¬ 
do embestidas que hubieran matado por com¬ 
pleto a un gran número de personas y que a 
mi sólo me han matado en unas tres cuartas 
partes. Gran merced. Pero no dejo de ser por 
ello algo completamente averiado. 

El doctor quiere probarme, con la avuda de 
numerosas palabras griegas y latinas, que me 
encuentro en muy buen estado. El francés re¬ 
sulta demasiado claro para una demostración 
de esc género. Sin embargo, me doy por con¬ 
vencido y le acompaño hasta la puerta. 

-¡Sea en buena hora! — me dice Teresa—, 
Así es como hay que despedir a los médicos. 
Con que lo haga usted lo mismo dos o tres ve¬ 
ces no volverá más, que es lo que hace falta. 

— Muy bien, Teresa; ahora que ya estoy he¬ 
cho un valiente, no me niegue usted mis car¬ 
tas. Sin duda debe haber un buen paquete de 
ellas, v sería una broma muv pesada el seguir 
impidiéndome por más tiempo el que las lea. 

Teresa, después de algunas proresras. me en¬ 
trega mis cartas. Pero, ¿para que? fie punido 
todos los sobres y ninguno está escrito por Ja 
tnanita que vo quisiera ver aquí, hojeando el 
Vcccllio. He rechazado todo el paquete, que 
nada me dice ya. 


Abril-Junio • 


El asunto ha sido peliagudo. 

—Espérese usted, señor, a que me ponga de 


limpio — me ha dicho Teresa —, y hoy tam¬ 
bién iré con usted, llevaré su sillita de tijera, 
como estos últimos días, c iremos a tomar el soL 

En realidad. Teresa me cree enfermo. Sin 
duda he estado muy mal, pero todo tiene sü 
fin. La señora Enfermedad se ha marchado ha¬ 
ce tiempo y van ya tres meses cumplidos, que 
su acompañanta de pálido y gracioso sem¬ 
blante, la dama Convalecencia, me ha«dadoí 
gentilmente su adiós. Si escuchase a mi sirvien¬ 
ta me convertiría en absoluto en un señor Ar¬ 
pante, cubriendo mi cabeza para dormir, por 
el resto de mis días, con un gorro de noche. 
¡Nada ce eso! Quiero salir solo. Teresa no 
opina lo mismo. Se ha provisto de mi silla de 
tijera y está dispuesta a seguirme. 

—Teresa, mañana tomaremos el sol junto ali 
muro de la pequeña Provenza todo el tiempo 
que usted quiera. Pero hoy-tengo asuntos que 
despachar. 

¡Asuntos! Piensa que se trata de dinero y me' 
explica que nada nos apremia. 

— ¡Tanto mejor! Pero en el mundo hay ade¬ 
más otros asuntos. 

Suplico, regaño, me escapo. 

Hace un tiempo bastante bueno. Por medio 
de un coche de punto, y si Dios no me aban¬ 
dona, llevaré a cabo mi aventura. 

tlí 

Ya veo el muro que tiene escrito en letras 
azules estas palabras: Colegio de señoritas, di¬ 
rigido por ¡a señorita Virginia Prcfére. Ahí está 
la verja que se abriría ampliamente al patio de 
honor, si se abriera alguna vez. Pero la cerra¬ 
dura está oxidada y una láminas de hojalata 
protegen contra las miradas indiscretas a las 
pobres almitas a quienes la señorita Préfcre 
enseña, sin ningún género de duda, la modes¬ 
tia, la sinceridad, la justicia y el desinterés. Se 
ve una ventana cuyos cristales embadurnados 
revelan ser un lugar de uso común, ojo empa¬ 
ñado que es el único abierto al mundo ex¬ 
terior. 

En cuanto a la puertecilla excusada por U 
que tantas veces lie entrado y que hacia ticnir 
po estaba cerrada para mí, la hallé de nuevo' 
con su mirilla enrejada. Su escalón de piedra 
está desgastado y sin que mis ojos vean mucho 
bajo los lentes, observo sobré las piedras las 
pequeñas huellas blancas que han ido dejando 
en ella al pasar las sudas claveteadas de las 
educandas. ¿Por qué yo no había de pasa¡r 
también? Creo que Juana sufre en aquella casa 
can triste v que me llama en secreto. No puedo 
alejarme. Me domina la inquietud. Llamo. La 
criada despavorida sale a abrirme, más despavorí 
rida que nunca. Tiene- su consigna. No puedo 1 
ver a la señorita Juana. Le pido por lo menos! 
que me dé noticias de su salud. La criada, des¬ 
pués de mirar a derecha e izquierda, me dice j 
que está bien y me da con la puerta en las na- J 
rices. Y me encuentro da nuevo en la caite. 

¡Cuánras veces habré pasado después ante la j 
puertecilla avergonzado, desesperado, por ser 1 
aún más débil que aquella criatura que no te- < 
nía en este mundo más apoyo que el mío! 

lo de junio. .1 

He vencido mi repugnancia, y he ido a 
ver a Mouche. l.o primero que me salta a la 
vista es que su despacho está más empolvad»! 
y más mohoso que el año pasado. Apareciój 
el notario, con su aspecto raquítico y sus pu-l 
pilas inquietas bajo los anteojos. Le presento! 
mis quejas. El me responde... Pero, ¿para 1 
qué dejar impreso, aunque sea en un cuader-í 
no que debe ser quemado, el recuerdo de un 
perfecto granuja? Le dió la razón a la seño¬ 
rita Prcfcre. a la que estima hace mucho, 
tiempo pur su inteligencia y su carácter. Sin 
querer terciar a fondo en el debate, se ve 
obligado a decir que las apariencias no me son 
favorables. Esto no me importa gran cosa. 
Después añade (y esto sí que me importa mu- 



LEOPLAN . #3 


1 que la exigua cantidad de que podía dis- 
r pan la educación de su pupila se ha- 
gotado, y en tal circunstancia no puede 
j hotos que admirar vivamente el desinte- 
e ¿c la señorita Préfére, que consiente, a 
r de todo, en que siga junto a ella la 
’ca Juana. 

¡ luz magnífica, la- luz de un hermoso 
Jmmi sus ondas incorruptibles en tan 
U) lugar, iluminando a aquel hombre. 

, difunde su esplendor sobre todas las 
« de un barrio populoso. ¡Qué dulce 
i luz que llena mis ojos hace tanto ticnt- 
y de la que ya pronto no podré gozar 
Marcho pensativo, con las manos, a la 
* a lo largo de las fortificaciones, y me 
_ •> sin saber cómo en los arrabales, or- 

s con minúsculos jardinillos. Sobre el bor- 
un camino polvoriento, me fijo en una 
_i cuya flor, resplandeciente y sombría a 
3. parece hecha para asociársela los due- 
mis nobles y más puros. Es una ancolia. 
_ fiw padres la llamaban ‘‘guante de la vir- 
Sólo una virgen, que se volviera muy 
para aparecerse asi a los niños, po- 
fársijzar sus preciosos dedidos en las estee- 
cápsulas de aquella flor, 
gordo abejorro se embute en ella bru- 
Su aguijón no puede alcanzar el 
tr. y el muy goloso se esfuerza en vano. 

' ¡ por renunciar y sale embadurnado de 
_» Vuelve a emprender su vuelo pesado; 

las flores andan escasas en aquel arra- 
“jacio por el hollín de las fábricas. Vuelve 
foocvo a la ancolia; pero esta vez agujerea 
ícwoLj y chupa el néctar a través del agu- 
S* abierto por él. Nunca hubiera creído que 
i abejorro pudiera tener tanta inteligencia, 
i oca cosa admirable. Los insectos y las 
■es me maravillan más cuanto más los ob- 
mcl Sov como el bueno de Rollin, a quien 
taban las flores de sus melocotoneros, 
fc gustaría tener un bello jardín, y vivir 
jb d lindero de un bosque. 

Agosto-Septiembre. 

5c me ha ocurrido la idea de ir un domingo 
par b mañana a espiar el momento en que 
¿toninas de la señorita Préfére van en fila 
■ •oésa a la parroquia. L3S vi pasar de dos en 
Lts pequeñas a la cabeza, con las caras 
sertas. Habia entre ellas tres vestidas 
es. bajitas, rechonchas, pretenciosas, a las 
» reconocí. Eran las señoritas .Mouton. La 
■■■na mavor es la artista que dibujó la 
cabeza de Tatio, rey de los sabinos. 
| fiinco de la columna la subdirectora, con 
^devocionario en la mano, se afanaba, frun- 
h> el entrecejo. Pasaron las medianas y 
_i las mayores, cuchicheando. Pero no vi 
ijbana. 

fcdas-.tc en el ministerio de Instrucción Pu- 

■ *¡ no habría eñ el fondo de alguna car- 
i cualquier nota sobre la institución de la 
- Dcmours. Llegué a conseguir que en- 

i a las inspectoras. Volvieron trayendo 
rabíes impresiones. El colegio Préfére 
L jegún ellas, una institución modelo. Si lle- 

■ * provocar una investigación, estoy se¬ 
gó de que la señorita Prcfcre recibiría las 
^ s académicas. 


j de octubre. 

Aquel jueves era día de salida, y encontré 
■Jos alrededores de la calle Dcmours a las 
■5 señoritas Mouton. Después de saludar a 
rj ji madre, le pregunté a la mayor, que podrá 
ssser unos doce años, cómo estaba la señorita 
rabana Alejandre, su compañera. 

Me respondió de un tirón: 

-juana Alexandre no es compañera mía. 
fbci en el colegio por caridad, y por eso 
i pv que barrer la clase. Así nos lo ha dicho 
ü nuestra. 

tas tres señoritas volvieron a ponerse en 
ssarcha, y la señora de ¿Mouton las siguió de 


cerca, echándome por encima de su amplio 
hombro, una mirada de desconfianza. 

¡Ay! Me veo reducido a ensayar diligen¬ 
cias sospechosas. La señora de Gabry no vol¬ 
verá a París hasta dentro de tres meses lo más 
pronto. Lejos de ella no tengo ni tacto, ni in¬ 
teligencia; no soy más que una máquina pe¬ 
sada, incómoda y perjudicial. 

Y, sin embargo, no puedo tolerar que Juana 
sirva de criada en el colegio y esté expuesta a 
las ofensas de Mouche. 


28 de diciembre. 

El tiempo estaba brumoso v frío. Ya era 
de noche. Llamé a la puert'ecilla con la tran¬ 
quilidad de un hombre que no tente nada. En 
cuanto la tímida criada me hubo abierto, le 
deslicé en la mano una moneda de oro, pro¬ 
metiéndole otra si podía conseguir que yo vie¬ 
ra a la señorita Alesandre. Esta fué su res¬ 
puesta: 

—Dentro de una hora en la ventana enre¬ 
jada. 

Y me cerró la puerta en las narices tan ru¬ 
damente que el sombrero tembló sobre nti ca¬ 
beza. 

Esperé durante una hora larga entre torbe¬ 
llinos de nieve; después, me aproximé a la ven¬ 
tana. ¡Nada! El viento rugía, y nevaba co¬ 
piosamente. Los obreros que pasaban cerca 
de mí, con las herramientas al hombro e in¬ 
clinando la cabeza bajo los espesos copos, me 
tropezaban. Nada. Temí llamar la atención. 
Sabía que había obrado mal sobornando a una 
criada, pero no sentía por ello ningún pesar. 
Es un ser despreciable el que ante la necesi¬ 
dad no se decide a salirse de la regla gene¬ 
ral. Pasó un cuarto de hora. Nada. Al fin, 
se entreabrió la ventana. 

—¿Es usted, señor Bonnard? 

—¿tures tú, Juana? Dimc en una palabra 
cómo estás. 

—Bien. Estoy muy bien. 

—¿Y qué más? 

—Trabajo en la cocina y barro bs clases. 

— ¡En la cocina! ¡De barrendera! ¡Bon¬ 
dad divina! 

—Sí, porque mi tutor no paga ya el colegio. 

—Tu tutor es un miserable. 

—Entonces, ¿lo sabe usted? 

—¿El que? 

— ¡Oh! No me obligue a decírselo. Pero 
antes preferiría morir a encontrarme a solas 
con él. 

—¿Y por qué no me has escrito? 

—Estaba muy vigilada. 

En aquel momento tomé mi resolución, y 
nada hubiera podido ya hacerme cambiar. Me 
vino a la imaginación la idea de que podía 
niuv bien no estar en mi derecho, pero me 
reí de aquella idea. Resuelto a ello, fui pru¬ 
dente. Obré con una calma verdaderamente 
notable. 

—Juana — le pregunté —, ¿tu habitación co¬ 
munica con el patio? 

—Sí. 

— ¿Puedes tú misma tirar del cordón? 

—Si no hay nadie en la portería, sí. 

—Pues ve a hacerlo, y procura que no te 
vean. 

Esperé vigilando la puerta v la ventana. 

Reapareció detrás de la reja al cabo de cinco 
o seis segundos. ¡Al fin! 

—La criada está en la portería. 

-Bueno - dije —. ¿Tienes una pluma y un 
tintero? 

—No. 

—¿Y un lápiz? 

-Si. 

—Dámelo. 

Saqué de mi bolsillo un periódico viejo, y 
bajo el viento que silbaba apagando los fa¬ 
roles y la nieve que me cegaba, envolví lo 
mejor que pude en torno a aquel periódico 
una faja con la dirección de la señorita Prc- 
fé re. 

¿Mientras escribía, pregunté a Juana; 


AVENTURAS DE DON UNO 

IMPOSIBLE SACARLO por BARTA 






























64 - LEOPLAN 


Puntos de vista 



—Me alegro de que Luis sea suplente 
de! tearrij asi esta noche podrá Ucearme 
o! baile sin ir con un brazo en cabestrillo, 
como el año pasado. 


—Cuando pasa el cartero y deja en el buzón 
las cartas v los impresos, ¿llama a la campa¬ 
nilla. verdad? Entonces la criada abre el bu¬ 
zón v va a llevar en seguida lo que ha en¬ 
contrado en él a la señorita Prcfcre. ¿No es 
esto lo que ocurre en cada reparto? 

Me dijo que creía que así era. 

' —Vamos a ver, Juana: no dejes de vigilar, 
V, cu cuanto la criada abandone la ponería, 
tiras del cordón y sales afuera. 

Después de dicho esto, metí el periódico 
en el buzón, di un fuene campanillazo y fui 
a ocultarme en el hueco de una puerta ve¬ 
cina. 

Llevaba allí algunos minutos cuando la puer- 
tccilra rechinó y, entreabriéndose después, vi 
a Juana aparecer en ella. Tomando sus manos, 
la atraje hacia mí. 
v —Ven acá. Juana, ven. 

Ella me miraba con inquietud. Seguramen¬ 
te creía que me había vuelto loco. Estaba por 
el contrario lleno de juicio. 

—Vamos, hija mía, vamos. 

—¿Dónde? 

—A casa de la señora de Gabry. 

Entonces se agarró a mi brazo. Corrimos 
durante algún tiempo como dos ladrones. El 
correr no es lo más apropiado para mi cor¬ 
pulencia. Deteniéndome muy sofocádo. me 
apoyé en algo que resultó ser la hornilla de 
un vendedor de castañas, establecido en la 
esquina de un despacho de vinos donde bebían 
los cocheros. Uno de ellos nos preguntó si no 
necesitábamos un coche. ¡Ya lo creo que lo 
necesitábamos! El hombre de la fusta, después 
de dejar el vaso sobre el mostrador de cinc, 
subió al pescante haciendo arrancar al caba¬ 
llo. Estábamos salvados. 

—fUfí- — exclamé, enjugándome la frente, 
pues n pesar del frío sudaba la gota gorda. 

Lo extraño era que Juana parecía tener más 
conciencia que yo del acto que acabábamos 
de realizar. Estaba muy seria y visiblemente 
inquieta. 

— ¡En la cocina! — exclamé con indigna¬ 
ción. 

Ella movió la cabeza, como queriendo de¬ 
cir: ‘¡Allí o en otra cualquier pane, qué mis 
da!” Y a la luz de los faroles, advertí con 
pena que su rostro estaba enflaquecido v sus 
rasgos alterados. Ya no tenía la vivacidad, los 
anranouts bruscos, la rápida expresión que 
tanto me había gustado en ella. Sus miradas 


eran opacas, sus gestos pesados, su actitud som¬ 
bría. Le tomé la mano, una mano endurecida, 
dolorida y fría. La pobre criatura debía ha¬ 
ber sufrido mucho. La interrogué. .Me refirió 
tranquilamente que la señorita Prcfcre la había 
mandado llamar un día y la había tratado de 
monstruo y de viborilla, sin que ella supiera 
porqué. Añadiendo después: 

-No volverá usted a ver al señor Bon- 
nard, que la daba malos consejos y se ha 
portado muy mal conmigo. Yo le dije: “E$0 
no lo creeré jamás, señorita”. Ella entonces 
me dio una bofetada y me mandó volver al 
estudio. Esa noticia de que no volvería a ver¬ 
le a usted fue para mi como el caer de la 
noche. Como esas tardes en que se encuentra 
uno tan triste cuando Ja oscuridad cae sobre 
nosotros. Pues bien, figúrese usted ese mo¬ 
mento prolongado durante semanas, durante 
meses. Un día, supe que estaba usted en el 
locutorio con la directora, le aceché y nos 
dijimos: “Hasta la vista”. Y me sentí algo 
consolada. Poco tiempo después, vino mi tu¬ 
tor a sacarme un jueves. No quise salir con 
él. Me respondió muy bajito que era una niña 
muy caprichosa, y me dejó tranquila. Pero al 
día siguiente, la señorita Préfére¿ se dirigió 
hacia mí con un aire tan perverso que sentí 
miedo. Llevaba una carta en la mano. “Seño¬ 
rita, me dijo, su tutor me comunica que se 
han agotado las sumas que le pertenecían. 
Pero do tenga cuidado, no pienso abandonar¬ 
la, aunque comprenderá usted que es justo que 
se gane usted la vida”. 

"Entonces me empicó en limpiar la casa, 
y algunas veces me encerró en un desván du¬ 
rante días enteros. Ya sabe usted todo, lo que 
ha sucedido en su ausencia. Si hubiese podido 
escribirle no sé si lo hubiera hecho, porque no 
creía que a usted le fuera posible sacarme del 
colegio. Y como no me obligaban a ir a ver 
al señor Mouche, no tenía prisa. Podía espe¬ 
rar en el desván y en la cocina”. 

— ¡Aunque tengamos que huir hasta Ocea- 
nía — exclamé —, la abominable señorita Pré- 
fere no volverá a apoderarse de ti! Lo juro 
por lo más sagrado. ¿Y por qué no había¬ 
mos de marcharnos a Oceanía? El clima es 
sano y el otro día leí en un periódico que 
tienen hasta pianos. Mientras eso llega vamos 
a casa de la señora de Gabry, que por suerte 
está en París desde hace tres o cuatro días. 
Somos dos inocentes, y tenemos gran necesi¬ 
dad de que nos ayuden. 

Mientras hablaba, las facciones de Juana pa¬ 
lidecieron, haciéndose borrosas; un velo se 
extendió ante sus ojos y un pliegue doloroso 
contrajo sus labios entreabiertos. Dejó caer 
la cabeza sobre mi hombro, y se quedó sin 
conocimiento. 

La tomé en mis brazos y subí así con ella 
la escalera de la señora de Gabrv. como si 
fuera un niño dormido. Abrumado por la 
fatiga y por la emoción, me dejé caer con 
ella en el banco del descansillo. Allí se re¬ 
animó. 

—¿Es usted? — me dijo abriendo los ojos —. 
¡Que contenta estov! 

Y en tal estado fuimos a llamar a la puer¬ 
ta de nuestra amiga. 

Daban las ocho. La señora de Gabry aco¬ 
gió con bondad al viejo y a la niña. Seguramen¬ 
te se sentiría muv sorprendida, pero nada nos 
preguntó. 

—Señora — le dije —, venimos a ponemos 
los dos bajo su protección. Y, antes que 
nada, venimos a pedirle que ros dé de cenar. 
Sobre todo a Juana, pues acaba de desvane¬ 
cerse de debilidad en el coche. Yo, por mi 
parte, no podría comer un bocado tan tarde 
sin prepararme una noche de agonía. Espero 
que el señor de Gabry se encuentre bien. 

—Está aquí —me dijo ella. 

Y en seguida le hizo anunciar nuestra lle¬ 
gada. 

Tuve un gran placer viendo su rostro fran¬ 
co y estrechando su mano fuerte. Pasamos los 


cuatro al cómcdor y, mientras servían a Ju* 
na una carne fiambre, la que ni siquiera tool 
les referí nuestra aventura. Pablo de Gabrj 
me pidió permiso para encender su pipa, y des 
pues se dispuso a escucharme silcnciosamet» 
Cuando terminé, se rascó sobre las mejillas 
barba corta y espesa. 

— ¡Demonio! — exclamó—. ¡Se ha metido us 
tea en un bonito asunto, señor Bonnard # 1 

Después, fijándose en Juana, que volvía I 
uno y otro sus ojos aterrados. 

—Venga — me dijo. 

Le seguí a su despacho, donde relucían baj« 
la luz de ias lámparas, sobre la oscura taffl 
ce ría, las escopetas y los cuchillos de caa 
Allí, llevándome hasta un sofá de cuero: 

—¿Qué ha hecho usted?, — me dijo—, ¿Qul 
ha echo usted. Dios mío? Corrupción de mo¡ 
ñores, rapto, fuga. ¡En buena se ha metida 
Está usted en camino de cinco a diez años M 
cárcel. 

—¡Misericordia! —exclamé—. ¡Diez años d< 
cárcel por salvar a una niña inocente! 

—¡Es la ley! —respondió el señor de Ga¬ 
bry —. Conozco bastante bien el código, qu« 
rido Bonnard, no por haber estudiado dcrcch* 
sino porque siendo alcalde de Lusance tuv| 
que enterarme por mí mismo, para poder en¬ 
terar a mis administrados. Mouche es un gra¿ 
nuja, la Préfére una perversa y usted un..J 
no encuentro una palabra lo bastante fuerte. 

Abriendo después su biblioteca en la que 
guardaba collares de perros, látigos, estribo^ 
espuelas, cajas de cigarros y algunos libfd 
usuales, sacó un código, y se puso a hojearla 

—Crímenes y delitos- secuestro de pcrstA 
vas. Ese no es su caso. Rapto de m en orea 
Esto es... Artículo 334: Cualquiera que pod 
fraude o violencia rapte o haga raptar a irte* 
ñores, o los haya sacado o mandado sacar d\ 
los lugares-donde esttnteran depositados por 
¡as personas a cuya dirección o autoridad ffi 
ten sometidos o confiados, sufrirá pena de 
reclusión. Véase Código Penal ai pt 28... 21: 
el tiempo de la reclusión no sera menor ds 
chico años.. ■ 28: la pena de reclusión lleva 
en sí la inhabilitación civil. ¿Está bien dan* 
no es verdad, señor Bonnard? 

—¡Clarísimo! 

-Continuemos. Artículo 336. Si el raposa 
no hubiese cumplido aún los veintiún añoé 
sólo será castigado... Esto no va con nos- 
tros. Artículo 3si- En el caso &n que el ram 
tor se hubiese desposado con ¡a foven qué, 
ha raptado, sólo podrá ser perseguido a perú 
ción de aquellas personas que, setpín el CáJ 
digo Crcil, tengan derecho a pedir la anula 2 
ción del matrimonio, y sólo podrá ser conde! 
vado una vez que la arnilación haya sido acore 
dada. No sé si está en sus propósitos el atj 
sarsc con la señorita Alcxandrc. Ya habra 
usted visto que el Código no es tan malo, y, 
le deja esa puerta abierta. Pero, no está bien 
echarlo a broma, ya que su situación es bafl 
tante comprometida. ¿Cómo un hombre co¬ 
mo usted ha podido imaginar que era cosj 
fácil en París y en pleno siglo XX raptar* 
una muchacha impunemente? No vivimos en 
la Edad Media, y el rapto no está permitido. 

—No crea usted - le respondí — que el rap¬ 
to estaba permitido en el derecho antiguos 
Puede usted hallar en Baluzc un decreto dada 
por el rey Childeberto'en Colonia, en los años 
593 ó 94, sobre esta materia. ¿Quién no cono¬ 
ce la famosa ordenanza de Bloís, mayó de 15-9,' 
en la que se dispone formalmente que aquellos 
que hubieran sobornado a un joven o a un* 
joven menores de veinticinco años, bajo d 
pretexto de matrimonio u otro cualquiera, sin 
el consentimiento, orden o deseo expreso del 
padre, madre o tutores, serán castigados con 
la pena de muerte. E igualmente —añade la 
ordenanza — serán castigados con rigor , todos 
aquellos que hayan participado en el rapto 3 
prestado ayuda, consejo o facilidades de cual- 
quier género que fuesen. Estos son, poco mi*, 
o menos, los términos de la ordenanza. La 












LEOPL4N . 85 


„ a ese articulo del Código de Napoleón 
acaba usted de hacerme conocer y que 
i a! raptor de la persecución si se casa 
b joven raptada, me recuerda que, según 
osambre de Bretaña, el rapto seguido de 
«nonio nc está castigado. Pero esta cos- 
bre, que dió ocasión a muchos abusos, fue 
3mid3 hacia 1720. 

x doy esta fecha, que se aproxima unos 
«éi , a la verdadera. Mi memoria ya.no 
iny buena, y pasaron los tiempos en que 
h‘ recitar de corrido, sin tomar aliento, 
■enros versos de Girare de Roussillon. 

Ea cuanto a la capitular de Carlomagno, 
regula la compensación del rapto, si no 
ébio de ella es porque seguramente la tcn- 
ested en la memoria. Ya ve usted, mi 
pió Gabry, que el rapto estuvo siempre 
aderado como un crimen punible bajo las 
¡dinastías de la antigua Francia. Están muy 
¡Tocados los que creen que la Edad Media 
b época del caos. Puede usted estar se- 
*. por el contrario... 

1 «ñor de Gabry me interrumpió: 

-¡Conoce usted —exclamó— las ordenan- 
de Bloís. Baluze, Childeberto y las Capi- 
■e* de Carlomagno, y no conoce el Có- 
| de Napoleón! 

x respondí que, en efecto, no había leido 
Código, y se quedó muy sorprendido, 
^Comprenderá usted ahora — añadió - la 
redad de la acción que acaba de cometer? 
p realidad, aun no lo comprendía. Pero 
» 2 poco v por efecto de las reflexiones 
sensatas de Pablo, llegué a pensar que sería 
■ido no por mis intenciones, que eran ino- 
sv sino por mi acción, que resultaba con¬ 
table. Entonces me lamenté desesperado. 
.¿Qué hacer? — exclamaba —. ¿Qué hacer? 
w irremisiblemente perdido, y. además, he 
miu también conmigo a esa pobre niña a 
¡eb quería salvar. 

□ señor de Gabrv cargó silenciosamente su 
bl v la encendió con tal lentitud oue su 
■iir> v bondadoso rostro apareció durante 
f 0 cuatro minutos rojo como el de un 
junto a su fragua. Después: 

.¿M: pregunta usred mié puede hacer? No 
m nada, mi querido Silvestre Bonnard Por 
de Dios y por su propio interés, no 
p absolutamente nada. Sus asuntos están 
pote enredados; no se mezcle en ellos, sí 
fave evitarse un nuevo trastorno. Pero pro- 
bnae estar de acuerdo con todo lo que vo 
p. Iré mañana mismo por la mañana a ver a 
mche. v si es lo que creemos, es decir, un 
¿wa encontraré, aunque sea por medio del 
Pin, la manera de hacerlo inofensivo. Todo 
piir de él. Como es demasiado tarde para 
nr a Juana esta noche al iifternado. mi 
la guardará junto a ella. Esto consti- 
.m hermoso deliro de complicidad, pero 
tace modo se le quira rodo carácter eriuí- 
O» a la situación de la muchacha. En cuan- 
2 usted, querido Bonnard. vuelva en se- 
¡to al muelle de Malaquais. y si van allí 
bascar a Juana, le será muy fácil probar que 
ie*á en su casa. 

■auras hablábaiiios. la señora de Gabry to¬ 
ba sus disposiciones para acostar a su cole¬ 
to. Vi pasar por el corredor a la doncella 
e llevaba en sus brazos sábanas perfumadas 

• espliego. 

— jOoé olor tan honesto y tan dulce! -dije, 
—.•Que quiere usted? —me respondió la se¬ 
to" de Gabry —. Somos campesinos. 

—¡Ah! - ií respondí -. ¡Si yo pudiera ser 
toién un campesino! ¡Si yo pudiera algún 
„ como ustedes en Lusance. respirar agres- 
aromas, bajo un techo perdido entre el fu¬ 
le! Y, si este deseo es demasiado ambi- 
ji« jura un anciano cuya vida está próxima 
extinguirse, quisiera por lo menos que mi 

* irio estuviera como esa ropa, perfumado 

espliego. 

onvminios en que al día siguiente almor- 

1 con ellos. Pero me prohibieron termi¬ 


nantemente que me presentara antes de medio¬ 
día. Juana, al abrazarme, me suplicó que no 
la volvieran al colegio. Nos separamos enter¬ 
necidos y turbados. 

* ^ • 

Encontré a Teresa en el descansillo de la 
escalera, presa de una inquietud que la ponía 
furiosa. Hablaba nada menos que de ence¬ 
rrarme en adelante. 

¡Qué noche pasé! No pude cerrar los ojos 
ni un sólo instante. Tan pronto me reía co¬ 
mo un chiquillo del éxito de mi aventura, 
como me veía ya, con una angustia indes¬ 
criptible, conducido ante los jueces, para res¬ 
ponder, desde el banquillo de los acusados, del 
crifhen que con tanta naturalidad había co¬ 
metido. Estaba aterrado, y, sin embargo, no 
sentía ni remordimientos ni arrepentimiento. 
El sol, entrando en mi alcoba, acarició ale¬ 
gremente los pies de mi cama y yo recé esta 
oración: 

“Dios mío, vos que hicisteis el ciclo y el 
rocío, como se dice en Tristán, juzgadme en 
vuestra equidad no conforme a mis actos, sino 
mirando mis intenciones, que fueron rectas y 
puras, v yo diré: ¡Gloria a Dios en las alturas 
v paz en la tierra a los hombres de buena vo- 
lntad! ¡Pongo en vuestras manos a la cria¬ 
tura que he robado! ¡Haced lo que yo no he 
sabido hacer: guardadla de todos sus enemigos 
y sea bendito vuestro nombre!". 

29 de diciembre. 

Cuando enrré en casa de la señora de Ga¬ 
bry encontré a Juana transfigurada. 

¿Habría ella invocado, como vo, a los pri¬ 
meros resplandores del alba, a Aquel que hizo 
d cielo v el rocío? Sonreía con dulce calma. 

La señora de Gabrv la llamó para acabar su 
peinado, pues la amable señora había querido 
arreglar con sus propias manos los cabellos de 
la niña que le había sido confiada. Al llegar 
yo un poco antes de la hora convenida, había 
interrumpido aquella graciosa toilette. Como 
castigo, me impusieron el esperar solo en el 
salón. F.I señor de Gabrv se me reunió allí 
bien pronto". Sin duda, debía llegar de la ca¬ 
lle. pues aun tenía en la frente la señal del 
sombrero. Su rostro expresaba una alegre ani¬ 
mación. Pensé que no debía" hacerle ninguna 
pregunta, y nos dispusimos todos a almorzar. 
Cuando los criados hubieron terminado de ser¬ 
vir, Pablo, que había guardado su historia 
para el café, nos dijo: 

— ¡Bueno! Ya he ido a Levallois. 

— ¿Y has visto a Mouchc? — le preguntó, vi¬ 
vamente, su mujer 

—No — respondió, observando nuestros ros¬ 
tros. que dejaban ver su contrariedad. 

Después de gozar durante un espacio de 
tiempo razonable de nuestra inquietud, el ex¬ 
celente hombre añadió: 

—Mouche no está en Levallois. Mouche ha 
dejado Francia. Hará pasado mañana ocho 
días que desapareció, llevándose el dinero de 
sus dientes, una suma bastante crecida. He 
encontrado cerrada la notaría. Una vecina me 
ha contado el asunto con toda clase de mal¬ 
diciones v de imprecaciones. El notario no iba 
solo al tomar el tren de las siete y cincuenta 
y cinco; se ha llevado a la hija de un pelu¬ 
quero de Levallois. El hecho me ha sido con¬ 
firmado por el comisario de policía. Verda¬ 
deramente el tal Mouche, ¿podía haber levan- 
rado el vuelo más a tiempo? Si hubiera re¬ 
trasado el golpe tan sólo una semana podía, 
como representante de la moral social, ha¬ 
berle llevado a usted, Bonnard, delante de los 
jueces, como a un criminal. Ahora ya no te¬ 
nemos nada que temer. ¡A la salud de Alou- 
che! — exclamó, llenándonos les copas. 

Quisiera vivir mucho tiempo, para recordar 
mucho tiempo aquella mañana. Estábamos los 
cuatro reunidos en el grande y claro comedor, 
en torno a la mesa de roble encerado. La ale¬ 
gría de Pablo era ruidosa y hasta un poco 


Lo mordió 



el dedo. 


ruda; bebía a grandes sorbos. Su mujer y i 
Juana me sonreían con una sonrisa que re¬ 
compensaba todas mis penas. _ _ *7 

Recibí al volver a mi casa las más agrias 
amonestaciones de Teresa, que no concebía 
mi nueva manera de visir. Fra. indudable, se- j 
gúh su criterio, que yo había perdido el juicio. * 

—Sí, Teresa, soy un viejo loco, y "Usted una 
vieja loca. Eso es cierto. Que Dios nos ben- 
diga, Teresa, y nos dé nuevas fuerzas, pues 
tenemos nuevos deberes. Pero, déjeme usted , 
echarme en este sofá, porque no puedo tener- ^ 
me en pie. 

/y de enero. 

-Buenos días — me dijo Juana, abriendo la j 
puerta, mientras Teresa, a quien había dejado t 
dejado atrás, gruñía en la oscuridad del co¬ 
rredor. 

—Señorita, le ruego que me salude solemne- ,F 
mente con mi nuevo título, diciéndome: “Bue¬ 
nos días, tutor”. 

—Entonces, aya está hecho? ¡Qué alegría! j 
— me dijo, batiendo palmas. 

—Sí, ya ha quedado establecido, señorita, 
en la sala del juzgado y ante el juez de paz. 
Desde hoy tendrá usted que vivir bajo mi au¬ 
toridad. ¿Te causa risa? Sí, lo veo en tus 
ojos. Se te ha ocurrido alguna idea descabe¬ 
llada, ¿no? 

— ¡Oh, no, señor... rotor! Estaba contem¬ 
plando sus cabellos blancos. Se enredan en c! 
ala de su sombrero como una madreselva en 
un balcón. Son preciosos, y 'a mí me gus¬ 
tan mucho. 

—Siéntate, y si es posible, no digas mis 
desatinos, pues tengo que hablarte de un asun¬ 
to serio. Escúchame: creo que no debes tener 
ningún deseo de volver al internado de la se¬ 
ñorita Préfére, ¿no es asi? ¿Qué te parece¬ 
ría si yo te tuviera conmigo en mi casa, hasta 
que termine tu educación, hasta que..., qué 
sé yo? Siempre. 

— ¡Oh, señor! —exclamó, roja de alegría. 

Yo continué: 

—Aqui detrás hay una habitación pequeña 
que mi sirvienta tiene va preparada para ti. 
Vas a reemplazar a los libros como el día 
sucede a la noche. Anda con Teresa, a ver 
si te parece habitable. Está ya convenido con 
la señora de Gabry que desde esta noche dor¬ 
mirás aquí. 

Echó a correr para ver su habitación; la 
llamé. 















86 - LEOPL/.N 



—Juana, escúchame una cosa. Hasta ahora 
te has hecho querer de mi criada que, como 
todas las viejas, es naturalmente muy pesada. 
Se atenta coa ella. Yo he creído siempre un 
deber en mí el atenderla y sufrir sus jmperti- 
, nenebs. Te diré mis, Juana, deseo que la res¬ 
petes. Y al hablar 3SÍ no pienses que olvido 
que es mi sirvienta y también la tuya. Ella tam¬ 
poco lo olvidará. Pero debes respetar en ella 
su edad avanzada y su gran corazón. Es una 
I criatura humilde que siempre ha vivido practi¬ 
cando el bien, y se lia endurecido. Sufre con 
paciencia la rigidez de esa alma recta. Si sa¬ 
bes mandar, ella sabrá obedecer. Anda, hija 
mía, arregla tu habitación de la manera que 
juzgues más conveniente para tu trabajo y tu 
I descanso. 

Y, habiendo impulsado así a Juana en su 
camino de buena ama de casa, me dediqué a 
í leer una revista que, aunque hecha por gente 
joven, encontré excelente. El tono era duro, 

! pero el espíritu selecto. El articulo que leí- 
' superaba en precisión y en firmeza a todo lo 
qué publicábamos en mi juventud. El autor 
? de aquel artículo, Pablo Mcyer, marcaba cada 
falta con un arañazo incisivo, 
í '* Nosotros no practicábamos tan implacable 
' justicia. Nuestra indulgencia era grande. Casi 
juntaba al* sabio y al ignorante en la misma 
alabanza. Sin embargo, es necesario saber cri¬ 
ticar, es un deber riguroso. Recuerdo siem- 
[ pre a Raimundito (así le llamaban). No sa¬ 
bía nada, tenía una inteligencia limitadísima; 
pero quería mucho a su madre. No quisimos 
nunca denunciar la ignorancia y la estupidez 
de un hombre que era tan buen hijo, y Rai- 
mundito, gracias a nuestra complacencia, lle¬ 
gó a pertenecer al Instituto: Ya no tenía ma¬ 
dre, y los honores seguían lloviendo sobre cL 
Era todopoderoso, en perjuicio de sus compañe¬ 
ros y de la ciencia... Pero aquí veo llegar a 
mi joven amigo del Luxemburgo. 

—Buenas tardes, Gelis. Viene usted con una 
cara muy alegre. ¿Qué le ocurre, hijo mío? 

Le ocurre que ha sostenido muy bien su te¬ 
sis y ha alcanzado una magnífica clasificación. 
Esto es lo que me anuncia, añadiendo que mis 
trabajos, de los que se habló incidentalmente 
en el curso de la sesión, fueron elogiados sin 
reserva por parte de los profesores de la es¬ 
cuela. 

—Eso está muy bien — le respondí y me 
complace mucho, Gelis, ver mi vieja repu¬ 
tación asociada a su joven gloria. Yo me in¬ 
teresaba vivamente, ya lo sabe usted, por su 
tesis; pero algunos sucesos domésticos me ha¬ 
bían hecho olvidar que la sostenía usted hoy. 

Juana vino muy a punto para informarle de 
aquellos sucesos. La muy aturdida penetró co¬ 
mo una ligera brisa en la ciudad de los libros, 


asegurando que su habitación era una mara¬ 
villa. Se puso encendida al ver a Gelis. Pero 
nadie puede eludir su destino. 

Observé que en aquella ocasión estuvieron 
muy tímidos el uno y el otro, sin hablar ni 
una palabra entre ellos. 

“¡Bien! ¡Muy bien, Silvestre Bonnard! Con¬ 
templando a tu pupila, te olvidas de que eres 
tutor. Lo eres desde esta mañana y esta nueva 
obligación te impone ya deberes muy delica¬ 
dos. Bonnard, debes apartar hábilmente a ese 
joven, debes...” ¡Ah! ¿Es que sé yo acaso Jo 
que debo hacer?... 

Gelis toma notas de mi ejemplar único de 
La G¡nevera delle clare donne. He sacado al 
azar un libro cualquiera del estante más pró¬ 
ximo; lo abro y entro con respeto en medio 
de un drama de Sófocles. Al envejecer sien¬ 
to más amor que nunca por las dos antigüe¬ 
dades, y en adelante los poetas de Grecia y de 
Italia estarán en la ciudad de los libros al al¬ 
cance de mi mano. Leo aquel coro suave y 
luminoso, que desarrolla su bella melopea en 
medio de una canción violenta, el coro de los 
ancianos tebanos Epnvs avixate ... “Invencible 
amor. ¡Oh! Tú que te arrojas sobre las man¬ 
siones poderosas, que reposas sobre las deli¬ 
cadas mejillas de las adolescentes, que cru¬ 
zas los mares y visitas los establos, ninguno de 
los inmortales puede huirte, como tampoco 
ninguno de los hombres que viven breves 
días. Y. quien te posee, delira”. Cuando hu¬ 
be releído aquel delicioso canto, la figura 
de Antígona se me apareció en toda su inal¬ 
terable pureza. ¡Qué imágenes! ¡Dioses y 
diosas flotando en el más puro de los cielos! 
El anciano ciego, el rey mendicante que erró 
durante largo tiempo, conducido por Anti- 
gona, ha recibido ya sepultura santa, y sa 
hija, bella entre las más bellas imágenes que 
el alma humana haya concebido jamás, resiste 
al tirano y enrierra piadosamente a su herma¬ 
no. Ama al hijo del tirano y es amada por 
él. Y mientras va ai suplicio, donde su pie¬ 
dad la conduce, los ancianos cantan: 

“Invencible amor. ¡Oh! Tú .que te arrojas 
sobre las mansiones poderosas, que reposas so¬ 
bre las delicadas mejillas de las adolescentes.. .* 

, 

No soy un egoísta, soy prudente; tengo que 
educar a esta criatura, que es aun demasiado 
joven para casarse. ¡No! Yo no sov un egoís¬ 
ta; pero debo tenerla algunos años junto a n»í, 
sola conmigo. ¿No puede esperar a que me 
muera? Puedes estar tranquila, Antígona; el 
anciano Edipo encontrará a tiempo el santo 
lugar de su sepultura. 

Por el momento, Antígona, ayuda a nues¬ 


tra sirvienta a mondftr nabos. Dice que cst* 
ocupación la recuerda la escultura. 


Mayo. 


¿Quién reconocería la ciudad de los libro* 
Ahora hay flores sobre todos los muebles. Jua^ 
na tiene razón: esas rosas resultan muy bella 
en su vaso de porcelana azul. Acompaña 
Teresa al mercado y siempre trae flores. La 
flores son, en verdad, como encantadoras cria 
turas. Será necesario que algún día realice mi 
deseo de estudiarlas de cerca en el campa 
con todo el espíritu metódico de que soy ca¬ 
paz. 

¿Y qué hacer aquí? ¿Para qué acabar d 
quemarme los ojos sobre estos viejos pergt 
minos que no me dicen nada que valga lí 
pena? En otros tiempos descifraba los vieja! 
textos con un ardor magnánimo. ¿Qué espt 
raba yo entonces hallar en ellos? La fecha 
una fundación piadosa, el nombre de a]gú# 
monje miniaturista o copista, el precio de ua 
pan, de un buey o de un campo; una disposw 
ción administrativa o judicial, todo ello y algo 
más, algo misterioso, vago y sublime, que in¬ 
flamaba mi entusiasmo. Pero he buscado sc^ 
senta años, sin encontrar ese algo. Los que 
valían más que vo. los maestros, los grandes, 
los Fauricl, los Thierry, que han descubierta 
tantas cosas, han muerto en la tarea, sin huí «i 
descubierto tampoco ese algo, que no tiene 
cuerpo ni nombre, y sin lo cual, sin embargó 
ninguna obra de la inteligencia sería empren¬ 
dida sobre la tierra. Ahora que ya no busca 
más que lo que razonablemente puedo hallar, 
no encuentro absolutamente nada, y es pro¬ 
bable que deje sin terminar Ja historia de los 
abades de Saint-Gerniain-dcs-Prcs. 

—¿A qué no adivina usted, tutor, lo que 
traigo en el pañuelo? 

-Según todas las apariencias, deben ser flo¬ 
res, Juana. 

— ¡Oh, no! No sOn flores. Mire usted. 

Miro y veo una cabecita gris que salía fue¬ 
ra _del pañuelo. Era la de un garito gris. M 
pañuelo se abre. El animalito salta sobre la al¬ 
fombra, se sacude, endereza una oreja, después 
In otra, y examina prudentemente el lugar j 
las personas. % 

Con la cesta al brazo entra Teresa sin alien¬ 
to. No tiene el defecto del disimulo. Repro-' 
cha con vehemencia a la señorita llevar a casa 
a un gato al que no conoce. Juana, para jus¬ 
tificarse, relata la aventura. Al pasar con Te¬ 
resa ante la puerta de una farmacia, vió que 
un mancebo lanzaba de un puntapié un gari¬ 
to a la calle. El gato, sorprendido e incomo¬ 
dado, se pregunta si permanecerá en la calle a 
pesar de los transeúntes, que le tropiezan y 

































LEOPLAN - «7 


in, o s! volverá a entrar en la farml- 
_Je corre el riesgo de volver a salir, 
i por la punta de un zapato. A Juana 
—; que su situación c-s muy crítica, y 
je que dude. El ánimal tiene un aire 
, Ella cree que es la indecisión la que 
t aspecto. Lo toma en brazos, y como 
I se encontraba a gusto ni fuera ni den- 
-pósente en quedarse en el aire. Mien- 
jsba de tranquilizar al gato con sus ca- 
¿ le dice al mancebo de la botica: 
s no le gusta este animalito, no tiene por 
jarle; me lo puede dar a mí. 
t tómelo usted -respondió el mucha- 

_j ha sido todo. .. —añadió Juana, a ma- 

Kpe conclusión. 

j sacando una voz aflautada, promete al 
9 toda clase de halagos. 

"oc flaco está! — dije examinando al po- 
—. Además, es bastante feo. 

_i no lo encuentra feo, pero reconoce 

torce un aire cada vez más estúpido. Aho- 
§a no es la indecisión, sino la sorpresa lo 
i según ella, imprime un carácter tan des- 
Table a su fisonomía. Si nosotros estuvié- 
s en su lugar, piensa, nos convenceríamos 
* le es imposible comprender nada de su 
tra. Nos reímos en las narices del po- 
e animal, que conserva una seriedad cómica, 
in quiere volver a tomarle en brazos, pero 
x esconde debajo de la mesa, de donde no 
—icntc en salir ni a la vista de uñ platillo 
> de leche. 

i alejamos. Al acercarnos de nuevo, el 
stá vacío. 

— le digo—, tu protegido tiene una 
icia poco grata, su carácter es solapado; 
_ » que no cometa en la ciudad de los li- 
s fechorías que nos obliguen a enviarlo de 
o a su farmacia. Entretanto, se impone 
un nombre. Propongo llamarle Don 
i de Gotera, aunque este nombre me re- 
i demasiado largo. Píldora, Droga o Ri- 
, serían más breves y, además, tendrían 
Braja de recordarle su primera condición. 
Jx te parece? 

—Pildora, le iría bien —me responde Jua- 
t—. Pero, ¿será generoso darle un nombre 
X le recuerde sin cesar las penas de que 
hemos librado? Eso sería hacerle pagar 
i nuestra hospitalidad. Seamos más gene- 
i dápdolc un nombre bonito, en la espe- 
i de que sabrá merecerlo. Fíjese usted có- 
i nos mira; se da cuenta de que nos ocu- 
i de él. Es menos torpe desde que ha 
> de ser desgraciado. La desgracia cm- 
^ yo lo sé muy bien. 

:no, Juana, si quieres podemos llaiqar 
»1 a tu protegido. La conveniencia de 
: esc nombre r.o debe sorprenderte . Pero 
: el gato de Angora, que le precedió en 
.dad de los libros y a quien yo tenía la 
mbre de hacer confidencias, pues era sa- 
f y discreto, se llamaba Amílcar. Y es na- 
^ue aquel nombre engendre el otro y que 
I suceda a Aanílcar. 

JjBgnvimos de acuerdo sobre esc punto. 
—¡Aníbal! — exclamó Juana—. Ven aquí. 
Aníbal, asustado por la extraña sonoridad de 
l propio nombre, fué a agazaparse bajo un es- 
se de la biblioteca, en un hueco tan peque- 
j, que una rata no hubiera cabido en él 
¡Eso es llevar bien un gran nombre! 

Me sentía aquel día con ánimos de traba¬ 
ja y había sumergido en el tintero la punta 
mi pluma, cuando oí que llamaban a la 
jra. Si algunos ociosos llegaran a leer estas 
tullas, emborronadas por un viejo despro- 
t de imaginación, se reirían mucho de los 
illazos que resuenan en todo momento 
•_ j curso de mi relato, sin introducir jamás 
tm nuevo personaje, ni preparar una escena 
eperada- Al revés que en el teatro. Scribe 
9 abre sus puertas sino de una manera cons- 
itc y para interesar a las damas y señoritas, 
i es' arce. Antes me ahorcan que escribir 


una obra de teatro, no por desprecio a la vida, 
sino porque me parece que no podría inven¬ 
tar nada divertido. ¡Inventar! Para tal cosa 
es necesario haber recibido la influencia se¬ 
creta. Ese don me sería funesto. Imagínense 
ustedes que en la historia de la abadía de 
Saint-Germain-des-Prés, se me ocurriera in¬ 
ventar algún frailecillo. ¿Qué dirían los jó¬ 
venes eruditos! ¡Qué escándalo se armaría en 
la escuela! En cuanto al Instituto, no diría 
nada, ni tampoco pensaría nada. Mis colegas^ 
aunque escriben algo, no leen absolutamente 
nada. Son de la misma opinión de Parny, que 
decía: 


Una tranquila indiferencia 
es la más razonable virtud. 

Ser lo menos posible, para ser lo mejor po¬ 
sible. Por alcanzar esto se esfuerzan esos bu¬ 
distas sin saberlo. Si hay una sabiduría mis 
razonable, iré a decirlo a Roma. Todo esto 
lia' venido a propósito del campanillazo de 
Gelis. Este joven ha cambiado por completo 
de manera de ser. Ahora es tan grave como 
antes era ligero, tan taciturno como antes char¬ 
latán. Juana sigue su ejemplo. Nos encontra¬ 
mos en la fase de la pasión contenida. Pues 
por muy viejo que sea creo que no me equi¬ 
voco: estas dos criaturas se aman con toda 
la fuerza de su alma. Juana ahora procura 
evitarlo; se esconde en su habitación cuando 
él entra en la biblioteca. ¡Pero, qué bien le 
encuentra cuando está sola! Sola le habla toda 
la noche con la música que ejecuta en el pia¬ 
no, con un acento rápido y vibrante, que es la 
nueva expresión de su alma nueva. 

¡Bien está! ¿Por qué no decirlo? ¿Por qué 
no confesar mi debilidad? ¿Mi egoísmo seria 
.menos censurable ocultándomelo a mí mismo? 
Voy a decirlo, pues: si, yo esperaba otra cosa; 
sí, contaba conservarla para mí solo, como 
mi hija, como mi nieta, no siempre, ni si¬ 
quiera mucho tiempo, pero sí algunos años to¬ 
davía. Soy viejo. ¿No podía esperar? ¿Y 
quién sabe? Con ayuda de la gota y el ar- 
tritismo, quizá no hubiera abusado demasiado 
de su paciencia. Ese era mi deseo, esa era 
mi esperanza. Pero no contaba con ella; no 
contaba tampoco con ese joven aturdido. Pero 
si la cuenta estaba mal, la equivocación ha 
sido bien cruel. Y después de todo, me parece 
que te condenas con mucha ligereza, amigo 
Silvestre Bonnard. Si deseabas conservar a tu 
lado a esa muchacha algunos años más, era 
tanto en interés de ella como en el tuyo. Aun 
tiene bastante que aprender, y tú no eres un 
maestro desdeñable. Cuando el notario Mou- 
che, que hizo después una trastada tan opor¬ 
tuna, te dispensó el honor de visitarte, tú le 
explicaste tu sistema de educación con el calor 
de un alma apasionada. Todo tu afán tendía 
a aplicar aquel sistema. Juana es una ingra¬ 
ta y Gelis un seductor. 

Pero, si no le pongo de patitas en la calle, 
cosa que sería de un gusto y de un senti¬ 
miento detestables, tengo que recibirle; y lle¬ 
va ya un buen rato esperándome en el salon- 
cito, frente a unos vasos de Sévres, que me 
fueron generosamente regalados por el rey Luis 
Felipe. Los segadores y Lbs pescadores, de Leo¬ 
poldo Robert. se hallan pintados en esos va¬ 
sos de porcelana, que Juana y Gelis están de 
acuerdo en encontrar horribles. 

—Hijo mío, perdóneme que no le baya re¬ 
cibido en seguida. Estaba terminando un tra¬ 
bajo. 

Digo La verdad: la meditación es un traba¬ 
jo. Pero Gelis no lo entiende así. Cree que 
se trata de arqueología, y me manifiesta su 
deseo de que termine pronto mi historia de 
los abades de Saint-Germain-des-Prés. Sólo 
después de haberme dado esa prueba de inte¬ 
rés, me pregunta por Juana, a lo que yo le res¬ 
pondo: “Esta muy bien’\ con un tono seco 
en el que se revela mi autoridad, moral de 
tutor. 


Problema 





Y después de un momento de silencio, ha¬ 
blamos de la Escuela, de las últimas publi¬ 
caciones y de los progresos de las ciencias 
históricas. Luego entramos en generalidades. 
Las generalidades son un gran recurso. Proca¬ 
ro inculcar a Gelis un poco de respeto para 
la generación de historiadores a la cual per¬ 
tenezco. Le digo: 

—La historia, que era un arte y que se per¬ 
mitía todas las fantasías de la imaginación, ha 
llegado a ser en nuestro tiempo una ciencia 
en la que se impone el proceder con riguroso, 
método. 

Gelis me pide permiso para no compartir 
mi opinión. Me declara que no cree que la 
historia sea, ni llegue a ser nunca, una cien¬ 
cia. 

-Y, ante todo — me dice—, ¿qué es la his¬ 
toria? La representación escrita de los aconte¬ 
cimientos pasados. Pero, ¿qué es un acon¬ 
tecimiento? ¿Es un hecho cualquiera? ¡No!, 
me dirá usted: es un hecho notable. Entonces, 
¿cómo puede juzgar un historiador si un he¬ 
cho es notable o no lo es? Lo juzga arbitra¬ 
riamente, según su gusto, su capricho o su 
idea, en fin, como un artista, pues los hechos 
no se dividen por su propia naturaleza en 
hechos históricos o en hechos no históricos. 
Por lo tanto, un hecho -es algo extraordina¬ 
riamente complejo. ¿El historiador representa 
los hechos en toda su complejidad? No, eso 
es imposible. Los representará desprovistos de 
la mayor parte de las particularidades que los 
constituían y, por consecuencia, truncados, mu¬ 
tilados, diferentes de como fueron. Y, en 
cuanto a la relación de los hechos entre sí, 
ni hablemos de ello. Si un hecho histórico 
está motivado, lo que es muy posible, por 
uno o varios hechos no históricos y por lo 
tanto desconocidos, dígame usted, se lo ruego: 
¿qué medios tiene el historiador para marcar 
la relación de esos hechos entre sí? Y todo 
esto que he dicho es en el supuesto, señor Bon¬ 
nard, de que el historiador tenga ante sus ojos 
testimonios cienos, cuando, en realidad, sólo 
otorga su confianza a ral o cual testigo, por 
razones de sentimiento. La historia no es una 
ciencia, es un ane, y en ella sólo se logra el 
éxito por la imaginación. 

Gelis me recordaba en aquel momento a 
un joven loco a quien oí cierto día discutir 
sin orden ni condeno en el jardín del Luxem- 
burgo, bajo la estatua de Margarita de Nava- 







































V 


63 - LEOPLAN 



rra. Y en" el curso de la conversación nos di¬ 
mos de narices con Walter Scott, a quien mi 
desdeñoso joven encuentra un aire recargado, 
trovadoresco y pasado. Son sus propias expre¬ 
siones. 

—Pero — le dije, exaltándome en la defen¬ 
sa del magnifico padre de Lucy y de la pre¬ 
ciosa chiquilla de Perth — todo el pasado vive 
en sus admirables novelas. ¡Es la historia, es 
la epopeya! 

—Son vejeces — me respondió Gclis. 

¿Y podrán ustedes creer que esta insensa¬ 
ta criatura me afirma que es imposible, por 
muy sabio que se sea, precisar como eran y 
cómo vivían los hombres hace cinco o diez 
siglos, puesto que sólo con un gran esfuerzo 
conseguimos figurarnos poco más o menos có¬ 
mo eran hace diez o quince años? ¡Para él 
la novela histórica, el poema histórico, la pin¬ 
tura de historia, son géneros abominablemente 
falsos! 

—En todas las artes — añade —, el artista no 
hace sino describir su alma; su obra, cualquie¬ 
ra que sea el ropaje en que la envuelva, es su 
contemporánea por el espíritu. ¿Qué admira¬ 
mos en la Divina Comedia, sino el alma gran¬ 
de de Dante? Y los mármoles de Miguel An¬ 
gel, ¿qué nos representan de extraordinario, sino 
a Miguel Angel mismo? Si el artista no da 
su propia vida a sus creaciones, consigue tan 
sólo tallar mármoles y vestir muñecos. 

¡Cuántas paradojas y cuánta irreverencia! 
Pero las audacias no me disgustan en un jo¬ 
ven. Gelis se pone en pie y se sienta de nuevo. 
Sé muy bien lo que piensa y a quien espera. 
Me habla de los quinientos francos que gana, 
a los que hay que añadir una pequeña renta de 
dos mil francos que ha heredado. A mí no me 
engañan sus confidencias. Sé muy bien que me 
hace conocer sus cuentas para que me entere 
de que es un hombre colocado, establecido y 
ordenado; es decir, un hombre que puede ca¬ 
sarse. C. q. f. d., como dicen los geómetras. 

Se ha levantado y se ha vuelto a sentar vein¬ 
te veces. Se pone "en pie por la veintiuna vez 
y, como no ha visto a Juana, se va desolado. 

En cuanto ha salido, entra Juana en la ciu¬ 
dad de los libros con el pretexto de vigilar 
a Aníbal. Está desolada y, con voz doliente, 
llama a su protegido para darle leche. ¡Fíjate 
en ese rostro entristecido, Bonnard! Tirano, 
contempla tu obra. Los has mantenido separa¬ 
dos, pero fíjate en sus rostros y, por la expre¬ 
sión de sus rasgos, podrás comprender que, 
a pesar tuyo, están unidos por el pensamien¬ 
to. ¡Casandra, que seas feliz! ¡Bartolo, rego¬ 
cíjate! ¡Esto es ser tutor! Ahí la tienes, arro¬ 
dillada sobre la alfombra, con la cabeza de 
Aníbal entre sus manos. 

¡Si! ¡Acaricia a ese estúpido animal, compa¬ 
décele, gime por él! Ya sabemos, pérfida, a 
donde van tus suspiros y quién es el causante 
de tus quejas. 

Formaban un cuadro que contemplé larga¬ 
mente; después, lanzando una mirada sobre 
mi biblioteca: 

—Juana - dije —, todos esos libros me abu¬ 
rren; los vamos a vender. 

io de septiembre. 

Es cosa hecha: están prometidos. Gelis, que 
es huérfano, como Juana, ha encargado de for¬ 
mular la petición de mano a uno de sus pro¬ 
fesores, colega mío, altamente estimado por 
su ciencia y su carácter. Pero, ¡qué mensajero 
de amor, justo cielo! Un oso, pero no un oso 
de los Pirineos, sino un oso de biblioteca, y es¬ 
ta segunda variedad es mucho más feroz que 
la primera. 

—Con razón o sin ella (yo creo auc sin ella). 


FIN DE 


EL 


a Gelis no le importa la dote. Se lleva a 4 
pupila sin más que lo puesto. Diga usted * 
sí y asunto terminado. Dcse prisa, que quiai 
enseñarle dos o tres fichas de Lorena muy.f 
riosas y que seguramente no conoce usted, j 

Esto es lo que literalmente me ha dicho. 1 
le he respondido que consultaría a Juana, 
me he dado el gusto de hacerle saber que I 
pupila tenía dote. 4 I 

¡Aquí está el dote! Mí biblioteca. Enriql 
y Juana están a mil leguas de sospecharlo ] 
quiera y el hecho es que generalmente ¡T 
creen más rico de lo que soy. Tengo todi 
apariencia de un viejo avaro, Pero es una i 
rienda bien engañosa y que me ha valido S 
chas consideraciones. No hay ninguna clase 4 
personas a quien la gente respete tanto cor 
a un rico tacaño. 

He consultado a Juana; pero, ¿acaso tw 
necesidad de oír su respuesta para saberlo? I 
cosa hecha: están prometidos. 

No le va ni a mi carácter ni a mi figura 
dedicarme a espiar a estos dos muchachos I 
ra anotar sus palabras y sus emociones. 
me tangere. Es el lema de los bellos amoi 
Conozco mi deber: respetar el secreto de t 
alma inocente por la que velo. ¡Que se arm 
¡Ninguna de sus largas efusiones, ninguna ^ 
sus cándidas imprudencias, será anotada f 
este cuaderno por el viejo tucor cuya autoi 
fué tan suave y duró tan poco! 

Además, no me estoy de brazos cruza 
y, si ellos tienen sus asuntos, yo tengo I 
míos. Estoy redactando por mí mismo el c 
logo de mi biblioteca, con vistas a una v» 

. en pública subasta. Es una tarea que me aflj 
y me distrae a la vez. La hago durar qui 
algo más de lo debido y hojeo los ejemplar 
tan familiarizados con mi pensamiento, con ■ 
manos, con mis ojos, mucho más de lo ne< 
sario y de lo útil, Es un adiós, y siempre 4 
tuvo en la naturaleza de los hombres el j 
longar los adioses. 

¿Puedo separarme de este grueso volutn 
que tantos servicios me ha prestado durafl^ 
treinta años, sin darle las pruebas de coní¡“ 
ración que se deben a un buen servidor? I 
a este otro, que tantas veces me ha reconfe 
tado con su santa doctrina, no debo salud; 
lo por última vez como a un maestro? Per 
cada vez que me encuentro con un libro q 
me ha inducido a error, que me perturbó e 
sus falsas fechas, lagunas, mentiras v ot 
pestes del arqueólogo: — ¡Vete! — le digo, c 
amarga alegría—, ¡vete! Impostor, traidor, fah 
testigo, huye lejos de mí, vade retro, y que li 
gres, por tu indumento cubierto de oro, y gra 
cías a tu reputación usurpada y a tu bella e 
voltura de tafilete, entrar en la vitrina de c 
quier banquero bibliómano, al que no | 
engañar como me has engañado a mí, porq 
no te leerá jamás. 

Puse aparte, para conservarlos siempre, 1 
libros que me han sido regalados como rccut 
do. Cuando coloqué en aquella hilera el n 
nuscrito de La leyenda dorada, pensé en l 
sarlo, en recuerdo de la señora de Trepof, q 
supo ser agradecida a pesar de sus riquezas f 
de la elevada posición que había alcanza 
y que para demostrármelo, vino a convertí 
en mi bienhechora. Sin embargo, tenía una r 
serva. Fué en aquella ocasión cuando coní 
el crimen. Las tentaciones me asaltaban dura 
te la noche; al rayar el alba se hacían i 
sistiblcs. Entonces, mientras todo en la i 
dormía, yo me levantaba y salía furtivamea 
de mi alcoba. 


CRIMEN DE 


E E 










































_de la sombra, fantasmas de la no- 

retardadas junto a mí, después del can- 
Uc3 jallo, me visteis deslizarme de puntillas 
ciudad de los libros, no hubierais excla- 
■fc como la señora de Trepof en Ñapóles: 
e I aire de ser una excelente persona”, 
■p^ba Aníbal, con el rabo tieso, se restrega- 
jkg^ssi mis piernas ronroneando. Yo sacaba 
^L^amen de su estante, algún gótico vene- 
Bo un noble poeta del Renacimiento, la 
* soro con que había soñado toda la no- 
B r n.e lo llevaba para ocultado en lo más 
B¡¿ del armario de las obras reservadas, que. 
■fea Ornando hasta reventar. Es horrible dc- 
vo robaba a Juana su dote. Y cuando el 
ya estaba consumado, me ponía de nue- 
catalogar tenazmente, hasta que Juana ve- 
K| consultarme sobre cualquier detalle de 
Hbo 2 errcr o de su equipo. Yo no alcanzaba 
comprender de lo que se trataba, pues 
B^easzco el vocabulario actual de la costu- 
m«c las ropas. ¡Ah! Si una novia del siglo 
■T valiera por un milagro a consultarme so- 
P¡p trapos, ¡eso ya sería otra cosa! Compren- 
Eb jruv bien su lenguaje. Pero Juana no es 
tiempos y se la mando a la señora de 
Bfcv. que en estos momentos le sirve de ma- 


£Lisa la noche, ¡la noche ha llegado! Aco- 
en la ventana contemplamos la vasta 
oscura, acribillada de puntos lumino- 
inclinada sobre la barandilla, apoya 
^Hfaeüre en mi mano y parece entristecida. 
^Eafeervo y me digo a mí mismo: “Todos los 
incluso los más deseados, traen consi- 
^■Smelancolía, ya que aquello que abando- 
Ee C 5 «na parte de nosotros mismos; es pre- 
nmnr a una vida para entrar en otra.” 

I Cct..íj respondiendo a mi pensamiento, ella 


W —Tutor mío, sov muy dichosa y, sin embar- 
Ept tengo ganas de llorar. 


ULTIMA PAGINA 


21 de agosto de rSSs. 

Pájúu ochenta y siete. . Todavía una vein- 
Bpde líneas y mi libro sobre los insectos 
pfe flores estará terminado. Página ochenta 
v «ecc v última... “Como acaba de verse, las 
..Se-c- . t ¿e los insectos tienen una gran importan- 
,-e jtira las plantas; en efecto, ellos se encar- 
^ ¿z trasportar el polen de los estambres al 
■Sol Dijérasc que la flor está dispuesta y ata- 
EZs la espera de esta visita nupcial. Creo 
^EÉr «Jemosrrado que el néctar de la flor des- 
E r- licor azucarado que atrae al insecto y 
a operar inconscientemente la fecun- 
EpBB directa o cruzada. Este último modo es 
frecuente. He demostrado que las flo- 
Eg p?;n coloradas y perfumadas de manera 
«raen a los insectos y construidas interior- 
de suerte que ofrecen a sus visitantes un 
que les permite penetrar en la corola 
KA5«ñirar sobre el estigma el polen del-cual 
BStarpados. Sprengel, mi venerado maestro, 
Efe * propósito de la pclusilla que tapiza la 
del geranio de los bosques: “El sabio 
de b naturaleza no ha querido crear un 
^Evello inútil". Yo digo a mi vez: “Si el lirio 
campos, al que se refiere el Evangelio, 
^Ksestido con mas riqueza que el rey Salo- 
■bcl so manto de púrpura es un manto de bo- 
kj^B v este rico atuendo es una necesidad de 
^^^grpetuación de su existencia, (t). 

“Brolles, a 21 ¿te agosto de 1SS2 .” 

I jubiles! Mi casa es la última que se encuen- 
Kp/m la calle de la aldea, yendo hacia el bos- 
Ek- Es una casa de agudo techo de pizarra, 
irisa al sol, como el cuello de una palo¬ 
mo. La veleta que se eleva sobre el techo, me 
Jfc Ji» mis consideración en estos lugares, que 


todos mis trabajos de historia y de filología. 
Hasca el último mono conoce la veleta del se¬ 
ñor Bonnard. Está enmohecida y rechina al 
viento agriamente. Algunas veces se niega a 
prestar su servicio, como Teresa, que, gruñen¬ 
do, se deja ayudar por una muchacha campesi¬ 
na. La casa no es grande, pero yo vivo a mi 
gusto. Mi alcoba tiene dos ventanas y recibe 
los primeros rayos del sol. Arriba está la habi¬ 
tación de los jóvenes. Juana y Enrique vienen 
dos veces al año. 

El pequeño Silvestre tenía su cuna. Era un 
lindo niño, pero muy pálido. Cuando jugaba 
sobre la hierba, su madre le seguía con una mi¬ 
rada inquieta, y a cada momento dejaba sus 
agujas para tenerlo sobre sus rodillas. El pobre- 
cilio no se quería dormir. Decía que, durmién¬ 
dose. se iba lejos, muy lejos, donde todo era 
negro y donde veía cosas que le daban miedo 
y que no quería ver. 

Entonces su madre me llamaba, y yo me 
acercaba a su cuna: él cogía uno de mis de¬ 
dos en su manecita caliente y seca y me decía: 
-Quiero que me cuentes un cuento, padrino. 
Yo le contaba toda clase de cuentos, que el 
escuchaba gravemente. Le interesaban todos, 
pero había uno que maravillaba singularmente 
a su almita: era el de El pájaro azul. Cuando 
acababa de contárselo, me decía: 

-¡Otra vez! ¡Otra vez! 

Yo recomenzaba, y su cabecita pálida, en I3 
que azuleaban las venas, se dejaba caer sobre 
la almohada. 

El médico respondía a todas nuestras pregun- 
tas: 

— ¡No es nada extraordinario! 

¡No! El pequeño Silvestre no tenía nada de 
extraordinario. El año pasado, su padre me lla¬ 
mó una noche: 

-Venga — me dijo -. El niño esta muy gra- 

Me acerqué a la cuna, jumo a la cual la ma¬ 
dre permanecía inmóvil, atada por tbdas las 
potencias de su alma. 

El pequeño Silvestre volvió lentamente ha¬ 
cia mi sus pupilas, que se alzaron bajo sus pár¬ 
pados v no querían bajar de nuevo. 

-Padrino - me dijo -. ya no es necesario que 
me cuentes más cuentos. 

¡No. ya no había para qué contarle mas 
cuentos! 

¡Pobre Juana, pobre madre! 

Soy ya demasiado vicio para ser muy sensi¬ 
ble; pero, en verdad, la muerte de un niño es 
un doloroso misterio. 

El padre y la madre han llegado hoy. para 
pasar seis semanas bajo mi mismo techo. Helos 
aquí que vuelven del bosque, dándose el bra¬ 
zo. Juana se envuelve en un negro manto y 
Enrique lleva una gasa de luto en su sombrero 
de paja; pero los dos están radiantes de ju¬ 
ventud y se sonríen dulcemente el uno al otro, 
sonríen a la tierra que pisan, al aire que los 
envuelve, a la luz que cada uno de ellos ve 
brillar en los ojos del otro. \o les llamo la 
atención desde mi ventana con mi pañuelo, y 
ellos sonríen a mi vejez. 

Juana sube ágilmente la escalera, me besa y 
murmura a mi oído algunas palabras que yo 
adivino más que entiendo. Y le respondo: 

-Que Dios te bendiga, Juana, a ti y a tu 
marido, en vuestra más remota descendencia. 
Et turne dbuhtis servar» tuttm, Domine. 

<>) Silvestre Bonnard no sabía que, antes que él, 
ilustres naturalista* habían investigado las relaciones 
de los insectos y las plantas. Ignoraba los trabajos 
de Darwin y los del doctor Hermán Müller, na» como 
las observaciones de sir John Lubbock. Es preciso ad¬ 
vertir que las conclusiones de Silvestre Bonnard se 
asemejan muy sensiblemente a las de estos tres sa¬ 
bio*. Aunque resulte menos útil, es acaso interesante 
comprobar que sir John Lubbock es, at igual que 
Bonnard, un arqueólogo entregado tardíamente a la3 
ciencias naturales, i-Vola del editor.) 


SILVESTRE BONNARD” 


LLQTLAD - O > 

AVENTURAS DE DON UNO 

solución por BARTA 







































90 •EEOPLAN 






iTITUIDQ 




M E aquí de qué manera el azar, 
que los escépticos llaman “agcn- 
te de negocios” del buen Dios, 
■- SM puso un día en contacto a los 

W individuos cuya asociación fra¬ 

ternal debia constituir más adelante el cenᬠ
culo formado por aquella clase de bohemia 
que el autor de esta obra ha intentado dar 
a conocer al público. 

Una mañana — era el 8 de abril —. Alejandro 
Sehaunard, que cultivaba las arres liberales de 
la pintura V de la música, fué despertado brus¬ 
camente por el carillón de un gallo de la ve¬ 
cindad, que le servía de reloj. 

— ¡Demonio! — exclamó Sehaunard — . Mi re¬ 
loj de plumas adelanta. Ño es posible que ha¬ 
ya amanecido ya. 

Diciendo aquellas palabras saltó precipita¬ 
damente fuera de un mueble de su industriosa 
invención, y que. desempeñando el papel de 
cama por la noche — y no hay que decir que lo 
desempeña!» pésimamente—, reemplazaba duran¬ 
te el día a todos los demás muebles, ausentes 
por causa del frío riguroso habido en el prece¬ 
dente invierno. Una especie de mueble Juan Pa¬ 
lomo. como se ve. 

Para prevenirse de las mordeduras del cier¬ 
zo matinal, Sehaunard se puso a toda prisa una 
falda de satén rosa sembrada de lentejuelas y 
que le servía de bata. Aquella original prenda 
había sido olvidada, cierta noche de baile de 
máscaras en casa del artista, por una locura que 
había cometido: la de dejarse atrapar en las 
falaces promesas de Sehaunard, el cual, disfra¬ 
zado de marqués de Mondor. Hacía resonar en 
sus bolsillos el tintineo seductor de una docena 
de escudos, moneda de fantasía recortada con 
un sacabocados en una placa metálica cogida en 
la guardarropía de un teatro. 

Vestido ya con su ropa de casa, el artista 
fué a abrir la ventana y la persiana. Un rayo 
de sol, semejante a una flecha de luz, penetró 
bruscamente en el cuarto y le obligó a abrir 
del todo los ojos, todavía velados por las nie¬ 
blas del sueño. Al mismo tiempo daban las cin¬ 
co en un campanario cercano. 

—Es la aurora misma — murmuró Sehaunard—. 
¡Qué cosa más rara! Sin embargo - añadió con¬ 
sultando un calendario colgado de la pared — 
no hav ningún error. Las indicaciones de la 
ciencia afirman que en esta época del año.no 


debe salir el sol hasta las cinco y media. No 
son más que las cinco y ya está el sol arriba. 
Exceso de celo, sin duda. Este astro está equi¬ 
vocado. Me quejaré ante el Observatorio Astro¬ 
nómico. Entretanto — agregó — debería comen¬ 
zar por inquietarme un poco. Hoy es induda¬ 
blemente el-día siguiente de ayer, y como ayer 
era siete, a menos que Saturno no marche ha¬ 
cia atrás, debe ser hoy ocho de abril. Y si 
creo en lo que afirma este papel — prosiguió 
Sehaunard leyendo de nuevo una notificación 
de desalojo pegada en la pared—, hoy a las do¬ 
ce en punco debo haber desocupado estos rin¬ 
cones y puesto en manos del señor Bemard, 
mi casero, una suma de setenta y cinco fran¬ 
cos por trimestre vencido, y que me reclama 
por este escrito redactado con pésima caligra¬ 
fía por cierto. Esperaba, como siempre, que la 
casualidad se encargaría de liquidar este asun¬ 
to; pero parece que no ha tenido tiempo. En 
fin, tengo aún seis horas ante mí; empleándolas 
bien, puede ser que... ¡Vamos..., vamos, en 
marcha! — añadió Sehaunard, y ya se disponía 



a ponerse un abrigo cuya tela, primitivamente 
peluda, estaba a la sazón completamente calva, 
cuando de pronto, como si hubiese sido mor¬ 
dido por una tarántula, se puso a ejecutar en 
su habitación una danza de su cosecha, que en 
los bailes públicos más de una vez le había va¬ 
lido los honores de la policía. — ¡Admirable! 
—exclamó — . ¡Qué cosa más curiosa! El aire 
matinal despierta las ideas. Me parece que £s- 
toy sobre la pista de mi composición. Veamos. 

Y Sehaunard. medio desnudo, fué a sentarse 
sobre su piano, y, después de haber desperta¬ 
do al dormido instrumento con una tempestad 
de acordes, comenzó, sin dejar de monologar, 
a perseguir sobre el teclado la frase melódica 
que buscaba desde hacía tanto tiempo. Do, sol, 
mi, la, si. do, re, ¡pun! '¡pun! Fa, re, mi, re. 
¡Ay! ¡av! Es más falso que Judas, éste - re¬ 
contento Sehaunard golpeando con violencia 
en la tecla de tonos dudosos Veamos el to¬ 
no mcr.or... Debe describir hábilmente la 
aflicción de una joven que está deshojando una 
margarita blanca en un lago azul. He aqui una 
idea que no es infantil. En fin, ya que es moda, 
y no se encontraría un editor que se arreviese 
a publicar una romanza donde no hubiera un 


lago azul, hay que conformarse — Do, nti, M 
mi, do, la, si, do re. No estoy descontento d 
esto; da bastante bien la idea de una margaría 
sobre todo para las personas que están fuerte 
en botánica. La, si, do, re. ¡Demonio de ré 
Ahora para dar la sensación exacta del I 
azul, me haría falta algo húmedo, algo fl 
algo de raj o de luna, porque la luna entra tai* 
bien. ¡Toma, pero si va saliendo!... No q 
videmos el cisne — fa, mi, la, sol — contiíwi 
Sehaunard. haciendo chapalear las notas era 
talinas de la octava 3guda —. Queda el adiós i 
la muchacha que decide arrojarse al lago azi 
para volver a reunirse con su amado, enterri 
do bajo la nieve. El desenlace no está claro- 
murmuró Sehaunard-, pero es interesante. N- 
cesitaba alguna cosa tierna, melancólica; a 
sale, ya sale! He aquí una docena de compás 
que lloran como Magdalenas; ¡parte el corazq 
¡Brrr! ;Brrr! — farfulló Sehaunard. estremí 
ciéndose en su falda tachonada de lentejuclas- 
¡Si pudiera partir leña en vez de corazón! 11 » 
en mi alcoba una viga que me incomoda n» 
cho cuando tengo gente... a comer; encend 
ría un poco de lumbre con... ¡a, la... re, rn¡ 
porque siento que la inspiración me viene e 
vuelta en un resfrío de cabeza. ¡Qué le van» 
a hacer! Paciencia. Continuemos ahogandoj 
mi muchacha. 

Y mientras que sus dedos aporreaban el tccb 
do palpitante, Sehaunard, con los ojos enea 
didos, y las orejas tiesas, daba caza a la melodi 
la cual, semejante a una ninfa intangible, revoli 
teaba en medio de la niebla sonora que las t 
braciones del instrumento parecían esparc 
por el cuarto. 

—Veamos ahora — prosiguió Sehaunard — o 
mo mi música se ensarta en la letra de mi po 
ta. Y tarareó con voz desagradable este frai 
mentó poético, compuesto especialmente pa 
las óperas cómicas y las leyendas populare 


La rubia jovencita 
hacia el ciclo estrellado, 
quitándose la mantilla, 
lanza su mirar velado, 
y en la onda azul osa 
del lago de olas de {data... 














LEOPLAN . U 



IE LA BQH 




Un episodio de 

ESCENAS DE LA VIDA BOHEMIA 

la inmortal obra de ENRIQUE MURGER 

ILUSTRACIONES DE ÁRTECHE 




E¡s>o!' ¡cómo! — exclamó Schaunard arre- 
en justa indignación — . -La onda aztt- 
jáe su lago de olas de plata ?. .. ¡Todavía 
Pe había dado cuenta de ello! Es demasiado 
■¿ico. a l fin. Este poeta es un idiota. No 
inst» nunca ni plata ni lago. Su balada es 
Bife además. E¡ corte de los versos perju- 
■b música. En lo sucesivo yo mismo com- 
B la letra. Y en seguida. Estoy en vena 
E a hilvanar un boceto de cuplé adaptable 
■ velodía. 

r Schaunard. apoyando la cabeza entre sus 
ki tomó la grave actitud de un mortal que 
^Bie relaciones con las Musas. Al cabo de 
de 'aquel connubio sagrado, había dado 
L en-: Je aquellas deformidades que ios li¬ 


bretistas llaman con razón monstruos, V que im¬ 
provisan bastante fácilmente para servir de ca¬ 
ñamazo provisional a la inspiración del compo¬ 
sitor. 

Sólo que el monstruo de Schaunard tenía sen¬ 
tido común y expresaba bastante claramente la 
inquietud provocada en su espíritu por la lle¬ 
gada brutal de aquella fecha: ;8 de abril! 

He aquí la copla: 


Ocho y ocho dieciséis, 
Pongo seis y llevo el uno, 
Seria muy venturoso 
Si topase con alguno, 

Cual yo, humilde y generoso, 














































„92 . LEOPLAN 

Que me dé pronto y gustoso 

Ochocientos francos juntos. 

Pagando a mis acreedores 

Se acabarían ¡os sustos 

Y además ¡os sinsabores. 

Estribillo: 

Y a ¡as doce menos cuarto 

En el cuadrante a sonar , 

Pagaría ¡o que debo 

A mi casero Bemord. 

—¡Caramba! - exclamó Schaunard releyendo 
su composición —. Sonar y Bemord no son ri¬ 
mas muy millonarios que digamos; pero no ren¬ 
go tiempo de enriquecerlas. Intentemos ahora 
casar las notas con las sílabas. 

Y con aquel horrible órgano nasal que le 
era peculiar volvió de nuevo a la ejecución de 
su romanza. Satisfecho sin duda del resultado 
que acababa de obtener, Schaunard se felicitó 
con una mueca de júbilo que, semejante a un 
acento circunflejo, se le ponía a caballo en sus 
narices siempre que se sentía contento de sí 
mismo. Pero aquella orgullosa beatitud duró 
muy poco. 

Dieron las once en el campanario cercano. 
Cada campanada entraba en la habitación y se 
extinguía en resonancias socarronas, que pare¬ 
cían decir al desgraciado Schaunard: “¿Estás 
listo?" 

El artista brincó en su silla. 

-El tiempo corre como un gamo — dijo —. 
Sólo me quedan tres cuartos de hora para en¬ 
contrar mis setenta y cinco francos y mi nue¬ 
vo alojamiento. No lo conseguiré nanea. Eso 
enrra demasiado en el dominio de la magia. 
Vamos a ver. Me concedo cinco minutos para 
dar con ello — . Y hundiendo Ja frente entre sus 
rodillas, descendió a los abismos de la reflexión. 

Los cinco minutos corrieron, y Schaunard 
enderezó su pbeza sin haber encontrado nada 
que se pareciese a setenta y cinco francos. 

-Decididamente sólo tengo nn partido que 
tomar para salir de aquí. Es el de marcharme 
tranquilamente. Hace buen tiempo, v quizá mi 
amigo el azar esté paseando al sol. Tendrá que 
darme hospitalidad hasta que haya encontrado 
el medio de liquidar con el señor Bemard. 

Schaunard, tras de atiborrar los bolsillos del 
gabán, profundos como cuevas, de cuantos ob¬ 
jetos podían contener, envolvió, anudando en 
un pañuelo, algunos efectos de ropa y dejó su 
aposento, no sin dirigir en unas palabras conmo¬ 
vidas un adiós a su domicilio. 

Al atravesar el patio, el porrero de la casa, 
que parecía espiarle, le detuvo súbitamente. 

— ¡lih, señor Schaunard! — gritó cerrando el 
paso ¡¡I artista —. ¿Se acuerda usted de eso? Hoy 
es día ocho. 

Ocho y ocho dieciséis , 

Pongo seis y llevo wio... 

—canturreó Schaunard —. No pienso en otra 
cosa. 

—Es que se ha retrasado usted un poco en su 
mudanza — repuso el portero —. Son las once 
y media, y el nuevo inquilino, a quien se ha 
alquilado su cuarto, puede llegar de un momen¬ 
to a otro. ¡Hay que darse prisa, señor! 

—En ese caso - respondió Schaunard — dé¬ 
jeme pasar. Voy a buscar un carro de mudanza. 

—Muy bien. Pero antes de mudarse hay que 
cumplir una pequeña formalidad. Tengo orden 
de n<» dejarle a usted llevar un solo pelo sin 

uc haya pagado los tres trimestres vencidos. 

upongo que estará usted en condiciones... 

— ¡Ya lo creo!-exclamó Schaunard dando 
Un paso adelante, 

—¿Quiere usted entonces entrar en mi habi¬ 
tación? — repuso el porrero—.Le voy a dar 
SU* recibos. 

—Los recogeré al volver.* 

—Pero, ¿por que no en seguida?—preguntó 
el portero con insistencia. 

—Voy a buscar un cambio... No tengo mo¬ 
neda suelta. 

—¡Ah! — repuso el otro con impaciencia —. 


'¿Con que usted va en busca de plata menuda? 
En tal caso, para ayudarle, permítame que le 
guarde ese paqiietito que lleva debajo del bra¬ 
zo, y que podría estorbarle. 

—¿Es que desconfía usted de mí, por casuali. 
dad, señor portero? — interrogó Schaunard con 
dignidad —. ¿Cree usted, pues, que llevo mis 
muebles en un pañuelo? 

—Discúlpeme, señor —replicó el portero ba¬ 
jando un poco el tono—.Es mi consigna. El 
señor Bemard me ha dado orden expresa de que 
no le permita a usted sacar ni un pelo, sin que 
antes le haya pagado. 

—Pero hombre — exclamó Schaunard desatan¬ 
do el lío—, no hay aquí pelos ni para muestra. 
Son camisas que llevo a la planchadora, que 
. vive al lado del cambista, a veinte pasos de 
aquí. 

—Eso es otra cosa — contestó el portero des¬ 
pués de haber examinado el contenido del pa¬ 
quete —. Ahora, si no hay indiscreción en la pre¬ 
gunta, ¿adonde se muda usted, señor Schau¬ 
nard? 

—A la calle de Rívoli — repuso fríamente el 
artista, que, habiendo puesto el pie en la calle, 
se alejó lo más presto posible. 

-Calle de Rívoli — murmuró el porrero me¬ 
tiéndose los dedos en la nariz—-Cosa extraña 
que le hayan alquilado en la calle de Rívoli y' 
que no hayan venido a tomar informes aquí. 
¡Extrañísimo! En fin, no se llevará sus mue¬ 
bles sin haber pagado antes. ¡Con tal que.el 
otro inquilino no se mude precisamente en el 
momento en que el señor Schaunard se mude! 
¡Menudo jaleo habría en ¡a escalera oon ambos 
mobiliarios! ;Paf! Hablando de Roma... — ex¬ 
clamó de pronto asomando la cabeza entre el 
postigo de la ventana —. Aquí está precisamente 
mi nuevo inquilino. 

Seguido de un mozo de cuerda, que no pa¬ 
recía doblarse bajo el peso de su carga, acababa 
de entrar, en efecto, un joven tocado con un 
sombrero blanco Luis XIII. 

—¿Está ya libre mi apartamento? — preguntó 
al portero, que había salido a su encuentro. 

—Aun no, señor; pero va a estarlo. La per¬ 
sona que lo ocupa ha ido a buscar el carro pa¬ 
ra mudarse. Por lo demás; en tanto espera, el 
señor podría depositar sus muebles en el patio. 

—Temo que llueva - respondió el joven, mas¬ 
ticando tranquilamente un ramo de violetas que 
tenía entre los dienres —. Podría estropearse mi 
mobiliario. Deposite usted eso, mozo —añadió 
dirigiéndose al hombre que había quedado tras 
él, portador de un gancho cargado de objetos 
cuya naturaleza no se explicaba bien el porte¬ 
ro-, en el vestíbulo y vuelva a mi antiguo alo¬ 
jamiento a tomar lo que queda todavía de mue¬ 
bles preciosos y de objetos de arte. 

El mozo colocó a lo largo de una pared va¬ 
rios bastidores de una altura de seis a siete pies, 
y cuyas hojas; replegadas en aquel instante unas 
sobre otras, parecían poderse desplegar a vo¬ 
luntad. 

—¡Fíjese! — exclamó el joven al mozo abrien¬ 
do a medias una de las hojas v enseñándole una 
desgarradura que había en la tela—.He aquí 
una desgracia. Me ha estrellado usted mi gran 
luna de Venccia. Procure usted tener cuidado 
en su segunJo viaje. ¡Mucho cuidado, sobre 
todo con mi biblioteca! 

— ¿Qué quiere decir usted con su Juna de 
Venccia? - musitó el portero dando vuelta^,con 
aire irtqületo en torno a un biombo—.En fin, 
vamos a ver lo que va a traer en el segundo 
viaje. 

—¿Es que su inquilino no va a dejar en segui¬ 
da el sirio libre? - preguntó el joven -.Son las 
doce y media y querría ya ocuparlo. 

—No creo que tarde — respondió el portero—. 
Por lo demás, no hay todavía mal alguno, pues¬ 
to que no han llegado sus muebles — añadió 
recalcando las últimas palabras. 

Iba a responder el joven, cuando un soldado 
en funciones de ordenanza entró en el patio. 

—¿El señor Bemard? — preguntó sacando una 
carta del portadocumentos de cuero que lle¬ 
vaba colgada en bandolera. 


—Sí, señor; aquí es — contestó el portero. 

—Esta carta es para él —repuso el militar 
Firme usted el recibo. 

Y entregó al conserje un talonario de desp 
chos, que éste fué a firmar en su habitací" 

— Dispense usted si le dejo solo — dijo c! p 
tero al joven que se pascaba en el patio con ir 
paciencia—; pero se trata de una carta del 
nisterio para el señor Bernard, mi patrórQy « 
a subírsela. 

En el momento en que el portero entr 
en su casa, el señor Bernard estaba afeitando! 

—¿Qué quiere usted, señor Durand? 

—Es un ordenanza, señor — contestó i 
quitándose la gorra—,que ha traído esto j 
usted. Es del ministerio. 

Y le pasó al señor Bernard la carta, cuyo S 
bre estaba timbrado con‘el sello del AlinistH 
de Guerra. 

—¡Dios mío! — exclamó el señor Bernard, 4 
tal modo emocionado que se cortó con la n 
vaja — . ¡Del .Ministerio de Guerra! Estoy i 
guro de que es mi nombramiento de caballc 
de la Legión de Honor, que tengo solicita] 
desde hace tiempo. ¡Por fin se hace justicia 
mi buen comportamiento! Tenga usted, Durai 
—dijo buscando en el bolsillo de su chaleco 
cinco francos para beber a mi salud. ¡Tom 
No tengo suelto encima. Voy a dárselos a « 
ted en seguida. Aguarde. 

Tan grande fué la emoción que experim._ 
el portero ante aquel acceso de generosías 
fulminante, a que su ¡imo no le tenía acostpl 
brado, que se encasquetó de nuevo la gorraJ 
~ ~ ‘ ircuñ 


Pero el señor Bernard, que en otras 
tandas hubiera reprendido severamente aqi 
infracción a las leyes de la jerarquía soi 


no pareció darse cuenta de ello. Se puso 1 
gafas, rompió el sobre con la emoción resp 
tuos 3 de un visir que recibe un firman del sn 
tán, y comenzó la lectura del despacho. A i 
primeras líneas nn gesto espantable marcó pli 
gues carmesí en la grasa de sus mejillas nv 
nacales, y sus ojuelos lanzaron chispas c.ipac-, 
de prender fuego a los mechones de su pduc 
enmarañada. Todas xús facciones estaban fina? 
mente hasta tan extremo alborotadas, que i 
hubiese dicho que su cara acababa de expH 
mentar un temblor de tierra. 

He aquí cuál era el contenido de la misivi 
escrita en papel timbrado del Ministerio di 
Guerra, traída a rienda suelta por un sold» 
do de caballería, y de I3 que el señor Durará 1 
había dado un recibo al gobierno. 

Muy señor y casero mío: 

“La cortesía, que, a creer en la mitología, 1. 
abuela de los buenos modales, me obliga' a po? 
ncr en conocimiento de usted que me hallo c 
la cruel necesidad, de faltar al uso establecí^ 
que con>isie en pagar los alquileres de la caá 
sobre todo, cuando se deben. Hasta esta ms 
ñaña había acariciado la esperanza de pfldel 
celebrar este magnífico día pagando los tres 
últimos recibos de mi alquiler. ¡Quimera, :l ~™ 
sión. ideal! 

'En tanto que dormitaba yo en la almohad 
de la seguridad, mi mala estrella (ananke CB 
griego), mí mala estrella dispersaba mis espe^ 
ronzas. Los ingresos con que contaba, ¡Díój 
mío, qué mal van los negocios!, no se han ve¬ 
rificado, y de las sumas considerables que ha* 
bía- de cobrar no he recibido más que tres fram 
eos, que, cOmo se me lian prestado, no se los 
ofrezco a usted. Vendrán días mejores parí 
nuestra hermosa Francia y para mí, no lo dude 
usted, señor. Tan pronro'como luzcan, me fal- 
taran alas para ir a advertírselo y.retirar de su 
finca hs cosas preciosas que he dejado allí, 1 
pongo bajo su prorccción y la de la ley, qtií 
antes de un año le prohíbe a usted negocii* 
las, en el caso de que quisiera usted intentarla 
a fin de cobrarse las sumas que le he aere? 
ditado a usted en el registro de mi probidad: 
Le recomiendo especialmente mi piano y el 
cuadro grande en el que se encuentran sesen* 
ta bucles de cabellos, cuyos colores diferente 
recorren toda la gama de los matices capilar 



LEOPLAN - 93 


í han sido cortados de la frente de las 
por el escalpelo del Amor. 
r '?ucde usted, pues, señor y casero, disponer 
dorados techos bajo los cuales he vivido. 
Wq a usted mi autorización reforzada con 
i ¿mía al pie. 

Alejandro Schaunard . 

máo hubo acabado de leer aquella epís- 
^ c el artista había redactado en la oficina 
no de sus amigos, empleada en el Minis- 
i de Guerra, el señor Bernard la estru- 

■ indignación; y, como su mirada cayese 
uese Durand, que aguardaba la grnti- 
, prometida, le preguntó brutalmente 

B Sacia allí. 

jay- esperando, señor. 

"3 qué? 

■ generosidad que el señor... con motivo 
Efe buena noticia... — balbuceó el portero. 
Retírese! ¡Cómo, bribón! ¿Se atreve a te- 
_ r V gorra puesta en mi presencia? 

f —pero, señor... 

_\o me conteste. Retírese, le digo. Es decir, 
l. No se vaya. Espéreme. Vamos a subir al 
mto de ese granuja de artista, que se muda 

jm. pagarme. 

*—JE-s posible 5 — exclamó el portero — . ¡El se- 
Sduunard!... 

-Sí —prosiguió el casero, cuyo furor subía 
pntto como el de Nicolás —. Y si ya se ha 
* el menor objeto, ¿me oye usted 5 , le 
¿me oye usted? ¡Le pongo de patitas 
’jík Calíceee!' 

■ftro no es posible — nlurmuró el pobre por- 
i—. El señor Sdiaunard no se ha mudado, 
kío a buscar dinero para pagar a! señor y 
el carro que ha de llevarse sus mue- 


—aUcvarse los muebles? — exclamó el señor 
^«d-. .Corramos! Estoy seguro de que se 
p toi llevando. Le ha tendido a usted un la¬ 
pa» alejarle de la portería y dar el golpe, 

' zo de animal. 

_ Válgame Dios, que 3nimal soy! - excla- 
¿ también maese Durand temblando ante la 
a—» olímpica de su amo, que le arrastraba 

ac 3a escalera. 

Ya habían llegado al patio cuando el io- 
m ¿ei sombrero blanco apostrofó al portero, 

¡siéndole: 

—;Eh! Oiga, portero. ¿Es d u e no me van a 
K pronto posesión de mi domicilio? ¿No es- 
hoy a 8 de abril? ¿No es aquí donde he 
V no le he dado a usted una seña 
¿Sí o no? 

-ftrdón, señor, perdón - intervino el casero 
¿endo a su inquilino -. Soy con usted en 
Durand — añadió, dirigiéndose a_ su 
„_ ? voy a responder yo mismo al señor. 

. usted arriba, porque ese picaro de Schau- 
fca vuelto sin duda para hacer sus líos. Lo 
jp si usted lo sorprende, y vuelva a bajar 
x a buscar los guardias. 

_ — Durand desapareció por la escalera. 

—fferdón. señor - dijo el casero inclinándose 
joven, con quien había quedado solo—, 
ío tengo el gusto de hablar? 
su nuevo inquilino, señor. He alquila- 
cuarto en esta casa en el sexto, y em- 
a impacientarme porque el alojamiento 
i desocupado. 

> siento mucho, crea usted — repuso el 
Bernard —. Ha surgido una dificultad con 
oilino a quien usted ha de reemplazar. 

—¿Señor, señor Bernard! - gritó maese Du- 
* desde una ventana situada en el último 
de la casa -. No está el señor Schaunard, 
su habitación, si... ¡Qué animal soy!... 
ro decir que no se ha llevado nada. ¡Ni un 
_—: señor! • 

" _£«¿ bien. Baje usted —respondió el señor 
rd -. ¡Dios mío! — repuso dirigiéndose al 
—.Suplico a usted un poco de paciencia. 
| portero va a bajar al sótano los objetos que 
i el cuarto de mi inquilino insolvente, y 

> de media hora tomará usted posesión 


de él. Puesto que los muebles de usted aun no 
han llegado... 

—Perdón, señor — respondió tranquilamente 
el joven. 

El señor Bernard echó una mirada a su al¬ 
rededor y no advirtió sino las grandes mampa¬ 
ras que habían preocupado ya a su portero. 

—¿Cómo perdón? — murmuró — . Pero el caso 
es que yo no veo nada. 

— ¿Nada? Mire usted — contestó el joven, 
desplegando las hojas de la mampara y ofre¬ 
ciendo a la vista del casero atónito un magní¬ 
fico interior de palacio con columnas de jaspe, 
bajorrelieves y cuadros de grandes maestros. 

—¿Y los muebles? — volvió a preguntar el ca¬ 
sero! . . . 

—Pues ahí están — contestó el joven indican¬ 
do el mobiliario suntuoso que se encontraba 
pintado en el palacio que acababa de comprar 
en la casa Bullion, donde formaba parte de 
un3 venta de decoraciones de un teatro de afi¬ 
cionados. 

-Me complazco en creer, señor — repuso el 
casero-, que tendrá usted muebles más serios 
que éstos. 

—¡Cómo! Son de Boule puro. 

-Comprenderá usted que necesito garantías 
para el pago de los alquileres. 

— ¡Caramba, señor! ¿No le es a usted sufi¬ 
ciente un palacio para responder del alquiler de 
una buhardilla? 

—No, señor. Quiero muebles de verdad. Mue¬ 
bles de caoba. 

— ¡Ay, señor! ¡“Ni el oro ni la caoba nos 
hacen dichosos”, ha dicho un antiguo. Y, ade¬ 
más. no puedo tolerar la caoba. És una made¬ 
ra demasiado vulgar. Todo el mundo la tiene. 

—En fin, señor, ¿tiene usted mobiliario, sea 
el que fuere? 

—No, señor. Eso ocupa demasiado sitio en 
las habitaciones, y en cuanto uno tiene sillas ya 
no sabe dónde sentarse. 

—Sin embargo, tendrá usted una cama. ¿Dón¬ 
de descansa usted? 

—Descanso en la Providencia, señor. 

—Perdón, una pregunta más — dijo el señor 
Bernard Si no le molesta, ¿cuál es su profe- 

En aquel mismo instante el mozo de cuerda 
llegaba de su segundo viaje y entraba en el pa¬ 
tio. Entre los objetos de que estaba cargado 
su portafardos, se advenía un caballete. 

— ¡Ah, señor! — exclamó maese Durand con 
terror, enseñando el caballete al casero —. ¡Es 
un pintor! 

— ¡Un artista! ¿Pero es verdad lo que ven 
mis ojus? - exclamó a su vez el señor Bernard, 
y los cabellos de su reluca se 1c ponían de pun¬ 
ta—.¡Un pintor! ¿Pero no se ha informado 
entonces usted de este señor? — repuso dirigién¬ 
dose al portero — . ¿No sabía usted lo que ha¬ 
cía? 

— ¡Caramba! — replicó el pobre hombre—. 
¿Cómo podía dudar si me había dado cinco 
francos de seña de trato? 

— ¿Cuándo acabarán ustedes? — preguntó a su 
vez el joven. 

—Puesto que usted, señor —repuso el señor 
Bernard afirmándose bien los anteojos en la na¬ 
riz—.no tiene muebles, no puede ocupar el cuar¬ 
to. La lev autoriza a rechazar un inquilino que 
no ofrezca garantías. 

—¿Y nú palabra? — replicó el artista con dig¬ 
nidad. 

—No «emplaza a los muebles... Puede us¬ 
ted buscar un cuarto en otra parte. Durand va 
a devolverle a usted lo que dió usted en con¬ 
cepto de trato. 

— ¿Eh?—terció el portero con estupor—.Lo 
he puesto en la Caja de Ahorros. 

—Señor mío - dijo el joven al casero —. en¬ 
contrar otra habitación no es cosa de un minu¬ 
to. Déme usted hospitalidad al menos por un 
día. i 

-Vaya usted a una pensión — repuso el se¬ 
ñor Bernard -. A propósito - añadió vivamen¬ 
te, como inspirado por una idea repentina —. Si 


usted quiere, le alquilaré amueblada la habita¬ 
ción que debía ocupar, y en que se encuentran 
los muebles de mi inquilino insolvente. Ahora 
que, como sabrá usted, en este género de loca¬ 
ción se paga siempre adelantado. 

—La cuestión es saber cuánto pide usted por 
ese tabuco—contestó el joven, obligado a tra¬ 
tar sobre aquella base. 

—El alojamiento es muy conveniente. El al¬ 
quiler sera de veinticinco francos al mes, dadas 
las circunstancias. Pago adelantado. 

—Ya lo ha dicho usted, y es frase que no me¬ 
rece los honores de la repetición — observó el 
joven al par que registraba en el bolsillo—. 
¿Tiene usted cambio de quinientos francos? 

—¿Eh? — preguntó el casero, estupefacto —. 
¿Dice usted?. .. 

—Si, un billete de quinientos francos, la mi¬ 
tad de mil. ¿Le extraña? ¿Es que no lo ha visto 
usted nunca? — anadió el artista restregando el 
billete por las narices del casero y del portero, 
quienes, al verlo, parecieron perder el equilibrio. 

—Voy a cambiárselo — dijo respetuosamente 
el casero — . Y no cobraré más que veinte fran¬ 
cos, puesto que Durand le debe cinco. 

—Se los regalo — contestó el artista — con la 
condición de que suba todas las mañanas a de¬ 
cirme el día y la fecha del mes, las fases de la 
luna, el estado del tiempo y la forma de go¬ 
bierno en que vivimos. 

— ¡Ah, señor! — exclamó maese Durand des¬ 
cribiendo una curva dorsal de noventa grados. 

—Está bien, buen hombre. Me servirá usted 
de abnanaque. Entretanto, ayude usted a mi 
mozo a subir los muebles. 

—Voy a enviarle, señor, su recibo — dijo el 
casero. 

Aquella misma tarde el nuevo inquilino del 
señor Bernard, el pintor Marcelo, estaba ins¬ 
talado en la habiración del fugitivo Schaunard, 
transformada en palacio. 

Entretanto, el susodicho Schaunard corría 
por París tocando lo que llamaba la generala 
de la moneda. Schaunard había elevado el sa¬ 
blazo a la altura de un arte. Previendo el caso 
de tener que sablear a extranjeros, había apren¬ 
dido la manera de pedir prestados cinco fran¬ 
cos en todas las lenguas del globo. Había estu¬ 
diado a fondo el repertorio de las astucias que 
la moneda emplea para escurrirse de sus per¬ 
seguidores. Y conocedor de las mareas mejor 
que un piloto, Schaunard sabía las épocas en 
que las aguas estaban altas o bajas; es decir, 
los días en que sus amigos y conocidos tenían 
la costumbre de recibir dinero. Por eso, en al¬ 
gunas casas, al verle entrar por la mañana, no 
decían: “Aquí está Schaunard”, sino: "Aquí es¬ 
tá el primero o el quince del mes”. Para facili¬ 
tar e igualar al mismo tiempo aquella especie 
de diezmo que iba a cobrar a cuenta de mayor 
cantidad cuando la necesidad le forzaba, de las 
personas que tenían medios de pagarle, Schau¬ 
nard había confeccionado listas por barrios y 
distritos y en orden alfabetice? donde se en¬ 
contraban los nombres de todos sus amigos y 
relaciones. Frente a cada nombre está inscrito 
el máximo de la suma que podía pedirle en re¬ 
lación a sus recursos, con expresión de la épo¬ 
ca en que la persona esraba en fondos, y la 
hora de la comidas, con la lista habitual do la 
casa. Además de aquel cuadro, Schaunard lle¬ 
vaba una contabilidad minuciosa en que cons¬ 
taban las cantidades recibidas, aún las más pe¬ 
queñas. pues no quería entramparse con deudas 
superiores a las que podría liquidar cuando he¬ 
redase a cierto tío suyo, nomundo. 

Tan pronto como ascendía a ao francos lo 
que debía a una persona, cerraba la cuenta y la 
saldaba de una vez, íntegramente, aunque para 
pagarle tuviera que pedir prestado a otras per¬ 
sonas. De aquella manera mantenía siempre en 
la plaza cierto crédito al que daba el nombre 
de ‘‘deuda flotante”; y como se sabía que tenía 
la costumbre de pagar en cuanto sus recursos 
personales se lo jsermitian, se le daba con gusto 
basta donde era posible lo que pedía. 

Ahora bien; desde las once de la mañana en 














94 '« LEOPLAN 

que había partido de su casa en basca de I09 
setenta y cinco francos necesarios, no había 
reunido todavía más que tres, gracias al recorri¬ 
do de las famosas listas en sus ierras M. V. y R. 
Teniendo todo lo demás del alfabeto que pa¬ 
gar el alquiler, lo estimuló a Schaunard a pro¬ 
seguir en su recorrida. 

A Jas seis de la tarde un violento apetito hizo 
sonar en su estómago la hora de comer. Estaba 
entonces en la calzada del^ Mainc, donde vivía 
lar letra U. Schaunard subió a casa de dicha le¬ 
tra, donde tenía cubierto puesto, cuando había 
-- cubierto. * 

—¿Dónde va usted, señor? — le preguntó el 
portero, deteniéndole al pasar. 

—A casa del señor U... — respondió el ar¬ 
tista. 

—No está. 

—¿Y la señora? 

—Tampoco. Me han encargado que si viene 
uno de sus amigos, a quien esperaban esta no¬ 
che, le diga que han ido a comer al centro... 
¡Ah!, puede que sea usted, precisamente — aña¬ 
dió al portero —. Aquí tiene usted la dirección 
que han dejado. — Y tendió a Schaunard un 
. trozo de papel en el que su amigo U. había es¬ 
crito: “Nos hemos ido a comer a casa de 
Schaunard, calle de... número... Allá te es¬ 
peramos". 

—Muy bien — comentó éste, marchándose —. 
Cuando la casualidad interviene, suceden cosas 
muy divenidas. 

Schaunard recordó entonces que se encon¬ 
traba a dos pasos de un figón donde dos o tres 
veces había comido por poca cosa, y se enca¬ 
minó hacia el establecimiento en cuestión, si¬ 
tuado en la calzada del Maine y conocido entre 
la baja bohemia con el nombre de la Mére Ca¬ 
det. Es un fonducho cuya clientela habitual se 
compone de cocheros de la línea de Orleans, 
de cantantes de Montparnasse y galanes de Bo¬ 
bino. En los buenos tiempos, los pintorzuelos 
de los numerosos estudios que rodean el Lu- 
xemburgo, los escritores inéditos, los redactores 
de gacetas misteriosas van en tropel a cenar 
a casa de la Mére Cadet, célebre por sus fricasé 
de conejo, por su chucrut auténtico y por su 
vinillo blanco que sabe a yesca de chispa. 

Schaunard fue a sentarse bajos los bosqueci- 
llos. I:n la Mére Cadet se llama así al mengua¬ 
do follaje de dos o tres árboles raquídeos con 
que se ha hecho emparrar la vegetación enfer¬ 
miza. 

f-Tanto peor — dijo Schaunard para su co¬ 
leto —. Voy a darme un atracón y a servirme 
UQ festín de Baltasar, íntimo. 

Y dicho y hedió, pidió un plato de sopa, 
media ración de chucrut y dos medias rado¬ 
nes de fricasé de conejo. Había observado que 
fraccionando las raciones se ganaba por lo me¬ 
nos una cuarta porte en el entero. 

Aquel modo de pedir platos fué causa.de 
que se fijase en Schaunard la mirada de una 
muchacha vestida de blanco, tocada con flores 
de azahar y calzada con zapatos de baile. Un 
velo en imitndón... de imitación, flotaba sobre 
sus espaldas, que habían hecho bien en guardar 
el incógnito. Era una cantante del Teatro Mont- 
pamasse, cuyos pasillos daban, por decirlo así, 
a la cocina de la Mére Cadet. Había ido a co¬ 
mer durante un entreacto de Lucia, y terminaba 
en aquel instante, con media taza de café, una 
cena compuesta exclusivamente de una alca¬ 
chofa con aceite y vinagre. 

—Dos fricasés... ¡bestia! — dijo quedamente 
a la camarera —. líe aquí un joven que se ali¬ 
menta bien... ¿Cuánto debo, Adela? 

—Veinte de la alcachofa, veinte de la media 
taza y cinco de pan. Total, cuarenta y cinco 
céntimos. 

—Ahí van — dijo la cantante. Y salió tara¬ 
reando: 

Este amor que Diot me envía... 

—¡Hola! da el h - observó entonces un per¬ 
sonaje misterioso sentado a la misma mesa que 


Schaunard y medio oculto detrás de una mu¬ 
ralla de libros usados. 

.—¿Lo da? — repuso Schaunard —. Creo, más 
bien, que se lo guarda. No hay más que ver 
eso — añadió señalando con el dedo el plato 
en que Lucia de Laviennoor había consumido 
sus alcachofas —. Hace adobar su falsete po¬ 
niéndolo en vinagre. 

—Es un acido violento — añadió el personaje 
que había hablado ya-.La ciudad de Or!ei:is 
produce uno que goza de gran fama. * 
Schaunard examinó atentamente aquel suje¬ 
to que le echaba anzuelos para la conversación. 
La mirada fija de sus ojazos azules, que pare¬ 
cían siempre empeñados en buscar algo, daba a 
su fisonomía un sello de placidez beatífica que 
se observa en los seminaristas. Su rostro tenía 
el tono del marfil viejo, excepto las mejillas, 
que estaban teñidas con una capa de color de 
ladrillo molido. Su boca parecía dibujada por 
un alumno de “primeros principios" al que le 
hubieran empujado el codo. Sus labios, algo 
levantados a la manera de la raza negra, deja¬ 
ban ver unos dientes de perro de caza, y su bar¬ 
billa descansaba, formando dos pliegues, en una 
corbata blanca, una de cuyas puntas amenazaba 
a los astros mientras la otra picaba en tierra. 
Por bajo de un sombrero de fieltro, calvo, con 
alas prodigiosamente anchas, sus cabellas se 
desbordaban en rubias cascadas. Vestía un abri¬ 
go de color de avellana y con esclavina cuya 
tela, reducida a la trama, tenía las rugosidades 
de un rallador. Por los bolsillos muy abiertos 
del gabán asomaban líos de papeles y folletos. 
Sin hacerse cargo del examen de que era objeto, 
saboreaba un chucrut con chorizos, dejando 
escapar ruidosamente signos de satisfacción. Sin 
cesar de comer, leía un libro osado abierto ante 
él, y en el que hacía de cuando en cuando 
anotaciones con un lápiz que lleyaba en la 
oreja. 

-¡Eh! — gritó de pronto Schaunard dando 
con el cuchillo en un vaso —. ;Y mi fricasé? 

—\a no hay, señor — respondió la moza, que 
llegaba con un plato en la mano —. Este es el 
ultimo. V este señor lo había pedido antes... 

— añadió depositando el plato junto al hombre 
de los libros viejos. 

—¡Caramba! — exclamó Schaunard. 

Y había tanta decepción melancólica en aquel 
¡caramba!, qucel hombre de los libros se sintió 
conmovido íntimamente. Removió la muralla 
de volúmenes que le separaba de Schaunard, y, 
poniendo el plato entre los dos, le dijo con las 
inflexiones más dulces de su voz: 

—¿Será una osadía, señor, rogar a usted que 
comparta conmigo este plato? 

—¡Oh, no señor! Pero no se prive usted por 
causa mía. 

-¿Aje va a privar usted del placer de serle 
agradable? 

—Si es así, señor... 

Schaunard acercó su plato. 

—Permítame usted que no le ofrezca la ca¬ 
beza — dijo el desconocido. 

—¿Ah, señor! — exclamó Schaunard —, no 
puedo consentirlo. 

Pero al retirar su plato se dió cuenta de que 
el desconocido le habia precisamente servido 
la pane que decía querer reservarse para sí. 

—¿Qué querrá decir entonces' con su apa¬ 
rente cortesía? — gruñó para sus adentros 
Schaunard. 

-St Ja cabeza es la pane más noble del hom¬ 
bre-dijo el desconocido-, es, en cambio, la 
mas desagradable del conejo. Muchas personas 
hay por eso que no la pueden tolerar, pero a 
mi me parece deliciosa. 

—Entonces — dijo Schaunard —, siento mu¬ 
cho que por mí se haya privado usted de ella. 

—¿Cómo? Usted perdone — reposo el hom¬ 
bre de los libros^—. Soy yo quien se ha quedado 
con la cabeza. Yo mismo he tenido el honor de 
hacerle observar a usted que... 

—Permítame — repuso Schaunard poniendo el 
plato bajo la nariz de su interlocutor —. ;Quc 
pedazo es éste? 


-¡Justo cielo! ¿Que veo? ¿Otra cabeza_ 

¡Es un conejo bicéfalo! — exclamó el desea* 
nocido. 

—Bicé... — comentó Schaunard —... falos. 
Esto viene del griego. Buííon, que no era nu» 
co, cita algunos ejemplos de esta singularidad 
\ aya, hombre, vaya; no me disgusta esto de 
haber comido parte de un fenómeno seme¬ 
jante. 

Gracias a aquel incidente quedó embutí 
definitivamente la conversación. Schaunard, que 
no quería ser menos corres que su compañera 
pidió una botella más de vino. El hombre de 
los libracos hizo traer otra. Schaunard mandé 
traer ensalada. El hombre de los (¡bracos convi¬ 
do con postre. A las ocho de la noche había 
seis botellas vacías en la mesa. Paliqueando, Ji 
franqueza, regada con libaciones del vinillo, U 
había conducido a uncí y a otro a hacerse $■ 
biografía y se conocían ya como si siempre hu- 
bieran estado^ juncos. El hombre de los n-amo- 
tretos, después de haber escuchado Jas confi¬ 
dencias de Schaunard. le había declarado que se 
llamaba Gustavo Coliine. que ejercía ia profe¬ 
sión de filósofo y vivía dando lecciones de 
matemáticas, de escolástica, de botánica y de 
varias otras ciencias terminadas en tea. j 

.El escaso dinero que ganaba así, dando lec¬ 
ciones a domicilio, Coliine lo derrochaba en la 
compra de libros viejos. Su gabán avellana era 
conocido de todos los libreros del muellc t desde 
el puente de la Concordia hasta el puente de 
§an Miguel. ¿Que hacía él con aquellos librov 
tan numerosos que la vida de un hombre oo 
hubiera bastado para leerlos? Nadie lo sabia, f 
el lo sabia menos que nadie. Pero aquella ma¬ 
ma había tomado en él las proporciones de una 
pasión, y cuando volvía a su casa por la noche 
sm llevar un nuevo libro, reconstruía, para apli- 
carla al caso suyo, la frase de Tito, y decía: 
He perdido el día”. Sus modales zalameros y 
su lenguaje, que ofrecía un mosaico de todos 
los estilos y los terribles retruécanos con que 
esmaltaba su conversación, habían seducido a 
Schaunard, que pidió en el acto a Coliine per¬ 
miso para añadir su nombre a los que coiiiixm 
man la famosa lista de que hemos hablado. < 
Salieron de la Mere Cadet a las nueve de la 
noche, ambos algo achispados, y con el andar 
de las personas que acaban de dialogar con las 
botellas. 

Coliine ofreció el café a Schaunard, y éste 
acepto a condición de pagar él los licores Su- 
“««» ■ , un cat¿ situado en la calle de Saint 
Alichel I Auxerrois y que en el rótulo tenía la 
efigie de Momo, dios de los juegos y de las 

Al entrar en el establecimiento acababa de 
entablarse una discusión vivísima entre dos pa¬ 
rroquianos. Era uno de estos un joven cuyo 
rostro desaparecía en el fondo de un enorme 
matorral de barba multicolor. Como antítesis 
de aquella abundancia de pelambre en el men. 
ton una calvicie precoz le había desguarnecido 
la frente, que parecía una rodilla v cuya des¬ 
nudez trataba en vano de disimular un mechón 
tan ralo que podían contarse los pelos. Estaba 
vestido con una levita negra, tonairada en los 
codos y que dejaba ver, cuando el joven le¬ 
vantaba los brazos demasiado alto, unos ven¬ 
tiladores practicados en la bocamanga. Su pan. 
talón había podido ser negro; pero sus botas, 
que nunca habían sido nuevas, parecían haber 
dado ya vanas veces la vuelta al mur.do en los 
pies del Judio Errante. 

Schaunard había observado que su novel ami- 
fudado mC y C ,<>VCn barbuíl0 56 ,ia kíañ sa- 

al fljáíT 2 * CSC SCñor? “ pre S uotó 

-No del todo - contestó Coliine pero !e 
encuentro algunas veces en la Biblioteca Creo 
que es un escritor. 

-Como tal viste, al menos - replicó Schau¬ 
nard. 

El personaje con quien discutía aquel joven 
era un individuo como de cuarenta años, pro- 




LEOPLÁN • 95, 


_j al ataque apoplético, a juzgar por su ca¬ 
bezota metida directamente entre los hombros 
■é i la transición del cuello. La idiotez se leía 
«a letras mayúsculas en su frente deprimida, 
[abierta con una boinita negra. Llamábase el 
¿or Moutón, y estaba empleado en la alcal- 
‘i del 4 1 '* distrito, donde llevaba el registro de 
¡Canciones. 

h—¿Quiere usted, señor Rodolfo — exclamo 
de eunuco y sacudiendo al joven a 
Épcn tenia asido por un botón de la levita —, 
c le diga mi opinión? Pues, vea usted, todos 
t periódicos, ¿sabe usted?, no sirven juntos 
ruda. Fíjese, una suposición: yo soy padre 
j familia, yo, ¿sabe usted? Bueno. . . Pues yo 
B»o a jugar una partida de dominó al café. 
Blenda usted a mi razonamiento. 

“t —Continúe usted, continúe — repuso Ro- 

m*. 

—Pues bien — continuó el tío Mouton subra- 
brodo las frases coa sendos puñetazos en la me- 
^^Etoe estremecían los vasos y las botellas — , 
ks bien: ojeo los periódicos. Bueno... ¿Y 
jé veo? Uno que dice blanco, otro que dice 
5T0. Y patatín v patatán. ¿Y qué me va ni 
* viene eso a mi? Yo soy un buen padre de 
r-que viene a jugar... 

_Su partida de dominó — concluyó Rodolfo. 

► —Todas las noches — prosiguió el señor Mou- 
* i Pero es una suposición, ¿comprende 

fc__Muy bien — comentó Rodolfo. 
í _L«» nn artículo que no comparto. Eso mC 
■feriza y me alborota la sangre, señor Ro- 
porque, ¿sabe usted?, todos los periódi- 
kao hacen más que mentir. ¡Sí, señor! ¡Sop 
■ mentirosos! — aulló con el falsete más 
—. Y los periodistas todos son unos ban- 
unos folicuhrios. 

■gBfe embargo, señor Moutón. .. 

unos bandidos — continuó el oficinista —. 
m son h causa de la desventura de todo el 
j^a. Han hecho la revolución y los asig- 
L Prueba de ello Murat. ^ 

_: usted — interrumpió Rodolfo —. 

_,i querido decir Marat. 
t — -O. hombre, ca! - prosiguió Moutón 

r como que he visto yo su entierro, cuan- 
■ pequeño. .. 

«seguro que.. . 
i —Hasta hay'una obra que representan en el 
L.- ¡Vaya!... 

s eso es, precisamente — replicó Rodol- 

Marat. 

sY qué le estoy diciendo a usted desde hace 
Ota? — exclamó el obstinado Montón —. 

, que trabajaba en una cueva, :eso es! 
tona suposición. ¿No han hecho bien los 
es en guillotinarlo, puesto que los había 
So? 

__bwn > ¿A quién guillotinaron? ¿Quien 
gSctón?'— gritó Rodolfo agarrando a su 
irf señor Moutón por los botones de su 

S Marat... 

co ro, señor Moutón, pero no. Es Ma¬ 
lí ¡Entendámonos, caramba! 

Seriamente, Marat: un canalla. Ha traicio- 
emperador en 1815. Por eso digo qne 
* ios periódicos son iguales — prosiguió el 
r Moutón volviendo a la tesis de lo que él 
“■ una explicación —. ¿Sabe usted lo que 
a yo, señor Rodolfo? Pues, una suposi- 
, ¡Yo querría un buen periódico! ¡Ah, 
y grande! ¡Bueno! Y que no hiciera fra- 

1 usted exigente — acotó Rodolfo —. ¡Un 
ico sin frases! 

I señor. Atienda a mi razonamiento. 
E-4Es-1o que hago. 

ntab periódico gue se ocupara sencillamente 
M^saiad «Jel rey y de los bienes terrenales. 
, en fin, ¿para qué sirven todos esos 
_cos que nadie enriende? Una suposición, 
■cov en la alcaldía, ¿verdad? Estoy encar¬ 
to ¿el registro. ¡Bueno! Pues bien: es como 
a decirme: “Señor Moutón, inscribe 


usted las defunciones. Pues bien: hágalo de esta 
manera, hágalo de la. otra”. ¡Bueno!, ¿a qué 
eso?, ¿a qué eso?, ¿a qué eso? ¡A qué! Pues 
bien, los periódicos son lo mismo — redondeó 
para concluir. 

—Evidentemente — observó un vecino, que 
había comprendido. 

Y el señor Moutón, luego de haber recibido 
las felicitaciones de algunos contertulios, que 
compartían su opinión, se fue a reanudar su 
partida de dominó. 

—Le he hecho callar — dijo indicando a Ro¬ 
dolfo, que había vuelto a sentarse a la misma 
mesa en que se encontraban Schaunard y Co- 
lline, 

—¡Qué bestia! — exclamó Rodolfo dirigién¬ 
dose a los otros dos jóvenes y designando al 
empleado. 

—Buena cabeza tiene, con los párpados en ca¬ 
pota de cabriolé y los ojos saltones — comentó 
Schaunard sacando una pipa maravillosamente 
culotada. 

— ¡Cáspita! — exclamó Rodolfo —. ¡Qué lin¬ 
da pipa tiene usted! 

—¡Oh! Tengo una más hermosa para andar 
en sociedad — repuso negligentemente Schau¬ 
nard —. Déme usted tabaco, Colline. 

—¡Toma! — exclamó el filósofo —. No ten¬ 
go ya. 

-Permítame usted que se lo ofrezca — inter¬ 
vino Rodolfo sacando de su bolsillo un pa¬ 
quete de tabaco y poniéndolo sobre la mesa. 

Ante aquella atención, Colline se creyó en 
el deber de ofrecer una ronda de algo. Rodolfo 
aceptó. La conversación recayó sobre la litera¬ 
tura. Interrogado Rodolfo sobre su profesión, 
ya revelada por su traje, confesó sus relaciones 
con las Musas y mandó traer otra ronda. Como 
el mozo, después de servir, iba a llevarse la bo¬ 
tella, Schaunard le rogó que tuviera la amabili¬ 
dad de dejarla, sin preocuparse más de ella. 
Había oído sonar en uno de los bolsillos de Co¬ 
lline el dúo argentino de dos monedas de cinco 
francos. Pronto alcanzó Rodolfo el mismo nivel 
de expansión a que habían llegado sus amigos, 
entrando, a su vez, en el terreno de las confi¬ 
dencias. 

Habrían pasado sin duda la noche en el café 
a no haberles rogado que se fueran. No habían 
dado diez pasos en la calle, empleando para 
ello un cuarto de hora, cuando les sorprendió 
una lluvia torrencial. Colline y Rodolfo vi¬ 
vían en los dos extremos de París. Uno, en la 
Isla de San Luis, y el otro, en Montpamasse. 

Schaunard, que había olvidado completamen¬ 
te que estaba sin domicilio, les ofreció hospi¬ 
talidad. 

—Vengan ustedes a mi casa. Vivo aquí cer¬ 
ca. Pasaremos la noche hablando de literatura y 
bellas artes. 

—Tú tocarás el piano, y Rodolfo nos recitará 
sus poesías — acotó Colline. 

—Eso es — añadió Schaunard —. Hay que 
reír. Sólo se vive tina vez. 

Llegado ante su casa, que Schaunard tuvo al¬ 
guna dificultad en reconocer, sentóse un instan¬ 
te en un guardacantón, esperando a Rodolfo y 
a Colline, que habían entrado en una taberna, 
aun abierta, a proveerse de algo que pudiera 
servir de alimento. Cuando estos estuvieron de 
vuelta, Schaunard golpeó varias veces la puer¬ 
ta, porque recordaba vagamente que el portero 
tenía la costumbre de hacerle esperar. La puer¬ 
ta se abrió finalmente, y maese Durand. sumido 
en las dulzuras del primer sueño v no recor¬ 
dando que Schaunard no era ya su inquilino, ni 
se levantó siquiera cuando éste le voceó su 
nombre por la ventanilla. 

Ya estaban los tres jóvenes en el término de 
la escalera, cuya ascensión les había resultado 
tan larga comó penosa, cuando Schaunard, que 
iba adelante, lanzó un grito de asombro al en¬ 
contrar la llave puesta en la cerradura de su 
cuarto. 

— ¿Qué hay? — preguntó Rodolfo. 

—No entiendo bien esto — repuso Schau¬ 
nard —. Encuentro puesta la llave que me llevé 


Está lejos 



—¿Falta mucho para la estación? 
—¿Qué estación? 

—La de verano. Como no tengo sobre¬ 
todo... 


esta mañana. ¡Ah! veamos. ¡La había metido en 
el bolsillo! ¡Eh, diablos! ¡Aquí está todavía! — 
exclamó exhibiendo una llave. 

—¡Es cosa de magia! 

— ¡De fantasmagoría! — comentó Colline. 

—¡Antojos! — añadió Rodolfo. 

—Pero — prosiguió Schaunard con voz que 
revelaba un comienzo de espanto —, ¿oyen us¬ 
tedes? 

-¿Qué? 

—¿Qué? 

—Mi piano, que está tocando solo la vti re do, 

¡a si sol re. ¡Maldito re! ¡Siempre desafinado! 

—Pero quizá no sea en su casa — le dijo Ro¬ 
dolfo, que añadió por lo bajo al oído de Colli¬ 
ne, en quien se apoyó pesadamente —; ¡está 
bebido! 

—Lo creo. Por lo pronto lo que suena no es 
piano. Es una flauta. 

—¡Estamos frescos! También usted está bebi¬ 
do, amigo — contestó el poeta al filósofo, que 
se había sentado en el rellano de la escalera — . 

Es un violín. 

—Un vio... ¡hip!... ,¡hip!... ¿Lo oye, 
Schaunard? — tartamudeó Colline tirando de 
las piernas de su amigo — . ¿Qué le parece? ¡Di¬ 
ce que es un vio...! 

—¡Y dale! — exclamó'Schaunard en el colmo 
del miedo — . ¿No se dan cuenta ?¡ue es mi pia¬ 
no que está tocando solo? ¡Cosa de magia! 

—¡Fantasma.. .goría! — gruñó Colline dejan¬ 
do caer una de las botellas que traí» en la 
mano. 

—¡Antojos! — gritó 3 su vez Rodolfo. 

En medio de aquella algarabía, la puerta del 
cuarto se abrió súbitamente, y vieron aparecer 
en el umbral un personaje que tenía en la mano 
un candelabro de tres brazos, donde ardían 
otras tantas velas de color de rosa. 

—¿Qué desean ustedes, señores? — preguntó 
cortésmenre a los tres amigos. 

—¡Ah, cielos! ¿Que es lo que hice? Me he 
equivocado. Esta no es mi casa — contestó 
Schaunard. _ ' •■= 

—Sírvase, señor, excusar a mi amigo—añadie¬ 
ron a una Colline y Rodolfo, dirigiéndose al 
personaje que había salido a abrir — . Está bo¬ 
rracho como una cuba. 

De repente un rayo de lucidez cruzó por la 
borrachera de Schaunard. Acababa de leer so¬ 
bre su puerta una inscripción escrita con tiza: 

“He venido tres veces a buscar mis regalos. 
Femia.” 

—¡Claro está! No cabe duda alguna. Estoy en 
mi mismísima cas 3 — exclamó —. Aquí está la 
tarjeta de visita que Femia me ha dejado el día 











9o - LEOPLÁN 









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1 


PANCHO SOMBRERO 

ASUNTO ARREGLADO p0 1 TOONDER 



de Año nuevo. Es indudablemente mi puerta. 

—¡Dios mío! Estoy, señor, verdaderamente 
confundido — acotó Rodolfo. 

-Créame, usted, señor — añadió Colime —; 
por mi parte participo vivamente de la con¬ 
fusión de mi amigo. 

El joven no podía contener la risa. 

-Si quieren ustedes entrar en mi casa un ins¬ 
tante — respondió —, sin duda que su amigo, 
en cuanto la haya visto, reconocerá su error. 

—Con mucho gusto. 

Y el poeta y el filósofo tomando cada uno a 
Schaunard por los brazos, le introdujeron en el 
cuarto, o mejor dicho, en el palacio de Mar¬ 
celo, que se habrá sin duda reconocido. 

Schaunard paseó vagamente su mirada en de¬ 
rredor, murmurando: 

-¡Asombroso! ¡Cómo está embellecido mi 
aposento! . 

—Y bien, ¿te has convencido ya? — le pre¬ 
guntó Colline. 

Pero Schaunard, que había visto su piano, 
se había aproximado a él y se entretenía en 
hacer escalas. .. , . 

—¡Eh! Escúchenme usredes — dijo haciendo 
resonar los acordes —. ¡Por fin! _E 1 animal ha 
reconocido al amo: si h sol , fj 7 fri jAh, de- 
monio de re! ¡Siempre serás el mismo!... 
¡Bah!... Ya decía yo que este era mi piano. 

—Insiste — dijo Colline a Rodolfo. 

—Insiste — repitió Rodolfo a Colline. 

—¿Y esto, entonces? — añadió Schaunard 
mostrando la falda bordada de lentejuelas, que 
había tirada sobre una silla —. ¿No es mi or¬ 
namento, acaso? ¡Ah! 

Y miraba descaradamente a Marcelo. 

—¿Y eso? — continuó, descolgando de la pa¬ 
red la orden de desalojo, de que hemos hablado 


antes. „ , 

Y se puso a leer: "En consecuencia, el señor 
Scljaunard deberá desocupar el cuarto y devol¬ 
verlo en buen estado de conservación el ocho 
de abril antes de mediodía. \ r le he notificado 
el presente mandamiento, cuyo costo es de cin¬ 
co francos”. 

— ¡Ah! ¡Ah! ¿No es a mí, Schaunard, pues, a 
quién han notificado este mandamiento de 
desahucio por medio de papel sellado que cues¬ 
ta cinco francos? ¿Y este otro? - añadió fi¬ 
jándose en las pantuflas que tenía puestas Mar¬ 
celo —. ¿No son mis babuchas, regalo de unas 
manos queridas? A usted le toca - dijo inter¬ 
pelando a Mqrcelo -explicar su presencia en 
mis lares. ..... 

—¡Señores! — respondió Alarcelo, dirigién¬ 
dose particularmente a Colline v a Rodolfo —. 
Este señor — y designaba a Schaunard — , este 
señor está en su casa, lo confieso. , 

—¡Ah! — exclamó Schaunard —. ¡Que feli¬ 
cidad! ‘ , 

-Pero — continuó Marcelo —, también yo es¬ 
toy en mi casa. . ., , , 

-No obstante, señor - interrumpió Rodol¬ 
fo si nuestro amigo^reconoce. .. 

—Eso es — prosiguió Colline—, si nuestro 
amigo... 

-Y si por su parte usted recuerda que. .. — 
añadió Rodolfo-, ¿cómo se explica qué...? 

-Eso es -repitió Colline, convertido en 
eco— , ¿cómo se explica?... 

—Dígnense ustedes sentarse, señores — replico 
Marcelo -. Voy a explicarles el misterio. 

—¿Y si rociáramos la explicación? — aventuró 


^oinne. . , _ 

—Comiendo un bocado — añadió Rodolfo. 
Los cuatro jóvenes se sentaron a la mesa ata¬ 
cando a un pedazo de ternera fría que habían 
comprado al tabernero. 

Marcelo explicó entonces lo que había pasa¬ 
do por la mañana entre él y el casero, cuando 
quiso tomar posesión del cuarto. 

—Entonces — observó Rodolfo -el señor ne¬ 
ne toda la razón. Estamos en su casa. 


EN EL PROXIMO 


—Están ustedes en la suya — dijo cortean 
Marcelo. 

Pero costó un trabajo enorme hacerle < 
prender a Schaunard cómo habían pasadt 
cosas. Un incidente cómico vino a comp 
aún más la situación. Buscando algo en el 
rador, Schaunard tropezó con el vuelto d> 
quinientos francos con que Marcelo había 
gado por la mañana al señor Bemard. 

— ¡Ah! Ya decía yo — exclamó SchAna 

que la casualidad no me abandonaría. A 
me acuerdo que había salido esta mañana < 
persecución. Verdad es que por causa de 
quiler ha debido venir durante mi ausc 
¿verdad? Nos hemos cruzado en el camino 
aquí rodo. ¡Qué bien hice en dejar la lias 
el cajón! „ 

—¡Dulce locura! — murmuró Rodolfo, vi 
como Schaunard apilaba las monedas en 
ciones iguales. „ 1 

— ¡Sueño, mentira: tal es la vida! —anad 
filósofo. 

Marcelo se reía. 

Una hora después, los cuatro estaban 


Oliendo. 

Al día siguiente, al mediodía, se desper 
y parecieron al pronto muy sorprendide 
verse juntos... Schaunard, Colline y Ro> 
no tenían el aspecto de personas que se 
nocen, y se trataban de usted. Fue precise 
Marcelo les recordase que habían venido j 
la víspera. J 

' En aquel instante entró maese Durand 
habitación. 

—Hoy estamos, señor —dijo a Marcelo 
nueve de abril de mil ochocientos cuaren 
Hav barro en las calles y su majestad Lui 
lipe sigue siendo rey de Francia y de I 
rra. ¡Toma! — exclamó maeseDurnnd vici 
su antiguo inquilino —. ¡El señor Schaunai 
¿Por dónde ha venido usted? 

—Por telégrafo — exclamó Schaunard. 

— ¿Qué dice ustcdr-replicó el portero - 
gue siendo un bromista?.. . 

—Oiga, Durand—dijo Marcelo—. No me 
ta que la servidumbre se mezcle en mi ce 
sación. Vaya usted al restaurante cerca 
haga servir almuerzo para cuatro personas, 
está la lista — añadió, dando un trozo de 
en el que había escrito los platos pedii 
Váyase. _ . ., . 

—Anoche, señores — prosiguió Marcelo, 
giéndose a los tres jóvenes — , me han ofi 
ustedes la cena. Permítanme ofrecerles 
muerzo hoy, no en mi casa, sino en la < 
tedes — añadió tendiendo la mano a Schai 

Al terminar el almuerzo, Rodolfo p¡< 
palabra. 

—Señores — dijo—, permítanme que me 


re de ustedes... 

—¡Oh. no!—exclamó sentimentalmente í 
nard-. No nos separaremos nunca. 

—Es verdad. Estamos muy bien aquí — i 


Colline. 


—...que me separe de ustedes un insti 
prosiguió Rodolfo — . Mañana aparece El 
de iris, un periódico de modas del qu 
redactor en jefe, y necesito ir a correg 
pruebas. Volveré dentro de una hora. 

— ¡Diablos! — exclamó Colline—. Esto 
recordado que tengo una lección que da 
príncipe indio que ha venido a Parí; 
aprender el árabe. 

—Vaya usted mañana —dijo Marcelo. 
—¡Oh. no! - contestó el filósofo— . El 
cipe tiene que pagarme hoy. Y, además, 
saré a ustedes, que este hermoso día de 1 
me resultaría completo si no diera una ■ 
cita por las librerías de viejo... 

-Pero, ¿volverás? — preguntó Schauna 
—Con la rapidez de una flecha lanzsu 
mano firme - contestó, el filósofo, a quie 
taban las imágenes extravagantes. 


C i 


l 


NUMERO: 

























LEOPLAN-97 




con Rodolfo. 

feSi cuanto a mí — dijo Schaunard al quedar 
k coa .Marcelo —, en vez de adormitarme en 
Btnohadas del jar viente, ¿no sería mejor 
be e dedicare a buscar dinero para apaciguar 
Caricia del señor Bcmard? 

Bibo- anotó Marcelo, con inquietud—, ¿si- 
Bcsrcd pensando en mudarse? 
BgSaruralmente! — contestó Schaunard —. Es 
puesto que rr.e lo impone la orden de 
_ de cinco francos. 

® — prosiguió Marcelo —, si usted se mn- 
■bpeasa llevarse los muebles? 

BSergo esa pretensión. No dejaré ni un pelo, 
el señor Bcmard. 

Bbanmba! Eso sí que me fastidiaría — re- 
MMareelo—, puesto que he alquilado este 
^bxmueblado. 

Mioma!, pues es verdad, en efecto — mani- 
Mjchaunard —. ¡Ah! ¡Bah! — añadió melan- 
E^Kict'.te —. Nada prueba que pueda encon- 
K^T setenta y cinco francos hoy, ni ma- 
■Tni pasado. - 

^Reperc usted — advirtió Marcelo —. Se me 
b una cosa. 

EA ver. . . 

bSru aquí: legalmente este alojamiento es 
■Agesto que pagué un mes adelantado. 

H2 cuarto, sí; pero los muebles, si pago lo 
K^cbo. me los llevaré lcgalmenre, y si fuese 
■■ me los llevaría aún ilegalmente — co- 
Schaunard. 

■ p- manera que — continuó Marcelo — usted 
muebles sin habitación y yo habitación sin 

B^soes — asintió Schaunard. 

■Eses a mí me gusta la habitación — reposo 

mí también. Nflnca me ha gustado 

-JDice usted? 

nunca me ha gustado tanto. ¡Oh!, sé 
que me digo. 

unces podemos arreglamos de este mo- 
‘ Marcelo -. Quédese usted conmigo. 

la habitación y usted los muebles. 

, alquileres? — preguntó Schaunard. 

_i que hoy tengo dinero, los pagaré yo. 
será usted. Reflexione, 
reflexiono nunca, sobre todo para 

_a proposición tan de mi agrado. 

x ojos cerrados. No en vano la música 
atura son hermanas. 

— corrigió Marcelo. 

B|«qücl instante volvieron Colline y Ródol- 
■gBe se habían encontrado. 

y Schaunard les informaron sobre su 

^Eüíores! — exclamó Rodolfo, haciendo so- 
^Cfakriquera —. Quedan ustedes invitados 

^■incisamente es lo que iba a tener el honor 
ponerles — dijo Colline, sacando de su 
ana moneda de oro que se puso en 

Cpy_ ,\li príncipe me ha dado esto para 

^-ir una gramática ináoárabe, que acabo de 
" por treinta céntimos, al contado. 

añadió Rodolfo—, he conseguido 
m adelantase treinta francos el cajero de 
je de Iris, pretextando que los necesitaba 
«acunarme. 

modo que hoy es día de ingresos —ob- 
JJcbaunard —. Soy yo el único que no co- 
^EjÉs humillante! 

Et^rctantu — añadió Rodolfo —, mantengo 

■BTÍtC. 

| yo el mío — dijo Colline. 

bien, vamos a decidir por cara o cruz 
Hb pagará la cena —propuso Rodolfo. 

_ 4 No! — exclamó Schaunard —. Se me ocurre 
/siejor, pero infinitamente mejor que eso 
icarios del paso. 





ÍVIADO DE LA 


—Rodolfo pagará la comida y Colime la cena. 
—He aquí lo que yo llamaría justicia de Sa¬ 
lomón-comentó el filósofo. 

—Es peor que las bodas de Camacho — añadió 
Marcelo. 

La comida tuvo lugar en un restaurante pro- 
venzal de la calle Dauphine. famoso por sus 
camareros literarios y su alioli. Como era pre¬ 
ciso dejar sitio para la cena, comieron v bebie¬ 
ron moderadamente. El conocimiento, iniciado 
la víspera entre Colline y Schaunard y después 
con Marcelo, hízose más íntimo. Cada uno de 
los cuatro jóvenes enarboló la bandera de su 
opinión personal en materia de arte. Los cuatro 
reconocieron qne estaban dotados del mismo 
valor y de las mismas esperanzas. Hablando. y 
discutiendo se percataron de que sus simpatías 
eran comunes. De que esgrimían con igual ha¬ 
bilidad el ingenio cómico que divierte sin ofen¬ 
der v de que todas las hermosas virtudes ju¬ 
veniles seguían asentadas, en sus corazones, 
prontos a emocionarse ante la vista o el relato 
de las cosas bellas. Los cuatro se dirigían al 
mismo objeto desde el mismo punto, y esto 
les hizo pensar que en su reunión había algo 
más que el equívoco pueril de la casualidad y 
que podía muy bien ser la Providencia, tutora 
natural de los desamparados, la que los congre¬ 
gaba tan estrechamente y susurraba en sus oí¬ 
dos la parábola que debiera ser el único código 
de la humanidad: “Ayudaos y amaos los unos 
a los otros”. 

Al final de la comida, que epilogó con cierta 
solemnidad, Rodolfo se levantó para brindar 
por el porvenir y Colline le contestó con un 
breve discurso que no estaba sacado de ningún 
libro viejo, ni pertenecía desde ningún punto 
al buen estilo, pero que hablaba simplemente 
el lenguaje bonachón de la ingenuidad, que 
hace comprender tan bien lo que se dice 
tan mal. 

— ¡Si será torpe esre filósofo! — murmuró 
Schaunard, que tenía la nariz dentro del vaso —. 
¡Miren qué manera de obligarme a echar agua 
en mi vino! 

Concluida la comida fueron a tomar café a 
Momo , donde ya estuvieran la noche prece¬ 
dente. A partir de aquel día el establecimiento 
comenzó a ser insoportable para los demás pa¬ 
rroquianos. Después del café y de los licores, 
definitivamente formado el dan bohemio, tor¬ 
naron los cuatro a la habitación de Marcelo, 
a la que dieron el nombre de El'fteo Schaunard. 
Mientras Colline iba a encargar la cena que 
había prometido, los demás se procuraban, pe¬ 
tardos, cohetes y otros artefactos pirotécnicos. 
Y antes de sentarse a la mesa dieron en las 
ventanas una magnífica función de fuegos ar¬ 
tificiales, que convirtió la casa en campo de 
Agramante, en tanto que los cuatro camaradas 
cantaban a grito pelado: 

¡Celebrónos, celebremos, celebremos este her¬ 
moso día! 

Al día siguiente por la mañana se encontra¬ 
ron juntos de nuevo, pero ya sin aparecer sor¬ 
prendidos de ello. Antes de reanudar cada cual 
sus tareas fueron juntos al café Momo a almor¬ 
zar frugalmente, donde se dieron cita para la 
noche y a donde se les vió^asistir con asiduidad 
todos los días durante mucho tiempo. 

Tales son los principales personajes que ve¬ 
rán reaparecer c-t las breves narraciones que 
componen este volumen, que no es novela, y 
que no tiene otra pretensión que la indicada 
por su título; porque Las Escenas de la Vida 
Bohemia no son, en efecto, sino estudios de 
costumbres cuyos héroes pertenecen a una cla¬ 
se mal juzgada hasta 3 hora y cuyo principal 
defecto es el desorden; y aun pueden alegar 
como excusa, que ese desorden mismo es una 
necesidad que la vida les impone. 


PROVIDENCIA” 












































99 - LEOPLAN 



LAS BROMAS DE LOS NUMEROS 

Escriban una cantidad de tres cifras, la 
primera de las cuales sea mayor que la 
última. 

Para mayor claridad, la escribiremos 
nosotros, dando así el problema resuelto. 
¿Les parece bien 743? ¿Prefieren 491 ó 922? 
La que quieran. Sólo es necesario que 
la primera cifra sea mayor que la última. 

Tomemos la segunda de las cantidades 
anteriormente citadas, o sea 491; invirta¬ 
mos sus términos, haciendo una resta des¬ 
pués: 

491 

194 

297 

Invirtamos también esa cifra y sume¬ 
mos ahora: 

297 

792 

1.089 

¿Ven la cantidad obtenida?: 1.089. Pues 
es la que se obtendrá siempre que se haga 
esta operación con una cantidad de tres 
cifras, sin olvidar que la primera sea ma¬ 
yor que la última. Hagan la prueba y ve¬ 
rán como se logra siempre el mismo re¬ 
sultado. 


PROBLEMA DE INGENIO 


(Los soluciones en el próximo número) 

- PROBLEMA DE PALABRAS CRUZADAS - 


HORIZONTALES 
1. — Amarras, sujetas. ' 

5. — Instrumento ¡Jestinaflo a ata¬ 
car o defenderse. 

8. — Adorno arquitectónico en for¬ 
ma de aceituna. 

10. — Conjunción de acémilas. 

11. — Forma reflexiva del pronom. 

bre personal de tercera per¬ 
sona. en activo y acusativo, 
en ambos géneros y número. 

12. — Número un» en las barajas. 

13. — Fenómeno que se añade a 

otro fenómeno de un modo 

16. — Signo matemático. 

17. — Pronombre personal de se¬ 

gunda persona en ambos gé¬ 
neros y número, plural, en 
dat ¡o o acusativo. 

18. — Pronombre posesivo. 

19 . — Sufijo de forna masculina 

que denota aumentativo en 
los radicales a que se aplica. 

20. — Iniciales del nombre y ape¬ 

llido de un casuista de la 
compañía de Jesús, nacido 
en Córdoba en 1550 y muer¬ 
to en Granada en 1610. 

21. — Inic ales del nombre y ape¬ 

llido de uno de les héroes 
de la independencia españo¬ 
la, muerto el 2 de Mayo 
de 1808. 

23. — Una de las divinidades del 
Olimpo; el Dios de la guerra 
entre los griegos. 



25, — Quitar o raspar la superficie de una co¬ 
sa con un instrumento cortante. 

27. —Luminosa, brillante 

28. — Aborrezcas 

30. — Estado de dos sistemas de puntos que sa- 
tis'acen ciertas condiciones geométricas. 

32. — Isla del archipiélago de Tongo (Oceania). 

33. — Parte arqueada y saliente de una vas i,a 

por la que se agarra ésta. 

34. — Apócope. 

35. — Libro sagrado de los musulmanes, redac¬ 

tado por Mahoma. 

36. — Ara nuevamente; vuelve a arar. 

37. — Parte de un circulo comprendida entre un 

arto y cuerda. 


Trace sobre 
el dibujo ad¬ 
junto seis lí¬ 
neas rectas, 
de manera 
que aíslen los 
círculos ne¬ 
gros. 


• • 


EL CUADRADO MISTERIOSO 

Aquí se ve una figura, a la que hay que 
dos cortes en línea recta y hacer cuatro F 
que, reunidos, formen un cuadrado perfecto, 
difícil es, pero con un poco de ingenio, el I 
encontrará, seguramente, la manera de conse 


VERTICALES 

2. — Expeler en forma brusca y so¬ 

nora el aire contenido en 
los pulmones. 

3. — Ciudad de Siria. 

4. — Afirmación. 

5. — Raíz griega que revela la 

idea de punta 

6. — Oícese de la cabalgadura de 

pelo enin? alazán rubio y 
bayo amarillo. 

7. — Fra masón. 

9. — Amarres, sujetes. 

10 — Culpado, criminoso (plural). 

14. — Sepulturero. 

15. — Cr st ano español, que du¬ 

rante la dominación árabe se 
convertía al cristianismo. 

20. — Cruzara la trama con la ur¬ 
dimbre para te.er alguna tela. 

22. — Que profesan la doctrina que 

admite la existencia de un 
Dios, pero niegan la reve¬ 
lación y rechazan el culto. 

23. — Fruto del almez. 

24. — Lucifer, e) diablo. 

25. — Rodar. 

26. — Pez marino acantopteriglo. 

27. — Llanura cortada de bosques. 
29. — Hacer ruido una cosa. 



SOLUCIONES DEL NUMERO ANTERIOR 


DE LAS ‘CHARADAS" 
CATALINA 

TORNEO 
PESCADO 

DEL PROBLEMA “LOS ALFILERES 1 


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XIX 


Irene, Capital. — Para no 
fracasar es necesario ensayar 
repetidas veces, variando en más 
o en menos las cantidades de 
los diversos ingredientes, hasta 
dar con la fórmula perfecta. 

Además, debe tener en cuenta 
que los procedimientos caseros nunca dan re¬ 
sultados tan perfectos como los industriales. 
A continuación le transcribimos dos fórmulas 
para hacer papel copiativo. A): manteca de 
cerdo, 12 grs.; cera. 2 gra.; negro de humo, 
2 grs. Se funden juntamente la cera y la man¬ 
teca y se echa la mezcla, poco a poco, en un 
mortero caliente en el cual se ha echado con 
anterioridad el negro de humo, agitando y tri¬ 
turando de continuo. Esta mezcla se extiende 
sobre papel caliente. Por último, se quita el 



En esto sección contestomos todos los preguntes de corócter genero! que 
lectores. No se devuelven los originales de colaboraciones espontáneos ni se monti 
dencia sobre ellos. Lo correspondencia debe dirigirse siempre o Esmeralda 116, 


exceso con una franela. B>: Tinta de imprimir, 
150 grs.; aguarrás, 1.200 grs.; cebo derretido, 
900 grs.; cera fundida, 90 grs.; resina fundida, 
60 grs.; hollín,' 600 grs. Existen otras fórmulas, 
quizá más perfeccionadas, pero cuyo uso re¬ 
quiere maquinarias especiales. 

Miguel Federico. — I o So podemos transcribirle 
la fórmula de esmalte facial, pues está patenta¬ 
da. 2? Los botones se hacen de hueso, asta o 
marfil, torneándolos a máquina. 


nuestros 
;ne correspon- 
Buenos Aires 


Carlos Márquez., CortusJ 
jedor. — Para impermeabi 
el cartón, se le aplica i 
dos manos de una mezcla ¿ 
partes de sangre fresca, 4 p 
tes de cal '.iva y un poco, 
alumbre. Si el cartón s 
ta a temperatura conveniente, con u 
secante que contenga azufre, o introducid 
este cuerpo en la pasta del cartón, se convw 
la celulosa en una substancia gelatinosa < 
está por encima de toda acción de) tiempo, p 
se endurece mucho. Otra manera de operar a 
siste en disolver azufre en el aceite, 
ratura inferior a 110 grados, y cocerlo loj 
en 156 y 170 grados. Si se desea dar la r 
dureza al cartón, se puede someter en t 
a la acción de la prensa.